sábado, 28 de noviembre de 2020

Recuelle: Preguntas (+18)

-Buenas días, querido y magnánimo alcalde

-¿Donde... Dónde estoy? ¿Y quién es usted? ¿Por... Por qué estoy atado y desnudo?

-Poco a poco, señor alcalde, no querrá que su pobre corazón ceda. Ya sabe lo que le dijo el médico, reduzca las carnes rojas, haga algo de ejercicio e intente no alterarse.

-Usted es aquel mercenario, aquel tipo con la cara blanca... Barnabás.

-Sí, ese fue el nombre que le di en su momento, pero déjeme que me presente otra vez esta vez con la sinceridad que se merece su ilustrísima. Mi nombre es Recuelle, bardo de oficio y maestro de mis deseos como profesión.

-Oiga, no sé a qué viene todo esto, pero si me desata ahora mismo y me deja ir de sabe dios donde estamos le prometo que...

-Pah, pah, pah, pah. ¿Qué le he dicho hace unos instantes, señor alcalde? Cálmese si no quiere que su estado se empeore. Ahora, si no le importa y ahora que ya me he presentado como los dioses mandan, le explicaré que hace aquí.

-¿Y dónde demonios es aquí?

-Este lugar, mi querido amigo, es el almacén subterráneo de una vieja amiga que me ha pedido un favor, y como todo el mundo sabe el bueno y bondadoso de Recuelle no puede negarle nada a sus camaradas. Y si no le importa, deje las preguntas y escuche con esas orejas zafias y llenas de pelos de anciano, o si no quizás se pierda en mi conversación y me haga tener que repetirme. Y a mí no me gusta decir las cosas dos veces. ¿Está de acuerdo? Tomaré su silencio como un sí. Verá, necesito que me de información sobre cierto paquete que llegó a sus oficinas hace un par de semanas. Era un paquete más o menos de un pie de largo y dentro había un papel con unas letras muy importantes escritas en este. ¿Le suena de algo?

-No recuerdo haber recibido ningún paquete así.

-Oh, pero sí que lo recibió. De hecho, tengo la declaración jurada de su jardinero sobre cómo recibió a un caballero vestido de negro a su domicilio que le entregó en mano dicho paquete, el cual llevó a su despacho a examinarlo junto a este y comprobó su contenido antes de depositarlo en una caja de plata y enviarlo por correspondencia a los dioses saben donde.

-¿Cómo sabe todo eso? ¿H a torturado usted a Iorveth?

-No sea estúpido, Iorveth trabaja para mi amiga y fue él quien me dio voluntariamente toda la información que le he expuesto.

-Entonces si sabía todo eso, ¿por qué me ha preguntado?

-Para saber si era posible confiar en usted y, lamentablemente, ha fallado la prueba. Me decepciona, ilustre. Pensaba que una persona de su estatus y cargo mantendría una ética sobre la mentira de tolerancia nula, sobre todo conmigo que solo he dicho la verdad desde que he empezado a hablar con usted. A partir de ahora, por desgracia para los dos, me veré forzado a tomar medidas más estrictas, inquisitivas incluso.

-Es usted un ser despreciable.

-Puede, pero le interesa que este ser despreciable esté contento y feliz hasta que le libere, o puede que tenga que pagarlo muy caro. Dígame señor alcalde, y dígamelo con toda la verdad dentro de su alma, ¿podría indicarme si esos documentos son realmente las últimas voluntades del conde de Bourgnoim y el testamento de este?

-Sí, pero nunca podrá encontrarla. Jamás le diré nada.

-Oh, claro que hablará. Verá, hay una razón para que usted y yo estemos con las vergüenzas al aire y no es puro exhibicionismo, sino que he comprobado en varias escenas de suma experiencia que la eliminación de la ropa hace que sea mucho más fácil eliminar las pruebas y aparentar que nada ha sucedido tras un trabajo. También es cierto que sin ningún tipo de prenda, el acero lo tiene más fácil para penetrar la carne y la piel y da un mayor control de una hoja para ciertas actividades. Por ejemplo, fíjese en esta belleza. Es un cuchillo gnomo, hecho de acero templado y laminado. Los gnomos lo utilizan para cortar las pieles de las liebres si dañarlas demasiado y venderlas a mejor precio en los mercados, pero yo he descubierto que su filo tan fino como un pelo y sus paredes rugosas son perfectas para introducirse en los dedos sin uñas y separar poco a poco la piel de la grasa y hacer una inmesurable cantidad de dolor. O mire este otro, una hoja larga y delgada como una aguja, perfecta para coser con hilo de intestino de gato las heridas superficiales y evitar el desangrado de la víctima durante mis sesiones de interrogatorio. ¿Quiere que continue?

-Haga lo que quiera, hice una promesa y pienso cumplirla. Nadie tocará la herencia del conde de Bourgnoim salvo su sobrino menor, quien gobernará sus tierras y su gente. Córteme, cósame, écheme fuego si quiere y mande a los perros del mismo infierno. Mis labios están sellados.

-Muy honorable por su parte, pero fútil a su vez. Verá yo no quiero quitarle la herencia al pobre Nicholas, para nada. Sin embargo, el joven es demasiado impetuoso y se deja llevar por su corazón y mi queridísima amiga cree que sería mejor que alguien administrase sus cuentas antes de que se haga un hombre hecho y derecho. Ya sabe, no podemos dejar al pueblo a la merced de un descerebrado.

-¿Y a quién pondría una rata como usted o su socia como administrador?

-A su primo Teolfo, por supuesto.

-¡Ja, su primo es un necio, un borracho y un juerguista! Es un incompetente tal que todos saben que su hermano será el heredero de sus padres pese a ser menor. ¿De verdad creen que será mejor gobernante que un niño?

-Creo firmemente que lo será. porque cuando gobierne hará que se mueva la economía más importante de todas.

-¿Qué sandeces está diciendo?

-Escuche y aprenda, querido amigo. Cuando un hombre como él sube al trono, todo el mundo gana. Primero empezará a montar grandes fiestas y banquetes, tantos que todo el mundo en la corte será feliz y disfrutará mientras sus asesores y gente de confianza toman el mando de las tierras y se encargan de su administración. Después llegará un punto en el que el pobre conde estará falto de oros y subirá los impuestos, volviendo así al punto uno hasta que, sorpresa para cualquier mortal con poco cerebro, haya un momento en el que no pueda subirlos más. Después empezará a pedir préstamos por asesoría de sus nuevos consejeros a gente respetable que puede asumir dichas sumas entre las que se encuentra mi amiga, la cual comenzará con intereses bajos y luego los irá subiendo conforme la suma crezca, alternándose de nuevo el paso uno y dos. Finalmente, la suma será inasumible, el pueblo estará harto y lo destituirán, tanto a este como al pobre Nicholas el cual, probablemente, no haya llegado a la mayoría de edad debido a un accidente de caza, un envenenamiento o a la daga que escondía una dulce doncella que había ido a visitarle en su cama para celebrar su décimo sexto cumpleaños. Al estar el sitio vacío, los asesores buscarán a una persona competente, el pueblo aprenderá a rebelarse contra los tiranos y los prestamistas recibirán gran parte de las tierras del condado para pagar las deudas. ¿Ve usted, mi querido alcalde, como a cambio de un par de años de miseria tendremos una tierra más fuerte y recia?

-Está loco. Su plan es una estupidez. Jamás funcionaría tal artimaña.

-¿Y quién es usted para decir eso? ¿Acaso me conoce para poder llamarme loco? Quizás sea un loco, quizás sea un visionario, o quizás solo estoy exponiendo una excusa para ocultar que Teolfo le ha pagado a mi compañera una gran suma por mis servicios. De igual forma, solo hay una forma en la que saldremos de esta: con usted contándome dónde se encuentra el documento y yo cambiando un simple Nicholas por un Teolfo. ¿Está dispuesto a colaborar o se va a empeñar en que estrene una nueva pastilla de jabón?

-Púdrase, no puede hacerme cambiar de opinión. Nicholas es el heredero del conde de Bourgnoim y nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

-¿Nada de lo que diga o haga, dice? Es un poco cruel, ¿no cree? Encima de que le estoy tratando con tanta delicadeza.

-Váyase al infierno usted y sus palabras de patán.

-¿Y si no se lo pidiese yo? Y si se lo dijese un joven llamado... no sé, ¿William?

-¡No vuelva a decir ese nombre! ¡No vuelva a decir el nombre de mi hijo!

-Ah, vamos progresando, eso em gusta.

-¡Como le haga algo a mi hijo le juro que...!

-¿Me jura qué? ¿Que se quedará ahí quieto mientras yo hago mi trabajo? He oído que su hijo William es un jovencito de quince años bastante popular en sus círculos. Me han dicho que es un maestro con el arco y con las damas. ¿Sabe algo curioso de la arquería? El arco, pese a ser un arma primitiva y robusta, es controlado principalmente por el meñique de la mano que lo sujeta, el cual le otorga estabilidad al lanzar la flecha. Además, pese a que todo el mundo sabe que para lanzar una flecha solo se necesitan el índice y el corazón en la mano de la cuerda, existe un punto en el que los tendones de ambos dedos se entrecruzan y una pequeña incisión los deja inútiles.

-¡Cállese ahora mismo!

-Si me deja pensar en otros elementos de su muchacho, diría que su elemento más atractivo son esos ojos esmeralda que tiene. Escuché que en la universidad una moza escribió un poema sobre sus ojos. ¿Qué era lo que estudiaba? ¿Ingeniería, leyes? Ah, ahora recuerdo, medicina. ¿Sabe que existe un parásito que se transmite por contacto de mucosas y que devora por dentro los ojos de su huésped mientras crea nidos en sus cuencas? Es un ser diminuto y fascinante llamado Vermis Oculus que solo vive en ciertas zonas pantanosas y que son indetectables hasta que es demasiado tarde. Aunque claro, alguien con el suficiente oro podría hacerse con uno de estos especímenes.

-¡Silencio, bastardo hideputa!

-Oiga usted, un respeto hacia mi madre que no se merece tales insultos. Si le molesta tanto, no se preocupe, puedo cortarle el cuello mientras duerme. Es mucho menos doloroso y más sencillo. Además, es una de mis especialidades.

-¡Por favor, pare!

-Y si no puedo ir a visitar a la mayor. Ay, me han dicho que Elisabeth está viviendo en el ducado de la familia Rostfields en el sur y dicen que su primer cachorro está a punto de nacer. ¿Cree que saldrá a su padre o a su madre? Seguro que están interesados en un arlequín para entretener a su bebé, puede que hasta me ofrezca a ayudar a la pobre niñera si está en apuros.

-Basta de una vez, se lo suplico.

-Una pena que no haya podido conocer a su mujer. La viruela se la llevó hace unos años, ¿verdad? No creo que pueda hacer mucho por ella, aunque estoy seguro de que si entierran junto a ella a sus hijos descansará en paz por el resto de la eternidad. ¡Hey, qué buena idea acabo de tener! ¿Y si la llevo a darle una visita a sus hijos? Quizás tenga que peinarle los cuatro pelos que le queden y abrillantarle con lejía los dientes llenos de barro, pero seguro que a sus hijos les hace mucha ilusión ver a su madre una vez más.

-Basta, por todo lo sagrado... basta.

- Yo no soy el que tiene potestad para parar, sino usted, mi magnánimo y poderoso gobernante. Tan solo tiene que decir un par de palabras y, con ellas, me hará el hombre más feliz del mundo. Tanto que seguramente me olvide de su familia.

-...

-Vamos, dígalo, confíe en mí.

-Si se lo digo... ¿promete no tocar a mi familia?

-Lo juro como que el nombre que me dio mi santo padre es Recuelle.

-El documento está en la biblioteca de un cortijo en mis tierras. Está vigilado por media docena de guardas que se hacen pasar por jornaleros y atacarán a aquel que no les dé la palabra de seguridad: valeriana. El documento está guardado dentro de la caja de plata, oculta en la sección de historia junto al tratado de las Tierras de los Gigantes.

-¿Algo más que deba saber? No quiero llevarme sorpresas.

-¿Qué me hará cuando le dé la información?

-Pensaba que a usted no le importaba lo que le hiciese, pero si le creo prometo no hacerle nada.

-La caja tiene un mecanismo, la tapa debe subir perpendicular a su base hasta extraerla completamente o el documento prenderá en llamas. Eso es todo lo que necesita saber.

-Bien, lo ha hecho muy bien, señor alcalde. Siéntase orgulloso. Creo cada palabra de lo que ha dicho.

-¿Me dejará marchar ahora?

-Lamentablemente, no.

- Le he dicho toda la verdad, ¡usted mismo ha dicho que me cree!

-Y le creo, le juro que le creo. Pero... verá, el problema es que es mejor prevenir que curar. Ahora vamos a comprobar si corrobora su historia de nuevo. Pero antes, ¿puedo hacerle una pregunta? Es una nimiedad, se lo prometo.

-... Hable.

-¿Por dónde quiere que empiece? 

domingo, 25 de octubre de 2020

Recuelle: Sueños

No hay esperanza para el ser humano que no dependa de su deseo para obtener lo que ansía, ni tampoco existe mayor desgracia en esta vida que la incapacidad de controlar los designios del cruel y déspota sino marcado en nuestro sonámbulo tiempo en la tierra.

Ayer, presa del alcohol y el dolor por las heridas de mi última presa, mi sueño me llevó a un mundo que nunca fue. Mi habitación, que no es más que una buhardilla cubierta por telarañas y recuerdos ya abandonados, se convirtió en un hermoso cortijo en el campo. Miré asombrado al cielo estrellado y hermoso, despejado y claro como las aguas de un manantial virgen, pues no era el cielo poluto y enfermizo de las ciudades en las que me había refugiado. Los sonidos del viento moviendo con gracia el trigo se mezclaban con el griterío de la orquesta formada por los animales domésticos y el olor a orín y blasfemia se convirtió en pureza. Intenté limpiarme los ojos por miedo a ser presa de una ilusión y pude ver que mis manos habían desaparecido las manchas de sangre y las cicatrices de hojas y misfortunios al igual que el tono cenizo que las cubrían para mezclarme con el pueblo y ocultar mis más oscuros secretos. Y fue ahí donde comprendí que era un sueño, pues solo en sueños podía comprender la belleza de la vida, sin atavíos ni pesos de mis acciones pasadas.

Viajé por aquella tierra de sueño en busca de respuestas, internándome profundamente en los campos de trigo que afrontaban aquel cortijo de paredes blancas como la nieve. El tacto del grano acariciaba mi piel y me hacía cosquillas mientras el viento removía mis cabellos en un torbellino salvaje y revolucionario. Era una sensación extraña y agradable, una sensación que solo el sueño podía brindarme. En mi somnoliento periplo, me pregunté quién era realmente, pues en los sueños uno puede perder su propio ser para convertirse en otro, transformando una personalidad por completo y tornando una prístina esencia en otra como las artes arcanas que confunden la materia a su más bajo nivel hasta que cumple sus designios. Miedoso, me pregunté a mí mismo quién era y me forcé a recordar los acontecimientos que marcaron mi existencia. Mi consciencia trajo de nuevo los malos recuerdos de una vida ruin y sisífica: la humedad de mis mejillas mientras los cobradores nos echaron de nuestra casa, la cálida mano de mi madre mientras su fuerza se desvanecía con cada expiración, el olor de la sangre emanando de mi primera víctima y, como no, el frío que marcaba mi alma cuando empuñé por primera a Aitaita. Fue entonces cuando eché instintivamente la mano a mi cintura en busca de aquel enigmático acero arcano pero mis manos no lograron sentir el tacto del pomo de lobo y la empuñadura de cadena de acero. Y ahí volví a comprobar que estaba en un sueño, pues solo el sueño podría separarme de mi carga y a la vez de mi mayor regalo.

Proseguí mi camino bajo la radiante luz del sol y el amable tacto del viento hasta que una extraña voz, risueña e infantil, me llamó la atención. Me dirigí en su búsqueda y, tras andar por un tiempo que no creo que jamás sea capaz de contar, pude ver a una niña. Aquella muchacha de cabellos rizados rojos como el fuego no debía superar la docena de años. Sonreía con una cara pecuda que resaltaba con su piel morena por el sol y sus ojos, esmeralda como la piedra más pura de la tierra, me intranquilizó, pues eran aquellos ojos tiernos y faltos de maldad igual que los de mi madre. Mi mente volvió a viajar al pasado, a recordar tiempos mejores cuando era un niño y mi mundo era tan pequeño que no alcanzaba más allá que las cuatros paredes de mi casa. No fue una vida fácil, no con el padre que tuve la desgracia de tener, pero siempre encontraba cariño y ternura en aquellos ojos esmeralda. Y ahí supe que estaba en un sueño, pues en mi vida no volverían a existir jamás ojos como los que una vez me dieron esperanza.

Me acerqué a la muchacha e intenté hablar con ella, no con intención de dañarla o de afligirla, sino buscaba respuestas a un mundo onírico y místico que no era capaz de comprender. Le pregunté dónde estaba, quién era y por qué mi mente me había traído hasta aquí, pero como si las tinieblas me cubriesen, ella no hizo esfuerzo alguno por verme o escucharme. Continué con mi interrogatorio fútil en el que cada palabra me frustraba más y más mientras la niña seguía riendo y jugueteando entre el trigo ajena a mi presencia. Mi desesperación tornó en tristeza y, de la tristeza, se convirtió en ira. Noté el calor incómodo de mis sienes hinchándose por el enfado y mis dientes que chirriaban entre los labios abiertos. Mis ojos escocían por el rojez de la frustración y grité con todas mis fuerzas en un último intento por buscar una respuesta. Mis ojos se cerraron un instante y, cuando los abrí, había de ser yo mismo y pude verme desde más allá de mi cuerpo y mi consciencia.

Quien estaba frente a mí era mi cuerpo y, lo que mis ojos contemplaron con vacilación, hizo de mi propia alma se tambalease bajo los pilares que conformaban el mí. Quien estaba ahora delante mía era mi cuerpo pero no había marca alguna de acero o bronce en mi piel, ni cicatriz que marcase los años de bandolería y saqueos. Mis cabellos conformaban una larga melena, limpia y voluminosa, que llegaba hasta mis hombros en un reguero de belleza castaña en lugar de estar cortados y arrejuntados por la suciedad y el sudor. Mis ojos volvían a ser del mismo esmeralda que una vez fueron cuando fui niño y las bolsas de incontables noches en velo habían desaparecido. Mi cuerpo era de mayor envergadura y una capa de grasa protegía a los músculos que otrora habían sido visibles por una piel que pocas veces tomaba bocado. Mi maquillaje, mi puntura de guerra, la máxima expresión de mí mismo también había desparecido y tenía un tomo moreno de aquellos que pueden disfrutar de una vida cómoda y feliz bajo el sol. Quien estaba delante mía era yo, pero no el yo que conocía. Era una copia, una imitación, una versión de mí que jamás conoció las vicisitudes del destino. Era la respuesta al qué hubiera pasado y el ejemplo de lo nunca será o volverá a ser.

Y tú, mi querida víctima, que estás atado frente a mí con los labios tapados por la misma tela de tu difunta y que notas cómo el frío sudor recorre tu piel mientras el miedo toma el control y expulsa de tu cuerpo el poder de tu albedrío, ¿quieres saber qué sentí al ver aquella imagen? Pena. Aquel hombre no era yo, pues mi alma se ha forjado bajo los martillazos de infortunios. Aquel hombre jamás conoció la pena, jamás supo adaptarse a un mundo blasfemo que solo deseaba reducirle a la nada. Aquella imagen era un insulto a quien soy ahora. Y ahí supe que estaba en un sueño, pues jamás me hubiera visto en tal desdicha como para abandonar este presente que poseo, el de un futuro incierto para el que tengo las fuerzas de enfrentar.

Ahora siente cómo el cuchillo perfora tu pecho con lentitud, cómo la sangre emana de tu piel y se interna en los pulmones. Cómo tu respiración se hace cada vez más pesada. Cómo tus ojos caen y tu vista se vuelve oscura como la noche. Quizás, en tus últimos momentos, sueñes con un mundo hermoso y feliz en el que yo no exista, donde tuviste la oportunidad de huir, donde un hombre viejo y envidioso jamás me dio el oro para acabar con su propia hija y su marido. Quizás seas feliz en ese sueño, y ahí sabrás que es un sueño, pues solo en sueños el mundo puede librarse de mí.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Hijos de Laguna

Se cumple apenas un año de la condena cuando nos dicen que somos libres. Fuimos condenados por ser miembros de una organización delictiva, a otros de los nuestros, además, se les imputa el asesinato de un diplomático del planeta Laguna.

    No sé exactamente qué ha pasado, pero la organización entró en bancarrota y no sé qué va a ser de mí. Los retrogenéticos no tenemos mucha salida en un Pandominio hipercontrolado por el gobierno. Somos la excepción de cualquier regla o norma, con total libertad para pensar y vivir, pero esclavizados por nuestra independencia, que nos obliga a ser parte de organizaciones como Space-Russafa.

    Esclavizados para ser meros transportistas, carne de cañón o, como en nuestra última misión, observadores internaciones. Nos iban a pagar 200 créditos solamente. Todo era llegar a Laguna, dar una vuelta por el planeta, quizás entrevistarnos por un par de teraborgs y con la monarquía, y volver a Janssen con un informe que nos acabaría dictando la empresa.

    La realidad es que en Laguna nos ofrecieron unos planes muy diferentes. Un noble apellidado Alde nos interceptó en pleno astropuerto orbital dándonos identificaciones especiales y nos pidió que fuésemos a su palacio. Como ilusos, no desperdiciamos la posibilidad de ganar un extra por una misión sencilla y que tampoco nos desviaba de nuestro objetivo principal.

    El señor Alde nos recibió con un gesto arrogante, como si nos hubiera pagado entonces para que le lamiésemos las botas. Nos llevó a la habitación de su hija, de la que supimos poco después que había desaparecido, y culpaba a la familia Deida, sus rivales políticos y actuales monarcas.

    ¡Estúpidos teraborgs! esos lagartos espaciales que se creen tan inteligentes e importantes por tener acceso a la tecnología de portales. Esta vez se habían pasado tres pueblos, ¡habían invadido el planeta! Pero a nadie parecía importarle, qué les iba a importar si todos esos don normales genéticamente no pueden ni tan siquiera desarrollar pensamiento crítico. Al parecer a nadie le parece oportuno y sospechoso que se descubriera unas ruinas teraborgs en el planeta y que esta información se publicara con total naturalidad.

    La hija del señor Alde, como supimos, simplemente estaba enamorada de uno de los Deida y que su desaparición no afectaba a su integridad física o moral, sino que atendía a deseos románticos y el querer abandonar un planeta con rígidas costumbres y un padre que era un grano en el culo.

    Mis compañeros estaban más entretenidos en husmear y en dejar en evidencia al señor Alde, un padre irresponsable y del que sospechaban vinculaciones con la invasión teraborg, que cumplir alguno de los objetivos que teníamos en Laguna. 

    Cuando empezaron a apretar los gatillos, yo ya había salido. Cuando descubrieron que los planes de Alde eran ser el próximo monarca y que había traicionado a todo su planeta con hacerse con el poder implicando a los teraborg, yo ya estaba en la carretera. Alde y cinco teraborgs fallecieron en el ostentoso palacio del que yo había salido.

    La empresa Space-Russafa fue acusada de ser una organización criminal. Tuvieron que pagar sumas millonarias al gobierno en concepto de multas e indemnizaciones. Destituyendo a nuestra jefa Tane y perdiéndole de vista. Nos llevaron a un cuarto oscuro y no nos dejaron salir hasta que confirmamos todo lo que habíamos hecho en esa y otras misiones.

    Ahora que estoy fuera, respirando el aire de puro de Janssen de nuevo, me llega un correo electrónico. Una misteriosa empresa me cita en Galatrimis, un planeta deprimente, sucio y aislado. Es probable que haya misiones nuevas para mí y para mis compañeros.

    El nombre de la nueva empresa, el logo… todo me produce un escalofrío. Parece sacado de una mala películas de zombies.

domingo, 23 de agosto de 2020

Historias de Recuelle: Pasos

Oigo pasos en los charcos de aguas estancadas que viajan con rapidez en la calle empedrada. Oigo pasos de miedo y preocupación, pasos que revelan el terror propio de la naturaleza humana cuando lo desconocido asoma su mirada. Oigo pasos de pies jóvenes en zapatos de terciopelo y laca, pasos cuya máximo trabajo ha sido el de buscar cómo gastar las tardes libres sin nada que hacer. Oigo pasos, pasos de mi próxima víctima.

Mis ojos no se han recuperado del todo, puedo sentir aún el picor del ataque con el que intentaron escapar de mí pero que resultó inútil. Siempre resultan inútil. Busco los pasos en la noche y ahí veo a su fuente: una hermosa figura de piel ámbar y melena de ébano rizada tan larga como los tapices de las casas nobles. Puedo ver su vestido de seda y turquesas cosidas por manos delicadas y precisas, sus labios teñidos de negro carbón a juego con sus ojos. Puedo ver su pecho que se desplaza por su respiración errática. Puedo ver su expresión de miedo mientras mira a su espalda y lucha por mantener su falda alta mientras corre. Es perfecta, sencillamente perfecta. Es justo lo que necesitaba. ¿Tú qué crees Aithaita, será suficiente?

Me arreglo mis ropas y salgo al camino tranquilo, sin miedo o preocupación, sin ansia ni duda. Doy un par de pasos largos y ella choca conmigo cayendo al suelo. Me agacho y extiendo la mano mientras mis cascabeles suenan. Puedo ver su mirada mientras viaja en busca de lo que necesita: una sonrisa, una mano amiga y una espada a mi cinto. No tarda en coger la mano y se levanta con un pequeño gemido que precede a la lluvia de lágrimas.

Las gotas caen por sus mejillas mientras me explica la situación. No entiendo muy bien lo que sucede, pero mi rostro cambia de una sonrisa ligera a una expresión de preocupación. Mis labios cerrados denotan seriedad, mis cejas bajadas preocupación y enfado. Siempre funciona, todas mis víctimas saben que esa expresión en la de alguien que ayudará a quien lo necesite, todas saben que es la expresión de un héroe.

La función comienza. Saco a Aithaita de su vaina y su acero gris verduzco brilla bajo la luna llena y los reflejos de charcos y piedras brillantes. Puedo ver un hombre al final de la calle, un gigante vestido sin clase y que empuña su hacha bicéfala como si de un garrote se tratase. La joven se pone a mi espalda y, con una orden imperiosa, le digo que se esconda en el callejón antiguo mientras mi brazo guía mis palabras. La muchacha huye, el hombre grita. Intenta hablar, pero solo puedo oír el sonido de mis cascabeles mientras me abalanzo hacia él con una estocada baja. Ni siquiera reacciona y, antes de decir la primera palabra, mi acero ya está en su interior.

He penetrado bajo las costillas, justo a la altura del hígado. Pronto sus pulmones no pueden llenarse mientras me mira con ojos de piedad y súplica. Sé lo que me están diciendo: “Sálvame, ayúdame, no merezco morir aquí”. El gigante cae derrotado y la sangre llena la hoja. Qué decepción, ni siquiera he visto un ascua. Aún necesito más, tengo que conseguir más.

Llevo ya dos años en busca de aquello que perdí, el atisbo de esperanza que me diste en aquella calle de Rouchet cuando me vi acorralado con las espadas en la garganta. ¿Acaso no te he servido ya bastante? ¿Cuándo me darás tu poder? Solo recibo la misma respuesta una y otra vez proveniente de una voz gutural y aberrante, una voz que hace que mi alma se encoja y sienta un frío y temor más allá de lo que jamás podría haber comprendido si no la hubiese conocido: “Más”.

Otra víctima sin recompensa, pero quizás mi presa sea de mayor valor. Ahora oigo mis propios pasos, seguros y rápidos. Pasos de alguien que busca algo que espera encontrar a la vuelta de la esquina. Pasos de sed y necesidad. Pasos que se mezclan con el sonido de mis cascabeles dorados y las gotas de sangre que caen lentamente del acero. Pasos que preceden el fin de la función.

La joven se ha escondido tras unos barriles y me coloco frente a ella. Sonríe al verme, cree que soy su salvador. Todas sonríen la primera vez que me ven después de salvarlas, pero siempre cambian de expresión. ¿Cuál fue mi primera víctima? ¿Fue aquel noble de barbas azules o el clérigo al que salvé de sus propias creaciones? Da igual quién fue el primero, ni quien será el último. Todos abren los ojos mientras ven cómo alzo en alto el brazo y todos abren la boca e intentan gritar de terror mientras mi acero se dirige hacia su cuello. Ninguno ha conseguido regalarme unas últimas palabras, tampoco mi última víctima, pero gracias a ellas tengo el regalo más hermoso que podría pedir en sus expresiones de miedo y desaliento.

Su cabeza cae por las calles empedradas de charcos y miseria, iluminadas por la luna llena que brilla junto a sus hermanas estrellas. Pero sus ojos no volverán a ver el cielo y sus pasos no volverán a cruzar estas calles. Y con el apagado de sus ojos, la oscuridad se cierne en su alma.

Y la función ha terminado.

sábado, 25 de julio de 2020

Katrina: La felicidad está al fondo del barril

- Capitana, deberíamos marcharnos de una vez

¿Quién me habla? ¿De quién es esa voz?

- Capitana, ¿me oye? ¿Se ha quedado dormida? ¡Capitana!

- ¡Ah! ¿Qué...? ¿Quién...?

Casi me caigo del susto. Ugh, mi cabeza. Noto como si mis sesos quisieran salir de mi cráneo y se estuviese esforzando por taladrarlo hasta conseguirlo. Siento mi boca pastosa y seca y un pequeño hormigueo en los dedos. Buf, ayer se me fue de las manos esa copa que quería tomarme después de la conversación que tuve con el general ¿Qué hora será? Dioses, no puedo ni mantener los ojos abiertos, la luz me está matando y tengo los párpados pegados. Es la última vez que mezclo vino peleón con cerveza, por mucho que dijese mi antiguo escuadrón que era lo mejor del mundo.

- ¿Quién eres tú? No puedo verte la cara.

- Soy yo, capitana, Yosha, su ayudante.

- Ah, ahora me acuerdo de ti. Eres el recluta que me han puesto como niñera, ¿no es así? Pesé que ayer te dí el esquinazo cuando me metí en el barrio mercante, ¿cómo me has encontrado?

- Llevo toda la noche entre las diferentes de nuestra ciudad, es donde la he encontrado las otras veces. Además, preferiría que no me llamase niñera. Como bien sabe, capitana, mi función es la de servirla y hacer que su arduo trabajo por nuestras tierras sea más liviano. Es mi deber como miembro del ejército...

- Sí, sí, sí, no me cuentes el mismo rollo que sueltas cada vez que te doy la oportunidad.

La espalda me está matando, ¿acaso me peleé anoche? Me duele un poco el costado, quizás tenga un moratón. Ojalá quede algo de medicina para aplacar el dolor. Menos mal, todavía queda algo de vino en la jarra. Puede que me de para un sorbo, dos si el fondo en curvo. No está mal, un poco dulce para mi gusto, pero tampoco es que haya mejores vinos en la capital. Echo de menos el vino de la frontera sur, eso sí que era vino de verdad, te podías pasar toda una noche bebiendo sin miedo a la resaca y acababa borracha como una adepta en un día de fiesta con dos vasos.

- En fin, dime qué ocurre. Tienes que tener alguna razón para haber venido a molestarme, ¿no?

- Capitana, debería adecentarse y prepararse cuanto antes. He hablado con el dueño de la taberna  y le ha preparado una palangana con agua y yo le he traído una nueva camisa para sustituir la que lleva ahora. Debemos darnos prisa, pronto será la reunión de oficiales y se nombrarán los nuevos destinos para aquellos con mayor rango.

- ¿Y?

- ¿Cómo que y? Es algo muy serio, un destino trivial podría hundir la carrera del militar más prometedor, del mismo modo que el ser llamado a las armas en los conflictos arduos forjan un camino casi seguro hacia la gloria.

- No hace falta que me lo expliques, Yosha, ya sé cómo funciona esto. Déjame que te pregunte de nuevo y esta vez espero una respuesta que más clara y menos pomposa, ¿y?

- Capitana Katrina, si no va puede que no le den un destino merecido y acabe...

- Eso no me preocupa, siempre me dan los destinos más difíciles.

-¿Cómo puede estar tan segura?

- ¿Cómo no voy a estarlo? Soy la capitana Katrina, todo el mundo me conoce y todo el mundo sabe lo que valgo.

- Aun así, no creo que sea correcto.

-Escúchame, chico. Te saco unos cuantos años de experiencia, sé mucho más que tú en lo que se refiere al ejército.

- Pues a veces parece que debo enseñarle hasta lo más básico de etiquetas y costumbres militares.

- ¿Cómo dices, recluta?

- Perdone si he sonado desconsiderado, capitana, pero... ¿Puede serle franco?

- Puedes.

- A veces... A veces parece que se toma su deber como una broma. Llevo con usted casi tres meses en la capital. Casi nunca acude a los entrenamientos ni se queda en la sala de armas más de lo necesario. Cuando puede se escaquea de las ceremonias y actos oficiales, al igual que trata los ritos tan importante para un soldado como si fuesen trivialidades innecesarias. Por no hablar de que... bueno, no se lo tome a mal, pero desde que estoy junto a usted hemos salido casi todas las noches a beber o se ha escapado de mi lado para tomar una copa, y puedo contar con los dedos de las manos las mañanas en las que estaba dispuesta para hacer su trabajo. Por no hablar de las veces en las que he tenido que meterle la cabeza en agua que se despierte o las ocasiones en las que ha aparecido con moratones o cortes por peleas con otros parroquianos de un establecimiento. Más que una capitana noble y segura de la tradición militar parece una matona de taberna común. Debería tomarse su carrera más en serio y presentarle el respeto que le corresponde a su labor.

¿Quién se cree este niñato imberbe que soy para hablarme así? ¿Acaso no sabe quién soy, qué he hecho? Si tuviese las fuerzas necesarias ahora mismo le daría una buena lección, pero me pesa todo el cuerpo. No tengo ganas ni de darle un guantazo, pero al menos puede enseñarlo una lección muy valiosa sin tener que levantarme.

- Me tomo mi deber con toda la seriedad que se merece, recluya. Ya fui de joven a los campos de entrenamiento y me hice fuerte, sé manejar la lanza y el escudo mejor que muchos que se hacen llamar maestros. He matado a tanta gente que he perdido el número y, cuando hay un trabajo que saben que es casi imposible, a la primera que llaman es a mí. Ahora tengo un puesto digno y un estatus que me permite disfrutar de todo lo que antes no podía. Y sí, a veces me salto los deberes que no me gustan o que, entre tú y yo, son una estupidez que no sirven para nada, pero me he ganado ese derecho. ¿Sabes cómo me llamo, Yosha?

- Usted es la capitana Katrina.

- ¿Sabes qué otro nombre me dan? Estoy segura de que alguien te habrá contado la historia de donde conseguí mi apodo.

- Los... Los hombres me han hablado de una vez en la que... usted...

-De la vez en la que yo defendí todo un puesto fronterizo sin ayuda de nadie. ¿Sabes qué es luchar una sola contra un ejército entero? Al principio sientes miedo y terror, tienes ganas de salir huyendo y abandonarlo todo. Pero luego te antepones y empiezas a sentir euforia: gritas, se te nubla la vista, notas el sabor a cobre en la boca mientras la sangre emana de tus heridas. Es una sensación que te lleva a un trance y, antes de que te des cuenta, dejar de sentir, de escuchar, de ver... Lo único que sientes y ves son nubes de incertidumbre y te conviertes en una bestia más que en un soldado. Cuando acabas, te pesa todo el cuerpo y tienes que quitarte la armadura y el equipo. La cabeza te da vueltas, te entran náuseas, lloras descontroladamente. Es una sensación horrible pero, lo más terrorífico de todo, es que cuando te levantas lo único que ves es una pila de cadáveres ensangrentados, muertos a tus manos que ahora son débiles como las hojas del otoño. Muy pocos han podido experimentarlo y yo, recluta Yosha, he tenido el placer de haberlo vivido más de una vez.

Es aún demasiado joven, le falta coraje para seguir adelante. Con haberme puesto un poco seria ya me está apartando la mirada. Casi todos los reclutas que he visto en mis años de servicio son así. Casi todos.

- En una ocasión, me enfrenté contra todo un ejército durante una tormenta, y acabé con ellos mientras viajaba por el cielo con estas alas que ves a mi espalda. Mis estocadas sonaban como los truenos que tenía a mi espalda y la sangre fluía como las gotas de lluvia que caían en mi rostro. Fue una masacre y yo fui la única que sobrevivió a ella. Mis alas, mis preciosas alas... Escucha atentamente, Yasha, estas alas son más importantes que cualquier lanza o escudo, son lo que me ha convertido en leyenda, son lo que me han convertido en la Tormenta del Sur y tú, por ende, debes respetarme por el valor que se merecen. Lo entiendes, ¿no?

- S... Sí.

- Gracias a ese apodo estoy donde me ves ahora y, del mismo mdoo, es la razón de que la gente me reconozca y sepan de lo que valgo. Así que si quiero tomarme una cerveza en vez de entrenar, me la tomo. Si quiero saltarme un consejo de guerra en el que sé que solo vana  hablar estraegias que nunca verán la luz del sol me lo salto y si se me encomienda que vaya a otra misión en la que debo poner mi vida en riesgo, me preparo para lo peor. ¿Comprendes ahora, recluta Yasha, el por qué estoy aquí sentada y no en una habitación jugando con maquetas y dioramas de terrenos? ¿Comprendes ahora por qué me he ganado ese privilegio?

- Sí, señora.

- Bien, me alegro de que nos entendamos. No te preocupes por el destino, el general ya me mandará una carta a casa o te pedirá que me lo digas. Quizás hasta le pida que elijas tú el destino. Y ahora, ve a la barra y tráeme otra jarra de cerveza. La cabeza me está matando y tengo que acabar con esta resaca cuanto antes.

Como usted ordene... Capitana Katrina.

Menos mal que no he visto su mirada, seguro que cortaba como el cristal. Tampoco es que me importe demasiado. Es solo un recluta y yo soy Katrina, la Tormenta del Sur.