domingo, 24 de enero de 2021
Erico Hachasangrienta: Regreso
sábado, 28 de noviembre de 2020
Recuelle: Preguntas (+18)
-Buenas días, querido y magnánimo alcalde
-¿Donde... Dónde estoy? ¿Y quién es usted? ¿Por... Por qué estoy atado y desnudo?
-Poco a poco, señor alcalde, no querrá que su pobre corazón ceda. Ya sabe lo que le dijo el médico, reduzca las carnes rojas, haga algo de ejercicio e intente no alterarse.
-Usted es aquel mercenario, aquel tipo con la cara blanca... Barnabás.
-Sí, ese fue el nombre que le di en su momento, pero déjeme que me presente otra vez esta vez con la sinceridad que se merece su ilustrísima. Mi nombre es Recuelle, bardo de oficio y maestro de mis deseos como profesión.
-Oiga, no sé a qué viene todo esto, pero si me desata ahora mismo y me deja ir de sabe dios donde estamos le prometo que...
-Pah, pah, pah, pah. ¿Qué le he dicho hace unos instantes, señor alcalde? Cálmese si no quiere que su estado se empeore. Ahora, si no le importa y ahora que ya me he presentado como los dioses mandan, le explicaré que hace aquí.
-¿Y dónde demonios es aquí?
-Este lugar, mi querido amigo, es el almacén subterráneo de una vieja amiga que me ha pedido un favor, y como todo el mundo sabe el bueno y bondadoso de Recuelle no puede negarle nada a sus camaradas. Y si no le importa, deje las preguntas y escuche con esas orejas zafias y llenas de pelos de anciano, o si no quizás se pierda en mi conversación y me haga tener que repetirme. Y a mí no me gusta decir las cosas dos veces. ¿Está de acuerdo? Tomaré su silencio como un sí. Verá, necesito que me de información sobre cierto paquete que llegó a sus oficinas hace un par de semanas. Era un paquete más o menos de un pie de largo y dentro había un papel con unas letras muy importantes escritas en este. ¿Le suena de algo?
-No recuerdo haber recibido ningún paquete así.
-Oh, pero sí que lo recibió. De hecho, tengo la declaración jurada de su jardinero sobre cómo recibió a un caballero vestido de negro a su domicilio que le entregó en mano dicho paquete, el cual llevó a su despacho a examinarlo junto a este y comprobó su contenido antes de depositarlo en una caja de plata y enviarlo por correspondencia a los dioses saben donde.
-¿Cómo sabe todo eso? ¿H a torturado usted a Iorveth?
-No sea estúpido, Iorveth trabaja para mi amiga y fue él quien me dio voluntariamente toda la información que le he expuesto.
-Entonces si sabía todo eso, ¿por qué me ha preguntado?
-Para saber si era posible confiar en usted y, lamentablemente, ha fallado la prueba. Me decepciona, ilustre. Pensaba que una persona de su estatus y cargo mantendría una ética sobre la mentira de tolerancia nula, sobre todo conmigo que solo he dicho la verdad desde que he empezado a hablar con usted. A partir de ahora, por desgracia para los dos, me veré forzado a tomar medidas más estrictas, inquisitivas incluso.
-Es usted un ser despreciable.
-Puede, pero le interesa que este ser despreciable esté contento y feliz hasta que le libere, o puede que tenga que pagarlo muy caro. Dígame señor alcalde, y dígamelo con toda la verdad dentro de su alma, ¿podría indicarme si esos documentos son realmente las últimas voluntades del conde de Bourgnoim y el testamento de este?
-Sí, pero nunca podrá encontrarla. Jamás le diré nada.
-Oh, claro que hablará. Verá, hay una razón para que usted y yo estemos con las vergüenzas al aire y no es puro exhibicionismo, sino que he comprobado en varias escenas de suma experiencia que la eliminación de la ropa hace que sea mucho más fácil eliminar las pruebas y aparentar que nada ha sucedido tras un trabajo. También es cierto que sin ningún tipo de prenda, el acero lo tiene más fácil para penetrar la carne y la piel y da un mayor control de una hoja para ciertas actividades. Por ejemplo, fíjese en esta belleza. Es un cuchillo gnomo, hecho de acero templado y laminado. Los gnomos lo utilizan para cortar las pieles de las liebres si dañarlas demasiado y venderlas a mejor precio en los mercados, pero yo he descubierto que su filo tan fino como un pelo y sus paredes rugosas son perfectas para introducirse en los dedos sin uñas y separar poco a poco la piel de la grasa y hacer una inmesurable cantidad de dolor. O mire este otro, una hoja larga y delgada como una aguja, perfecta para coser con hilo de intestino de gato las heridas superficiales y evitar el desangrado de la víctima durante mis sesiones de interrogatorio. ¿Quiere que continue?
-Haga lo que quiera, hice una promesa y pienso cumplirla. Nadie tocará la herencia del conde de Bourgnoim salvo su sobrino menor, quien gobernará sus tierras y su gente. Córteme, cósame, écheme fuego si quiere y mande a los perros del mismo infierno. Mis labios están sellados.
-Muy honorable por su parte, pero fútil a su vez. Verá yo no quiero quitarle la herencia al pobre Nicholas, para nada. Sin embargo, el joven es demasiado impetuoso y se deja llevar por su corazón y mi queridísima amiga cree que sería mejor que alguien administrase sus cuentas antes de que se haga un hombre hecho y derecho. Ya sabe, no podemos dejar al pueblo a la merced de un descerebrado.
-¿Y a quién pondría una rata como usted o su socia como administrador?
-A su primo Teolfo, por supuesto.
-¡Ja, su primo es un necio, un borracho y un juerguista! Es un incompetente tal que todos saben que su hermano será el heredero de sus padres pese a ser menor. ¿De verdad creen que será mejor gobernante que un niño?
-Creo firmemente que lo será. porque cuando gobierne hará que se mueva la economía más importante de todas.
-¿Qué sandeces está diciendo?
-Escuche y aprenda, querido amigo. Cuando un hombre como él sube al trono, todo el mundo gana. Primero empezará a montar grandes fiestas y banquetes, tantos que todo el mundo en la corte será feliz y disfrutará mientras sus asesores y gente de confianza toman el mando de las tierras y se encargan de su administración. Después llegará un punto en el que el pobre conde estará falto de oros y subirá los impuestos, volviendo así al punto uno hasta que, sorpresa para cualquier mortal con poco cerebro, haya un momento en el que no pueda subirlos más. Después empezará a pedir préstamos por asesoría de sus nuevos consejeros a gente respetable que puede asumir dichas sumas entre las que se encuentra mi amiga, la cual comenzará con intereses bajos y luego los irá subiendo conforme la suma crezca, alternándose de nuevo el paso uno y dos. Finalmente, la suma será inasumible, el pueblo estará harto y lo destituirán, tanto a este como al pobre Nicholas el cual, probablemente, no haya llegado a la mayoría de edad debido a un accidente de caza, un envenenamiento o a la daga que escondía una dulce doncella que había ido a visitarle en su cama para celebrar su décimo sexto cumpleaños. Al estar el sitio vacío, los asesores buscarán a una persona competente, el pueblo aprenderá a rebelarse contra los tiranos y los prestamistas recibirán gran parte de las tierras del condado para pagar las deudas. ¿Ve usted, mi querido alcalde, como a cambio de un par de años de miseria tendremos una tierra más fuerte y recia?
-Está loco. Su plan es una estupidez. Jamás funcionaría tal artimaña.
-¿Y quién es usted para decir eso? ¿Acaso me conoce para poder llamarme loco? Quizás sea un loco, quizás sea un visionario, o quizás solo estoy exponiendo una excusa para ocultar que Teolfo le ha pagado a mi compañera una gran suma por mis servicios. De igual forma, solo hay una forma en la que saldremos de esta: con usted contándome dónde se encuentra el documento y yo cambiando un simple Nicholas por un Teolfo. ¿Está dispuesto a colaborar o se va a empeñar en que estrene una nueva pastilla de jabón?
-Púdrase, no puede hacerme cambiar de opinión. Nicholas es el heredero del conde de Bourgnoim y nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.
-¿Nada de lo que diga o haga, dice? Es un poco cruel, ¿no cree? Encima de que le estoy tratando con tanta delicadeza.
-Váyase al infierno usted y sus palabras de patán.
-¿Y si no se lo pidiese yo? Y si se lo dijese un joven llamado... no sé, ¿William?
-¡No vuelva a decir ese nombre! ¡No vuelva a decir el nombre de mi hijo!
-Ah, vamos progresando, eso em gusta.
-¡Como le haga algo a mi hijo le juro que...!
-¿Me jura qué? ¿Que se quedará ahí quieto mientras yo hago mi trabajo? He oído que su hijo William es un jovencito de quince años bastante popular en sus círculos. Me han dicho que es un maestro con el arco y con las damas. ¿Sabe algo curioso de la arquería? El arco, pese a ser un arma primitiva y robusta, es controlado principalmente por el meñique de la mano que lo sujeta, el cual le otorga estabilidad al lanzar la flecha. Además, pese a que todo el mundo sabe que para lanzar una flecha solo se necesitan el índice y el corazón en la mano de la cuerda, existe un punto en el que los tendones de ambos dedos se entrecruzan y una pequeña incisión los deja inútiles.
-¡Cállese ahora mismo!
-Si me deja pensar en otros elementos de su muchacho, diría que su elemento más atractivo son esos ojos esmeralda que tiene. Escuché que en la universidad una moza escribió un poema sobre sus ojos. ¿Qué era lo que estudiaba? ¿Ingeniería, leyes? Ah, ahora recuerdo, medicina. ¿Sabe que existe un parásito que se transmite por contacto de mucosas y que devora por dentro los ojos de su huésped mientras crea nidos en sus cuencas? Es un ser diminuto y fascinante llamado Vermis Oculus que solo vive en ciertas zonas pantanosas y que son indetectables hasta que es demasiado tarde. Aunque claro, alguien con el suficiente oro podría hacerse con uno de estos especímenes.
-¡Silencio, bastardo hideputa!
-Oiga usted, un respeto hacia mi madre que no se merece tales insultos. Si le molesta tanto, no se preocupe, puedo cortarle el cuello mientras duerme. Es mucho menos doloroso y más sencillo. Además, es una de mis especialidades.
-¡Por favor, pare!
-Y si no puedo ir a visitar a la mayor. Ay, me han dicho que Elisabeth está viviendo en el ducado de la familia Rostfields en el sur y dicen que su primer cachorro está a punto de nacer. ¿Cree que saldrá a su padre o a su madre? Seguro que están interesados en un arlequín para entretener a su bebé, puede que hasta me ofrezca a ayudar a la pobre niñera si está en apuros.
-Basta de una vez, se lo suplico.
-Una pena que no haya podido conocer a su mujer. La viruela se la llevó hace unos años, ¿verdad? No creo que pueda hacer mucho por ella, aunque estoy seguro de que si entierran junto a ella a sus hijos descansará en paz por el resto de la eternidad. ¡Hey, qué buena idea acabo de tener! ¿Y si la llevo a darle una visita a sus hijos? Quizás tenga que peinarle los cuatro pelos que le queden y abrillantarle con lejía los dientes llenos de barro, pero seguro que a sus hijos les hace mucha ilusión ver a su madre una vez más.
-Basta, por todo lo sagrado... basta.
- Yo no soy el que tiene potestad para parar, sino usted, mi magnánimo y poderoso gobernante. Tan solo tiene que decir un par de palabras y, con ellas, me hará el hombre más feliz del mundo. Tanto que seguramente me olvide de su familia.
-...
-Vamos, dígalo, confíe en mí.
-Si se lo digo... ¿promete no tocar a mi familia?
-Lo juro como que el nombre que me dio mi santo padre es Recuelle.
-El documento está en la biblioteca de un cortijo en mis tierras. Está vigilado por media docena de guardas que se hacen pasar por jornaleros y atacarán a aquel que no les dé la palabra de seguridad: valeriana. El documento está guardado dentro de la caja de plata, oculta en la sección de historia junto al tratado de las Tierras de los Gigantes.
-¿Algo más que deba saber? No quiero llevarme sorpresas.
-¿Qué me hará cuando le dé la información?
-Pensaba que a usted no le importaba lo que le hiciese, pero si le creo prometo no hacerle nada.
-La caja tiene un mecanismo, la tapa debe subir perpendicular a su base hasta extraerla completamente o el documento prenderá en llamas. Eso es todo lo que necesita saber.
-Bien, lo ha hecho muy bien, señor alcalde. Siéntase orgulloso. Creo cada palabra de lo que ha dicho.
-¿Me dejará marchar ahora?
-Lamentablemente, no.
- Le he dicho toda la verdad, ¡usted mismo ha dicho que me cree!
-Y le creo, le juro que le creo. Pero... verá, el problema es que es mejor prevenir que curar. Ahora vamos a comprobar si corrobora su historia de nuevo. Pero antes, ¿puedo hacerle una pregunta? Es una nimiedad, se lo prometo.
-... Hable.
-¿Por dónde quiere que empiece?
domingo, 25 de octubre de 2020
Recuelle: Sueños
domingo, 23 de agosto de 2020
Historias de Recuelle: Pasos
Oigo pasos en los charcos de aguas estancadas que viajan con rapidez en la calle empedrada. Oigo pasos de miedo y preocupación, pasos que revelan el terror propio de la naturaleza humana cuando lo desconocido asoma su mirada. Oigo pasos de pies jóvenes en zapatos de terciopelo y laca, pasos cuya máximo trabajo ha sido el de buscar cómo gastar las tardes libres sin nada que hacer. Oigo pasos, pasos de mi próxima víctima.
Mis ojos no se han recuperado del todo, puedo sentir aún el picor del ataque con el que intentaron escapar de mí pero que resultó inútil. Siempre resultan inútil. Busco los pasos en la noche y ahí veo a su fuente: una hermosa figura de piel ámbar y melena de ébano rizada tan larga como los tapices de las casas nobles. Puedo ver su vestido de seda y turquesas cosidas por manos delicadas y precisas, sus labios teñidos de negro carbón a juego con sus ojos. Puedo ver su pecho que se desplaza por su respiración errática. Puedo ver su expresión de miedo mientras mira a su espalda y lucha por mantener su falda alta mientras corre. Es perfecta, sencillamente perfecta. Es justo lo que necesitaba. ¿Tú qué crees Aithaita, será suficiente?
Me arreglo mis ropas y salgo al camino tranquilo, sin miedo
o preocupación, sin ansia ni duda. Doy un par de pasos largos y ella choca
conmigo cayendo al suelo. Me agacho y extiendo la mano mientras mis cascabeles
suenan. Puedo ver su mirada mientras viaja en busca de lo que necesita: una
sonrisa, una mano amiga y una espada a mi cinto. No tarda en coger la mano y se
levanta con un pequeño gemido que precede a la lluvia de lágrimas.
Las gotas caen por sus mejillas mientras me explica la situación. No entiendo
muy bien lo que sucede, pero mi rostro cambia de una sonrisa ligera a una expresión
de preocupación. Mis labios cerrados denotan seriedad, mis cejas bajadas
preocupación y enfado. Siempre funciona, todas mis víctimas saben que esa
expresión en la de alguien que ayudará a quien lo necesite, todas saben que es
la expresión de un héroe.
La función comienza. Saco a Aithaita de su vaina y su acero gris verduzco
brilla bajo la luna llena y los reflejos de charcos y piedras brillantes. Puedo
ver un hombre al final de la calle, un gigante vestido sin clase y que empuña
su hacha bicéfala como si de un garrote se tratase. La joven se pone a mi
espalda y, con una orden imperiosa, le digo que se esconda en el callejón
antiguo mientras mi brazo guía mis palabras. La muchacha huye, el hombre grita.
Intenta hablar, pero solo puedo oír el sonido de mis cascabeles mientras me abalanzo
hacia él con una estocada baja. Ni siquiera reacciona y, antes de decir la
primera palabra, mi acero ya está en su interior.
He penetrado bajo las costillas, justo a la altura del
hígado. Pronto sus pulmones no pueden llenarse mientras me mira con ojos de
piedad y súplica. Sé lo que me están diciendo: “Sálvame, ayúdame, no merezco morir
aquí”. El gigante cae derrotado y la sangre llena la hoja. Qué decepción, ni
siquiera he visto un ascua. Aún necesito más, tengo que conseguir más.
Llevo ya dos años en busca de aquello que perdí, el atisbo de esperanza que me
diste en aquella calle de Rouchet cuando me vi acorralado con las espadas en la
garganta. ¿Acaso no te he servido ya bastante? ¿Cuándo me darás tu poder? Solo
recibo la misma respuesta una y otra vez proveniente de una voz gutural y aberrante,
una voz que hace que mi alma se encoja y sienta un frío y temor más allá de lo
que jamás podría haber comprendido si no la hubiese conocido: “Más”.
Otra víctima sin recompensa, pero quizás mi presa sea de
mayor valor. Ahora oigo mis propios pasos, seguros y rápidos. Pasos de alguien
que busca algo que espera encontrar a la vuelta de la esquina. Pasos de sed y
necesidad. Pasos que se mezclan con el sonido de mis cascabeles dorados y las
gotas de sangre que caen lentamente del acero. Pasos que preceden el fin de la
función.
La joven se ha escondido tras unos barriles y me coloco frente a ella. Sonríe
al verme, cree que soy su salvador. Todas sonríen la primera vez que me ven
después de salvarlas, pero siempre cambian de expresión. ¿Cuál fue mi primera
víctima? ¿Fue aquel noble de barbas azules o el clérigo al que salvé de sus
propias creaciones? Da igual quién fue el primero, ni quien será el último.
Todos abren los ojos mientras ven cómo alzo en alto el brazo y todos abren la
boca e intentan gritar de terror mientras mi acero se dirige hacia su cuello.
Ninguno ha conseguido regalarme unas últimas palabras, tampoco mi última
víctima, pero gracias a ellas tengo el regalo más hermoso que podría pedir en
sus expresiones de miedo y desaliento.
Su cabeza cae por las calles empedradas de charcos y miseria, iluminadas por la
luna llena que brilla junto a sus hermanas estrellas. Pero sus ojos no volverán
a ver el cielo y sus pasos no volverán a cruzar estas calles. Y con el apagado
de sus ojos, la oscuridad se cierne en su alma.
Y la función ha terminado.
sábado, 25 de abril de 2020
Katrina: La Batalla de los Pastos Negros
- ¿Cómo? Si llevamos casi una semana de marcha sin parar con los gritos y berridos de nuestro comandante.
- Parece que los nuestros han repelido al enemigo en el desfiladero de Pastos Negros.
- ¿En Pastos Negros? ¡Ja, pero si en esa zona estaba dispuesta la séptima división de infantería! Sus miembros son reclutas sin experiencia y su comandante es tan cobarde que jamás podría su vida en juego. Esos malnacidos no podrían ni defender una manzana de un cerdo.
- Ya, pero ahí se encuentra lo más curioso. No ha sido la séptima división, ha sido una recluta.
- ¡Anda y vete a chupar huevos duros con tu abuela! Puede que sea un viejo y un soldado sin talento para el mando, pero no estoy tan senil como para creerme tus mentiras.
- ¡No miento! Cuando vieron los estandartes enemigos y se vieron abrumados ante la diferencia de enemigos cogieron los caballos y huyeron con todo cuanto pudieron, pero hubo una recluta que cogió su escudo y lanza y se plantó en la zona más estrecha del desfiladero, del mismo modo que formamos en la falange. El camino no dejaba pasar a más de cinco hombres y, según he oído, se mantuvo firme mientras su lanza atravesaba el pecho de sus enemigos. Lanzaron contra ella lanzas, espadas, flechas... ¡hasta la caballería enemiga cargó contra su escudo! Pero nada consiguió romper su defensa, y sus pies se mantuvieron fuertes en el suelo como el cimiento que se hunde en la tierra para erguir las torres de los castillos.
- Por muy diestra que sea dicha recluta, nadie es capaz de aguantar contra una horda enemiga.
- ¡Os juro que es cierto! Las armas enemigas mellaron su escudo y su lanza perdió su filo tras ensartar a tales enemigos, pero ella continuó luchando sin miedo a la muerte. Cada enemigo caído era un grito que emanaba de sus pulmones, y cada estocada con su lanza era un rayo que atraviesa el cielo nublado y anuncia al mundo la llegada de la tormenta. Dicen que un enemigo clavó su hacha en el escudo de la recluta y la sangre empezó a correr por el agujero en el metal mellado, y aun así no se movió, sino que tiró el trozo de madera y hierro al suelo y, agarrando la lanza que no era en aquel instante más que un trozo de madera y hierro destrozado con ambas manos, se lanzó contra el enemigo con todas sus fuerzas. La sangre fluyó por el aire como tornados de ira y odio y sus cabellos grises como la ceniza bailaban al son del viento que producían sus pasos ágiles y fuertes como los del león que se abalanza hacia su presa. Más y más enemigos caían a sus pies hasta el punto que abandonar su posición. Siguió luchando con la misma furia que una madre cuando el cuchillo se acerca al cuello de su hijo y, cuando una lanza enemiga estaba a punto de atravesar su estómago meintras se encontraba indefensa tras acabar con otro de esos bastardos, ocurrió un milagro, pues de su espalda nacieron dos alas blancas como la nieve.
- ¿Dos alas dices? ¡Ja, alguien le ha dado demasiados sorbos a la bota de vino.
- ¡Es verdad, muchos otros lo confirman! Hablan de dos alas blancas como la nieve que surgieron de su espalda llena de cicatrices y cortes por las espadas enemigas, y muchos de la séptima división que miraron la carnicería desde la seguridad de los cobardes dicen que alzó el vuelo y acabó con los enemigos que quedaban mientras poco a poco el cielos e iba oscureciendo. Cuando la lluvia comenzó a caer y su comandante dio la orden de volver a su posición, solo vieron una figura ensangrentada, con los cabellos salvajes que cubrían un rostro de ojos fríos como el cruel invierno, vestida con una armadura destrozada y brazos cubiertos de la sangre de aquellos que ahora pisaba con sus sandalias. Dicen que es una heraldo de los cielos que ha venido a ayudarnos en esta guerra.
- ¿Y quién es esta recluta?
- No lo sé, he oído que la han llamado a la capital para rendir cuentas a los generales y darle un destino. Ni siquiera sé su nombre, pero todos la llaman por el apodo que le dio su comandante tras la Batalla de Pastos Negros. La Tormenta del Sur.
- Suena irrisorio, pero maldita sea si es verdad, es posible que la recluta nos haya salvadod e nuestra propia muerte en el frente. Brindemos pues por ella, brindemos a la salud y fuerza de la Tormenta del Sur.
-¡Por la Tormenta del Sur!
domingo, 22 de marzo de 2020
Katrina: Orígenes
sábado, 21 de septiembre de 2019
Prueba número 7: Diario de Akira Zhou
Lo que yace bajo las ruinas versión íntegra
Cuando la bebida me había dado las fuerzas que necesitaba, volví a mi estudio para releer aquellas últimas palabras y comprobar que no eran el resultado de mi mente podrida tras tantos años de enfermedad. No me había equivocado. En el informe se explicaba cómo aquel hombre ciego pero que podía ver pronunció unas palabras con voz profunda y gutural, que mi informante fue incapaz de relacionar con sonidos humanos, cuyo significado se quedó en mi mente desde ese momento hasta día de hoy: “Yo soy el doctor Joaquín Cerezo Ríos, y llevo esperando noticias de su informante desde hace años. Dígale que venga, dígale que está invitada a mi casa, y que contestaré cualquier duda que tenga sobre mí”.
Me quedé petrificada. ¿Cómo podía saber aquel hombre quien era yo o por qué le estaba buscando? ¿Por qué se había negado a hablar con nadie durante tanto tiempo si no tenía ninguna dificultad? ¿Era posible que todo esto fuera el producto de una elaborada estafa a manos de mi empleado con el fin de quedarse con el sueldo que le había prometido una vez acabase el trabajo? La paranoia se apoderó de mí; no sé cuánto tiempo pasé sumergida en mis propias dudas y cuestiones, pero para mí se sintieron como una eternidad de tortura. Mi caja de Pandora personal se había abierto, había desvelado todas las inseguridades y pesares que había acumulado tras una larga búsqueda de dos años. Pensé que ese era el fin de mi cordura y jamás sería capaz de recuperarme, hasta que las voces, unidas en un cántico unísono en lugar del orden caótico con el que solía escucharlas, volvieron a aparecer en mi mente y me ordenaron de forma imperiosa que cesase el espectáculo de mi deplorable comportamiento y volviese a mi labor. Me recompuse y limpié el sudor de mi frente con extraña sorpresa, la maldición que me había acompañado durante toda mi vida había sido capaz de salvarme de mí misma, me había ayudado por primera vez, y, aunque me hubiera gustado desenmascarar ese misterio, tuve que enterrarlo para centrarme en terminar la lectura del documento que incluía una dirección, supuestamente, perteneciente a la casa del doctor Cerezo.
En la mañana del 15 de diciembre de 1928 llegué a la estación de trenes de Almería. Al poco de llegar, apareció un coche de caballos que ofreció sus servicios para llevarme hasta el destino que desease y, debido a que los modelos de automóviles en alquiler estaban en condiciones nefastas, acepté. Me subí a la cabina y el hombre me preguntó el destino. Le indiqué que deseaba ir a Beires, tras lo cual tomó el camino principal a Benhadux que estaba interconectado con otros caminos comerciales por los que transitaban carros y camiones llenos hasta los topes de verduras, ganado y mármol. Llegamos alrededor de las diez de la noche a la entrada de los terrenos del doctor Cerezo, pues el conductor al verme extranjera no deseaba que me perdiese, ya fuese llevado por el paternalismo de los hombres de clase baja con intenciones carnales repulsivas o que verdaderamente era uno de los pocos buenos samaritanos que quedaban en este mundo. Me despedí del conductor y crucé la puerta que conducía a un camino de piedras musgosas rodeado por pinos ancianos y retorcidos. Seguí un buen rato por aquel camino que parecía sacado de los cuentos anglicanos de pesadilla y terror, donde los únicos sonidos que escuchaba eran los de mis pisadas sobre la dura piedra. El aroma que impregnaba mi nariz era el de las tierras secas del sur mezclado con un leve toque a mercurio. Finalmente llegué al famoso caserío del señor Rodríguez que se mostraba ante mí como una estructura olvidada de su antigua gloria. La descripción que había dado el detective era exacta a la imagen que tenía frente a mis ojos. Me acerqué a la puerta; no sabía si tocar o esperar al día siguiente, pero como si el destino respondiese a mis pensamientos, un hombre delgado, barbudo, con la melena negra y blanca y unas cuencas vacías con las quemaduras típicas del mercurio, abrió la puerta chirriante con una mano mientras con la otra sostenía una vela casi derretida que funcionaba como linterna.
El hombre, al que reconocí sin vacilaciones como el doctor Cerezo, me indicó con un gesto de cabeza que pasase. Todavía recuerdo con todo lujo de detalles la decoración del lugar, cuyas paredes estaban cubiertas por trofeos de caza y cuya esencia era la mezcla de los muebles de madera vieja y roída junto a ese repulsivo olor a mercurio que se había acentuado al entrar en la casa. La náusea me embargó y estuve a punto de devolver el poco almuerzo que había tomado durante el camino, pero fui capaz de mantener la compostura y seguir a duras penas al doctor Cerezo por un largo pasillo que desembocaba en una gran puerta de bronce esculpida. El hombre sacó una llave plateada de su bolsillo y la introdujo en la puerta que reveló un extraño túnel, probablemente de construcción reciente, que llevaba a un húmedo sótano al bajar unas escaleras talladas en la misma piedra. El lugar, más que un sótano, se asemejaba a una caverna artificial por su forma ovalada y sin ventanas, cuya única fuente de luz era la vela del arqueólogo y la cual temía que se apagase debido a la humedad del ambiente. Los únicos muebles que había en esa espeluznante celda eran dos sillas por cuya apariencia no parecían muy cómodas, colocadas encima de una alfombra rojiblanca con simbología celta, así como una tabla pegada a la pared de la cual colgaba un cuchillo ornamentado y de excelente fabricación. Me acerqué a inspeccionar el cuchillo, pero me interrumpió por la tos forzada de mi anfitrión, quien me señaló con su dedo una de las sillas para que me sentase en ella. Sin embargo, mi corto examen me permitió discernir el color y el patrón de la hoja, que recordaba al humo, y también las manchas que parecían sangre seca en el filo. Había sido utilizado recientemente.
Me senté tal y como me habían pedido, saqué mi vieja pluma y cuaderno de notas mientras observaba como el objeto de mi obsesión se colocaba frente a mí. Su figura y pose, rodeadas por un ambiente tan surreal, le daba un aura similar al imaginario de los mejores escritores fantásticos y góticos, similar en mi mente a la imagen del dios de la muerte creado por mi barón irlandés favorito. Tras un breve silencio, el hombre abrió la boca. Se presentó como Francisco Cerezo Ríos, licenciado por la universidad de Santiago de Compostela en arqueología y ex miembro del grupo especial enviado por el gobierno a Algarrobado Mayor. Su voz era profunda y gorjeaba, tal y como lo describía el detective, pero cara a cara producía tal horror que, involuntariamente, me aferré con fuerza al reposabrazos. Por instinto, ese vestigio de la bestia primigenia que todavía llevamos dentro, me preparé para enfrentarme a cualquier posible amenaza.
Me tranquilicé gracias a los extraños mensajes que recitaban las voces en mi cabeza e intenté reducir la velocidad de mi respiración hasta calmarme. Le pedí que me relatase todo lo que recordase de la destrucción del pueblo pagano en aquella lúgubre noche del 15 de octubre de 1923. El profesor Cerezo se reclinó en su silla como si aquel tema fuese algo banal y sacó del bolsillo una pipa de marfil que cargó antes de encenderla. El aroma que salía de esta no era tabaco, sino una extraña medicina verde tomada en el esotérico oriente conocida por sus propiedades relajantes, y que había saltado a la fama en Europa tras rumorearse que la consumían en grandes cantidades los fieles de Rashid Al-Din Sinan, miembros de una secta islámica radical que durante las cruzadas había sido el terror de cristianos y musulmanes con el asesinato tanto de nobles como inocentes a sangre fría. Tomó una larga calada infinita, y dejó salir lentamente el humo blanquecino por entre sus labios hasta que, tras un leve suspiro, comenzó a hablar.
El doctor Segura, llevado por la locura que le embargaba, informó a los otros dos arqueólogos de su plan improvisado. Tenía intención de matar a ambos hombres una vez abriese la puerta y dejaría los cadáveres en el interior de la sala para que el paso del tiempo pudiese hacer su obra; a la mañana siguiente volvería a las ruinas sin levantar sospecha para evitar que se descubriese el pasadizo secreto. Una vez pasados los años retornaría para coronarse como el descubridor del mayor hallazgo arqueológico de la década y utilizaría sus influencias a posteriori con el fin de catalogar lo que ya serían esqueletos como simples habitantes de la sociedad desaparecida. Una carcajada sombría salió de su boca, y la sentencia comenzó una vez el hombre armado les ordenó que abriese la puerta.
Quise marcharme en aquel instante, horrorizada por las extrañas conexiones entre su historia y mi propia vida, pero algo en mí me hizo continuar hasta el final. El doctor me relató cómo no pronunció palabra alguna; no hacía falta, el instinto de supervivencia al igual que un deseo oscuro recién formado dentro de sí fue más que suficiente para cerrar el trato, incluso si eso llevaba traicionar a su propia especie. El mismo gusano profirió extraños cánticos, y con su kilométrica boca se apoyó en el techo de la sala, produciendo terremotos que movieron hasta la misma realidad, y que sumieron al arqueólogo, viudo en duelo y heraldo de seres infernales en un letargo transcendental, en un letargo que duró mil vidas en un solo segundo. Observó la obra de aquellos seres a lo largo de la historia; desde su llegada a la tierra tras su nacimiento por el apóstol maldito Gul´Talzhahim hasta su destrucción en el lejano futuro, cuando el sacerdote oscuro y primigenio alce su reino de pesadilla desde las profundidades del océano y evapore la concepción de nuestro planeta, tornándolo de nuevo en una nube de polvo cósmico que vagará eternamente por el frío espacio, reminiscente de todo lo que fue y todo lo que será.
El terror se apoderó de mi mente, y me sentí anclada a mi asiento roído, como sujeta por unas cadenas invisibles de las que no me podía deshacer. Me sentía sucia al escuchar esas palabras de tan horrenda naturaleza, no podía concebir que tal mal existiese en la tierra. No podía aceptarlo. Tomé por un loco al ciego e intenté salir corriendo del maldito salón en cuanto tuviese la oportunidad. Mi relato ya no tenía importancia para mí, tan solo quería escapar; y no hubo mejor oportunidad de intentarlo que cuando aquel hombre que ahora me producía una repugnancia indescriptible volvía a estar ocupado en rellenar su pipa con la plasta verde y apestosa. Mientras sus dedos apretaban el contenido de la cazoleta, me levanté con un impuso felino y corrí por mi vida hacia las escaleras, pero no pude alcanzarla. Mi cuerpo cayó paralizado mientras las voces de mi cabeza entonaban extraños sonetos en su lengua muerta y distintiva. El profesor debió entretenerse con mi invalidez, pues se acercó y me narró al oído lo que sucedió tras aquella noche en un tono burlón. Me contó cómo se había hecho pasar por loco para engañar a la policía, como había secuestrado a dementes para ofrecerlos en sacrificio a sus maléficos patrones cuando los seis meses se habían cumplido. Me contó los horrores que habitaban la tierra, el mar y el cielo. Me habló del ser esbelto y perfecto que reina en su ciudad abandonada más allá del firmamento, me describió a las razas menores que habían servido a los hijos de Gul´Talzhahim antes de la aparición del ser humano. Me recitó la localización de los templos olvidados, las canciones perdidas, los secretos prohibidos y los lugares donde se podía realizar el rito oscuro. Me confesó que la única razón por la que había venido a este pueblo era que, bajo la misma sala donde nos encontrábamos, había un pasadizo secreto que desembocaba en unas ruinas muy similares a las de su historia, donde unos colonos pertenecientes a la raza de sus señores aguardan pacientemente hasta que se cumplen los ciclos con el fin de devorar por toda la eternidad las almas de los sacrificados.
Mis ojos se cubrieron de lágrimas al imaginar el sino de nuestra especie, simple e impío ganado de algo tan asqueroso, un sino que seguramente yo también tendría que sufrir. Mis llantos se deshicieron en súplicas al cielo, primero por la salvación de todos nosotros, pero al final se convirtieron en ruegos por mi propia vida. El doctor Cerezo soltó una risa burlona y con un dedo calloso me limpió las lágrimas de los ojos antes de acercar sus labios a mi oído y recitar unas palabras cuyo significado me fue vetado en aquel instante. “Eel mught ohr th´barht. Palackb Uul´Thugguht nilj tibn laur Gul´Talzhahim. Fial´tyonmbj palackb jorv sim´fhutarl”. Aquellas palabras me cambiaron y me transmitieron una fuerza cuya existencia desconocía. Era un poder extraño, un poder que me maravillaba y me hacía sentir capaz de conseguir lo que desease, daba igual ley, arma o ente que se presentase en mi camino; pero que cuya prístina esencia era deleznable para mi entendimiento. Los sentimientos de miedo y terror desaparecieron, y los extraños versos de las voces dejaron de hacerme efecto. Me levanté y observé el cadáver del doctor Cerezo junto a mí, quien había muerto con una expresión calmado por acabar con su pesada carga.
Podía ver sin ojos, y la verdad del mundo se presentó ante mí, horrorizándome y marcándome por el resto de mi vida con el trauma de los saberes prohibidos. Todos los regalos que me ofrecían no podían tapar la pútrida realidad ni las voces que ahora, más claras que nunca, exigían su parte del trato, y el ciclo se cerraría pronto.
Salí huyendo de aquella casa sin importar los misterios que faltaban por descubrir, pues al igual que el extraño contenedor metálico, sólo escondía los restos de actos profanos. Volví lo antes posible a mi mansión en Madrid, donde me encerré e intenté huir de la realidad sin éxito. Ahora las voces aparecían claras en mi mente al igual que para el doctor Cerezo, y su constante presencia no hacía más que degenerar mi mente. Días enteros pasaron sin que comiese o descansase en mi cama, pues estaba demasiado ocupada escuchando los relatos de aquellos nefastos seres. Me revelaron la verdad de mi antepasado y el del doctor Cerezo, el Hijo del Diablo, el cual tuvo un nombre muy distinto antes de llegar a Valencia para confundir a sus perseguidores y que así buscasen al hombre equivocado, me relataron las historias de aquellos que vinieron antes de mí y cómo su marca y su estirpe estaba preparada para tomar el manto de heraldo. Me confesaron el significado de las palabras que el buen doctor recitó mientras estaba inmóvil en el suelo: “Tu deseo es nuestro placer. Sirve a Uul´Thugguht y a los hijos malditos del profeta Gul´Talzhahim. Sírvelos y te daremos cuanto necesites para saciar tu alma”.
No supe qué hacer hasta que las voces pasaron de seductores relatos que intentaban anexionarme a su causa a amenazas claras y perturbadoras, en las cuales me mostraban en pocos segundos cómo habían destruido todas aquellas culturas ancestrales y poderosas que se habían negado a cumplir el rito sacrílego. Ya no era yo misma, sino una esclava que debía obedecer a mis amos pese a la horrible repugnancia que sentía al pensar en cometer tales actos.
Seguí sus mandatos y trabajé como su marioneta durante los años venideros. Vendí mi vieja mansión y me mudé a la zona sur, donde compré una casa cerca de unos terrenos montañosos que habían tomado mala fama por su nauseabundo olor a mercurio. Me enseñaron a realizar los rituales y la localización de los altares en los que debía realizarlos. Aprendí los santos versículos, tomé las herramientas para mi labor y cumplí las expectativas que tenían de mí como su heraldo. Cada vez que una noticia del aumento de nuestras ventas llegaba a mis oídos o nuevos y cada vez más extasiosos placeres llegaban a mis puertas, lo asimilaba como los favores que me concedían mis nuevos señores y sentía cómo se clavaba más profundamente en mí el puñal de la culpa por la traición a los míos, y no hizo más que aumentar durante los años venideros hasta que cedí a mi nueva naturaleza.
Solo tuve tiempo a realizar un rito antes de que me encerrasen en este horrible lugar por su maldita culpa, pero no podía dejar de ejercer mis labores. Fueron mis poderosos patrones los que me llevaron a esta nueva residencia la cual está cubierta por el olor a mercurio que sintió mi predecesor. Me otorgaron la misma habitación que él y ocularon entre las baldosas las mismas herramientas con las que alimentaría el hambre por la desesperación de los vástagos de Gul´Talzhahim. Créame cuando le digo que podría salir de este infierno si lo desease, pero no serviría de nada, ya que ellos están bajo el suelo esperando a que cumpla mis oficios, y al menos aquí siento algo de descanso cuando la droga nubla mi mente.
Espero que ahora comprenda el por qué escribí mi carta. ¿Qué sentido tendría alertar a la población de esa fúnebre amenaza? Ningún poder terrenal podrá hacerles frente, y en el peor de los casos acabarían con todos nosotros y buscarían a la próxima raza consciente para que actuase como sus sirvientes. Se lo diré una vez más: encárguele al señor Padilla cualquier otro trabajo, recoja toda la información referente al demoníaco suceso de Algarrobado Mayor y deshágase de todo, hasta que desaparezca la mínima prueba de su existencia. Hace mucho que siento ganas de acabar con la carga que porto sobre mis hombros al igual que hizo el doctor Cerezo, y tengo entendido por mis poderosos patrones que su hija más pequeña, la que tuvo con una mujer nacida cerca de la localidad maldita, sufre una dolencia similar a la mía y escucha extrañas voces que intentan comunicarse en una lengua extranjera. O quizás podría olvidarme de mis obligaciones para que mis patrones devoren la ciudad en la que vivimos. Sea complaciente ahora que solo poseen el peso de mis palabras, pues soy protegida por fuerzas indeseadas, y hace mucho que no le pido un favor a mis patrones.
Atte. Doña María Rosales Almíbares.
Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.