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miércoles, 26 de abril de 2023

23 de marzo de 2012

Se acercaba el lanzamiento de su juego favorito que, a pesar de no haberlo jugado todavía ni conocer la saga, era lo que más quería en el mundo. Para ella era suficiente para nombrarlo su título favorito y lo mejor del año. Apuntara el 23 de marzo en su agenda para no olvidarse, justo al lado del examen de matemáticas y aquel trabajo de lengua que no pensaba hacer porque era para subir nota, que no la necesitaba.

No obstante, ese día mágico era un viernes, así que hasta el sábado no podría acercarse en autobús hasta Pontevedra. Iba a Game de siempre, desde que Centromail cambiara de nombre. Era el único sitio donde compraba videojuegos a pesar de que ahora ya no permitían encargar nada por teléfono. En realidad, también compraba ediciones del año en Gamestop, pero los amables dependientes de Game no tenían porqué saberlo, ¿verdad?

Erika no pegó ojo en toda la noche. Ese Kid Icarus para Nintendo 3DS esperaba en la tienda. Lo imaginaba con un post-it encima con su nombre, como hacían antiguamente. Le gustaba pensar en tiempos analógicos con una especial nostalgia, aunque a sus 15 años, poco podía añorar en realidad.

Al despertarse, desayunó con prisa el bol de cereales, sin degustarlos. Su hermano Simón comparó la escena con el engulle de un pato. Esta vez Erika no le llamó la atención ni le llamó idiota, porque su cabeza no estaba en la realidad. Se despidió de su madre con un beso en la mejilla y fue a la parada del autobús, nerviosa. Nerviosa como si fuese a un examen.

Era un bonito día, soleado y con temperatura agradable. Subió al bus y se acomodó en un asiento. Esperó esos tortuosos 20 minutos de trayecto hasta la parada de Plaza Galicia y fue corriendo a la tienda, que acababa de abrir.

— Buenos días —saludó ella con una sonrisa en la cara al cansado trabajador del mostrador. Posiblemente él tampoco pegase ojo, pero por ir de fiesta.

— Buenos días, ¿qué necesita?

— Hice una reserva. Mi nombre es Erika Gómez.

El chico entró en el ordenador, bostezando con la mano libre.

— Disculpa, no hay ninguna reserva a su nombre.

Erika, todavía risueña y sin perder la paciencia en absoluto, le da detalles de la reserva, que tramitó en la web. Nada, el chico insistía en que no había nada en su nombre. Ella le indica que compruebe de nuevo su nombre, pero esta vez sin k, que igual se transcribió mal. Nada.

— No pasa nada, un error lo tiene cualquiera —dijo con cierto tono de resignación—. Aunque no sea por reserva, el juego salió ayer, ¿tenéis en la tienda el Kid Icarus de Nintendo 3DS? — ¿Qué juego?

Que al chico no le sonara en absoluto un juego de una consola de Nintendo no era una novedad. Erika asumía que la gente estuviese más centrada en el resto de consolas, en esas estúpidas guerras que llevaban a los combatientes a demostrar que su adquisición era la mejor de todas. Recuerda un video de un hombre martilleando la última Xbox. Lo cierto es que la Xbox resistió con bastante dignidad hasta que la carcasa terminó cediendo.

El chico buscaba y buscaba en su ordenador. Cuanto más insistía en que no existía el juego, más insistía Erika de que sí. Así que ya no solo resignada, sino enfadada, se dirigió a uno de los catálogos de la tienda y buscó y buscó aquel juego. Ni rastro.

Ella se conocía ese catálogo como la palma de su mano como también se sabía todos los movimientos de los personajes del último Super Smash Bros., cosa de la que siempre presumía. Así que recordaba la portada del Alan Wake en página completa, que además aseguraba que ese catálogo era para el mes de marzo. Pero ni rastro.

Erika concluyó que seguía durmiendo y todo aquello era un sueño. No podía creerse lo que estaba pasando. Le empezaron a caer las lágrimas y se sintió estúpida. Las lágrimas le hicieron sentir aquello real y se sintió estúpida por pensar que estaba viviendo una escena onírica. Se disculpó ante el chico, por hacerle perder el tiempo. Salió de la tienda indignada y destrozada. — ¡Espera, Erika! —le llamó el chico riéndose.

No estaba para aguantar ciertas cosas, pero ya que estaba allí y el bus no pasaría hasta dentro de unos 15 minutos, volvió a entró a comprobar qué sucedía. El chico le enseñó el juego en su mano, con un post-it encima que ponía «Sorpresa Rebeca, no vender». ¿En serio? Se dijo. ¿Qué estaba pasando aquí?

Su hermana mayor, Rebeca, llevaba saliendo con Miguel un tiempo y sabía que trabajaba allí. Así que prepararon juntos aquella broma para ella. Él tuvo que cambiar su turno con una compañera para estar allí ese turno. Estuvo a punto de equivocarse y no ir a la tienda, de hecho, lo recordó como a las tres de la mañana en el pub y dejó a sus amigos colgados para irse a dormir. Por suerte recordó poner el catálogo con la página perfectamente arrancada en su sitio y esconder los juegos que estaban expuestos.

Por un momento, Erika odió a su hermana con todo su ser. Pero se le pasó cuando abrazó el juego con cariño, como si fuese un cachorrito. Las lágrimas fueron desapareciendo de sus ojos y Miguel le regaló un Toad de peluche que tenía a mano, algo totalmente improvisado tras ver la sobrerreacción que tuvo su joven clienta. A ella no le importaba Toad, no entonces, porque estaba más ocupada en tranquilizarse y dejar de sentirse tan ridícula.
 
— Te gustan mucho los videojuegos, ¿eh? —expresó el dependiente.

— Mucho, ¡voy a hacer videojuegos como Sakurai!

Su hermana lo sabía. Rebeca siempre le dejaba sus juegos de Kirby y Erika fantaseaba con nuevas historias. En casa se conservaba una carpeta llena de esbozos e ideas de títulos que jamás existirían. En una de las carátulas dibujadas, salía Dedede ataviado con una gabardina y gafas de sol como Neo de Matrix. Había titulado a aquella locura «Neon Kirby Futura».

Para Erika el Kid Icarus era tan importante como cualquier cosa de su referente. Quería hacer sus juegos e incluso acabar trabajando en la sede de Nintendo en Kioto. Admiraba aquella industria con todo su ser y quería ser parte de ella. La broma la sacudió como un vendaval, cosa que se le pasaría al encender su consola y entender que realmente su hermana no solo aceptaba sus sueños, sino que sabía lo importante que era todo esto para ella.

Se aseguraría de contarle todos los secretos del juego en cuanto se pasase por casa.

lunes, 24 de abril de 2023

La carpeta azul

A Lucas018882 le gustó tu contenido. «Contenido». Su contenido era una foto, generada por IA. Usó como prompt las palabras «pájaro colorido» y «fondo dibujado por Van Gogh». La inteligencia artificial había creado una imagen muy vistosa de un pájaro en primer plano, con colores vívidos, sobre un cielo hecho con «trazos gruesos, como si se pintase con el exceso de pintura del pincel» como definía ella a los paisajes del maestro neerlandés. Era tan llamativo, que todo el mundo obviaría como las plumas de la cola del ave se fusionaban con el fondo, evidenciando el uso de una herramienta que creaba sin saber qué estaba creando.

En la aplicación la gente compartía su «contenido». Vio un video donde una gaviota bailaba sobre una barra de bar, otro donde un chico hablaba empleando un filtro que hacía que su boca pareciese un pico, una foto de una chica con la cola de un pavo real… el tema de la semana estaba ahí y la gente no hacía otra cosa que no fuese hacer que una IA desperdiciase su potencial en alimentar la maquinaria de las redes sociales.

¿Qué estás haciendo? Le dijo una voz que ignoró para continuar bajando y bajando, pasando el dedo pulgar por la pantalla. Seguiría viendo el «contenido» que generaba el resto de usuarios que desperdiciaban su tiempo allí. Imágenes, fotos, videos… donde lo real era retorcido y falso. Un escenario de cartón piedra donde ni tan siquiera las personas eran reales. Probablemente Lucas018882 ni tan siquiera existiera, probablemente era un bot para que la gente como ella sintiese que le están prestando atención. Ella sabía que tampoco se correspondía a la imagen de su foto de perfil. Ella no era la chica con ese rostro tan perfecto, sin arrugas, sin esa cicatriz que tanto odiaba y le hacía ver hacia otro lado cuando se lavaba la cara por las mañanas y se veía inevitablemente en el espejo.

Todo es falso. Le dijo esa voz que volvió a ignorar. Fue al generador de imágenes y dio las indicaciones «gato» y «ovillo». Tardó dos segundos en mostrar la foto de un gato naranja jugando con un ovillo violeta. Subió ese contenido. La reacción de Ramirooo2 y PosyWorkshop fueron contundentes «los gatos están pasados de moda, déjalo» y «menuda pringada». Esos dos mensajes fueron la antesala del odio. Acabó borrando la imagen, castigada por comentarios envenenados, que fueron multiplicándose. Generó entonces otro ave, con indicaciones genéricas. Dos likes. La ansiedad subía, pero menos que la reacción hostil previa.

La alarma del móvil le avisó que llegaba tarde a su clase de la universidad. Encendió el programa de videollamada y al otro lado estaba su profesor de Mecánica de Fluidos. Era un boomer. Hacía cosas como preguntar si se le oye o si se le ve a una audiencia de tres personas entre las que se encontraba ella. Pero nadie respondió. El profesor se aclaró la voz y continuó con su explicación, primero entusiasta, pero que poco a poco se volvió monótona, de asumir que lo que dices no le importa a nadie.

Aún a pesar de estar en clase, no era capaz de soltar el móvil. Porque estás enganchada y deberías dejarlo. Le dijo esa voz que no llegaba a escucharse, como si emitiese en una frecuencia fuera de rango. Entró a leer una conversación donde se discutía si una persona le copiaba los memes a otra persona. Memes que consistían en imágenes de series sitcom con letras por encima, formando un chiste, que ella ya había visto hacia años, pero por el motivo que fuera, estaba mal compartirlo en el mismo lapso de tiempo que cuando lo hacía otra persona.

El profesor se despidió de sus alumnos. Se veía agotado, triste. Es entonces cuando esa voz de la conciencia que había rondado a su alumna entró en su cuerpo y a través de la boca de este hombre dijo, con una franqueza que hizo que ella soltase el móvil por primera vez desde que se despertó ese día: «Estáis desperdiciando vuestra vida». Lo soltó y cayó al suelo.

A partir de ese día, el móvil se encendía y apagaba a ratos. El primer día funcionó las diez horas de su batería, a la semana duraba nueve horas y al mes solamente tres. Tampoco es como si ella pudiese comprar otro. Seguía consultando las redes sociales en el ordenador, pero no cuando estaba fuera de casa. Y fue algo que agradeció. 

El azul del cielo era más brillante que en cualquiera de las imágenes generadas por IA. Igual era el mismo tono, misma luz y contraste, pero el real tenía una magia que no podría imitar una máquina. Al sentarse en la parada del autobús apreció que enfrente había una finca con gatos. Grises, marrones y uno blanco. No jugaban con ovillos, sino que descansaban al sol. El sol daba calor y transmitía más que ese video del sol saltando a la cuerda que tanta gracia le hacía.

Al llegar a casa, no quiso sentarse en el ordenador. En su lugar, cogió una hoja de papel y dibujó un gato. Un gato gordo, peludo, no proporcionado y de largos bigotes. Ese dibujo le pareció que rompía todas las reglas. No era la semana de los gatos. Ni tan siquiera recordaba qué tema estaba de moda ahora para generar «basura». A Lucas018882 no le gustaría esa basura. Y Ramirooo2 y PosyWorkshop y todos esos nombres ridículos, no podrían verlo, ni juzgarlo, ni imitarlo. Cada trazo en ese papel era suyo, hecho con un viejo lápiz. Sintió la adrenalina de romper todo lo establecido.

Empezó a dibujar por las calles, con su carpeta azul debajo del brazo. Como si estuviese haciendo un acto revolucionario. Y enseñaba los dibujos a la gente, que no era capaz de apartar la vista de ellos. Muchos volvieron a pintar y a sentir la realidad después de ese día. Ella fue la voz de la conciencia de mucha gente.

domingo, 28 de febrero de 2021

Hola, Capitán

El capitán Connor no esperaba haber sobrevivido tras la destrucción de la nave auxiliar en la que viajaba. Tampoco esperaba haber caído en ese planeta. Se despertó en una cama de heno, con ropa desfasada y apolillada. Le dolía la cabeza, pero igualmente se incorporó y se puso a investigar.

Buscó en los cajones, pero no encontró tecnología superior al NT5 y eso le preocupaba. Estaba claro que no tendrían vehículos para que volviese a Laguna.

Un hombre reptil abrió la puerta y sonriente, o todo lo sonriente que puede estar un terópodo, le da un apretón de manos.

- Que bueno verle despierto, Capitán, que Dios lo guarde en su gloria.

"Empezamos bien" le salió de forma casi instintiva ese pensamiento. Después se llevó la mano a la chapa que colgaba de su cuello y que lo vinculaba al ejército. Parece que ellos entendían la importancia de su rango, aún habiéndolo desnudado.

El hombre se llamaba Jairo y era el alcalde de aquella comunidad llamada Jamish. Le ofreció además de una cama, su mesa. Junto a su familia, Jairo "bendijo" la comida, sea lo que se sea que signifique eso. Se fijó en la ropa que llevaba su mujer, un vestido largo y cofia sobre la cabeza.

Comió en silencio, mientras la familia hablaba sobre el campo, un inminente festival de la cosecha y los retrasos en el último pedido de suministro.

Al terminar, lo llevaron junto a lo que parecía una patrulla vecinal. Portaban unas armas de fuego rudimentarias, de munición de casquillos, algo de lo que Connor sólo había leído en la Holonet.

- Hola, Capitán -saludó amablemente quien parecía líder de aquel grupo-. Vamos a llevarle a hacer la Ronda, para que vea el pueblo y los instrumentos que emplea el demonio para hacernos dudar del señor.

Definitivamente aquello parecía una secta y lo habían aceptado como parte de ellos y para algún plan que todavía no le explicaran. Interaccionaban con él como si le conocieran de hace mucho, esa cercanía genuina lo ponía nervioso.

En el pueblo una treintena de casas eran habitadas por familias, muchas de ellas haciendo vida en el exterior. Por la celebración que había oído hablar en la comida, la gente se encontraba colgando pancartas y preparando mantos de flores. Tampoco vio entonces rastros de naves o vehículos más allá de carretas de tracción animal.

Connor siguió el paso con los hombres armados y pasaron junto a una casa con una vieja antena. Preguntó con timidez, sintiéndose cohibido por la extraña situación. Por lo que le explicaron, no tenían medicamentos y muchos bienes que también debían traerse de fuera, para lo cual pedían perdón a su dios por tener que caer en el pecado de la tecnología. El capitán tras esta disparatada respuesta, prefirió no realizar ninguna otra pregunta.

La Ronda comenzaba en el exterior del pueblo, en la entrada al bosque. Tenían un sistema precario de alarma compuesto por cuerdas y cerámicos, con la idea de que lo que quiera que viviese en el bosque hiciera mucho ruido y alertase a los pueblerinos.

Tenía muchas cuestiones en su cabeza, pero sabía que no sacaría más que evasivas como que las criaturas del bosque son castigos divinos, así que guardó silencio, aceptó una escopeta y entró con ellos en la espesura.

Empezó a entender a qué se enfrentaban: había útiles en el suelo y rastros de lo que parecía un campamento improvisado. Era evidente que sus enemigos eran civilizados, quizás bandidos.

En cuestión de minutos fueron emboscados. Se trataba de mujeres reptilianas, luchando con sus garras y dientes. Se negó a atacar. Se escondió y se limitó a estudiar a esas bestias. El combate tras un par de bajas, terminó con la huida de las atacantes. Se apartó de sus compañeros y trató de encontrarse con una de esas hembras.

- Hola, Capitán -oyó-. Una vez también lo fui. Pasé mi juventud sirviendo al ejército imperial.

El Imperio de los reptilianos tenía una armada temible y gran tecnología, pareciendo todo lo contrario viendo lo que había en este planeta. La extraña voz continuó, explicando que el alcalde Jairo arrastró a muchas familias y amigos a vivir en esa comuna, bajo las enseñanzas de un libro que se encontró en unas maniobras.

Tratando de huir de aquella vida, Jairo condenó a muerte a sus maridos y ellas fueron condenadas al ostracismo. Tuvieron que dedicarse al saqueo para sobrevivir mientras Jairo engañaba a más extranjeros a unirse al conflicto armado.

Connor accedió, sin que se lo hubieran pedido, a sacarlas de allí y denunciar lo sucedido a las autoridades imperiales. Se escondió con ellas a esperas de que llegara el encargo desde fuera del planeta, la nave de suministro de la que oyó hablar durante su última comida. Fue una información crucial pues independientemente de a quién se aliase al final, esa nave sería su única forma de salir de ese pueblo de majaras.

La tripulación de la Perses no parecía muy cooperadora, pero las reptilianas prometieron mucho dinero e incluso un plus si bombardeaban o disparaban a la Iglesia de la comunidad, algo a lo que se negaron por no causar un incidente internacional.

Connor se sintió mejor cuando la Perses salió de la órbita planetaria. Se prometió que no volvería a pisar un planeta que no tuviera Holonet y que no intercambiaría palabras con ningún pueblo que requiriese la existencia de un dios para sentirse realizado.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El hombre de rostro cansado

Stuart era un hombre de rostro cansado. Como si la vida siempre lo hubiese tratado mal. A su aspecto se le unía su espalda ligeramente encorvada, que a ratos le hacía parecer un campanero o un matón.

Desde hace relativamente poco estaba saliendo con otra semi-elfa, de círculos completamente diferentes y bastante jovial. Así que los amigos de ella tenían demasiadas preguntas que hacerle. No obstante, creían en su buen criterio: Stuart tenía su atractivo y jamás dio signos de tratarla de manera inadecuada. Además, ella parecía bastante feliz y nunca le negó cierta distancia cuando ella necesitaba tiempo para sí misma.

Aún así, sus amigos la querían y todavía extrañados por la independencia que ella siempre había gozado y de la que ahora se desprendía, se acercaron a Stuart y lo hacían partícipe de sus reuniones sociales y familiares. Quería saber si era de fiar y de serlo, que no quedara desplazado o castigado por sospechas infundadas.

Él no era un libro abierto, pero entre cervezas, un ambiente tranquilo y la luz del atardecer, el hombre de ojos apagados contó su historia, una historia que compartía con otros semi-elfos en esa sociedad donde eran considerados parias.

Stuart, de edad indefinida y siempre joven por su herencia sanguínea, se crio en una época donde el odio a los suyos todavía estaba madurando. Era un joven muy trabajador y responsable. Lo suficiente como para haberse encaprichado de una privilegiada humana.

Con su pelo ondulado y su vestido apretado, con su cintura ajustada con corté, ella devoraba todos los días un libro. Sus ojos a veces lloraban por la tristeza que le infundían esas páginas y otras veces por la alegría que sentía y compartía con sus personajes favoritos.

Así que, envalentonado, Stuart subió por la celosía y asomó su cabeza para ver a esa hermosa mujer que, evidentemente, se asustó. Pero Stuart tenía buen aspecto. Es una persona aseada y pulcra, con una voz profunda y tranquilizadora. Ella le dejaría subir a su terraza. Ese y los siguientes días.

Ellos eran muy felices. Él se gastaba todo el dinero posible en comprarle dulces y pasteles que su familia no quería que comiese para que no ganase peso y perdiese su figura. Ella le leía y le hablaba de todos los apasionantes viajes que vivía a través de los libros. Eran una pareja perfecta.

Mientras, los semi-elfos en la ciudad eran señalados por crímenes que no cometían. Perdían sus trabajos y las leyendas urbanas de semi-elfos buscando problemas porque estaba escrito en sus perversos genes mestizos aumentaban.

Así que cuando una sirviente descubrió a Stuart en brazos de la joven Elisabeth, se desató el caos. Sus padres entraron en cólera, llamaron a las autoridades y él tuvo que huir. Pero no quiso renunciar a lo que sentía por su amada.

A los días, cuando pensaba que por fin era seguro subir de nuevo por la celosía, lo hizo. Stuart subió con energía, revitalizado por el deseo e ilusión de volver a ver a su amada. Pero los amarres de la celosía fueron cortados y en el tramo final, cuando sentía el calor y la cercanía de la mujer de cabellos ondulados, cayó de bruces contra el suelo de granito.

Quiso gritar de dolor y de impotencia, pero no pudo. El dolor le recorrió todo el cuerpo y la vista tornó blanca, como si sus ojos dejasen de ver por un instante. La espalda le ardía y dejó de sentir sus manos. Su cabeza le latía por la adrenalina y la sangre teñía sus cabellos.

Recuperó la razón y conciencia minutos después, quizás horas. Se arrastró por el suelo hasta salir de allí. El miedo le había dado las fuerzas necesarias para volver a casa. No pudo levantarse en días y cuando lo hizo, su espalda destrozada y mal curada le acompañaría el resto de su vida como una joroba, como si fuese la marca de un pecado que solo era tal a los ojos humanos.

Abandonaría la ciudad poco después, tras hostigamientos de la clase privilegiada y cuando encontrar trabajo en ella se hizo tarea imposible.

Se mudó a las montañas y construyó con sus propias manos la casa en la que viviría las siguientes décadas. La casa en la que esperaba vivir hasta el final de sus vidas con Raine.

Sus nuevos amigos callaron y guardaron silencio durante la historia. Se sentían identificados aún cuando muchos jamás habían vivido en sus venas el terror de ser perseguidos por falsos estereotipos.

Stuart sonrió. Para él no era una historia triste. Añadió que él siempre tuvo comida en su plato y que nunca le faltó un techo donde dormir. No obstante, no se sentía tampoco un hombre afortunado hasta que conoció a su nueva pareja, Raine, y hasta cuando pudo comprobar que compartía sus mismos ojos con su nieta.

Su Elisabeth solo era un fantasma que había desaparecido y había sido enterrado bajo una tumba de mármol. Con elogios escritos por su familia en forma de epitafio.

Stuart confesó que durante su exilio a las montañas, se escapaba de vez en cuando a la ciudad, para poder observar la vida de Elisabeth y desde la distancia, sentirse partícipe de su felicidad. Pudo ver crecer a la hija que compartían y después a su nieta.

Stuart terminó su relato girándose hacia sus acompañantes. El sol se había marchado y la noche dio comienzo. Ellos habían sido los primeros en oírle hablar con nostalgia, de la mochila que había sobre sus hombros. Dentro de ella, la muestra de que Stuart era el hombre más adecuado para Raine.

No volvieron a hablar del tema. No era necesario hacer hablar al hombre de rostro cansado, simplemente escuchar si él necesitaba compartir algo con ellos, cosa que haría muchas veces, cada vez de manera más natural.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Hijos de Laguna

Se cumple apenas un año de la condena cuando nos dicen que somos libres. Fuimos condenados por ser miembros de una organización delictiva, a otros de los nuestros, además, se les imputa el asesinato de un diplomático del planeta Laguna.

    No sé exactamente qué ha pasado, pero la organización entró en bancarrota y no sé qué va a ser de mí. Los retrogenéticos no tenemos mucha salida en un Pandominio hipercontrolado por el gobierno. Somos la excepción de cualquier regla o norma, con total libertad para pensar y vivir, pero esclavizados por nuestra independencia, que nos obliga a ser parte de organizaciones como Space-Russafa.

    Esclavizados para ser meros transportistas, carne de cañón o, como en nuestra última misión, observadores internaciones. Nos iban a pagar 200 créditos solamente. Todo era llegar a Laguna, dar una vuelta por el planeta, quizás entrevistarnos por un par de teraborgs y con la monarquía, y volver a Janssen con un informe que nos acabaría dictando la empresa.

    La realidad es que en Laguna nos ofrecieron unos planes muy diferentes. Un noble apellidado Alde nos interceptó en pleno astropuerto orbital dándonos identificaciones especiales y nos pidió que fuésemos a su palacio. Como ilusos, no desperdiciamos la posibilidad de ganar un extra por una misión sencilla y que tampoco nos desviaba de nuestro objetivo principal.

    El señor Alde nos recibió con un gesto arrogante, como si nos hubiera pagado entonces para que le lamiésemos las botas. Nos llevó a la habitación de su hija, de la que supimos poco después que había desaparecido, y culpaba a la familia Deida, sus rivales políticos y actuales monarcas.

    ¡Estúpidos teraborgs! esos lagartos espaciales que se creen tan inteligentes e importantes por tener acceso a la tecnología de portales. Esta vez se habían pasado tres pueblos, ¡habían invadido el planeta! Pero a nadie parecía importarle, qué les iba a importar si todos esos don normales genéticamente no pueden ni tan siquiera desarrollar pensamiento crítico. Al parecer a nadie le parece oportuno y sospechoso que se descubriera unas ruinas teraborgs en el planeta y que esta información se publicara con total naturalidad.

    La hija del señor Alde, como supimos, simplemente estaba enamorada de uno de los Deida y que su desaparición no afectaba a su integridad física o moral, sino que atendía a deseos románticos y el querer abandonar un planeta con rígidas costumbres y un padre que era un grano en el culo.

    Mis compañeros estaban más entretenidos en husmear y en dejar en evidencia al señor Alde, un padre irresponsable y del que sospechaban vinculaciones con la invasión teraborg, que cumplir alguno de los objetivos que teníamos en Laguna. 

    Cuando empezaron a apretar los gatillos, yo ya había salido. Cuando descubrieron que los planes de Alde eran ser el próximo monarca y que había traicionado a todo su planeta con hacerse con el poder implicando a los teraborg, yo ya estaba en la carretera. Alde y cinco teraborgs fallecieron en el ostentoso palacio del que yo había salido.

    La empresa Space-Russafa fue acusada de ser una organización criminal. Tuvieron que pagar sumas millonarias al gobierno en concepto de multas e indemnizaciones. Destituyendo a nuestra jefa Tane y perdiéndole de vista. Nos llevaron a un cuarto oscuro y no nos dejaron salir hasta que confirmamos todo lo que habíamos hecho en esa y otras misiones.

    Ahora que estoy fuera, respirando el aire de puro de Janssen de nuevo, me llega un correo electrónico. Una misteriosa empresa me cita en Galatrimis, un planeta deprimente, sucio y aislado. Es probable que haya misiones nuevas para mí y para mis compañeros.

    El nombre de la nueva empresa, el logo… todo me produce un escalofrío. Parece sacado de una mala películas de zombies.

miércoles, 17 de junio de 2020

Hotel California

Disclamer: Partida de rol de Apocalypse World según uno de los personajes. No me acuerdo de todos los detalles, pero más o menos la partida es tal y como se relata. Esto da para una peli española que dejaría a la altura del betún a Acción Mutante.

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Pude apreciar como mi querido, con el que compartía cama en ese puto erial, estaba preocupado. Las caladas largas lo delataban. Él era Serpiente, el jefazo de Hotel California, una comunidad asentada en un antiguo hotel en un lugar desértico. ¿El por qué él es el jefe? Ni puta idea. El caso es que yo era su zorra. Era lo que importaba en aquel momento.

— Cariño, ¿qué sucede? —le pregunté.
— Nada, Roxanne, querida —me mentía. Volvió a dar otra calada a esa mierda que fumaba y que le dejaba un aliento horrible. Al rato, abrió la boca y habló pausadamente—. Son esos eunucos y Destello. Me incomodan. Creo que traman algo.
— ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
— No, no quiero ponerte en peligro. Sólo han ido desapareciendo algunas cosas.
— Cariño, no me pones en peligro. Yo soy el peligro —bromeé.
— Lo sé —me respondió mostrando las marcas de uñas que le dejé en el pecho. Parecía reconfortado.

De repente, del armario, cayó el muy imbécil de Adam. Puto enfermo. Siempre jodiendo los momentos. ¿Por qué cojones iba vestido con ese traje de licra negro que ni le dejaba ni una porción de piel al descubierto? Si es que al muy enfermo le molaba frotarse a todo, hasta a mi Serpiente. Pero no podía decir nada porque era su mano derecha. Por poder moverse tan bien en la Vorágina Psíquica. Para el colmo llevaba esa mano con el guante que hacía que sus dedos pareciesen pollas. Y yo no paraba de verla porque siempre quise saber qué podía hacer con ella. Hasta me ponía tonta de imaginarme las guarradas que podría hacerme.

— ¡Joder guante-pollas, vuelve al armario! —le grité.

Al día siguiente, me despertó los gritos de Serpiente. Tenía que cargarme ese puto altavoz. Busqué mi tanga y me lo puse. Él estaba en el balcón con sus calzoncillos y sus botas tejanas. Exasperado, obligó a todos los habitantes de la comunidad que fueran a la piscina, bueno, al hueco de la piscina.

— ¡A ver! ¿¡Quién cojones me ha robado!?

¿Robado? ¿Quién fue el imbécil que se atrevería a ello? Observé detenidamente a esos idiotas y mis ojos se desviaron a Scuak. Parecía muy nervioso. Bueno, al menos más nervioso que los demás. Los moteros de la banda Black Scorpions parecían tranquilos. Cualquier subnormal se atrevería a culparles a ellos por ser los nuevos de allí, pero lo cierto es que era una banda muy disciplinada y nunca dieron problemas.

Tal era su cercanía a Serpiente, que Ace, su líder, envió a dos de sus hombres a por él. Serpiente valoraba mis palabras y si yo, su zorra, decía que Scuak sabía algo, es que debía saber algo. O no, pero a base de ostias uno es capaz de escupir cosas que uno mismo no sabía.

El muy subnormal era el "tío" de unos mellizos eunucos de la banda de Destello. Eran unos putos muertos de hambre que vestían de taparrabos y no tenían ni un puto pelo en su cuerpo. Eran tan cortos de miras que tenían como misión o lo que fuese, conseguir plantar algo en el desierto. ¡Entre arena! ¡Y sin apenas agua! Y Destello era su líder espiritual.

Scuak acabó confesando su colaboración con los sectarios. Les había proporcionado, entre otras cosas, un generador. Pero a Serpiente lo que realmente le importaba, era lo que le habían robado de su caja fuerte. La que había detrás del vinilo de Hotel California, nombre con el que se bautizó la comunidad. No quiso entrar en detalles, pero una vista rápida de Adam en la vorágine, descubrió que allí tenía cajas con libros y una foto en la que aparecía Destello con alguien más que no pudo llegar a ver.

Skeeper preparó su Exterminador, su autobús fortificado, para salir de inmediato tras Destello. Y tras su pelvis. Serpiente quería ver qué cojones era: hombre, mujer o qué demonios. El jefe también nos permitió elegir el castigo a Scuak, un castigo que fuese ejemplar.

Y así fue. No sólo los Black Scorpions saquearon todas sus cosas y las de su bar. Le dije a Skeeper que colgara a ese hijo de puta boca abajo con la cabeza cerca del tubo de escape. Se iba a hartar a chupar de su mierda, porque cuando no había gasolina, había dicho Skeeper, la mierda que servía en su bar tiraba bastante bien.

El mano-pollas de Adam vendría con nosotros. Era perturbador. No ayudaba verlo con ese abrigo largo por encima de su traje de licra negro.

También vendría Ace, el líder de los Black Scorpions y Skeeper, el conductor.

Fuimos tirando por la dirección que nos indicó Scuak antes de colgarlo. Al rato, nos topamos con uno de los eunucos. Bueno, más bien, nos topamos con su cabeza. Al muy lo habían enterrado en la arena. Parecía desmayado.

Decía que era un sacrificio al sol y que no se lo tapásemos. Me iba a oír. Me puse delante y le di sombra. Los demás intentaron sacarle algo, pero no pudieron sacarle nada. Me senté sobre su cabeza palpitante sobre la que se estaban formando ampollas al estar quemándose con el sol y el castrado se volvió loco de sexo. Me incliné y le miré su asquerosa cara.

Estaba dispuesto a hablar con su voz de niña, la misma voz que tenían todos ellos, pero quería "probarme". Adelante, dije. Inclinó su cabeza marcándonos la dirección que siguieron y ahora debía devolvérsela. Pedí a mis compañeros que subieran al bus y que nos dejaran a solas.

Me quite una de las botas que me llegan hasta la rodilla y le metí mi pie en su boca. El muy cabrón chupaba como si aquello fuese un pirulo. Me lo dejó limpio, limpio. Y quería más. Le ate los ojos con un trozo de tela y le dije que esperase. Bueno, realmente no podía irse de allí, pero ya me entendió. Subí al bus y pillé un trozo de chatarra oxidada, astillada y puntiaguda y se la metí en la boca. Que chupase ahora. Luego me oriné sobre su calva quemada. Por la cara que pusieron mis compañeros, nunca antes habían oído a un tío chillar así. "Alarido" lo iban a llamar si salía con vida. Le dejé dos palitos cerca de la cara para que los usase para huir. También sé ser clemente.

No dijeron nada en todo el día. Más adelante, siguiendo las indicaciones de Alarido, nos topamos con un tío que agitaba antorchas. Ace, en moto, lo rodeo y lo tumbó de una patada. Yo había entrado en shock al querer comprobar que qué tal estaba Serpiente y no poder controlar la vorágine psíquica así que no pude oír lo que decía pero supongo que le preguntaría que qué coño hacía.

"El baile del sol" nos había revelado después el motero. Aunque no era un cocoliso y estaba entrado en carnes, parecía que también era de la secta de Destello. Al cabrón le bajamos los pantalones para ver si era un eunuco y parecía que le habían pegado un mal machetazo ahí. Qué asco. Adam le sacudió el trozo de pene que le quedaba para que hablase y nos dijo para donde tirar.

En ese momento, empezó a oler mal. Por un momento, pensé que me había cagado o algo, pero no, de debajo del bus salieron varios eunucos y tuvimos que enfrentarnos a ellos. A mi se me acercó uno ya sin mano, porque Skeeper se la había volado y le exploté la cabeza de un puñetazo. Mi puño americano era una garantía de dar buenas ostias. Los muy gilipollas se habían subido al autobús queriendo desatar a Scuak. Escupió humo por la boca y me suplicó agua. Le escupí en la boca, metí al joputa dentro y lo encerré en el tigre. Ahora le tocaría oler mierda. No quería matar a Scuak, el mejor castigo es el que uno mismo puede detallar por experiencia para escarmentar a la peña.

De noche apenas podía divisar a Ace que iba unos metros por delante. Estaba claro que no temía que le dieran un tiro en la cabeza. Eso lo haría parecer atractivo, sino tuviera él también una puta calva. Menudas pintas llevan algunos. No como mi Serpiente, que lucía esa grácil cabellera.

Le daba vueltas a la visión que tuve de Serpiente. Lo había visto patear su tocadiscos. Se giraba sorprendido y después se volvía todo negro. Luego un disparo. ¿Es algo que está pasando? ¿habrá pasado? ¿o va a pasar?

Me giré a ver al guante-pollas pero se retorcía sobre el sofá dándose placer. Puto enfermo. Skeeper parecía preocupado al oír un chinazo en la gasolina, pero en realidad estaba preocupado porque el autobús se había quedado atascado en unas rocas. Ace fue al rescate y pudimos continuar.

Fue entonces cuando nos topamos con ¿Arnold? oh, sí, me tenía completamente calada. Notaba la tensión sexual en el ambiente, pero no nos podíamos detener. Aceptamos llevarlo con nosotros porque había sido contratado por Serpiente para que hiciese hace días lo que estábamos haciendo nosotros. Su coche lo dejó tirado. Iba armado hasta arriba y éso sí que era un peligro andante.

Llegamos a lo que parecía, por fin, el campamento de los sectarios ésos. Por fin iba a poder enfrentarme a Destello y volver a casa con su pelvis. ¿Hombre o mujer? Me moría de ganas de saberlo.

Ace, que iba delante, pilló una de las antorchas que había clavadas en la arena y la lanzó contra una de las tiendas de campaña, pero no pasó nada. Me alarmé por un momento, ¿qué cojones estaba pasando? De repente, salieron un montón de cabezas de la arena. ¡Los eunucos! iban armados y nosotros estábamos bien jodidos. Arnold disparó con su lanzagranadas y repartió estopa. Ace propinaba machetazos a las cabezas peladas y yo disparaba desde la puerta del bus con mi "juguetito". En mi vida había matado tanto.

Se levantó un torbellino de arena y de él emergió un bus negro inglés. ¡Era Destello! Debíamos trazar un plan. Quise desperar a Adam, pero había muerto asfixiado por su propia ropa. Será gilipollas. Arnold tomó la ametralladora del techo del bus y se puso a disparar como un loco. Oía caer la munición sobre la carrocería. Tuve que limitarme a disparar a las ruedas del bus de Destello, pero no conseguí nada.

Skeeper puso el bus a la altura del negro y trató de disparar al conductor, el mismísimo o mismísima Destello, pero el cabrón o cabrona se protegía con los eunucos. Salé al interior por una ventanilla rota. Los iba a joder pero bien.

Dentro de este bus había dos eunucos mirándome. Uno de ellos sostenía un arma, pero le lancé una mirada seductora y quedó como paralizado. Les reventé la cabeza con mi arma a base de bien. Entonces me percaté de que Skeeper había conseguido por fin dispararle a Destello en toda su jeta. El bus se desestabilizaba y salté de nuevo al nuestro.

Sacamos al cabrón o cabrona de Destello del bus y le bajamos los pantalones. Al ver lo que había seguí sin saber si llamarle cabrón o cabrona. Tenía como un clítoris hinchado formando una extraña polla. Que puto asco.

Pero algo llamó mi atención después de ver esa no-polla-no-vagina: sobre ella había un nombre tatuado. Serpiente. Grité como nunca.

Ace me acercó la foto que Adam había visto en la vorágine psíquica. Al lado de un joven Destello, estaba él. Una versión joven de mi Serpiente. ¿Acaso mi amado me había enviado a propósito a este sitio para que descubriera su secreto? ¿o pensaba que íbamos a morir aquí? Esta claro que está muerto. Se va a cagar en todos mis muertos.

Regresamos sin complicaciones a Hotel California. Con Destello clavado al capó con cuchillos cortesía de Arnold. Serpiente vino a recibirnos. Y le volé los sesos.

Mi mente, inesperadamente, entró en la vorágine psíquica. Me sentí liberada. Nunca me había sentido tan bien. Ni teniendo sexo con amor. Sabía que había hecho lo correcto.

La gente lo flipaba cosa fina, sin hacer nada por precaución. Desclavé a Destello del autobús y lo mostré a todos. La gente señaló la pelvis. Y el nombre que había tatuado en ella. Se burlaron y en cierto modo, quitaron importancia al hecho de que había volado los sesos a nuestro líder.

Y ahora necesitarían a otro. O a otra. A mí misma, ¡qué demonios!

miércoles, 20 de mayo de 2020

La vuelta a la galaxia en 80 días

En el año 2406, el refugio pre-fabricado número 7 estaba habitado por el conocido como Comandante Ar-Baku o simplemente Comandante Baku. Siempre quiso mantener su anonimato viviendo en su humilde contenedor metálico prácticamente oxidado en las afueras de la ciudad, pero todos lo reconocían por su peculiar uniforme de terciopelo rojo y porque era el único jark -hombre felino- de la zona.

Su porte era elegante e imponía respeto allá donde iba. Sus dientes le caían de la boca y de ellos resbalaban, cuando hacía calor y aunque él no quisiera, unos hilillos de saliva que le daban un cierto aspecto repulsivo y a la vez amenazante.

No visitaba los lugares de reunión típicos de la ciudad de Las Tres Puertas, como el bar Cerveza Fresca o el ayuntamiento, en donde se realizaban plenos casi todas las semanas. Muchos se cuestionaban la valía del comandante pues todo asemejaban historias inventadas, o bien, fácilmente atribuibles a otros exploradores espaciales. Además, de su pecho no colgaba ninguna distinción. Lo único que se sabía a ciencia cierta de él es que era miembro del Club de los Canallas.

Había sido invitado cuando se extendió la noticia de su lucha y victoria al servicio del Imperio sobre los piratas espaciales al borde de la galaxia. Esperaban tener el placer de escuchar sus batallas más célebres como aquélla contra los droides al este del sector Q, pero en vez de ello, el Comandante Baku guardaba silencio mientras leía las últimas noticias del Imperio.

Indudablemente había viajado. No era de ese lejano planeta casi en el centro del sector Q, sino que era de la zona más al norte, de uno de los muchos planetas poblados por bárbaros jark sedientos de aventuras.

Aunque era callado, resultaba respetuoso y respondía las preguntas que le hacían como podía sin dar demasiados detalles de quién era, qué había hecho y qué hacía allí. De sus pocas palabras se podía deducir que había algo de cierto en todas las historias que se contaban de él y que en cierto modo se había retirado de sus largos años de explorador y aventurero espacial.

Aquél día, cuando salió de su refugio pre-fabricado número 7, no sabía que acabaría en una emocionante y no deseada aventura donde tendría que superar un reto que parecía imposible y que a la vez le obligaría a mostrar su valía.

A su vez, sería el día en el que se pondría en duda su identidad.

- Siéntese, señor comandante -le pidió un hombre con un largo bigote, algo que le dio el nombre de Bigotes. Su compañero, Bastón, un hombre que portaba un bastón separaba la silla de la mesa para que él se sentase.
- ¿Qué es lo que quiere, Bigotes? -preguntó con curiosidad el felino.
- Creo que es conveniente que hablemos, señor.
- Hable entonces -dijo mientras observaba como los demás miembros se acercaban a la mesa.
- Usted no es el Comandante Ar-Baku -afirmó con seguridad. La sala se llenó de los murmullos de los Canallas. Los ojos del comandante tornaron blancos durante un segundo y suspiró con fuerza.
- Soy quien soy.
- ¿Eres el mismo que luchó contra los Lézards, -los hombres lagartos-, cuando éstos estuvieron a punto de conquistar el Norte? -preguntó burlescamente- ¿o eres un simple farsante?

Él no sabía que responder. La amnesia había acabado con gran parte de los recuerdos y las historias que oía de él mismo le resultaban ajenas y demasiado sorprendentes para haber sido protagonizadas por él.

- He recorrido toda la galaxia Sector Q. Puedo hablaros de mi estancia en las bases del Imperio, al Sur, de las cuales me acuerdo pues es el primer recuerdo que tengo. Llegué aquí cruzando los asteroides del este, evitando encontrarme con los droides y tuve que desviarme hacia el oeste cuando me persiguieron los piratas. Y fue en el oeste cuando los hombres lagarto o lézards me apresaron durante 23 días galácticos mientras me saqueaban la nave y me interrogaban por incidentes que me atribuyeron a mi, el Comandante Ar-Baku. Me dejaron en libertad por mediación del Imperio, al que siempre serviré como habitante del sector Q y los cuales tienen una deuda por mis servicios, cualesquiera que les haya brindado en un pasado que ahora no recuerdo. Por último, llegué a este planeta para pasar el resto de mi vida discretamente y sin ser el centro de la atención, algo que, por lo que parece, no he conseguido.

Los miembros del Club de los Canallas permanecían en silencio.

- ¿Quiere demostrarnos quién es? Haga de nuevo ése viaje. No sé cuánto le llevaría -le reta Bastón- pero le dejo la mejor de mis naves. Lo que recorre una en 20 días lo hace la mía en 5.

El comandante Baku, por un momento, le enfadó el que no le creyesen y que esos don nadie le estuvieran retando a hacer una estupidez, por otra parte, su cuerpo le pedía ese viaje. Su pelo estaba erizado y sus ojos brillaban por la ilusión.

- Espere, -dice Bigotes- hagamos ésto mucho más emocionante. Apostamos el Club de los Canallas, tanto el local como todos sus fondos, a que no lo conseguirá -los miembros aplaudieron la decisión.
- Por supuesto -interrumpió Bastón,- si no lo consigues tendrás que reconocer que eres un impostor. Un sucio y maloliente impostor.
- Lo haré -dijo con decisión el felino.- Estoy deseoso de callarlos a los dos.
- ¿Cómo sabremos si erra? ¿Cuánto tiempo esperaremos por él? -cuestiona una joven llamada Pecas.
- Podría hacerlo en un plazo de tiempo -sugiere otra joven.
- Bien, comandante, ¿cuánto estima que le llevaría el viaje? -pregunta Bigotes.

Pidió una hoja de papel y en ella empezó a escribir.
- Desde el planeta actual, pasando por el oeste cerca de los planetas cavernosos de los gusanos gigantes: 15 días galácticos.
- Desde los planetas cavernosos hacia el sur pasando por la capital del reino de los Lézard: 7 días galácticos.
- Atravesar la zona sur pasando por la sede del imperio repostando en planetas de los esclavos enders -o pequeños hombrecillos verdes-: 23 días galácticos.
- Desde el sur hasta la parte este atravesando el cinturón de asteroides y huyendo de los piratas: 10 días galácticos.
- Desde el este hacia el norte sobreviviendo al ataque de los droides: 20 días galácticos.
- Regreso al planeta: 5 días galácticos.
- Total: 80 días galácticos (365 días terrestres).
- Son 80 días galácticos -dice finalmente el felino.

Los miembros del Club de los Canallas empezaron a reírse, como si el comandante hubiese contando el chiste más divertido del universo.

- ¿Usted ha tenido en cuenta los ataques de los piratas? ¿de los problemas que dan los gusanos gigantes? ¿las revisiones del Imperio para atravesar el sur? -se extraña Bastón, el que quizás fuese el único que tomaba algo en serio al Comandante Ar-Baku.
- Por supuesto, contando con todo y dispuesto a salir ahora mismo.
- Tiene mi nave entonces.

Los asistentes quedaron boquiabiertos sin saber que responder. El Comandante sonrió confiado mientras Bigotes se recomponía de la risa.

- Apuesto mi nombre contra vosotros a que doy la vuelta a la galaxia en ochenta días, o menos.
- ¡La vuelta a la galaxia! -dijo un incrédulo.
- En ochenta días -reafirmó el Comandante Ar-Baku mientras se ponía en pie-. No tengo tiempo que perder.

sábado, 15 de febrero de 2020

El puñetero arcón

          El arcón estaba lleno de monedas. Nunca en toda su vida habían visto tanto dinero junto. Stevia, Papaya, Nuez y Sonnia no dejaban de sonreir como unas idiotas. ¡Podían pasarse el resto de su vida sin dar un palo al agua! ¡jubilarse antes de los treinta!
          Stevia era una maga de familia adinerada. Un imperio de la joyería, vaya. Pero aquel arcón lo había conseguido ella. Con sus queridas amigas y Sonnia, la guerrera que contrataron en la ciudad estado de Brunnenburg. Con aquel tesoro que habían conseguido en aquella cueva por fin se sentía realizada. No sería nunca más "Stevia, hija de..." sino simplemente Stevia.
          Papaya tampoco podía quejarse con respecto a sus orígenes. La aprendiz de maga destinada a ser la mano derecha de su propio rey. El arcón no le interesaba tanto como el poder financiar sus viajes para seguir formándose como nigromante, con la esperanza de revivir a la fallecida reina.
          Nuez era una bandida. El dinero es el dinero y ni siquiera era capaz de pensar en qué se lo gastaría. ¿Cómo de grande querría que fuese su casa? Se lo había preguntado a Sonnia, quien tampoco sabía en qué gastarse su parte. Quizás en una colección de armas, ¡a Sonnia le encantaba más las armas que a un elfo un plato vegano!
          Pero algo impedía sacar ese arcón de la mazmorra. Unas escaleras. Esas estúpidas escaleras por donde bajaron y que ahora parecían más empinadas y estrechas. Lo que fue una bendición para emboscar al grupo de goblins, ahora era el obstáculo para la libertad y años de prosperidad.
          Por mucho que Sonnia empujara ese arcón, no podía hacerlo subir más de un par de escalones. Papaya propuso posteriormente el tirar desde arriba para ayudar a su compañera guerrera pero solo consiguió asfixiarse y caer rendida al suelo por el agotamiento. Sus mejillas se encendieron como un faro.
          Nuez, llegado el momento, prefirió apartarse, no dar más ideas que no llegaban a ninguna parte, sentarse y resoplar. ¿Cuántas horas llevaban peleándose con aquellas puñeteras escaleras? ¿y con el puñetero arcón? A estas alturas la idea de volar aquel sitio con magia no era tan mala. Reventar el techo y sacar a palazos el arcón parecía menos agotador que ver a sus amigas ser incapaces de subir un par de escalones con el tesoro.
          La oscuridad iba llegando. Se estaba haciendo de noche. Tenían hambre y sueño. Las trompetas de la guardia de Brunnenburg anunciaban el cierre de las murallas y, por lo tanto, hasta la próxima mañana no podían volver a la ciudad.
          Pasaron la noche entre desconfianzas. Sonnia era la más fuerte, ¿cómo sabían que no se llevaría el tesoro consigo? Papaya entonces dudó de la propia Nuez por su condición de bandida. En dos horas todas ellas acabaron lanzándose cosas y jurando no volver a dirigirse la palabra. Ninguna durmió, ninguna descansó y ninguna quiso cocinar, ¿y si la comida tiene veneno?
          Al día siguiente estaban agotadas, hambrientas, enfadadas y sucias. Dudaban de su amistad y de hasta su propia sombra.
          Entonces Stevia empezó a reírse. Como si se volviese loca. Las demás se volvieron hacia ella, desconfiadas y confundidas. “¿Qué ocurre Stevia?, ¿estás bien?”. Se rio tanto que se doblaba y amenazaba con caerse al suelo de la risa. Empezó a ser preocupante. Pudo relajarse al rato. Se limpio las lágrimas que caían de sus ojos y simplemente propuso subir las monedas primero y después del arcón.
          Papaya maldijo a Stevia. Maldijo a toda su familia y se largó de la dungeon enfadada. Nuez se sintió avergonzada por no habérsele ocurrido antes. Sonnia simplemente se puso a vaciar el contenido del arcón en su mochila, dispuesta a hacer todos los viajes con el dinero para subir de una vez el puñetero arcón.
          Una vez terminado de subir el dinero y el vacío arcón, volvieron a poner todo en su sitio y partieron antes de medio día a la ciudad de Brunnenburg. Además de ropa limpia, comida, agua y descanso, necesitaban una buena cerveza.

sábado, 26 de octubre de 2019

Caperucita roja

     Caperucita roja era una niña solitaria y soñadora que vivía en una casa apartada con su madre. Su madre era panadera y Caperucita se lo pasaba muy bien ayudándola a preparar la masa y a dar fuelle al horno.
     Caperucita también tenía una abuela, quien vivía en su casita más allá del bosque y todos los meses le llevaba comida y le preguntaba qué tal las cosas. Su querida abuela fue quien empezó a llamarla Caperucita roja, por una capa con capucha de color rojo que siempre llevaba con ella.
     Todas sabían que en el bosque viven malvadas criaturas. Algunas de ellas usaban pequeñas artimañas para confundir a Caperucita y a su madre para que se desviaran de su camino o tomaran frutos que les producían dolor de barriga. Así que cuando salía con su madre para ir junto a la abuela recordaban juntas “no se le puede hacer caso a los animales del bosque”.
     Caperucita se despertó contenta “hoy visitaré a la abuela” se dijo. Bajó a la cocina y su madre la esperaba con una cesta con comida para que se la llevase. Su madre le puso su capa roja y le dio un beso en la frente.
     La niña salió de casa pensando “recuerda, no se le puede hacer caso a los animales del bosque”. Caminó hasta la valla de su casa, abrió la puertecita y la cerró al pasar al otro lado. Vio el cielo, completamente despejado y supo que sería un buen día.
     Paseó con calma por los caminos adoquinados que iban hacia el norte, contando los adoquines que pisaba, sabiendo que no tenía prisa pues su abuelita no salía de su casa y que se la encontraría en ella fuese a la hora que fuese.
     Los adoquines fueron desapareciendo poco a poco, pues la niña había comenzado a caminar por el bosque ya que era el camino más corto. “No se le puede hacer caso a los animales del bosque” se dijo una vez más.
     De los árboles salían voces que la querían engañar “Caperucita, Caperucita, hay unos frutos riquísimos que debes probar” le dijo una, pero ella sabía que no debía hacerles caso en absoluto. Se paró en el río a beber y a lavarse la cara y allí vio que se acercaba un ser peludo. ¡Un lobo!
     Caperucita recogió su cesta y se disponía a salir corriendo, pero el Lobo la tranquilizó. “Tranquila pequeña, sólo estoy dando un paseo, ¡no esperaba ver a nadie aquí!” y Caperucita se tranquilizó puesto que Lobo hablaba con suavidad. “¿A dónde vas sola?” y ella confiada, le dijo que iba a casa de su abuela. El Lobo sonrió “¿te dejan ir sola por el bosque?” y ella le dijo que sí, siempre y cuando no hiciese caso a los animales. Lobo entonces le dijo que no pertenecía al bosque, así que no debería tener problemas con él.
     Lobo mostró curiosidad por la capa roja y la cesta, también le preguntó sobre los pájaros y el río. Caperucita le respondía con rapidez a todas sus preguntas, incluso una vez tuvo que parar a tomar aire: hacía mucho tiempo que nadie hablaba tanto con ella. “¡No estás sola Caperucita!” le dijo Lobo para que fuese su amiga.
     Caperucita le dijo donde vivía su abuela, “se llega a su casa por este sendero junto al río” y el Lobo le dijo que él conocía un camino mucho más corto para llegar a esa casa. Lobo le deseó suerte y Caperucita le prometió saludarlo siempre que fuese al bosque.
     Lo que no sabía Caperucita es que Lobo tenía la intención de ir a casa de su abuela y comerla, y cuando llegase ella, hacer lo mismo. Puesto que los lobos son carnívoros y como es del bosque, es una criatura malvada de esas que hacen que otros se desvíen de su camino o tomen frutos que producen dolor de barriga.
     Así que Lobo se adelantó y fue por el camino que le dijo Caperucita. El camino llevaba directamente a una casa de la que salía humo de la chimenea. Era una casa encantadora de piedra con ventanas fuertes de ébano. Su tejado parecía algo descuidado, esperaba de una señora mayor que vivía sola.
     Lobo se relamió sus colmillos y fue corriendo hacia la puerta. Toc, toc. Escuchó pasos y que alguien se detuvo delante de la puerta. “¿Quién es?” y él le respondió con una voz dulce “soy tu querida nieta”. La puerta se abrió pesadamente sobresaltando al animal. No vio a nadie dentro de la casa por lo que asomó la cabeza. Allí estaba la abuela de Caperucita. Era una anciana encorvada con un gran moño.
     Lobo entró y cerró la puerta. La anciana levantó sus enormes orejas, abrió su enorme boca y lo miró con sus enormes ojos. “Abuela, ¡que ojos tan grandes tienes!” le dijo asustado Lobo. “Son para verte mejor” le respondió con una voz gutural que lo paralizó. “Abuela, ¡que orejas tan grandes tienes!” y ella le dijo “son para oírte mejor”. Lobo, sin poder moverse le dijo por última vez “Abuela, ¡que garras tan grandes y afiladas tienes” y ella, sonriente, le respondió “son para despellejarte mejor”.
     Caperucita fue por el camino que le dijo Lobo y se perdió, pero vio el humo de la casa de su abuela y pudo llegar finalmente. Llamó a la puerta, escuchó la voz de su abuela y ella abrió la puerta. “Abuelita, ¡a que no te lo vas a creer! ¡un lobo me engañó e hizo que llegase más tarde!”. Su abuela sonrió con ternura y le acarició la cabeza para tranquilizarla. Tomó la cesta que le traía Caperucita Roja y fue guardando las cosas en la despensa. Guardó la miel, el pan recién hecho y los granos de café que solía poner a cocer para que la casa no oliese a carne en descomposición.
     La abuela le sirvió carne y caldo y Caperucita se la comió gustosamente, “¡que bien sabe la carne de Lobo!” le dijo mientras sacaba restos de carne de entre sus colmillos. “¡Los animales del bosque son muy malvados!” exclamó, mientras su abuela asentía con su cabeza.
     Más tarde, cuando terminaban de limpiar la casa juntas, llamó a la puerta el señor cazador, entregando carne como ofrenda para que ninguna de ellas se acercara al pueblo.

sábado, 10 de agosto de 2019

Festival de primavera

          PUM. PUM. Los tambores anuncian la festividad de primavera del planeta OMARA-6. Los nativos caminan por las estrechas calles de las ciudades con sus instrumentos de percusión. Celebran todos los años el acercamiento del cometa Omora sin saber que año a año aumenta la probabilidad de que éste se estrelle contra ellos. Los xenoarqueólogos llevan esperando ese momento demasiado tiempo. No, no es que los xenoarqueólogos vayan a celebrar la destrucción de ese pobre planeta, sino que lo ven como la única forma de poder estudiar OMARA-6. Los nativos han conseguido alejar las garras de esa institución e incluso ser casi independientes del resto de naciones. La astucia y crueldad de sus líderes hacen que invadir OMARA-6 sea como invadir Rusia en invierno.

          Se cree que OMARA-6 fue el planeta de una antigua civilización. Los humanos llegaron a ese planeta y construyeron sobre las ruinas de la posiblemente única especie inteligente que habitaba el universo conocido. Por los últimos reportes de los espías del Instituto de Xenoarqueología, la especie alienígena habría también construido bajo la tierra. Quizás refugios para ocultarse de algún peligro o desgracia inminente. Ojalá seamos capaces algún día de saber la historia de estos alienígenas y descubrir porqué desaparecieron del mapa.

          He llegado a OMARA-6 con un pasaporte de trabajo temporal. Llevo aquí menos de seis meses y sé que no he avanzado con mi investigación todo este tiempo, pero mis contactos me explican que es lo habitual y que no me preocupe: podría conseguir aumentar mi período de permiso si me renuevan el contrato en el taller en el que trabajo. Lo cierto es que la productividad de los nativos es muy baja y pasan demasiado tiempo vagueando: el clima es desde luego, propicio para ello. Este año está siendo especialmente caluroso, así que ni veo a mis compañeros después de la hora de la comida.

          Este año han permitido que más extranjeros participen en sus celebraciones. Soy parte del cuerpo de voluntarios que van a limpiar las calles al paso de las carrozas florares. Me tuve que levantar antes del amanecer para acercarme a la calle principal de la que partirán las plataformas sobre las que irán los nativos disfrazados de personajes de cuentos y leyendas locales. Estas plataformas son cubiertas por flores y plantas bastante llamativas, incluso se adornan los deslizadores que tiran de ellas. Los participantes van deshaciendo las carrozas quedando desnudas a su llegada a la plaza de cada ciudad y en ella, los disfrazados saltan rítmicamente sobre ellas, haciendo que el ruido retumbe contra los edificios y que el suelo a su alrededor vibre. Este paseo de carrozas se hace en todas la ciudades y después se pasan casi un mes de celebraciones varias. Por las noches se van a proyectar películas en los parque públicos, hay talleres y mercadillos en cada barrio y fuegos artificiales a casi todas horas. Un derroche y excesos que ya no se ven en el planeta del que vengo. Los gobiernos, de acuerdo con las mega-corporaciones, consideran que no es posible que haya más de tres días de fiesta al año pues la economía de cualquier estado quebraría por ello. Si OMARA-6 sigue en pie y con un nivel de vida tan alto, me demuestra que nos hemos dejado engañar demasiado tiempo.

          Vuelvo al mundo real cuando escucho los primeros vítores. Se empieza a ver en el cielo el haz de luz del cometa. Estuve tan ensimismada en mis pensamientos que ni recuerdo cómo he llegado al punto de reunión del voluntariado. Los tambores son golpeados con tanta fuerza que de la vibración me empieza a dar la taquicardia, y eso que el más cercano está a dos calles de aquí. Me pasan una escoba y nos dividen en pelotones de limpieza. En el mío el "capitán" es un administrativo que veo siempre en la parada de metro y que es incapaz de saludarme y mirarme a la vez. Nos empezamos a separar de los otros grupos y avanzamos en silencio hacia el bullicio. Desde donde estamos no soy capaz de ver las carrozas, pero sí veo los pétalos lanzados al cielo. Algunos alcanzan gran altura y se dispersan a enormes distancias debido al viento, no demasiado común en esta época del año. El capitán empieza a darnos órdenes y empezamos a limpiar. Los pétalos deben barrerse suavemente para que no se peguen al suelo con fuerza y se aplasten. De hacerlo, quedarían marcas en el suelo y lo harían pegajoso.

          Pasan las horas y estamos cada vez más cansados. Es agotador estar bajo el sol barriendo tantas flores. El viento además mueve nuestros montones y dificultan nuestra tarea. Al final nos lo estamos tomando demasiado en serio, a pesar de ser trabajo no remunerado.

          El cometa se ve en el cielo. Se mueve con rapidez y parece que está pasando muy cerca de OMEGA-6. He visto a gente nerviosa, así que los nativos saben perfectamente cuál es el futuro de su hogar. No he visto en ningún medio que hablen de la posibilidad de que el cometa se estrelle, así que imagino que hay un esfuerzo activo en evitar que cunda el pánico. Nuestro superior alza su brazo y hace sonar un silbato: hora de la comida. Comeremos un insulto sandwich de pescado y mayonesa, cosa que sé porque entre los voluntarios veteranos están quejándose de ello. Me lo como con ansiedad y sigo con hambre, por lo que voy con algunos de mis compañeros a comprar más comida en un puesto de la fiesta. Los dulces aquí son secos y deshidratados, pero me gustan bastante y me parecen muy baratos, aunque entiendo que no lo es en relación con los salarios que hay aquí. Con mis ahorros considero que puedo tener ciertos excesos.

          La red de internet empieza a fallar y es el tema de conversación en las tareas de la tarde. Esta vez me han puesto con los que deben meter toda la basura en los camiones de recogida de residuos orgánicos. Me resulta más exigente físicamente y debo pedir a mis compañeros ayuda antes de caerme al suelo por el bajón de tensión. Nos comentan que hubo dos bajas ya entre los voluntarios por el golpe de calor. Intento aguantar más tiempo trabajando puesto que a la hora de pedir permisos de residencia, sé que valorarán que haya colaborado en el festival de primavera.

          Estamos desmoralizados y que no nos hayamos podido quejar en las redes sociales nos está pasando factura: la gente está manifestando su hastío en alto y no estoy por la labor de escucharlos. Veo que mi terminal se conecta a una línea. Mi corazón se acelera y me tiemblan las piernas. Sólo hay un motivo por le cual me darían acceso a las redes y ese motivo debe ser el impacto del meteorito. Debe haber coincidido con el corte de las comunicaciones y parece que OMEGA-6 se está esforzando porque no se sepa sobre ello. Pido a mis compañeros que me acerquen a casa, mintiéndoles sobre mi estado físico.

          Al llegar a casa me pongo manos a la obra a buscar información sobre el meteorito. Me extraña que el gobierno local haya sido tan bueno en esconder el sucedo. Pero lo cierto es que no hay nada sobre Omora porque Omora pasó cerca del planeta sin ningún incidente. El cuerpo de xenoarqueólogos me envía por fin una comunicación y en ella me piden que abandone el planeta puesto que han aprovechado la fiesta de primavera para atacar OMARA-6 y lo están invadiendo. Veo donde está el punto de evacuación, anoto los principales accesos y voy directa mi utilitario. Pero a pesar del corte de comunicaciones, los nativos han acabado sabiendo lo que estaba ocurriendo y había varios kilómetros de retenciones. Me pasé el resto del tiempo en la carretera y sin apenas avanzar. Algunos se saltaron las vías y alzaron el vuelo con los vehículos. Algunos se estrellaron por la falta de pericia. El nerviosismo del momento llevó a la histería y hubo golpes, empujones y bocinazos. Dos tíos salieron de los coches para pegarse mientras su familia los animaban desde el coche. Era un espectáculo bastante lamentable.

          Supe que no iba a salir de este planeta nunca como las cosas siguieran así, así que a la primera de cambio, tomé una salida y me alejé del punto de evacuación. Informé al Instituto de Xenoarqueología y pedí que me dieran otra alternativa. Tardaron en responderme y me llegaron comunicaciones intermedias de que activase el sistema de posicionamiento y otros sistemas de mi terminal. La radio del vehículo empezó a sonar y por una retransmisión ilegal, explicaron el avance del frente de batalla y qué vías de evacuación estaban colapsadas. Creo que acabarían antes diciendo que todas las vías de evacuación lo estaban.

          Al rato, ya cansada de esperar y mientras intentaba sintonizar otros canales, me llegó unas coordenadas. Eran unas minas que estaban cerca de aquí, pero en terreno montañoso. Me dieron indicaciones como donde dejar el utilitario y medidas de seguridad básicas que debía tener en cuenta como el cambiarme el calzado a uno resistente (tenía en el deslizador unas botas viejas). Me pidieron que no ascendiera más de 5 metros, cosa obvia, puesto que los vehículos son bastante inestables y ascender tanto es sinónimo de accidente. El viaje hacia allí se hizo bastante pesado debido al nerviosismo del momento. Había visto un vehículo militar en el cielo y eso no significa nada bueno. Las pistas mineras eran abruptas y el motor del deslizador rugía con tantos cambios del terreno. Tuve que desactivar el modo semiautomático y ascendí rozando el límite de seguridad de altura. No soy buena conductora, pero no tenía muchas más opciones.

          Era casi de noche cuando aparqué el deslizador en el punto indicado y continué el camino. Apenas podía ver y la vegetación cubría los pozos y desniveles, por lo que con el corazón bombeando con fuerza en mi pecho, tuve que estar preparada para evitar cualquier peligro. El frío estaba hiriendo mi garganta, los pies me dolían con los constantes tropiezos contra piedras, tenía muchísima hambre y sed y estaba realmente aterrorizada. Paré en seco cuando oí ruidos. Me quedé quieta, esperando.
Eran voces humanas y estaban avanzando con la luz de unas linternas. Después de tranquilizarme un poco y pensar frialmente las posibilidades que tenía, les seguí, intentando ir por donde iban. Por lo que veía en mi comunicador, se estaban acercando hacia donde me habían pedido ir, así que seguramente eran del Instituto de Xenoarqueólogos pero no me atreví todavía a revelarme ante ellos. Quería tener más garantías de que estaba segura. Llegamos a las coordenadas que nos habían dado y los chicos se pararon. Estaban relajados y celebraron el haber llegado allí tomándose unos snacks. Si no oyeron el ruido del estómago, tenía la certeza de que no iban a descubrirme si seguía donde estaba. Esperé y esperé hasta que les oí explicar porqué debían estar allí: con el inicio de la guerra, el gobierno OMARA-6 había destinado a todo su personal de seguridad al frente de batalla y a la protección de civiles, dejando sin vigilanza sitios de alta seguridad como aquél. Al parecer el Instituto de Xenoarqueólogos destinó a todos los espías, es decir, a nosotros, a puntos de relevancia una vez vieron que la evacuación iba a ser imposible.

          Salí de la oscuridad cuando consideré que había oído suficiente y que evidentemente, aquellos chicos eran de mi institución. Se sorprendieron y asustaron, pero bajaron la guardia debido a mi aspecto. Soy una chica menuda con aspecto nada amenazante. Me presenté y les expliqué cómo había llegado allí. No sabía mucho más de lo que había oído de ellos y avanzamos juntos a la explotación minera. Era una explotación subterránea de oro, se había excavado cuando llegaron a OMARA-6 los primeros humanos y necesitaban recursos mineros de manera urgente. Lo hicieron de manera subterránea para evitar que fuese detectada desde el aire, cosa que no considero nada inteligente puesto que dentro no creo que haya una precisamente una temperatura agradable.

          Nos enviaron nueva información sobre cómo acceder y llegar a la galería principal. Nos pidieron cubrirnos la cabeza como fuese, para evitar que nos golpeásemos contra los desnivelados techos y para evitar que fuésemos golpeados con algún desprendimiento. Uno de los chicos tenía un casco de moto y me dejó su abrigo para que me lo pusiera en la cabeza como un turbante. Dentro de las galerías hacía mucho calor y junto con la humedad y la oscuridad, empezamos a sentirnos enfermos y agobiados. Les sugería parar para limpiarnos el sudor y picotear algo. Les pregunté sobre sus ocupaciones y su familia, para relajar el ambiente. Creo que lo conseguí, ya que nuestros siguientes pasos fueron más ligeros y se hizo un camino más ameno.

          El más alto, Mario, se golpeó varias veces en la cabeza con el techo, pero afortunadamente no le pasó nada, salvo llevarse un susto. Por mi parte, a veces resbalaba por la arenilla en el suelo y las desgastadas suelas de mis botas. En cambio, el otro chico llamado Jairo, se movía como pez en el agua por la explotación. Por lo que nos explicó, le gustaba realizar espeología y escalada, por lo que no solo estaba mejor acostumbrado a esa clase de terreno y condiciones, sino que además tenía mejor forma física que los demás.

          Las comunicaciones con el Instituto de Xenoarqueología habían parado cuando entramos en la explotación, por lo que teníamos la sensación de abandono y que incluso estábamos solos en el mundo. Sin luz, no teníamos la sensación de que pasaba el tiempo, por lo que debíamos consultar nuestros terminales para saber cuánto tiempo llevábamos allí: cuatro horas de avance. Encontramos un ascensor y bajamos por lo mejor 300 metros en vertical. Que funcionase ese ascensor me sugería que esa explotación estaba en activo o que habían estado allí hace poco, eso me sugería que las autoridades de OMARA-6 sabían de la existencia de la xeno-civilización. Eso no me tranquilizó en absoluto y me guardé esta observación para no cundir el pánico. Jairo toqueteó una caja de fusibles y consiguió encender las luces del techo. Esa galegía parecía perfectamente excavada y su perfil era uniforme, con la bóveda en forma de arco y apuntalada con acero y no en madera: esta parte de la explotación era mucho más elaborada y avanzada que donde estuvimos. Las indicaciones de la caja de fusibles no estaba en un idioma entendible. Las luces parecían led pero no lo eran. Eso no era tecnología humana, aunque no era tecnología punta ni mucho menos, por lo que me sentí un poco decepcionada con la antigua e hipotética xenocivilización que habría ocupado ese planeta.

          Mario sugirió dormir y que hiciésemos un refugio donde había una salida de aire. Era un conducto de ventilación bastante rudimentario, eso dijo Jairo. Del cansancio al principio no fuimos capaces de dormir, como si nuestro cuerpo estuviese en alerta, pero caímos dormidos. Terminamos nuestras reservas de comida y continuamos nuestra incursión. Llegamos a un campamento casi en ruinas donde vimos una excavadora muy extraña. No era humana, por las letras que aparecían y por el hueco en cabina destinado al conductor: la especie alienígena era mucho más pequeña que nosotros, del tamaño de un niño. Sus manos eran de nuestro mismo tamaño: el volante era parecido al de mi utilitario. Las excavadoras no tenían marchas y los controles eran interruptores, pareciendo el salpicadero una mesa de mezclas.

          El techo empezaba a desprenderse. Nos iba cayendo arenilla sobre nuestras cabezas. Seguramente estaban bombardeando la superficie de OMARA-6 y eso significaba que lo más seguro es que muriésemos allí, enterrados. Mario se sacaba sus manos sudadas contra su pantalón y por su reacción, parecía querer esconderlo. Seguramente su aumento de sudoración era debido al miedo y no a la temperatura, que era más baja al paso del tiempo, al haberse activado el sistema de ventilación artificial. Las galerías estaban desiertas y no vimos ninguna cosa más de la civilización que las había construído. Escuché entonces un grito. Era Mario y nos llamaba con urgencia. Casi me pierdo por los túneles, pero encontré a Jairo y dejé que él me guiara.

          Mario había encontrado una puerta, pequeña para nuestros estándares, y hecha de metal, ¿aluminio quizás? Para pasar la tuvimos que arrancar de la roca en la que estaba encajada y al otro lado había restos óseos acumulados. Al parecer los alienígenas se quedaron atrapados en su propio refugio e hicieron lo que pudieron para huir, pero siendo físicamente débiles -nosotros fuimos capaces de arrancar la puerta- no pudieron hacer nada. La antropología era una materia que dominaba más, por lo que deduje por lo que veía que la desesperación de esa gente hizo que, cuando se estaban muriendo de hambre, sed y calor, fuesen a la puerta junto a los demás congéneres fallecidos. No vi signos de violencia, por lo que no habrían recurrido al canibalismo. Mario empezó a tomar fotos y muestras de aquéllo. Él me sugirió que grabase mi voz explicando todo esto, para que no se nos olvidase al salir. Aunque yo estaba más convencida de que no saldríamos de aquí. Empezaba a haber temblores y se escuchaba en la lejanía como se estaba empezando a derrumbar todo. Hacer nuestro trabajo y estudiar aquella especie fue quizás lo que hizo que siguiésemos cuerdos y haciendo que actuásemos con naturalidad. Pediera de vista a Jario hace tiempo. La luz empezó a chisporrotear.

          Jairo nos mostró unos planos que había encontrado. Una red de túneles por todo el planeta y aquella era uno de los muchos accesos. Nos explicó que había encontrado más puertas metálicas cerradas. Una de ellas nos debería llevar a un hangar. Mario salió disparado como una bala y tras varios temblores más fuertes y constantes, yo también me sentí contagiada de la urgencia de ir a ese hangar. Jairo nos iba dando indicaciones e íbamos abriéndole el camino. Pude ver con el rabillo del ojo más cuerpos de los alienígenas a medida que avanzábamos y también vi paneles con dibujos. No quise que los demás se dieran cuenta de estos grabados en la pared: en ellos se vía una guerra entre razas, los hombrecillos alienígenas que habíamos descubierto ese día y una extraña raza que parecían pterodáctilos. Parecían realmente amenazadores y tenían dientes afilados. Espero realmente que hayan desaparecido de igual forma que los habitantes de las galerías en las que estábamos.

          El hangar tenía numerosas aeronaves. Jairo comentó algo de la forma de los vehículos. Seguramente con que no eran platillos volantes. No estaba de humor para atender comentarios jocosos así que estudié el hangar viendo qué podríamos hacer. Mario volvió a tomar la iniciativa y se subió a lo que parecía un cohete. La entrada por la que entramos a esa enorme bóveda llena de tecnología de una civilización muerta se vino abajo, quedando encerrados allí. Jairo apuntó al mapa con los accesos para tranquilizarme. Pero no podía estar tranquila sabiendo que no podríamos volver sobre nuestros pasos.

          Subimos al cohete bastante inseguros. Parecía sólido y el panel de control se iluminó con nuestra presencia. El cohete nos habló con una voz extraña, como chasquidos. Era alguna clase de voz grabada que no podríamos entender. Los motores empezaron a funcionar y nos agarramos como pudimos a los pequeños asientos. Con respecto a mi tamaño no parecían tan pequeños, pero Jairo se veía realmente molesto. El cohete fue ascendiendo y la roca del techo estalló pero no dañó la estructura del mismo. Si la raza de hombrecillos fuese capaz de abrir o reventar las puertas de acero que ellos mismos instalaron como medida de seguridad, habrían podido huir de aquel refugio que fue finalmente su tumba. Pudimos ver por un monitor que estábamos ya en el cielo de OMARA-6, un planeta surcado por numerosas naves. No nos atacaron pero rodearon nuestro cohete. El cohete seguía su avance sin que nosotros no pudiésemos hacer nada.

          Fue entonces cuando empezaron a dispararnos.

sábado, 13 de julio de 2019

Zurzur

La mina llevaba abierta más años de los que ella tenía. Se extendía por una red de túneles de kilómetros y kilómetros hasta llegar a grandes cámaras donde se seguía extrayendo oro. Era de los pocos planetas rentables de aquel sistema solar y los colonos dependían de esta explotación.
Había revisado las instalaciones durante el último año, cuando fue trasladada allí en una sustitución que dejaría de ser temporal a la muerte del anterior facultativo. Era el tercer fallecido en ese periodo por picadura del zagir, un escarabajo con aguijón originario de ese lugar y que se reproducía a ritmos agigantados por la desaparición de su depredador natural, los plogs, unos reptiles muy sensibles a la contaminación atmosférica.

Temía a esos insectos, pero confiaba en la experiencia del equipo médico con el que trabajaba. Estos combinaron los ritos y tradiciones locales con la ciencia, desarrollando medicamentos efectivos para combatir las enfermedades propias de ese planeta a pesar de las constantes mutaciones de las mismas, en vez de emplear avances salidos de la Federación de Planetas, que en algunas colonias solamente consiguieran hacer resistentes a las bacterias.

No era muy optimista al respecto, pero si seguía las recomendaciones que se le dieron a rajatabla, seguiría viva durante bastantes años en ese aburrido planeta.

Se levantó alarmada por las luces de emergencia. Había sucedido un accidente en la mina y debía registrarlo antes de que reanudasen las actividades de laboreo. Cruzaba los dedos para que no fuese un accidente mortal: los trámites así eran más complicados y elaborados, teniendo que notificar a Inspección de Trabajo Interplanetaria, a la cual seguramente le daría más bien igual mientras las mutuas no reclamasen nada. Estúpida burocracia.

Llegó enseguida, subida a uno de los volquetes tipo lagarto. Empleando señas le indicaron lo sucedido. Había reventado una parte de las paredes de la explotación por la enorme presión que estaban soportando debido a la excavación. Accidente mortal.

Antes de que terminara de escribir, el colono más joven —o que intuía como más joven— le arrastró hasta la zona reventada, aún con polvo en suspensión que le obligó a cubrirse la nariz. Al otro lado de la nube de polvo y tras caminar por un suelo de roca estallada pudo ver lo que al colono le aterraba: un panal de colmena. Las historias locales incluían siempre al zurzur como la más terrible de las bestias del planeta. Tuvieran que exterminarlos a todos para poder sobrevivir y esto dio lugar a una era de prosperidad sin precedentes. Volver a ver un panal era como revivir una pesadilla. Era hexagonal como de las abejas de otros sistemas, pero por el tamaño dedujo que serían casi tan grandes como ella y que serían mucho más inteligentes que aquellos colonos —porque el listón en aquel planeta no estaba muy alto—.

No entendió el motivo por el que ese paticorto y azulado ser le había enseñado aquello. No era responsabilidad suya o del Departamento de Higiene y Salud. El colono no dejaba que se marchase de allí. Entendió finalmente que quería que escribiese aquello en sus notas. Lo cierto es que las notas son solo eso, notas, y que no tenía intención de notificar a nadie por el descubrimiento. Era solo panales de una especie ya extinta.

El caos invadió la región. Al día siguiente nadie quiso ir a trabajar, paralizando la actividad no solo de la mina sino de las plantas de beneficio y del transporte de oro. La empresa extractora enviaría a sus “gorilas” si no se arreglaba el entuerto. Realmente a ella no le afectaba aquello, ya que no trabaja para esta, pero no era bueno para su reputación.

Decidió ir por su cuenta a revisar el panal. Una mezcla entre responsabilidad de empleada pública y curiosidad enfermiza. Acabó metida entre las celdillas hexagonales caminado por la estructura orgánica húmeda que le dejaba un sabor dulce en sus manos.

Afortunadamente había aprendido trucos para no perderse por conductos o túneles. Se los había enseñado su mentora en su periodo de formación. Usó marcas luminosas (spray sensible a la luz) y banderines. En el banderín se indicaba también a la hora a la que fue puesto. Era imposible no volver a encontrar el camino de vuelta. O eso creía.

Cuando se introdujo más en la estructura mallada encontró partes pútridas. Eran poco sólidas y cayó de nivel en nivel y desde allí ya no podía ver ningún banderín o marca para regresar. Esto le produjo mucha ansiedad y terror. La linterna no se le había soltado de la mano, pero chisporroteaba afectada por la caída. Sacó otra linterna, porque es una mujer preparada. Escuchaba crujidos, quizás de cómo seguía desmoronándose toda la estructura. Continuó la exploración: no tenía forma de regresar todavía.

El panal era de una combinación de grises y negros, distribuidas como si fuese un macizo con vetas de cuarzo. Estaba rodeada de muerte. Algo que lo sobrecogió. Escuchó un crujido más adelante de donde estaba y paró su avance. No quería volver a caer. Los crujidos se acercaban a ella y retrocedió con prisa, aterrorizada. Apuntó con su linterna la procedencia del ruido, sin prestar atención al hecho de que había llegado a arrancar un banderín de un manotazo.

El crujido provenía de una enorme y peluda abeja. Sus ojos rojizos brillaban con la luz y la reflejaban, haciendo que las paredes fuesen recuperando su color amarillento. Apagó la linterna creyendo que la luz atraía a ese ser. Efectivamente era así. El crujido seguía, pero el zurzur permanecía en su sitio. La especie que creía extinta no lo estaba y tenía a uno de los supervivientes a escasos metros. Una especie letal, más letal incluso que los zagires.

Las manos sudorosas se impregnaban de la miel de aquellos panales muertos. Su sabor era amargo y su consistencia era más pegajosa.

Retrocedió hasta donde se acababan las banderillas y las marcas de spray. No podía ascender por el boquete creado porque se resbalaba y el ascenso era cosa imposible. Tocaba explorar otra ruta desde allí.

Los panales eran amarillentos por el nuevo camino. Eso podría significar estar más cerca de la explotación. Confiándose demasiado, actuó con brusquedad, con pasos más rápidos y fuertes y el suelo se rompió de nuevo haciéndola caer. La caída era mayor que la anterior y ya dio todo por perdido. No creía volver a salir a superficie. El espacio al que llegó era amplio, no un estrecho túnel.

Golpeó la linterna para encenderla. Las dos linternas consigo estaban estropeadas. La luz fue un destello breve, pero suficiente para ver que estaba rodeada de zurzúes. Chilló de manera involuntaria.Un chillido agudo de histeria. Los crujidos y chasquidos hacían eco en sus oídos. Notó patas peludas saltando por encima suya. Una le pasó cerca de la nariz y casi le hizo estornudar. Se arrastró por el suelo lentamente, hundiéndose en miel, como si aquello fuesen arenas movedizas.

Se agarró a la pared como si le fuese la vida en ello y en cierto modo así era. La mochila a su espalda se le clavaba a la carne, pero no iba a soltarse por nada del mundo. Empezó a notar humedad entre su entrepierna, ¿qué demonios pasa ahora? Asustada hizo cálculos mentales. El calendario de ese planeta no seguía las convenciones terrícolas ni los estándares de la federación. Su rotación era cada 27 horas y no cada 24. Costándole realizar cálculos con los nervios dedujo la única posibilidad: le bajaba el periodo y lo que tenía entre sus piernas era la sangre de su útero. Sangre coagulada, pero igualmente sangre. En el momento más inoportuno posible. Pensar en ello al menos la distrajo durante unos segundos, antes de volver a entrar en estado de pánico.

Ya no era que aquellos insectos la matarían con suma facilidad, también podía hacerlo los cacahuetes a los que ella era alérgica, sino que en general todos los insectos les daban miedo y asco a partes iguales. Era un miedo absurdo con el que había nacido y sabía que jamás iba a librarse de él. Y menos ahora.

Un zurzur caminó por encima de la linterna que se le había caído y la golpeó encendiéndola. Ella solo pudo soltar un ligero alarido de sufrimiento. La luz de la linterna hizo brillar los ojos de esas abejas e hizo que toda la estancia tuviese un color rojizo. Las paredes cambiaban de color a uno mucho más vivo y se fueron extendiendo hasta donde le alcanzaba la vista. “Genio, la que has liado” soltó resignada.

Con la luz roja los zurzúes también empezaron a lucir colores más vivos. Sus alas empezaron a aletear. Las paredes empezaron a brillar iluminando toda la estancia y la luz roja fue sustituida por una de color amarillento. Como si alguien —ella—, hubiese encendido el interruptor de la luz. Con toda la sala iluminada pudo ver como su pantalón estaba manchado de su sangre, confirmado sus cálculos.

Los zurzúes levantaban la cabeza, parecía que estaban oliendo, ¿acaso esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado? Esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado. Zumbaron con fuerza, enfurecidos. Se giraron hacia ella, casi embebida en la pared por escurrirse debido a la miel. Si tan solo no fuese mujer aquello no hubiese sucedido, quizás si fuese hombre estaría en ese momento mirando todavía el panal de la colmena, pensando todavía qué hacer y sin tener las agallas para haber entrado.

Lo siguiente de lo que ella es consciente es que está corriendo por un túnel a gatas con un aguijón apuntándole a escasos centímetros de su piel. Evita que se lo clave de una patada, que lo hace retroceder, y continuó con su huida a ninguna parte.

Veía sombras de los abejorros a través de las paredes, ahora ligeramente translúcidas. No eran demasiados, pero se movían con rapidez, como el que le perseguía a ella. Al final del túnel vio algo que le dio esperanza: uno de sus banderines. Lo agarró como pudo y continuó pataleando. Por un momento voltea la cabeza y ve que la persigue más de un zurzur. Quizás no estuviera pataleando al mismo una y otra vez.

Vio otro banderín. Se las ingenió para comparar horas y ver por donde tenía que continuar. La hora del segundo banderín era anterior: ¡estaba yendo por el lugar correcto! La pintura fotosensible brillaba ligeramente y pudo encontrar la entrada a la mina.

Salió dando una enorme bocanada de aire. Como si estar tanto tiempo en la colmena hubiera vaciado sus pulmones y hubiera reemplazado el oxígeno por miel. Por el panal asomaba el aguijón afilado de su atacante. Le impresionó más ahora, quizás porque presa del pánico no había reparado en él en la persecución.

Se dio cuenta que estaba perdida. Esos bichos saldrían de la mina a por ella, la matarían y comerían y después irían contra los colonos. Tenía que buscar una forma de evitarlo, puesto que no tenía intención de morir todavía, y mucho menos manchada de su propia menstruación. Observó las inmediaciones. ¿Qué podía hacer?

El primer zurzur salió y fue directo a por ella. Esta lo golpeó con su mochila y cuando retrocedió, le lanzó la linterna y, en la desesperación, usó el spray contra él. Se sacudió las alas molesto y cayó al suelo. Mientras terminaba de eliminar la pintura de sus alas, ella se subió a un volquete tipo lagarto. Esos volquetes mineros eran bajos, de poca capacidad, pero más veloces. Accionó el motor y aceleró atropellando a la enorme abeja. La sensación del aplastamiento desde el vehículo, así como el chasquido y el olor pútrido, le produjo náuseas.

Le alivió saber que no eran ni inmortales ni tenían capacidades especiales salvo ser abejas gigantes. Pero no podía descansar: venían muchas más del panal. Veía como se empujaban las unas a las otras luchando por ser la primera en salir y la primera en picarle. Aceleró de nuevo el vehículo y lo precipitó contra el panal. Consiguió colapsar la entrada y quizás dañar a alguno de los zurzúes. Estar subida a aquel monstruo metálico de casi veinte toneladas le dio una idea.

Mientras los zurzúes se recuperaban del golpe ella podía llenar la bañera del vehículo con todos los explosivos que encontrara en el polvorín. Tenía que darse prisa.

Si no estuviese en peligro inminente de morir agujereada y envenenada estaría en estos momentos escribiendo un informe: el polvorín guardaba muchos más kilogramos de explosivos que los legalmente permitidos. Los explosivos estaban guardados en cajas y envasados como si fuesen chorizos de cantimpalo.

Lanzó los explosivos por el aire para que cayesen en el volquete. Sabía que era seguro tratarlos así y peor puesto que los colonos eran unos manazas. Paró cuando oyó zumbidos saliendo del panal, pero el camión estaba lo suficientemente cargado. También lanzó dentro del volquete cartuchos ya cebados con el detonador y cordón detonante de gran longitud. Se subió a la cabina e inició la marcha hacia la muerte.

El panal estaba cada vez más cerca y el terror se había disipado. Estaba llena de energía y de furia. Introdujo una de sus manos dentro de su ropa interior manchándosela de sangre de su endometrio y se pintó dos líneas verticales a cada lado de la cara. Esto era su Vietnam.

Se estrelló contra varios zurzúes, uno atravesó la luna con su aguijón y este le rozaba su cara. No le importó más que por el hecho de empeorar su visibilidad. Ahora se reía de sus miedos por ser atacada por un zagir; deseando que tanto su mentora como el anterior facultativo estuvieran presenciando su clímax de venganza y temeridad desde el cielo, de existir.

Se situó delante del panal, ahora brillante, del que asomaban patas peludas y de colores intercalados. Negro. Amarillo. Negro. Amarillo. Aceleró y agarró con fuerza el explosor con una de sus manos, dispuesta a accionar los explosivos una vez impactara y se precipitara por los frágiles niveles de la colmena. Hundiéndose en miel. Una muerte dulce, sin duda.

Cuando la luna del vehículo saltara por los aires del impacto, accionó el explosor.

La explosión se propagó por la colmena rompiéndose la estructura del panal. La estructura dañada no se podía sostener por sí misma e hizo que colapsara gran parte de la colmena. Las paredes de la mina y que sostenían todo aquello también se vinieron abajo y sepultaron los restos del volquete, así como los zurzúes. En la superficie los colonos vieron sus casas caer debido a la subsidencia.

Los días pasaron y nadie quería entrar allí. Tanto por el colapso como porque no sabían que la colmena estaba ahora destruida. La empresa enviara a un grupo de matones para obligar a los colonos a entrar en la mina y también buscaron a la desaparecida facultativa sin éxito. Los colonos valoraron los daños de la explotación y como el panal que tanto les asustaba era inaccesible.

El polvorín había sido asaltado y faltaba el explosivo, dedujeron que alguien estuvo allí al desalojarse la instalación debido a la amenaza de los zurzúes. Encontraron también la mochila de la facultativa. Estaba manchada de miel. Contenía un bote de spray de pintura y banderines. Los colonos se peleaban por tenerla y abrazarla. A pesar de su limitada inteligencia comprendieron que ella estaba detrás de todo.

Revisaron la mina duramente y sin cesar, buscando a su heroína. No pararon ni cuando la actividad en la explotación se reanudó.

Nunca la encontrarían.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.

sábado, 15 de junio de 2019

Expedición

          Cerró la maleta después de repasar mentalmente que estaba todo lo que iba a necesitar para la próxima expedición. O lo imprescindible, al menos. Miró desanimada la montaña de libros que tenía pendientes y que solo hacía crecer y crecer, a medida que el profesor McCloud los mencionaba como lecturas obligatorias para cualquier interesado en la antropología. De hecho, en ese montón de libros estaba el que había escrito su padre durante aquel viaje en el que lo dieron por muerto.
          Quiso levantar la maleta, pero solamente podía arrastrarla por el suelo. Salió de su habitación, la dejó caer por las escaleras y esperó en el recibidor hasta que la fuesen a recoger. El coche fue puntual y en él esperaba su otra compañera, aquella bajita y rechoncha mujer que hablaba siempre tanto. Suspiró hastiada: no iba a poder dormir durante el viaje.
          Rachel se subía una y otra vez sus gafas. Resbalaban por su nariz sudorosa mientras ametrallaba con datos de la expedición a una cada vez más cansada Amy. Esta optó por ignorarla y pensar en el profesor McCloud, con quien se reunirían. Su ancha mandíbula y su poblado bigote le resultaban irresistibles. Estudiaron juntos en el instituto, pero él fue avanzando de cursos con rapidez y cuando entró en la universidad, Edward McCloud ya era su profesor. Y Rachel su ayudante.
          El coche se paró y el chófer les ayudó a bajar las maletas. La avioneta era más pequeña de lo que pensaba. Amy se sintió decepcionada. Quizás sus expectativas eran demasiado altas, siempre se dejaba camelar por su profesor favorito. Para él todo era emoción, aventura, ruinas extrañas, misterios por resolver y fama inconmensurable. En su primera expedición comieran grillos (¡grillos!), durmieron entre gallinas, casi se mueren de frío en la montaña y fueron perseguidos por un oso.
          Edward estaba allí, acabándose un puro. Sonrió de manera sincera y ayudó a las mujeres a cargar sus maletas. El piloto llegó poco después. No les acompañaría, sino que simplemente los iban a dejar a escasos kilómetros del poblado indígena donde pasarían la primera noche. En ese poblado estaría Joan, una mujer tan grande como un armario. La universidad siempre contaba con ella para que hiciera de guardaespaldas: era fiable, dispuesta a viajar a cualquier parte del mundo y su resistencia a los venenos era conocida.
          El viaje fue pesado y aburrido. Amy estaba agotada. La misma información que Rachel escupió en el coche fue repetida por el profesor, por lo que no pudo pegar ojo. Se quedó dormida cuando ya se avistaba la selva desde las ventanas de la aeronave y cuando por fin sus acompañantes se habían callado.
          Cuando despertó, ya era de día y estaba sobre una cama de hojas y solo con ropa interior. Avergonzada, buscó su ropa, pero en aquella cabaña no había nada más.
          Joan entró en la cabaña y ante la desesperación de Amy, solo sonreía. Le devolvió su ropa y reveló que fue ella quien la cargó y la desnudó. “Hace demasiado calor como para que lleves eso, niña” le espetó. También le entregó su maleta, que permanecería allí hasta el fin de la expedición, porque Joan le dejó claro que no podrían cargar con aquello. “Sólo lo imprescindible” le dijo su querido Edward. “Sólo lo imprescindible” imitaba burlona Amy mientras revisaba qué llevarse con ella en la jungla. Se colocó el machete a la cintura. Se llevó la yesca y el pedernal, la olla para hervir agua, la mochila ya remendada, la cuerda… en la maleta ya solo quedaba sus vestidos y el maquillaje. Joan dio el visto bueno a su elección de objetos y dejó que fuese a desayunar. El desayuno consistía en un extraño té y una extraña tortita hecho con algún cereal (aunque por su mente pasaban imágenes de grillos molidos y guarradas por el estilo).
          La selva es cálida y húmeda. Con lluvias intermitentes e intensas. Era imposible no sentirse como estar enrollado en una sábana mojada. La primera parte del recorrido estaba despejada, pero Joan, al corriente ya de la ruta, tuvo que empezar a abrirse paso a la fuerza entre los matorrales. Amy no soltó su machete: las lianas y las plantas se enredaban en sus piernas, cosa que la incomodaba.
          Al tercer día de viaje ya no tenían nada de qué hablar. Hasta Rachel había enmudecido. Con los ruidos de la jungla tan solo se escuchaba su avance. Así como sus respiraciones pesadas. Amy se llegó a preguntar si era posible que Joan se hubiese equivocado pero la seguridad con la que daba indicaciones, no parecía que sucediese eso.
          Edward les mandó parar. Echó la cabeza entre la vegetación y exclamó “¡Aquí es!”. Y aquí era: un templo hecho de piedra los esperaba, pero debían bajar al menos diez metros. Si avanzaran a ciegas se hubieran precipitado desde aquella altura. Nada bueno.
          Amy ofreció su cuerda y se aseguraron de que los árboles eran lo suficientemente fuertes como para soportar su peso. El nudo lo había hecho ella misma, su padre se los enseñara como pasatiempo, puesto que nadie se imaginaba que la dulce y educada Amy quisiera seguir los pasos del famoso y reputado Andrew Collins. A él le pillara tan de improvisto que su primera reacción fue impedirle que estudiase en la universidad. Se matriculara un año más tarde por esta “pataleta”. La pataleta duró cinco años entre libros de antropología y unas cuantas expediciones. Sabía que en el fondo su padre estaba orgulloso de ella.
          El templo era de una planta. Con un altar con sangre seca en el centro y poco más. No estaba cubierto y parece que jamás lo estuvo. Las plantas habían deteriorado seriamente aquella construcción, pero aun así era sólida.
          Se les hizo de noche en aquel sitio. Tomaron muchísimas notas y Edward habría aprovechado el momento para dar lecciones sobre ritos religiosos y funerarios de las culturas aborígenes. La información en realidad era una sucesión de supuestos y teorías, pero tenían mucho sentido. No para Joan, que estaba allí para asegurar la supervivencia del grupo no para oír “historias”.
          Amy no dudaba de las palabras de su maestro, pero esta construcción parecía más reciente que los templos y estructuras que describía. No parecía que el templo fuese hecho por gente como la que vivía en el pueblo que los recibió. No había tampoco restos de flechas, pinturas o nada más: solo paredes y el altar. Hecho sin la dedicación y esfuerzo que se esperaría de una instalación así.
          Los insectos subían por sus rostros y se metían por su ropa. Ya estaba acostumbrada pero no por ello le daba menos asco. Se sacudía molesta. Al aire libre sin árboles cubriendo el cielo, la luz de las estrellas y la luna no le dejaba pegar ojo. Vio una luz cerca del altar. Pensó que se debería a algún cristal o elemento reflectante que se pasaron por alto.
          Sus párpados se caían debido al sueño, pero ya no podía dormir. El destello se movía. Empezaron los susurros. Se obsesionó con ellos. Voces que se interrumpían y solapaban. Se levantó sobresaltada “¡Callaos ya!” gritó a Edward y al resto. Pero ellos estaban callados. No estaba segura si había llegado a gritar o solamente lo había imaginado. Las voces continuaban.
          Los reflejos hacían que la estancia fuese iluminada de una luz blanca. Entre aquellas paredes se veía con tanta claridad como si fuese de día. Amy miró al cielo: era de noche y sobre ella estaba la luna. Notó como unas manos agarraban sus brazos. Quiso apartarlos. Debían ser imaginaciones suyas.
          Amy contó hasta diez, se tranquilizó, regularizó su respiración y quiso buscar una explicación razonable. Debía ser un sueño. Una pesadilla más bien, porque solo podía sentir miedo y angustia. Se acercó al altar y al otro lado vio a un hombre. Una de las voces que oía era la suya. Repetía lo mismo una y otra vez. Se quiso centrar en esas palabras. Cada vez eran más nítidas y era capaz de separarlas de las demás. Eran palabras en portugués. Eso confirmaba que aquello no era obra de los nativos, sino de portugueses. A su espalda fue formándose más gente a partir de las luces. Las percibió finalmente como si fueran personas de verdad. Todos lusos. Sus oraciones incluían frases cristianas, frase del latín. Recordaba algunas de su niñez en el convento.
          Aquellos portugueses llegaran en expediciones posteriores a la de Colón. En algún momento aquella gente había inventado algún culto o adaptado alguno que vieran durante su estancia. Por fin entendió la relevancia de aquel templo y porqué estaban allí. Cerró los ojos y siguió tomando nota mentalmente, olvidando que hace escasos minutos para ella esto era un sueño.
          Al abrirlos era de día, sus compañeros no estaban y ella no era ella. Su piel era oscura, parda, como la de una nativa. Estaba desnuda y esos pechos descubiertos no eran suyos. Sus manos eran más pequeñas y sus pies anchos.
          El portugués del altar tiró de ella y apoyó su cabeza sobre aquella piedra. La sangre era reciente y no seca como la recordaba. Se sentía como una marioneta en las manos de aquellos hombres. Oía su propio latido en sus oídos. Le inundó la angustia y el terror. Gritó con todas sus fuerzas. Su cuello fue cortado y la sangre brotaba de su garganta.
          Edward se abalanzó sobre Joan, apartándola del altar. Amy se separó de allí agarrándose el cuello. El corte no era profundo, al ser su agresora inmovilizada. Joan parecía confundida, sus ojos se movían, como temblando. Estaba en shock. Lo que consiguió decir eran frases en un perfecto portugués. De los pocos sitios donde Joan jamás había estado era Portugal.
          Era todavía de noche y después del susto Rachel lloraba desconsoladamente, Amy intentaba cubrirse la herida, Edward estaba sentado sobre Joan y esta seguía disculpándose en un idioma que no podía conocer.
          Todos tenían claro que había que buscar una explicación a lo que había sucedido. Amy salió por un momento de la construcción. No podía pensar con el altar a escasos metros de ella.
          Edward soltó a Joan. Estaba ya menos tensa. Esta se sentó en el suelo, sin reaccionar. Miró a Rachel que se limpiaba los mocos con trapos de una muda que tenía guardada para emergencias. La emergencia estaba clara, el que se usase como pañuelo era otro asunto. ¿Amy? ¿Dónde estaba Amy? pensó el profesor alarmado. Gritó su nombre varias veces y dio un par de vueltas por la construcción. Sus gritos empezaron a ser lamentos. La desesperación era evidente. Entonces escuchó un gruñido. Un puma se dejó ver. Salió de entre la vegetación con un trozo de tela en la boca: la ropa de Amy.
          El profesor McCloud retrocedió sin darle la espalda y se metió de nuevo dentro del templo por un hueco entre las erosionadas piedras. Agarró a Rachel y a rastras la llevó al centro de la habitación. La sentó sobre el altar. Húmedo de la sangre de la desaparecida y posiblemente comida Amy. Joan se percató de que algo estaba pasando y empezó a cagar su arma. Un revolver. Edward no sabía si confiar en ella tras casi asesinar a Amy, pero tampoco tenían muchas opciones. Le explicó que era un puma. Dónde está Amy preguntó ella. Se hizo el silencio. 
          El puma era sigiloso, pero no lo era la maleza por la que pasaba. Rodeaba aquel templo con tranquilidad. Como si estuviese disfrutando de cada momento. Entonces los reflejos volvieron a la estancia. Las voces los afectaron de nuevo. Joan le entregó con urgencia su arma al profesor, asustada: no quería dañar a ninguno de los dos, así como no quiso atacar a Amy.
          Ahora que no estaban dormidos, Rachel y Edward intentaban oír algo coherente entre todo lo que le decían. “Abre paso al nuevo mundo” tradujo el profesor. “Las luces del firmamento nos guiarán”.
          Rachel chilló, histérica, al ver al puma. El puma también se asustó, pero no de ellos o del grito de la aterrorizada ayudante. Los reflejos tomaron forma. Eran unos diez hombres más el del altar. El grupo se asustó cuando se materializaron a su lado. Edward quiso dispararle al más cercano, pero le temblaba demasiado el pulso. “Dios nos ha entregado la inmortalidad”.
          Esta frase fue haciendo eco en su cabeza. “Dios nos ha entregado la inmortalidad” le dijo ese extraño ser creado desde la luz de la noche. El eco seguía y seguía. “Dios me ha entregado la inmortalidad” soltó finalmente él.
          Rachel se apartó, al oírlo. Algo no iba bien. Arrastrándose, se agarró con fuerza a una Joan perpleja que se sentía cada vez más pequeña y débil. Edward se tranquilizó. Aquello de repente lo sentía como algo normal, lógico y real. “Dios me ha entregado la inmoralidad” exclamó al cielo. Se llevó el revólver a la cabeza y disparó. Su cuerpo calló al suelo: Dios no le había entregado nada.
          La vista de Joan se nubló por sus propias lágrimas. Abrazó con fuerza a su compañera. Su única compañera. “Tenemos que irnos ya” pensó en alto. Levantó a Rachel con violencia, la empujó para que pasase por el lado del cuerpo del profesor y se llevó el arma. Aún tenía para cinco disparos y tenía consigo más munición. 
          Hizo subir a Rachel por la cuerda. Empujándola para que avanzara con rapidez. Sus nervios, la oscuridad de la noche y su estado físico no le dejaban hacerlo. Empujón tras empujón, llegaron hasta arriba. El templo seguía iluminado por la luna.
          Joan se apoyó contra un árbol, respiró profundamente y en su cabeza, como ejercicio para recuperarse de la locura del momento, empezó a recordar las palabras de sus instructores en el ejército. Rachel se acercó a ella y la abrazó. Confiaba plenamente en ella. Esto la trajo a la realidad y la reconfortó. Tras tomar el aire, volvieron por la ruta que los condujo a aquel lugar maldito. “Los portugueses llegaron a estas tierras y encontraron en los nativos la llave para acercarse a Dios. Hicieron suyos algunos ritos y erigieron su templo, quizás a escondidas de los demás” explicó Rachel. Joan admiró por un momento a su compañera; ella era incapaz de realizar un análisis bajo tanta presión. Aunque ese análisis no explicaba las luces ni cómo fue un títere de los fantasmagóricos lusos, estando a punto de matar a una mujer que en realidad era Amy.
          Quedaban tres días y medio de viaje. Estaban sin comida al haberla dejado en el templo por las prisas, por lo que se alargaría un poco más la travesía. No podían esforzarse como la primera vez. Las luces volvieron y con ellas sus nervios y su desesperación. Sus ojos empezaron a lagrimear del miedo. Las raíces que eran capaces de salvar ahora era un obstáculo contra lo que tropezar. Oían como los portugueses se daban órdenes, como si estuvieran buscando algo. Se repartían por la selva como en una batida. Joan se llevó la mano instintivamente a la funda de su revólver. No estaba. Tampoco la funda, su ropa y útiles. Se veía diferente. También veía diferente a Rachel. Eran ahora mujeres nativas, sin apenas ropa. Eran ahora mujeres nativas corriendo por la selva perseguidas por unos portugueses. “¡Ahí están!”. Corrieron y corrieron, desviándose de su ruta y se escondieron entre la vegetación como pudieron. Empezó a amanecer.
          Con la luz del sol, los portugueses desaparecieron y ellas volvieron a ser Joan y Rachel. Pero una Joan y Rachel agotadas y asustadas como nunca. Perdieron un día en encontrar la ruta por la que vinieron. Y si supieron que era por aquel sitio fue puro milagro: a Edward se le había caído una de sus cantimploras días atrás. Pudieron beber y siguieron. Les costó dormir las siguientes noches, pero los portugueses no volvieron.
          Sus piernas temblaban de la deshidratación y del hambre, pero llegaron al pueblo. Los habitantes las acogieron. El piloto llegó casi una semana después, el tiempo que estimaban emplear para tomar notas de ese templo. Como los pueblerinos, no entendió que Edward se suicidase y que Amy fuese comida por un puma sin dejar rastro. Siendo Joan quien aún mantenía el revólver, dudó de su versión apuntándola a ella como la asesina. El piloto quiso ser prudente y le pidió que vaciara las balas. Rachel corroboró su versión, pero fue ignorada por poder ser cómplice de aquello. 
          El piloto las llevaría a casa, pero informaría a las autoridades. Joan se sentó en la avioneta, llevando consigo la maleta de la desaparecida Amy y Rachel abrazaba con cariño la del profesor McCloud.
          La policía interrogó a ambas mujeres, sin creerse lo ocurrido. 
          Rachel reanudó la actividad en la universidad tras un mes de vacaciones que el rector le obligó a tomar. Nada más allí fue corriendo al despacho del profesor a recoger sus cosas para llevárselas personalmente a su familia. Mientras no encontraran un sustituto ella estaría al cargo de los trabajos de McCloud, a quien seguía amando a pesar de su muerte. Como el obraría, dedicaría el resto del año a conseguir fondos para realizar una nueva expedición al templo: el profesor habría querido saber la verdad.
          En cambio, Joan fue directa a prisión confesando, resignada y derrotada, el asesinato de Edward McCloud y el intento de asesinato de Amy Collins, suicidándose en el aniversario de la muerte de ambos. Día al que esperaría en silencio y entre sollozos, perdiendo peso e intentando mantener la suficiente cordura para no acabar en un sanatorio mental, donde jamás tendría la oportunidad y medios para colgarse, pudiendo aun siendo presa y despojada de libertad la dueña de su muerte.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.