sábado, 27 de julio de 2019

Lo que yace bajo las ruinas (parte 3 de 5)

         La última información que se tuvo de él fue un recibo de una notaría del centro de Madrid, en el cual se daban instrucciones para informar a su primo que debía encargarse de vender todos los terrenos y casas propiedad del doctor Cerezo en zonas gallegas, para luego depositar los ingresos en una cuenta del Banco de España para ser transferidos a la sede almeriense del Banco Andaluz. Mi detective no fue capaz de encontrar más información del buen doctor durante algún tiempo, ya que cuando este viajó a Almería y preguntó al banco sobre dicha transferencia, el encargado de atención al público le informó de que el dueño de la cuenta había dado instrucciones explícitas mediante el uso de una larga y meticulosa carta de no revelar información alguna acerca de su persona o la cuenta, así como la disolución de esta una vez se retirasen todos los fondos.
         El informe en aquel punto explicaba como a partir de ahí solo fue capaz de encontrar cabos suelos que no llevaban a nada más. No había registro en el censo de ningún Francisco Cerezo, ni registro médico o registro en el control ferroviario referente a las fechas posteriores a la emisión de la carta enviada a su primo. La investigación había llevado a un callejón sin salida, y mi detective aclaró que estuvo a punto de dejar del caso cuando por dicha del destino alcanzó a escuchar una conversación en uno de los cafés donde iba a desayunar cerca de la Puerta de Puchena, en la que dos granjeros del pueblo de Beires mencionaron a un extraño individuo de melena negra con mechones blancos que era motivo de discusión por haber conseguido una cosecha muy provechosa en mucho menos tiempo que el resto de cultivos, todo ello sin dedicarle extensas horas a la agricultura ni utilizar herramientas punteras en las actividades agrarias. El investigador se levantó de la silla en ese mismo momento y pagó generosamente a los jornaleros a cambio de que le llevasen al pueblo una vez hubiesen acabado con los negocios que los habían llevado a la capital. Una extraña sensación de peligro me recorrió la espalda cuando llegué a aquella parte del archivo, pero seguía ciega por la avaricia de poseer aquella información y continué leyendo con la única luz que me proporcionaban mi lámpara de aceite, que poco a poco fue disminuyendo hasta que me solo había una pequeña flama que se negaba a morir.
         El detective llegó aproximadamente a la una de la madrugada al pueblo y pasó la noche en una de las casas que servían como hostal temporal durante las ferias, la cual era gestionada por los Román, antigua familia de agricultura dedicados en épocas mejores a la aceituna y la patata, pero que tuvieron que alcanzar un sueldo extra en otras actividades cuando las cosechas del pueblo sufrieron graves pérdidas debido a las represalias del ejército al no haber aceptado los turbulentos cambios políticos que se habían sucedido tiempo atrás. Utilizó la habitación que se le había asignado como una improvisada zona de operaciones, donde empezó a recopilar los testimonios obtenidos de vecinos y conocidos del sujeto objeto de su búsqueda. Las respuestas que obtuvo no solían variar, con un núcleo visible que definían el descontento general de la población contra ese sujeto. “El hombre de la colina”, mote dado por los locales, había llegado a principios de febrero de 1928 tras lo cual tomó residencia temporal en el viejo hostal del cual fue expulsado por su dueña, supersticiosa y de raciocinio clavado en la tradición, la cual afirmaba que aquel individuo era capaz de ver pese a las quemaduras en sus ojos.
         Nunca se le atestiguó fuera del hostal salvo en las ocasiones que tomaba el camino que llevaba a los cotos de caza con el fin de negociar con el señor Rodríguez la compra de su caserío, así como las tierras de cultivo circundantes a cambio de una suma muy elevada para el precio de la tierra de la zona. Según comentaba el señor Rodriguez en una de las entrevistas, los trámites con el hombre fueron difíciles, ya que cada vez que este se comunicaba no decía palabra alguna, sino que lo escribía en una pizarra que llevaba colgada del hombro, lo cual no dificultó la brevedad de los trámites por los que adquirió la propiedad antes de ser expulsado del hostal y evadiendo así tener que soportar una sola noche a la intemperie. 
         Desde aquel día se mantuvo encerrado en el caserío sin intención de salir salvo para negocios, descritos por los jornaleros de otras tierras como injustos y diabólicos, ya que los productos crecían a una velocidad anormal y eran vendidos a los mayoristas por precios irrisorios con los que no podían competir el resto de habitante. Algunos pueblerinos admitían el habérsele pasado por la cabeza la posibilidad de expulsar al hombre del pueblo o espantarlo, pero la extraño aura del caserío durante la noche, mezclada con los olores putrefactos a mercurio que rodeaban las tierras, les hicieron retractarse despavoridos de sus acciones. Decían que aquellos rasgos no pertenecían a lugares poblados por cristianos de alma libre, sino a perros paganos que vendían su alma al diablo por placeres hedonistas. Todas las pruebas confirmaban las descripciones dadas por los anteriores entrevistados, pero quería estar seguro de que era el hombre correcto antes de entregarme cualquier papel.
         El detective subió el camino indicado por los locales, que le respondían con expresiones de odio y miedo cuando oían el destino de su paseo, hasta que, pegado por un lateral a varios cultivos cercanos a su recolección, encontró un caserío oscuro y fúnebre, con fachadas rebosantes de hiedra y un aire sobrecargado por las esencia del mercurio que envolvía al ambiente. Describía una escena insoportable y espeluznante que evocaba a los miedos góticos y los pensamientos catastróficos que nublan la mente de los hombres cuando su instinto más básico presiente una amenaza inminente. Previo a tocar la puerta de aquel horrendo lugar, decidió inspeccionar los alrededores de la zona en busca de cualquier prueba que justificase sus sentimientos incómodos. El patio exterior estaba cubierto por altos hierbajos de elevado tamaño fruto del descuido, pero pero que extrañamente no mostraban señales de la presencia de roedores o alimañas, cosa común en zonas poco cuidadas. A la derecha de la casa se encontraba una especie de cobertizo que al abrirlo resultó estar lleno de herramientas agrícolas antiguas las cuales encajaban con las herramientas anacrónicas que los aldeanos describían como propiedad del hombre de melena bicolor. También encontró en las zonas cercanas a la casa un pequeño corral falto de reparaciones en el que se encontraban solamente unas pocas gallinas algo famélicas, unas perreras completamente vacías y otras instalaciones que debieron poseer mayor gloria durante la administración del señor Rodríguez. Cuando ya se dio por satisfecho en sus averiguaciones exteriores, el detective describió en las pocas hojas que faltaban para acabar el archivo que se fijó un extraño contenedor pegado al único pozo que había cerca de las instalaciones. Según explicaba era un contenedor metálico, de cuatro varas de largo por tres de ancho, sin tapa, pero cubierto por una lona de material barato. Explicó que estaba lleno de un material oculto que manchaba la lona, dejando sobre esta una mancha de colores rojizos y amarillentos que le instaba a averiguar qué misterio ocultaba esa simple tela, aunque tenía la sensación de que ya sabía la respuesta.
         Se acercó al contenedor y, al apoyar la mano sobre la tela, notó un extraño material blando, pero al intentar levantar el manto una mano agarró su brazo y le tiró al suelo con fuerza. Cuando levantó la vista para ver quien había sido capaz de derribar a un hombre con sus capacidades físicas, se encontró con un hombre delgado y menudo, cercano a los cuarenta años pero con el rostro cubierto de arrugas, que portaba una melena salvaje y negra en la que se apreciaban mechones de color blanco, una salvaje y frondosa barba plateada, y unas cuencas vacías, marcadas con las quemaduras características a la sobreexposición al mercurio, pero que no dificultaban al dantesco hombre a moverse con total libertad. Era él, el superviviente de Algarrobado Mayor, el viudo con mi misma aflicción mental, aquel que había sido mi ruina y mi obsesión durante más dos años. Estaba junto a mí pese a que su presencia se debía a mi imaginación y un informe mojado por la lluvia. El júbilo y la promesa de un futuro más sencillo me embriagaron tras las últimas frases, pero conseguí liberarme de aquellos pensamientos juveniles y volví a la lectura. El detective pidió disculpas al extraño hombre ciego y explicó cual era la naturaleza de su misión mientras el loco de la colina ignoraba las preguntas que le hacían, y sólo salió de aquel trance de aburrimiento cuando mencionó por casualidad mi nombre. El individuo de melena bicolor giró abruptamente la cabeza y se acercó al detective, quien le contó todo lo que sabía de mí por la poca información que le había dado: mis estudios de las artes arcanas, los frutos de mi trabajo en el arte de la literatura y la odisea vivida con el único fin de encontrarle y poder acabar mi Opus Magna. Cuando el investigador estaba a punto de preguntarle por una cita para realizar una entrevista que confirmara su identidad, el hombre barbudo le cortó con la mano, tras lo cual el detective describíó con letra temblorosa unos sucesos que helaron mi alma inmortal y me llevaron a correr hasta la cocina para beber de un trago una generosa copa de coñac.
         Cuando la bebida me había dado las fuerzas que necesitaba, volví a mi estudio para releer aquellas últimas palabras y comprobar que no eran el resultado de mi mente podrida tras tantos años de enfermedad. No me había equivocado. En el informe se explicaba cómo aquel hombre ciego pero que podía ver pronunció unas palabras con voz profunda y gutural, que mi informante fue incapaz de relacionar con sonidos humanos, cuyo significado se quedó en mi mente desde ese momento hasta día de hoy: “Yo soy el doctor Joaquín Cerezo Ríos, y llevo esperando noticias de su informante desde hace años. Dígale que venga, dígale que está invitada a mi casa, y que contestaré cualquier duda que tenga sobre mí”.
         Me quedé petrificada. ¿Cómo podía saber aquel hombre quien era yo o por qué le estaba buscando? ¿Por qué se había negado a hablar con nadie durante tanto tiempo si no tenía ninguna dificultad? ¿Era posible que todo esto fuera el producto de una elaborada estafa a manos de mi empleado con el fin de quedarse con el sueldo que le había prometido una vez acabase el trabajo? La paranoia se apoderó de mí; no sé cuánto tiempo pasé sumergida en mis propias dudas y cuestiones, pero para mí se sintieron como una eternidad de tortura. Mi caja de Pandora personal se había abierto, había desvelado todas las inseguridades y pesares que había acumulado tras una larga búsqueda de dos años. Pensé que ese era el fin de mi cordura y jamás sería capaz de recuperarme, hasta que las voces, unidas en un cántico unísono en lugar del orden caótico con el que solía escucharlas, volvieron a aparecer en mi mente y me ordenaron de forma imperiosa que cesase el espectáculo de mi deplorable comportamiento y volviese a mi labor. Me recompuse y limpié el sudor de mi frente con extraña sorpresa, la maldición que me había acompañado durante toda mi vida había sido capaz de salvarme de mí misma, me había ayudado por primera vez, y, aunque me hubiera gustado desenmascarar ese misterio, tuve que enterrarlo para centrarme en terminar la lectura del documento que incluía una dirección, supuestamente, perteneciente a la casa del doctor Cerezo.
         En la mañana del 15 de diciembre de 1928 llegué a la estación de trenes de Almería. Al poco de llegar, apareció un coche de caballos que ofreció sus servicios para llevarme hasta el destino que desease y, debido a que los modelos de automóviles en alquiler estaban en condiciones nefastas, acepté. Me subí a la cabina y el hombre me preguntó el destino. Le indiqué que deseaba ir a Beires, tras lo cual tomó el camino principal a Benhadux que estaba interconectado con otros caminos comerciales por los que transitaban carros y camiones llenos hasta los topes de verduras, ganado y mármol. Llegamos alrededor de las diez de la noche a la entrada de los terrenos del doctor Cerezo, pues el conductor al verme extranjera no deseaba que me perdiese, ya fuese llevado por el paternalismo de los hombres de clase baja con intenciones carnales repulsivas o que verdaderamente era uno de los pocos buenos samaritanos que quedaban en este mundo. Me despedí del conductor y crucé la puerta que conducía a un camino de piedras musgosas rodeado por pinos ancianos y retorcidos. Seguí un buen rato por aquel camino que parecía sacado de los cuentos anglicanos de pesadilla y terror, donde los únicos sonidos que escuchaba eran los de mis pisadas sobre la dura piedra. El aroma que impregnaba mi nariz era el de las tierras secas del sur mezclado con un leve toque a mercurio. Finalmente llegué al famoso caserío del señor Rodríguez que se mostraba ante mí como una estructura olvidada de su antigua gloria. La descripción que había dado el detective era exacta a la imagen que tenía frente a mis ojos. Me acerqué a la puerta; no sabía si tocar o esperar al día siguiente, pero como si el destino respondiese a mis pensamientos, un hombre delgado, barbudo, con la melena negra y blanca y unas cuencas vacías con las quemaduras típicas del mercurio, abrió la puerta chirriante con una mano mientras con la otra sostenía una vela casi derretida que funcionaba como linterna.
         El hombre, al que reconocí sin vacilaciones como el doctor Cerezo, me indicó con un gesto de cabeza que pasase. Todavía recuerdo con todo lujo de detalles la decoración del lugar, cuyas paredes estaban cubiertas por trofeos de caza y cuya esencia era la mezcla de los muebles de madera vieja y roída junto a ese repulsivo olor a mercurio que se había acentuado al entrar en la casa. La náusea me embargó y estuve a punto de devolver el poco almuerzo que había tomado durante el camino, pero fui capaz de mantener la compostura y seguir a duras penas al doctor Cerezo por un largo pasillo que desembocaba en una gran puerta de bronce esculpida. El hombre sacó una llave plateada de su bolsillo y la introdujo en la puerta que reveló un extraño túnel, probablemente de construcción reciente, que llevaba a un húmedo sótano al bajar unas escaleras talladas en la misma piedra. El lugar, más que un sótano, se asemejaba a una caverna artificial por su forma ovalada y sin ventanas, cuya única fuente de luz era la vela del arqueólogo y la cual temía que se apagase debido a la humedad del ambiente. Los únicos muebles que había en esa espeluznante celda eran dos sillas por cuya apariencia no parecían muy cómodas, colocadas encima de una alfombra rojiblanca con simbología celta, así como una tabla pegada a la pared de la cual colgaba un cuchillo ornamentado y de excelente fabricación. Me acerqué a inspeccionar el cuchillo, pero me interrumpió por la tos forzada de mi anfitrión, quien me señaló con su dedo una de las sillas para que me sentase en ella. Sin embargo, mi corto examen me permitió discernir el color y el patrón de la hoja, que recordaba al humo, y también las manchas que parecían sangre seca en el filo. Había sido utilizado recientemente.
         Me senté tal y como me habían pedido, saqué mi vieja pluma y cuaderno de notas mientras observaba como el objeto de mi obsesión se colocaba frente a mí. Su figura y pose, rodeadas por un ambiente tan surreal, le daba un aura similar al imaginario de los mejores escritores fantásticos y góticos, similar en mi mente a la imagen del dios de la muerte creado por mi barón irlandés favorito.  Tras un breve silencio, el hombre abrió la boca. Se presentó como Francisco Cerezo Ríos, licenciado por la universidad de Santiago de Compostela en arqueología y ex miembro del grupo especial enviado por el gobierno a Algarrobado Mayor. Su voz era profunda y gorjeaba, tal y como lo describía el detective, pero cara a cara producía tal horror que, involuntariamente, me aferré con fuerza al reposabrazos. Por instinto, ese vestigio de la bestia primigenia que todavía llevamos dentro, me preparé para enfrentarme a cualquier posible amenaza.
          Me tranquilicé gracias a los extraños mensajes que recitaban las voces en mi cabeza e intenté reducir la velocidad de mi respiración hasta calmarme. Le pedí que me relatase todo lo que recordase de la destrucción del pueblo pagano en aquella lúgubre noche del 15 de octubre de 1923. El profesor Cerezo se reclinó en su silla como si aquel tema fuese algo banal y sacó del bolsillo una pipa de marfil que cargó antes de encenderla. El aroma que salía de esta no era tabaco, sino una extraña medicina verde tomada en el esotérico oriente conocida por sus propiedades relajantes, y que había saltado a la fama en Europa tras rumorearse que la consumían en grandes cantidades los fieles de Rashid Al-Din Sinan, miembros de una secta islámica radical que durante las cruzadas había sido el terror de cristianos y musulmanes con el asesinato tanto de nobles como inocentes a sangre fría. Tomó una larga calada infinita, y dejó salir lentamente el humo blanquecino por entre sus labios hasta que, tras un leve suspiro, comenzó a hablar.


Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.

sábado, 13 de julio de 2019

Zurzur

La mina llevaba abierta más años de los que ella tenía. Se extendía por una red de túneles de kilómetros y kilómetros hasta llegar a grandes cámaras donde se seguía extrayendo oro. Era de los pocos planetas rentables de aquel sistema solar y los colonos dependían de esta explotación.
Había revisado las instalaciones durante el último año, cuando fue trasladada allí en una sustitución que dejaría de ser temporal a la muerte del anterior facultativo. Era el tercer fallecido en ese periodo por picadura del zagir, un escarabajo con aguijón originario de ese lugar y que se reproducía a ritmos agigantados por la desaparición de su depredador natural, los plogs, unos reptiles muy sensibles a la contaminación atmosférica.

Temía a esos insectos, pero confiaba en la experiencia del equipo médico con el que trabajaba. Estos combinaron los ritos y tradiciones locales con la ciencia, desarrollando medicamentos efectivos para combatir las enfermedades propias de ese planeta a pesar de las constantes mutaciones de las mismas, en vez de emplear avances salidos de la Federación de Planetas, que en algunas colonias solamente consiguieran hacer resistentes a las bacterias.

No era muy optimista al respecto, pero si seguía las recomendaciones que se le dieron a rajatabla, seguiría viva durante bastantes años en ese aburrido planeta.

Se levantó alarmada por las luces de emergencia. Había sucedido un accidente en la mina y debía registrarlo antes de que reanudasen las actividades de laboreo. Cruzaba los dedos para que no fuese un accidente mortal: los trámites así eran más complicados y elaborados, teniendo que notificar a Inspección de Trabajo Interplanetaria, a la cual seguramente le daría más bien igual mientras las mutuas no reclamasen nada. Estúpida burocracia.

Llegó enseguida, subida a uno de los volquetes tipo lagarto. Empleando señas le indicaron lo sucedido. Había reventado una parte de las paredes de la explotación por la enorme presión que estaban soportando debido a la excavación. Accidente mortal.

Antes de que terminara de escribir, el colono más joven —o que intuía como más joven— le arrastró hasta la zona reventada, aún con polvo en suspensión que le obligó a cubrirse la nariz. Al otro lado de la nube de polvo y tras caminar por un suelo de roca estallada pudo ver lo que al colono le aterraba: un panal de colmena. Las historias locales incluían siempre al zurzur como la más terrible de las bestias del planeta. Tuvieran que exterminarlos a todos para poder sobrevivir y esto dio lugar a una era de prosperidad sin precedentes. Volver a ver un panal era como revivir una pesadilla. Era hexagonal como de las abejas de otros sistemas, pero por el tamaño dedujo que serían casi tan grandes como ella y que serían mucho más inteligentes que aquellos colonos —porque el listón en aquel planeta no estaba muy alto—.

No entendió el motivo por el que ese paticorto y azulado ser le había enseñado aquello. No era responsabilidad suya o del Departamento de Higiene y Salud. El colono no dejaba que se marchase de allí. Entendió finalmente que quería que escribiese aquello en sus notas. Lo cierto es que las notas son solo eso, notas, y que no tenía intención de notificar a nadie por el descubrimiento. Era solo panales de una especie ya extinta.

El caos invadió la región. Al día siguiente nadie quiso ir a trabajar, paralizando la actividad no solo de la mina sino de las plantas de beneficio y del transporte de oro. La empresa extractora enviaría a sus “gorilas” si no se arreglaba el entuerto. Realmente a ella no le afectaba aquello, ya que no trabaja para esta, pero no era bueno para su reputación.

Decidió ir por su cuenta a revisar el panal. Una mezcla entre responsabilidad de empleada pública y curiosidad enfermiza. Acabó metida entre las celdillas hexagonales caminado por la estructura orgánica húmeda que le dejaba un sabor dulce en sus manos.

Afortunadamente había aprendido trucos para no perderse por conductos o túneles. Se los había enseñado su mentora en su periodo de formación. Usó marcas luminosas (spray sensible a la luz) y banderines. En el banderín se indicaba también a la hora a la que fue puesto. Era imposible no volver a encontrar el camino de vuelta. O eso creía.

Cuando se introdujo más en la estructura mallada encontró partes pútridas. Eran poco sólidas y cayó de nivel en nivel y desde allí ya no podía ver ningún banderín o marca para regresar. Esto le produjo mucha ansiedad y terror. La linterna no se le había soltado de la mano, pero chisporroteaba afectada por la caída. Sacó otra linterna, porque es una mujer preparada. Escuchaba crujidos, quizás de cómo seguía desmoronándose toda la estructura. Continuó la exploración: no tenía forma de regresar todavía.

El panal era de una combinación de grises y negros, distribuidas como si fuese un macizo con vetas de cuarzo. Estaba rodeada de muerte. Algo que lo sobrecogió. Escuchó un crujido más adelante de donde estaba y paró su avance. No quería volver a caer. Los crujidos se acercaban a ella y retrocedió con prisa, aterrorizada. Apuntó con su linterna la procedencia del ruido, sin prestar atención al hecho de que había llegado a arrancar un banderín de un manotazo.

El crujido provenía de una enorme y peluda abeja. Sus ojos rojizos brillaban con la luz y la reflejaban, haciendo que las paredes fuesen recuperando su color amarillento. Apagó la linterna creyendo que la luz atraía a ese ser. Efectivamente era así. El crujido seguía, pero el zurzur permanecía en su sitio. La especie que creía extinta no lo estaba y tenía a uno de los supervivientes a escasos metros. Una especie letal, más letal incluso que los zagires.

Las manos sudorosas se impregnaban de la miel de aquellos panales muertos. Su sabor era amargo y su consistencia era más pegajosa.

Retrocedió hasta donde se acababan las banderillas y las marcas de spray. No podía ascender por el boquete creado porque se resbalaba y el ascenso era cosa imposible. Tocaba explorar otra ruta desde allí.

Los panales eran amarillentos por el nuevo camino. Eso podría significar estar más cerca de la explotación. Confiándose demasiado, actuó con brusquedad, con pasos más rápidos y fuertes y el suelo se rompió de nuevo haciéndola caer. La caída era mayor que la anterior y ya dio todo por perdido. No creía volver a salir a superficie. El espacio al que llegó era amplio, no un estrecho túnel.

Golpeó la linterna para encenderla. Las dos linternas consigo estaban estropeadas. La luz fue un destello breve, pero suficiente para ver que estaba rodeada de zurzúes. Chilló de manera involuntaria.Un chillido agudo de histeria. Los crujidos y chasquidos hacían eco en sus oídos. Notó patas peludas saltando por encima suya. Una le pasó cerca de la nariz y casi le hizo estornudar. Se arrastró por el suelo lentamente, hundiéndose en miel, como si aquello fuesen arenas movedizas.

Se agarró a la pared como si le fuese la vida en ello y en cierto modo así era. La mochila a su espalda se le clavaba a la carne, pero no iba a soltarse por nada del mundo. Empezó a notar humedad entre su entrepierna, ¿qué demonios pasa ahora? Asustada hizo cálculos mentales. El calendario de ese planeta no seguía las convenciones terrícolas ni los estándares de la federación. Su rotación era cada 27 horas y no cada 24. Costándole realizar cálculos con los nervios dedujo la única posibilidad: le bajaba el periodo y lo que tenía entre sus piernas era la sangre de su útero. Sangre coagulada, pero igualmente sangre. En el momento más inoportuno posible. Pensar en ello al menos la distrajo durante unos segundos, antes de volver a entrar en estado de pánico.

Ya no era que aquellos insectos la matarían con suma facilidad, también podía hacerlo los cacahuetes a los que ella era alérgica, sino que en general todos los insectos les daban miedo y asco a partes iguales. Era un miedo absurdo con el que había nacido y sabía que jamás iba a librarse de él. Y menos ahora.

Un zurzur caminó por encima de la linterna que se le había caído y la golpeó encendiéndola. Ella solo pudo soltar un ligero alarido de sufrimiento. La luz de la linterna hizo brillar los ojos de esas abejas e hizo que toda la estancia tuviese un color rojizo. Las paredes cambiaban de color a uno mucho más vivo y se fueron extendiendo hasta donde le alcanzaba la vista. “Genio, la que has liado” soltó resignada.

Con la luz roja los zurzúes también empezaron a lucir colores más vivos. Sus alas empezaron a aletear. Las paredes empezaron a brillar iluminando toda la estancia y la luz roja fue sustituida por una de color amarillento. Como si alguien —ella—, hubiese encendido el interruptor de la luz. Con toda la sala iluminada pudo ver como su pantalón estaba manchado de su sangre, confirmado sus cálculos.

Los zurzúes levantaban la cabeza, parecía que estaban oliendo, ¿acaso esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado? Esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado. Zumbaron con fuerza, enfurecidos. Se giraron hacia ella, casi embebida en la pared por escurrirse debido a la miel. Si tan solo no fuese mujer aquello no hubiese sucedido, quizás si fuese hombre estaría en ese momento mirando todavía el panal de la colmena, pensando todavía qué hacer y sin tener las agallas para haber entrado.

Lo siguiente de lo que ella es consciente es que está corriendo por un túnel a gatas con un aguijón apuntándole a escasos centímetros de su piel. Evita que se lo clave de una patada, que lo hace retroceder, y continuó con su huida a ninguna parte.

Veía sombras de los abejorros a través de las paredes, ahora ligeramente translúcidas. No eran demasiados, pero se movían con rapidez, como el que le perseguía a ella. Al final del túnel vio algo que le dio esperanza: uno de sus banderines. Lo agarró como pudo y continuó pataleando. Por un momento voltea la cabeza y ve que la persigue más de un zurzur. Quizás no estuviera pataleando al mismo una y otra vez.

Vio otro banderín. Se las ingenió para comparar horas y ver por donde tenía que continuar. La hora del segundo banderín era anterior: ¡estaba yendo por el lugar correcto! La pintura fotosensible brillaba ligeramente y pudo encontrar la entrada a la mina.

Salió dando una enorme bocanada de aire. Como si estar tanto tiempo en la colmena hubiera vaciado sus pulmones y hubiera reemplazado el oxígeno por miel. Por el panal asomaba el aguijón afilado de su atacante. Le impresionó más ahora, quizás porque presa del pánico no había reparado en él en la persecución.

Se dio cuenta que estaba perdida. Esos bichos saldrían de la mina a por ella, la matarían y comerían y después irían contra los colonos. Tenía que buscar una forma de evitarlo, puesto que no tenía intención de morir todavía, y mucho menos manchada de su propia menstruación. Observó las inmediaciones. ¿Qué podía hacer?

El primer zurzur salió y fue directo a por ella. Esta lo golpeó con su mochila y cuando retrocedió, le lanzó la linterna y, en la desesperación, usó el spray contra él. Se sacudió las alas molesto y cayó al suelo. Mientras terminaba de eliminar la pintura de sus alas, ella se subió a un volquete tipo lagarto. Esos volquetes mineros eran bajos, de poca capacidad, pero más veloces. Accionó el motor y aceleró atropellando a la enorme abeja. La sensación del aplastamiento desde el vehículo, así como el chasquido y el olor pútrido, le produjo náuseas.

Le alivió saber que no eran ni inmortales ni tenían capacidades especiales salvo ser abejas gigantes. Pero no podía descansar: venían muchas más del panal. Veía como se empujaban las unas a las otras luchando por ser la primera en salir y la primera en picarle. Aceleró de nuevo el vehículo y lo precipitó contra el panal. Consiguió colapsar la entrada y quizás dañar a alguno de los zurzúes. Estar subida a aquel monstruo metálico de casi veinte toneladas le dio una idea.

Mientras los zurzúes se recuperaban del golpe ella podía llenar la bañera del vehículo con todos los explosivos que encontrara en el polvorín. Tenía que darse prisa.

Si no estuviese en peligro inminente de morir agujereada y envenenada estaría en estos momentos escribiendo un informe: el polvorín guardaba muchos más kilogramos de explosivos que los legalmente permitidos. Los explosivos estaban guardados en cajas y envasados como si fuesen chorizos de cantimpalo.

Lanzó los explosivos por el aire para que cayesen en el volquete. Sabía que era seguro tratarlos así y peor puesto que los colonos eran unos manazas. Paró cuando oyó zumbidos saliendo del panal, pero el camión estaba lo suficientemente cargado. También lanzó dentro del volquete cartuchos ya cebados con el detonador y cordón detonante de gran longitud. Se subió a la cabina e inició la marcha hacia la muerte.

El panal estaba cada vez más cerca y el terror se había disipado. Estaba llena de energía y de furia. Introdujo una de sus manos dentro de su ropa interior manchándosela de sangre de su endometrio y se pintó dos líneas verticales a cada lado de la cara. Esto era su Vietnam.

Se estrelló contra varios zurzúes, uno atravesó la luna con su aguijón y este le rozaba su cara. No le importó más que por el hecho de empeorar su visibilidad. Ahora se reía de sus miedos por ser atacada por un zagir; deseando que tanto su mentora como el anterior facultativo estuvieran presenciando su clímax de venganza y temeridad desde el cielo, de existir.

Se situó delante del panal, ahora brillante, del que asomaban patas peludas y de colores intercalados. Negro. Amarillo. Negro. Amarillo. Aceleró y agarró con fuerza el explosor con una de sus manos, dispuesta a accionar los explosivos una vez impactara y se precipitara por los frágiles niveles de la colmena. Hundiéndose en miel. Una muerte dulce, sin duda.

Cuando la luna del vehículo saltara por los aires del impacto, accionó el explosor.

La explosión se propagó por la colmena rompiéndose la estructura del panal. La estructura dañada no se podía sostener por sí misma e hizo que colapsara gran parte de la colmena. Las paredes de la mina y que sostenían todo aquello también se vinieron abajo y sepultaron los restos del volquete, así como los zurzúes. En la superficie los colonos vieron sus casas caer debido a la subsidencia.

Los días pasaron y nadie quería entrar allí. Tanto por el colapso como porque no sabían que la colmena estaba ahora destruida. La empresa enviara a un grupo de matones para obligar a los colonos a entrar en la mina y también buscaron a la desaparecida facultativa sin éxito. Los colonos valoraron los daños de la explotación y como el panal que tanto les asustaba era inaccesible.

El polvorín había sido asaltado y faltaba el explosivo, dedujeron que alguien estuvo allí al desalojarse la instalación debido a la amenaza de los zurzúes. Encontraron también la mochila de la facultativa. Estaba manchada de miel. Contenía un bote de spray de pintura y banderines. Los colonos se peleaban por tenerla y abrazarla. A pesar de su limitada inteligencia comprendieron que ella estaba detrás de todo.

Revisaron la mina duramente y sin cesar, buscando a su heroína. No pararon ni cuando la actividad en la explotación se reanudó.

Nunca la encontrarían.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.

sábado, 15 de junio de 2019

Expedición

          Cerró la maleta después de repasar mentalmente que estaba todo lo que iba a necesitar para la próxima expedición. O lo imprescindible, al menos. Miró desanimada la montaña de libros que tenía pendientes y que solo hacía crecer y crecer, a medida que el profesor McCloud los mencionaba como lecturas obligatorias para cualquier interesado en la antropología. De hecho, en ese montón de libros estaba el que había escrito su padre durante aquel viaje en el que lo dieron por muerto.
          Quiso levantar la maleta, pero solamente podía arrastrarla por el suelo. Salió de su habitación, la dejó caer por las escaleras y esperó en el recibidor hasta que la fuesen a recoger. El coche fue puntual y en él esperaba su otra compañera, aquella bajita y rechoncha mujer que hablaba siempre tanto. Suspiró hastiada: no iba a poder dormir durante el viaje.
          Rachel se subía una y otra vez sus gafas. Resbalaban por su nariz sudorosa mientras ametrallaba con datos de la expedición a una cada vez más cansada Amy. Esta optó por ignorarla y pensar en el profesor McCloud, con quien se reunirían. Su ancha mandíbula y su poblado bigote le resultaban irresistibles. Estudiaron juntos en el instituto, pero él fue avanzando de cursos con rapidez y cuando entró en la universidad, Edward McCloud ya era su profesor. Y Rachel su ayudante.
          El coche se paró y el chófer les ayudó a bajar las maletas. La avioneta era más pequeña de lo que pensaba. Amy se sintió decepcionada. Quizás sus expectativas eran demasiado altas, siempre se dejaba camelar por su profesor favorito. Para él todo era emoción, aventura, ruinas extrañas, misterios por resolver y fama inconmensurable. En su primera expedición comieran grillos (¡grillos!), durmieron entre gallinas, casi se mueren de frío en la montaña y fueron perseguidos por un oso.
          Edward estaba allí, acabándose un puro. Sonrió de manera sincera y ayudó a las mujeres a cargar sus maletas. El piloto llegó poco después. No les acompañaría, sino que simplemente los iban a dejar a escasos kilómetros del poblado indígena donde pasarían la primera noche. En ese poblado estaría Joan, una mujer tan grande como un armario. La universidad siempre contaba con ella para que hiciera de guardaespaldas: era fiable, dispuesta a viajar a cualquier parte del mundo y su resistencia a los venenos era conocida.
          El viaje fue pesado y aburrido. Amy estaba agotada. La misma información que Rachel escupió en el coche fue repetida por el profesor, por lo que no pudo pegar ojo. Se quedó dormida cuando ya se avistaba la selva desde las ventanas de la aeronave y cuando por fin sus acompañantes se habían callado.
          Cuando despertó, ya era de día y estaba sobre una cama de hojas y solo con ropa interior. Avergonzada, buscó su ropa, pero en aquella cabaña no había nada más.
          Joan entró en la cabaña y ante la desesperación de Amy, solo sonreía. Le devolvió su ropa y reveló que fue ella quien la cargó y la desnudó. “Hace demasiado calor como para que lleves eso, niña” le espetó. También le entregó su maleta, que permanecería allí hasta el fin de la expedición, porque Joan le dejó claro que no podrían cargar con aquello. “Sólo lo imprescindible” le dijo su querido Edward. “Sólo lo imprescindible” imitaba burlona Amy mientras revisaba qué llevarse con ella en la jungla. Se colocó el machete a la cintura. Se llevó la yesca y el pedernal, la olla para hervir agua, la mochila ya remendada, la cuerda… en la maleta ya solo quedaba sus vestidos y el maquillaje. Joan dio el visto bueno a su elección de objetos y dejó que fuese a desayunar. El desayuno consistía en un extraño té y una extraña tortita hecho con algún cereal (aunque por su mente pasaban imágenes de grillos molidos y guarradas por el estilo).
          La selva es cálida y húmeda. Con lluvias intermitentes e intensas. Era imposible no sentirse como estar enrollado en una sábana mojada. La primera parte del recorrido estaba despejada, pero Joan, al corriente ya de la ruta, tuvo que empezar a abrirse paso a la fuerza entre los matorrales. Amy no soltó su machete: las lianas y las plantas se enredaban en sus piernas, cosa que la incomodaba.
          Al tercer día de viaje ya no tenían nada de qué hablar. Hasta Rachel había enmudecido. Con los ruidos de la jungla tan solo se escuchaba su avance. Así como sus respiraciones pesadas. Amy se llegó a preguntar si era posible que Joan se hubiese equivocado pero la seguridad con la que daba indicaciones, no parecía que sucediese eso.
          Edward les mandó parar. Echó la cabeza entre la vegetación y exclamó “¡Aquí es!”. Y aquí era: un templo hecho de piedra los esperaba, pero debían bajar al menos diez metros. Si avanzaran a ciegas se hubieran precipitado desde aquella altura. Nada bueno.
          Amy ofreció su cuerda y se aseguraron de que los árboles eran lo suficientemente fuertes como para soportar su peso. El nudo lo había hecho ella misma, su padre se los enseñara como pasatiempo, puesto que nadie se imaginaba que la dulce y educada Amy quisiera seguir los pasos del famoso y reputado Andrew Collins. A él le pillara tan de improvisto que su primera reacción fue impedirle que estudiase en la universidad. Se matriculara un año más tarde por esta “pataleta”. La pataleta duró cinco años entre libros de antropología y unas cuantas expediciones. Sabía que en el fondo su padre estaba orgulloso de ella.
          El templo era de una planta. Con un altar con sangre seca en el centro y poco más. No estaba cubierto y parece que jamás lo estuvo. Las plantas habían deteriorado seriamente aquella construcción, pero aun así era sólida.
          Se les hizo de noche en aquel sitio. Tomaron muchísimas notas y Edward habría aprovechado el momento para dar lecciones sobre ritos religiosos y funerarios de las culturas aborígenes. La información en realidad era una sucesión de supuestos y teorías, pero tenían mucho sentido. No para Joan, que estaba allí para asegurar la supervivencia del grupo no para oír “historias”.
          Amy no dudaba de las palabras de su maestro, pero esta construcción parecía más reciente que los templos y estructuras que describía. No parecía que el templo fuese hecho por gente como la que vivía en el pueblo que los recibió. No había tampoco restos de flechas, pinturas o nada más: solo paredes y el altar. Hecho sin la dedicación y esfuerzo que se esperaría de una instalación así.
          Los insectos subían por sus rostros y se metían por su ropa. Ya estaba acostumbrada pero no por ello le daba menos asco. Se sacudía molesta. Al aire libre sin árboles cubriendo el cielo, la luz de las estrellas y la luna no le dejaba pegar ojo. Vio una luz cerca del altar. Pensó que se debería a algún cristal o elemento reflectante que se pasaron por alto.
          Sus párpados se caían debido al sueño, pero ya no podía dormir. El destello se movía. Empezaron los susurros. Se obsesionó con ellos. Voces que se interrumpían y solapaban. Se levantó sobresaltada “¡Callaos ya!” gritó a Edward y al resto. Pero ellos estaban callados. No estaba segura si había llegado a gritar o solamente lo había imaginado. Las voces continuaban.
          Los reflejos hacían que la estancia fuese iluminada de una luz blanca. Entre aquellas paredes se veía con tanta claridad como si fuese de día. Amy miró al cielo: era de noche y sobre ella estaba la luna. Notó como unas manos agarraban sus brazos. Quiso apartarlos. Debían ser imaginaciones suyas.
          Amy contó hasta diez, se tranquilizó, regularizó su respiración y quiso buscar una explicación razonable. Debía ser un sueño. Una pesadilla más bien, porque solo podía sentir miedo y angustia. Se acercó al altar y al otro lado vio a un hombre. Una de las voces que oía era la suya. Repetía lo mismo una y otra vez. Se quiso centrar en esas palabras. Cada vez eran más nítidas y era capaz de separarlas de las demás. Eran palabras en portugués. Eso confirmaba que aquello no era obra de los nativos, sino de portugueses. A su espalda fue formándose más gente a partir de las luces. Las percibió finalmente como si fueran personas de verdad. Todos lusos. Sus oraciones incluían frases cristianas, frase del latín. Recordaba algunas de su niñez en el convento.
          Aquellos portugueses llegaran en expediciones posteriores a la de Colón. En algún momento aquella gente había inventado algún culto o adaptado alguno que vieran durante su estancia. Por fin entendió la relevancia de aquel templo y porqué estaban allí. Cerró los ojos y siguió tomando nota mentalmente, olvidando que hace escasos minutos para ella esto era un sueño.
          Al abrirlos era de día, sus compañeros no estaban y ella no era ella. Su piel era oscura, parda, como la de una nativa. Estaba desnuda y esos pechos descubiertos no eran suyos. Sus manos eran más pequeñas y sus pies anchos.
          El portugués del altar tiró de ella y apoyó su cabeza sobre aquella piedra. La sangre era reciente y no seca como la recordaba. Se sentía como una marioneta en las manos de aquellos hombres. Oía su propio latido en sus oídos. Le inundó la angustia y el terror. Gritó con todas sus fuerzas. Su cuello fue cortado y la sangre brotaba de su garganta.
          Edward se abalanzó sobre Joan, apartándola del altar. Amy se separó de allí agarrándose el cuello. El corte no era profundo, al ser su agresora inmovilizada. Joan parecía confundida, sus ojos se movían, como temblando. Estaba en shock. Lo que consiguió decir eran frases en un perfecto portugués. De los pocos sitios donde Joan jamás había estado era Portugal.
          Era todavía de noche y después del susto Rachel lloraba desconsoladamente, Amy intentaba cubrirse la herida, Edward estaba sentado sobre Joan y esta seguía disculpándose en un idioma que no podía conocer.
          Todos tenían claro que había que buscar una explicación a lo que había sucedido. Amy salió por un momento de la construcción. No podía pensar con el altar a escasos metros de ella.
          Edward soltó a Joan. Estaba ya menos tensa. Esta se sentó en el suelo, sin reaccionar. Miró a Rachel que se limpiaba los mocos con trapos de una muda que tenía guardada para emergencias. La emergencia estaba clara, el que se usase como pañuelo era otro asunto. ¿Amy? ¿Dónde estaba Amy? pensó el profesor alarmado. Gritó su nombre varias veces y dio un par de vueltas por la construcción. Sus gritos empezaron a ser lamentos. La desesperación era evidente. Entonces escuchó un gruñido. Un puma se dejó ver. Salió de entre la vegetación con un trozo de tela en la boca: la ropa de Amy.
          El profesor McCloud retrocedió sin darle la espalda y se metió de nuevo dentro del templo por un hueco entre las erosionadas piedras. Agarró a Rachel y a rastras la llevó al centro de la habitación. La sentó sobre el altar. Húmedo de la sangre de la desaparecida y posiblemente comida Amy. Joan se percató de que algo estaba pasando y empezó a cagar su arma. Un revolver. Edward no sabía si confiar en ella tras casi asesinar a Amy, pero tampoco tenían muchas opciones. Le explicó que era un puma. Dónde está Amy preguntó ella. Se hizo el silencio. 
          El puma era sigiloso, pero no lo era la maleza por la que pasaba. Rodeaba aquel templo con tranquilidad. Como si estuviese disfrutando de cada momento. Entonces los reflejos volvieron a la estancia. Las voces los afectaron de nuevo. Joan le entregó con urgencia su arma al profesor, asustada: no quería dañar a ninguno de los dos, así como no quiso atacar a Amy.
          Ahora que no estaban dormidos, Rachel y Edward intentaban oír algo coherente entre todo lo que le decían. “Abre paso al nuevo mundo” tradujo el profesor. “Las luces del firmamento nos guiarán”.
          Rachel chilló, histérica, al ver al puma. El puma también se asustó, pero no de ellos o del grito de la aterrorizada ayudante. Los reflejos tomaron forma. Eran unos diez hombres más el del altar. El grupo se asustó cuando se materializaron a su lado. Edward quiso dispararle al más cercano, pero le temblaba demasiado el pulso. “Dios nos ha entregado la inmortalidad”.
          Esta frase fue haciendo eco en su cabeza. “Dios nos ha entregado la inmortalidad” le dijo ese extraño ser creado desde la luz de la noche. El eco seguía y seguía. “Dios me ha entregado la inmortalidad” soltó finalmente él.
          Rachel se apartó, al oírlo. Algo no iba bien. Arrastrándose, se agarró con fuerza a una Joan perpleja que se sentía cada vez más pequeña y débil. Edward se tranquilizó. Aquello de repente lo sentía como algo normal, lógico y real. “Dios me ha entregado la inmoralidad” exclamó al cielo. Se llevó el revólver a la cabeza y disparó. Su cuerpo calló al suelo: Dios no le había entregado nada.
          La vista de Joan se nubló por sus propias lágrimas. Abrazó con fuerza a su compañera. Su única compañera. “Tenemos que irnos ya” pensó en alto. Levantó a Rachel con violencia, la empujó para que pasase por el lado del cuerpo del profesor y se llevó el arma. Aún tenía para cinco disparos y tenía consigo más munición. 
          Hizo subir a Rachel por la cuerda. Empujándola para que avanzara con rapidez. Sus nervios, la oscuridad de la noche y su estado físico no le dejaban hacerlo. Empujón tras empujón, llegaron hasta arriba. El templo seguía iluminado por la luna.
          Joan se apoyó contra un árbol, respiró profundamente y en su cabeza, como ejercicio para recuperarse de la locura del momento, empezó a recordar las palabras de sus instructores en el ejército. Rachel se acercó a ella y la abrazó. Confiaba plenamente en ella. Esto la trajo a la realidad y la reconfortó. Tras tomar el aire, volvieron por la ruta que los condujo a aquel lugar maldito. “Los portugueses llegaron a estas tierras y encontraron en los nativos la llave para acercarse a Dios. Hicieron suyos algunos ritos y erigieron su templo, quizás a escondidas de los demás” explicó Rachel. Joan admiró por un momento a su compañera; ella era incapaz de realizar un análisis bajo tanta presión. Aunque ese análisis no explicaba las luces ni cómo fue un títere de los fantasmagóricos lusos, estando a punto de matar a una mujer que en realidad era Amy.
          Quedaban tres días y medio de viaje. Estaban sin comida al haberla dejado en el templo por las prisas, por lo que se alargaría un poco más la travesía. No podían esforzarse como la primera vez. Las luces volvieron y con ellas sus nervios y su desesperación. Sus ojos empezaron a lagrimear del miedo. Las raíces que eran capaces de salvar ahora era un obstáculo contra lo que tropezar. Oían como los portugueses se daban órdenes, como si estuvieran buscando algo. Se repartían por la selva como en una batida. Joan se llevó la mano instintivamente a la funda de su revólver. No estaba. Tampoco la funda, su ropa y útiles. Se veía diferente. También veía diferente a Rachel. Eran ahora mujeres nativas, sin apenas ropa. Eran ahora mujeres nativas corriendo por la selva perseguidas por unos portugueses. “¡Ahí están!”. Corrieron y corrieron, desviándose de su ruta y se escondieron entre la vegetación como pudieron. Empezó a amanecer.
          Con la luz del sol, los portugueses desaparecieron y ellas volvieron a ser Joan y Rachel. Pero una Joan y Rachel agotadas y asustadas como nunca. Perdieron un día en encontrar la ruta por la que vinieron. Y si supieron que era por aquel sitio fue puro milagro: a Edward se le había caído una de sus cantimploras días atrás. Pudieron beber y siguieron. Les costó dormir las siguientes noches, pero los portugueses no volvieron.
          Sus piernas temblaban de la deshidratación y del hambre, pero llegaron al pueblo. Los habitantes las acogieron. El piloto llegó casi una semana después, el tiempo que estimaban emplear para tomar notas de ese templo. Como los pueblerinos, no entendió que Edward se suicidase y que Amy fuese comida por un puma sin dejar rastro. Siendo Joan quien aún mantenía el revólver, dudó de su versión apuntándola a ella como la asesina. El piloto quiso ser prudente y le pidió que vaciara las balas. Rachel corroboró su versión, pero fue ignorada por poder ser cómplice de aquello. 
          El piloto las llevaría a casa, pero informaría a las autoridades. Joan se sentó en la avioneta, llevando consigo la maleta de la desaparecida Amy y Rachel abrazaba con cariño la del profesor McCloud.
          La policía interrogó a ambas mujeres, sin creerse lo ocurrido. 
          Rachel reanudó la actividad en la universidad tras un mes de vacaciones que el rector le obligó a tomar. Nada más allí fue corriendo al despacho del profesor a recoger sus cosas para llevárselas personalmente a su familia. Mientras no encontraran un sustituto ella estaría al cargo de los trabajos de McCloud, a quien seguía amando a pesar de su muerte. Como el obraría, dedicaría el resto del año a conseguir fondos para realizar una nueva expedición al templo: el profesor habría querido saber la verdad.
          En cambio, Joan fue directa a prisión confesando, resignada y derrotada, el asesinato de Edward McCloud y el intento de asesinato de Amy Collins, suicidándose en el aniversario de la muerte de ambos. Día al que esperaría en silencio y entre sollozos, perdiendo peso e intentando mantener la suficiente cordura para no acabar en un sanatorio mental, donde jamás tendría la oportunidad y medios para colgarse, pudiendo aun siendo presa y despojada de libertad la dueña de su muerte.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.

sábado, 1 de junio de 2019

Lo que yace bajo las ruinas (parte 1 de 5)

          A la atenta mirada de don José Gutiérrez Almíbares:

     Mi querido socio, te escribo estas palabras con gran pesar desde las frías paredes de mi claustrofóbica y sucia habitación del manicomio que, desgraciadamente, me he visto forzada a llamar hogar. Las horas del día pasan esperablemente lentas o imperceptibles por su velocidad dependiendo del humor con el que me ha asolado la mañana y, a pesar de que llevo más de media decena de años encerrada, creo que jamás me acostumbraré a estas sensaciones. La psicosis y los pensamientos infaustos han pasado de ser aventuras pasajeras a amantes que calientan mi día a día, tornándose en las noches dantescas en un manto que constriñe mi famélico y débil cuerpo. No sé cuánto tiempo seguiré en el mundo de los vivos, pues las fuerzas que me impulsaban a continuar desaparecieron hace mucho tiempo. Lo único que consigue que evite acabar con las oscuras verdades de las que soy portadora es la droga suministrada a diario como parte de mi tratamiento y de la cual he tenido que prescindir para escribir esta carta, pues lo que para los necios y degenerados es una paz liberadora de sus cadenas mentales, para mí es una tortura cuyos resultados soy capaz de percibir tras haber pasado sus efectos, arrastrando mi alma hasta el vacío y dejándome inerte en el colchón sucio de mi habitación para servir como la  muñeca de trapo de cualquier individuo sin falta de valores.

        Perdóneme por tanta divagación antes de abordar el tema que deseaba tratar, pero no soy capaz de encontrar el valor para escribir las palabras necesarias si no estuviesen apoyadas por la prosa que me dio tantas alegrías durante mi época profesional. Sin más dilación, he de confesarle que la razón de esta carta es que muchos de mis antiguos tutelados, y actuales empleados suyos, me han informado de su gestión reciente en nuestra revista cofundada. Nunca he tenido problemas con su dirección ya que, pese a que sus escritos nunca alcanzaron el mismo nivel prosaico que los míos y era yo la encargada de atraer lectores, siempre tuvo un ojo agudo para los negocios y más de una vez nos salvó de la bancarrota gracias a él; pero me he visto obligada a intervenir tras oír que ha contratado un joven y talentoso escritor para que termine mi novela inacaba, mi infectus magnum opus. He pasado largas noches contemplando el techo de mi celda mientras tejía pensamientos enfermizos con la búsqueda de una forma para desbaratar sus planes, y creo que esta será la más rápida y efectiva, aunque le cueste el no poder volver a dormir plácidamente durante el resto de su vida.

       Ahora mismo debe estar pensando los insultos más denigrantes hacia mi persona, insinuando para sí mismo que le estoy haciendo perder el tiempo con los celos de una escritora loca quien, en su deleznable intento por no ser olvidada, hundiría el trabajo de toda una vida. Ojalá pudiese darle la razón y atribuir esta carta a emociones tan básicas, pero le juro que el egocentrismo o la avaricia no han guiado mi pluma en estas palabras, sino el miedo más puro en su propia esencia, miedo a las verdades oscuras y los secretos ya olvidados del cosmos. Fue este horrible sentimiento el que me llevó, durante la fatídica noche del 15 de junio de 1935 y solo seis meses después de volver de Andalucía, a intentar quemar mi casa al sur de la ciudad, acción que fue interrumpida por un chivatazo al cuerpo de bomberos que siempre he sospechado producto de su mano, ya que fue la excusa perfecta para llevarme a los tribunales y acusarme de todo tipo de comportamientos denigrantes y maléficos con el fin de tacharme de loca, lo cual le dejó el camino libre de obstáculos para obtener el control completo de nuestro negocio común. Pero el pasado es el pasado, y por ello estoy dispuesta a olvidarme de ello, así como de cualquier intento futuro para recuperar lo que fue mío, siempre y cuando lea con intención las palabras aquí escritas.

         Desde que soy joven recuerdo haber sido una niña enfermiza. Mis pulmones, formados con una degeneración similar a la que tuvo mi padre en vida, me prohibían hacer ejercicios físicos exhaustivos, lo cual unido a mis dolencias mentales por las que afirmaba escuchar palabras profundas en una lengua que no reconocía, me hicieron vivir una vida apartada de los demás niños y la sociedad en general. Mi madre, viuda cuando yo tenía algo más de siete años, se encargó de mis cuidados, así como de las obligaciones laborales del negocio familiar, aunque su principal preocupación fue mantener la posición social que ocupaba nuestra familia en las élites madrileñas, desencadenando en un desprecio discreto hacia mí que nunca reconocía en público pero que yo notaba en su carácter distante y pendenciero. Durante largas tardes era encerrada en la biblioteca familiar con el fin de no causar una mala impresión a las visitas y, aunque para ella aquellos polvorientos libros nunca tuvieron valor alguno, yo descubrí mi amor por la literatura gracias a ese acto tan cruel. Los grandes autores del pasado no albergaban ningún misterio para mí antes de cumplir los quince años, y fue alrededor de aquella época cuando encontré una pequeña estantería olvidada por el tiempo. Según mi tío paterno, el cual era el único que recuerdo en conversaciones de mínima importancia, aquella colección de libros eran traducciones traídas a España desde la Península Arábiga por uno de mis antepasados que durante las guerras contra el Imperio Otomano se ganó el apodo de Abn Alshaytan, el Hijo del Diablo, ya que, según las leyendas, realizaba ritos satánicos y paganos antes de cada batalla junto a toda su tripulación, y poseía conocimientos prohibidos que le hicieron volver a casa vivo pese a que se habían testificado diversas heridas que podrían haber matado a cualquier otro soldado. Obvié las advertencias de mi tío y devoré todos los tomos referentes a arcana y a conocimientos prohibidos sabiendo con cada página que pasaba que, si se descubría mi curiosidad por el estudio de escritos tan poco cristianos, podría acabar repudiada por mi familia o incluso en un sino mucho peor. Leí con expectación los testimonios supervivientes del mago Simón, los extractos con ilustraciones del Manuscrito Voynichés, e incluso posé mis manos en una copia antigua y casi convertida en polvo del prohibido Rey de Amarillo... Pero aquel que llevó más horas de estudio y se convirtió en el único libro que mantuve conmigo hasta mi entrada al manicomio fue un libro en árabe antiguo y latín cuyo autor había sido borrado por el tiempo, el cual describía con realistas ilustraciones y textos perturbadores entes anteriores a la misma tierra, que subyugaron a la humanidad en el amanecer de los tiempos y a los que se les atribuyen cataclismos que llevaron al mismo universo a su extinción durante sus guerras cósmicas.

      Todos estos escritos y aquellos que estudié durante mis viajes permitieron que mis relatos tuviesen un encanto propio, un aura depresiva y escalofriante que me llevó a adquirir cierto nivel de famafama tanto a nivel nacional como internacional, en los que seres horrendos sacados de mi imaginario personal y los libros ocultos manipulaban al ser humano con sus poderes y magias impronunciables, llevando a los personajes a la locura y reduciéndolos a servir como la marioneta de poderes que les superaban en los aspectos más ascéticos. Y aunque me sentía orgullosa de mi trabajo y mi salud tenía una posición mejor con mi desarrollo físico y mental, me sentía vacía. Sabía que podía ofrecer algo más, algo que pusiese al mundo a mis pies, y el destino caprichoso tergiversó mis deseos y los devolvió en su forma más grotesca.

        Como recordará, a mediados del reinado de Alfonso XIII la prensa desconcertó al país cuando informó, sin haberse registrado fenómenos naturales ni ataques de los enemigos de nuestra patria, de la desaparición completa de uno de los pueblos de la zona interior de la península. La localidad de Algarrobado Mayor había sido tema de discusión durante más de cincuenta años, ya que las instituciones competentes descubrían, tras un periodo de no menos de dos años, nuevas actividades relacionadas con sectas paganas en la zona o aparecía una ola de crímenes que teñían de sangre las zonas circundantes para el beneplácito de la prensa sensacionalista. Siempre que aparecía una alerta en el lugar, el gobierno central enviaba varias brigadas de la guardia civil a realizar las inspecciones normativas para imponer de nuevo la normalidad en la localidad, las cuales no solían ser fructíferas, Ya fuese por la oposición de la población local o por los generosos donativos que recibían los cuarteles de forma anónima cuando se acercaban a un descubrimiento revelador de estos caso,. Sea como fuese, estas siempre finalizaban conel regreso de las tropas a sus puestos y el arresto como criminales y líderes sectarios al primer débil de mente o extranjero que encontrasen, los cuales, incapaces de defenderse en los tribunales, era sentenciados y condenados a vivir el resto de sus días en una celda fría y solitaria o a una muerte dura y angustiosa en el garrote vil.

         Todo el mundo se preguntaba cómo un pequeño pueblo de no más de mil habitantes podía ser un nido para tales actos pecaminosos, así como cuál era la razón para que esta zona fuese tan propensa a cultivarlos. Médicos, alienistas, historiadores y antropólogos enunciaban sus propias teorías sobre el origen de dicho mal, pero ninguna tuvo tanto peso en la población civil como la opinión de un biólogo charlatanero y codicioso de dinero, que la convenció de que la única y verdadera causa de la condición denigrante de los infames villanos eran las vetas de mercurio, anormales para el registro mineral de la zona, que se habían encontrado cerca del pueblo, el cual se filtraba en el suelo y era absorbido por los alimentos que se cultivaban allí, acelerando el crecimiento de los cultivos y produciendo una esquizofrenia temporal cuyos efectos incluían la paranoia y las tendencias homicidas. Ningún miembro de la comunidad científica en su sano juicio apoyaba la hipótesis, pero debido a la fragilidad del gobierno en aquella época y la búsqueda de una solución rápida por parte de la población civil, se envió a una plantilla de más de veinte geólogos y expertos en explosivos para que examinasen la tierra labrada por los pueblerinos y las minas de mercurio con el fin de callar las voces de turbas conmocionadas.

         El 21 de septiembre de 1922 llegaron mediante transportes escoltados los expertos, los cuales sufrieron diversos ataques e intentos de sabotaje por parte de grupos organizados de la población civil. Durante este trayecto, un miembro de estos grupos se hizo paso entre sus compañeros y descargó su revólver contra militares y estudiosos, asesinando sólo a un geólogo e hiriendo de gravedad a dos de los militares. La guardia civil redujo al hombre, así como al resto de individuos que amenazaban su integridad y prosiguieron su viaje sin altercados mayores. Tras esto, los cuarteles hicieron públicos los donativos que habían recibido durante tantos años y dejaron de realizar un trato de favor para con estos individuos, desencadenando en redadas y arrestos contra aquellos individuos que fuesen sospechosos de asamblea para conspirar contra los estudiosos o los militares.

         El grupo técnico pasó varios días encerrado en sus habitaciones hasta que el coronel Castillo, dirigente de la guardia civil en la zona, aseguró en un comunicado que no había ningún tipo de peligro contra su seguridad. Los avances de los estudios llevados a cabo se publicaban de forma semanal en los diarios en lugar de los boletines científicos, pues los medios de comunicación habían pedido acceder a esa información debido al peso social que tenían aquellas investigaciones. Durante las primeras semanas se dedicaron al estudio de campos de cultivo, obteniendo resultados elevados en el porcentaje de mercurio en aquellos campos más al sur, pero no en cantidades suficientes como para indicar un posible envenenamiento de los cultivos. Pese a estos resultados, el gobierno pidió el cierre de dichos campos hasta nuevo aviso, tras lo cual se llevó a cabo la labor más importante de la investigación, el estudio de los túneles en los que se encontraban las vetas de mercurio. Los resultados obtenidos eran los esperados con un elevado procentaje del metal blando pese a la rareza de este en nuestra península, por lo que se especuló su origen a un meteorito rico en dicho metal que impactó en el lugar. Después de esto los boletines que se publicaban no diferían del original, y por mucho que se adentrasen hasta lo más profundo de los túneles y se desvelasen pequeños pasillos tras las explosiones controladas, no había cambio alguno con respecto al resultado original.

      Todo apuntaba a que los expertos volverían a casa con las manos vacías, sin pruebas que defendiesen la teoría de aquel viejo chiflado, pero, en uno de los últimos días planeados para la investigación, hubo un accidente durante el derrumbamiento de una de las paredes internas. La explosión se había realizado con la intención de unir dos túneles separados por una pared libre, pero el técnico en explosivos debió equivocarse en los cálculos necesarios para la carga, y hubo un estremecimiento que culminó en el derrumbamiento de varias paredes adicionales. Cuando la nube de polvo cesó y los investigadores pudieron encender de nuevo las luces, se conmocionaron por un accidentado e imponente descubrimiento, ya que había revelado una cámara a la cual se accedía por un arco de piedra cuyas muescas indicaban el trabajo humano.

       Pese a que no tenían experiencia profesional en el campo de la arqueología, algunos de los geólogos entraron dentro de la cámara e hicieron un sencillo catalogado de los objetos que se encontraron dentro de las ruinas. Según este, se habían encontrado tejidos con representaciones de ídolos paganos pertenecientes a la cultura celta, lanzas y falcatas cuyo acero mostraba una calidad superior a la moderna, vasijas decoradas con diferentes litografías y grabados, pertenecientes a periodos anteriores a los íberos, y varios cilindros de cerámica que contenían láminas circulares de cobre húmedo que se especularon como rudimentarias pilas eléctricas. Todos aquellos objetos eran de por sí un enorme descubrimiento, pero lo que más sorprendió a los investigadores fueron los gigantescos grabados que cubrían las paredes de la cámaras, cuya pigmentación no había sufrido daños naturales y representaban grandes ciudades con edificios de inmensurable tamaño, donde los humanos aparecían representados en extrañas prácticas y utilizaban tecnologías que los geólogos no eran capaces de explicar.

          El descubrimiento no solo escandalizó a la sociedad española, sino también a los países vecinos y todas las naciones que se consideraban patronas de las ciencias. El movimiento general que se elevó tras ese descubrimiento inspiró la mente de pintores, poetas y escritores, llenando las calles con obras de arte e introduciendo el deseo dentro de los ciudadanos de descubrir qué más albergaban esas ruinas. He de reconocer con un pecado culpable que, pese a que en aquel momento no lo comprendía, me sentía evocada a unirme a ese movimiento, y los relatos que produje en aquella época fueron alabados por críticos y editores, quienes decían que mis palabras eran capaces de llenar huecos en el misterio que ningún otro autor había sido capaz.


Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.

lunes, 27 de mayo de 2019

Lo que yace bajo las ruinas (parte 2 de 5)

         La respuesta del gobierno no tardó en hacerse pública, asegurando que enviarían otro equipo formado por los mejores arqueólogos e historiadores que nuestras tierras eran capaces de ofrecer, quienes tenían programado llegar a la localidad misteriosa durante la tarde del 1 de octubre, tras lo cual usarían el resto del día para la descarga y control del equipo traído, así como para responder a cualquier pregunta que quisiesen formular los periodistas. Las noticias no fueron aceptadas por la mayoría de los locales, los cuales, liderados por un hombre que se describió como esbelto y decrépito, vestido con túnicas paganas y cubierto por símbolos de color plateado, se armaron con herramientas agrícolas y armas de caza y, avanzando como una masa de odio incontenible bajo el oscuro amparo de la noche, asediaron los alrededores del hotel donde se habían reunido los intelectuales. La guardia civil consiguió llegar antes de que atacaran a los investigadores e intentaron dispersar al grupo de enajenados mediante los métodos convencionales sin ningún resultado. Según relató la radio en su informativo, el hombre pintado de plateado dio un grito al cielo seguido por unas cuantas palabras que ninguno de los presentes fue capaz de entender, tras lo cual los residentes de la localidad cambiaron la dirección de sus horcas y rifles hacia los militares, dando comienzo a una de las mayores masacres de esos lugares al alcanzar la friolera cifra de ciento veinte muertos y más de doscientos heridos entre ambos bandos. Uno de los guardias civiles supervivientes relató su experiencia durante la contienda hasta que cayó al suelo cuando su brazo fue empalado por una horca serrada y se le dio por muerto. Describía con un horror y un sentimiento de repugnancia palpables cómo los campesinos lloraban y reían mientras atacaban a sus compañeros con un ferocidad y una sed de sangre imposible de atribuir a un ser humano racional, soltando una extraña alabanza a seres que no pertenecen a la consciencia racional cada vez que uno de los suyos moría durante su reyerta y aullando a la luna como si de un lobo se tratase. No se comportaban como personas, sino como las bestias que acecha a la noche en la búsqueda de llevar el caos el mundo por el mero placer de este. 
         Fue en ese momento donde todas las voces que daban su opinión sobre el tema se callaron, horrorizados por los actos incomprensibles del pueblo maldito, y se unieron en su búsqueda de que tal tragedia no se volviese a producir. Se activó la ley marcial en la zona, y las nuevas tropas se dedicaron durante las dos semanas posteriores a los acontecimientos a la encarcelación los pocos fugitivos de la denominada por los medios “Batalla de los Aullidos” para ser llevados tras su captura a los tribunales nacionales bajo cargos de terrorismo, asesinato predeterminado y traición a la patria.
         Finalmente, el 15 de octubre de 1923 se informó que todos los relacionados con aquel incidente habían sido arrestados, por lo que los equipos especializados podrían continuar con su labor al día posterior, pero nunca fue así. La última información que se hizo pública de la ciudad previo a la catástrofe aseguraba que los presos encerrados en los cuarteles, quienes nunca habían mostrado un elevado carácter racional, comenzaron a chillar y llorar de angustia, gritándole a las tropas que los vigilaban que sus amos vendrían esta noche y no tenían nada que ofrecer. La guardia civil asumió que era otro de sus satánicos ritos paganos y calmaron a los presos mediante medios que eran aceptables para aquellas alimañas. Nadie se esperaba que a la mañana siguiente las comunicaciones con el pueblo se hubiesen perdido, y no fue hasta días después cuando el dominical mostró las fotos que arrancó el aire de los pulmones a sus lectores: donde antes había existido un modesto pueblo repleto de casas tradicionales y extensas fanegas de cultivo, ahora solo había un enorme cráter estéril de más de cien metros de profundidad y cuyo diámetro abarcaba todo el pueblo.
        Se la consideró zona neutra en cuanto la información llegó al gobierno, y la mayor prioridad para estos fue la búsqueda de supervivientes de aquel fenómeno esotérico, pero los esfuerzos llevados a cabo por los cuerpos competentes fueron inútiles hasta que, casi una semana después de los acontecimientos, apareció de una grieta un hombre de profundas arrugas, melena negra con mechones blancos y un alto número de quemaduras por mercurio, siendo la más grave la que cubría las cuencas donde antes debían haber estado sus ojos, las cuales describió el médico que lo examinó como un vacío de carne putrefacta y materia carbonizada.
         Intentaron someterle a interrogatorio con el fin de que explicara lo sucedido, pero ese hombre no soltó palabra alguna pese a no tener daños visibles en la lengua o la tráquea. La única información que se pudo obtener fue de los archivos civiles donde se comprobó que aquel hombre era el doctor Cerezo, arqueólogo graduado de la universidad de Santiago de Compostela y llevado junto a los demás en la última expedición, la cual ya parecía muy lejana en perspectiva. Durante los primeros días no creían que se tratase del mismo hombre quien, en su retrato civil, no tenía aquella melena blanca y negra, ni las profundas arrugas que surcaban el rostro, rasgos que se atribuyeron al trauma que debió sufrir y que también sirvió de explicación para su repentina mudez.
         Las autoridades, viendo que no podían obtener información de su persona ni serían capaces de curarlo, se rindieron en sus intentos de mantenerlo en el cuartel y lo mandaron a la misma institución en la que me encuentro, siguiéndole a esto un periodo de cinco años hasta su liberación cuando comprendieron que el hombre jamás hablaría con otra persona. Fue durante estos años cuando se produjeron los fenómenos conocidos como la captura de dementes, donde desaparecieron varios ingresados en circunstancias sospechosas de las diferentes instituciones, sin encontrar en ninguno de los casos los cuerpos de las víctimas.
      Poco a poco la población se recompuso de la tragedia y volvieron a la normalidad, sin preocuparse de donde fueron a parar los más de setenta militares que intentaban mantener a raya a la población civil, los más de cuarenta intelectuales que se alojaban en el hotel, el medio centenar de pueblerinos que se encontraban encerrados en los cuarteles de la guardia civil y toda la infraestructura y equipo pertenecientes al pueblo y a la investigación; pero, desgraciadamente, yo no pude volver a la normalidad. Aquella noticia me impactó en gran medida, y, a diferencia del resto de la sociedad, no podía pasarla por alto. Tenía algo especial, algo que me llamaba y me seducía. El macabrismo y misterio que rodeaban al pueblo fantasma me atraían como una polilla a las llamas que la consumen hasta su muerte y, por primera vez en mi vida, pude comprender lo que me decían los balbuceos que asolaban mi cabeza. Las palabras en lenguas muertas ahora sonaban claras y comprensibles dentro de la cabeza; me invitaban a que buscase las respuestas al enigma. Al principio pensaba que lo hacía por la búsqueda de fama, por ese último escrito que me convirtiese en una referente y me convirtiese en objeto de estudio al igual que los autores de la antigüedad. Qué importaban Bécquer, Calderón, Poe… todos serían simples pulgas en comparación a mi gran obra. Mi perversa mente se rindió a sus deseos, y durante los años venideros obtuve toda la información que quedaba del lugar. Ya no me importaba nada más en la vida, solo deseaba descubrir que había pasado en aquel pueblo desaparecido.
       Las revelaciones que hice no fueron demasiado fructíferas salvo por dos descubrimientos. El primero fue el registro cronológico que hice del pueblo, cuya primera referencia escrita era el descubrimiento de la zona por parte de una de las legiones encargadas de anexionar la península a Roma. El comandante de las tropas describía el lugar como un asentamiento lusitano cuyos habitantes se asemejaban más a perros que a hombres según sus palabras. Los describe como individuos zarrapastrosos, salvajes, deformes y de poco intelectos, capaces de lanzarse a la batalla con nada más que sus falcatas y de luchar con tal fiereza que la legión enviada no fue capaz de derrotarlos hasta que Roma enviase refuerzos. También había registro de extraños rituales que se realizaban cerca de las cuevas naturales, las cuales llenaban el lugar con gritos y alaridos durante las largas noches e instauró tal miedo entre los soldados que algunos de ellos tuvieron que ser ejecutados para evitar más deserciones. El resto del registro estaba en tan mal estado que no se me pudo ofrecer más información en el archivo histórico, pero eso no impedía que mi mente fantasease con las extrañas figuras del pasado y sus extravagantes actos que habían instaurado el miedo en el imperio más importante del mundo antiguo.
         El segundo descubrimiento fue un estudio intensivo de la localidad. Este me confirmó que el pueblo había sido escena de una extensa cantidad de crímenes y actos macabros que no cesaron hasta el siglo XVI, cuando la Inquisición se encargó de deshacerse de los individuos que practicaban el paganismo. Las piras santas acabaron con la mayoría de los herejes de la Iglesia salvo por uno, un líder local apodado “El loco”, quien consiguió escapar de los grilletes para desaparecer por siempre de la península. Estos ritos dejaron de practicarse durante un cierto tiempo hasta la aparición de un hombre vestido con una larga túnica negra, el cual aseguró ser el descendiente del líder del culto y, tras ciertos problemas con las autoridades, consiguió instalarse en un caserón cercano a las ruinas.
          Una vez obtuve estos registros, llegué a un callejón sin salida. No encontraba más información que pudiese ayudarme en mi trabajo, nada que me motivase a seguir. Todo borrador que hacía acababa a las pocas horas como pasto para la hoguera de mi estudio, y he de decir que esa fue uno de los punto más bajos de mi vida. No comía, no dormía, no cuidaba las relaciones sociales que mi madre se preocupó tanto por cuidar, solo podía pensar en mi sueño destrozado y en el precio que pagaría por una pieza más del rompecabezas que era aquel lugar, una pieza que me mostrase el camino a seguir. Y fue así cuando, al leer en el dominical de la semana que el único superviviente del suceso paranormal había sido puesto en libertad, sólo tuve un objetivo en mente: encontrarlo sin importar el precio a pagar.
          Me puse en contacto con los periódicos que se publicaron la noticia, y mediante el uso de mis influencias y promesas vacías conseguí un fichero que no me serviría de nada. Todo lo que obtuve referente al liberado superviviente era información de terceros o relatos de poca veracidad, puesto que los cuidadores y médicos que atendieron al arqueólogo se negaron rotundamente a dar ninguna entrevista y, según los periodistas a los que se les privó la información, mostraban en su rostro expresiones del miedo propio a los moribundos que no quieren aceptar que su muerte acecha. La información dada indicaba como culpable a un terremoto localizado y concentrado que pudo llevar al hundimiento sísmico de la zona pese a que las zonas extremeñas no se encuentran en contacto con placas y no se había detectado movimiento alguno en los sismógrafos. Otros decían, llevados por la superstición y el miedo, que habían sido los propios presos quienes habrían hecho un trato con el diablo por el cual sacrificaban sus vidas a cambio de enterrar por siempre jamás aquellas ruinas que eran la fuente de todos los males que asolaban la zona. Bobadas, todo eran bobadas, yo necesitaba el testimonio del doctor Cerezo, necesitaba saber la verdad.
         Pese a su reciente alta del manicomio, me fue casi imposible localizarlo, dilapidando mi fortuna en el proceso y reduciéndome hasta el punto de humillarme y escribir como negro para otras revistas con el fin de no romper nuestro contrato. Fue durante la madrugada de una noche de tormenta cuando todo ese esfuerzo dio sus frutos al escuchar el sonido de unos nudillos golpear mi puerta. No quedaba servicio que atendiese desde la muerte de mi madre hacía ya tres años, así que tapé mis vergüenzas y bajé con nada más que un batín de seda frente a la fría oscuridad de mi decrépita mansión para descubrir a uno de los investigadores que contraté para que me ayudase con el paradero del doctor Cerezo. Los truenos reducían cualquier otro sonido a susurros por lo que invité a aquel hombre a pasar dentro. Este, nervioso y cubierto por la lluvia y el barro de las calles, se negó a quedarse un momento más cerca de mi residencia tras entregarme un sobre marrón e implorarme que no volviese a contactar con él sobre este caso o cualquier otro que tuviese en el futuro, desapareciendo en la noche y dejándome sola en la fría oscuridad. Pensé que no había conseguido cumplir con las expectativas y, frustrado tras tanto tiempo, había decidido traerme lo que había conseguido en aquellos dos años y olvidarse de todo lo referente a la investigación. Sin embargo, mi sorpresa fue desmesurada cuando al abrir el sobre encontré aquello que llevaba buscando durante tanto tiempo. Había localizado al doctor Cerezo.
       Corrí a mi estudio y aparté de mi escritorio todo lo que estuviese relacionado con trabajos inferiores y me embarqué en el estudio del fichero que acababa de entregar aquel nervioso individuo. Según estaba recopilado, el doctor Joaquín Cerezo Ríos había nacido hace más de treinta años en la provincia de Lugo el 20 de agosto de 1890. Los testimonios que dieron los que antaño fueron vecinos suyos lo describían durante su niñez como alguien de carácter seco y salud física y mental débil, recordando los quejidos que sufría desde niño por las noches en los que pedía que las extrañas voces que habitaban su cabeza cesasen. Había pasado varias etapas de su vida en la casa de sus abuelos de A Coruña tras el fallecimiento de su padre a la tierna edad de cinco años, ejerciendo los estudios correspondientes a su estatus social y con veintidós años se había graduado con honores en su alma máter, la universidad de Santiago de Compostela, para ejercer su sueño adolescente de convertirse en un arqueólogo que explorara aquellos lugares que habían estado vetados a la humanidad desde hace cientos de años. Mientras ejercía en una de sus investigaciones correspondientes a unas ruinas celtas en la zona norte de Arrigorriaga, conoció a una joven de la localidad con la que se casó poco antes de cumplir los tres meses de noviazgo.
          Al principio tuvo una vida de ensueño según pude entrever en las líneas escritas, y hasta había testimonios de miembros del pueblo en el que vivían que describían un cambio a mejor en su personalidad, abandonando la amargura que había adornado su vida y tornándola en la felicidad que sufren los enamorados, pero una tarde del invierno de 1922 su joven esposa sufrió unas dolencias pulmonares que fueron degenerando hasta llevarla a la muerte. La causa nunca fue realmente concluyente, ya que el informe médico indicaba que la infección se estaba curando como se esperaba, y el funcionamiento del sistema respiratorio no llegaba a la disfuncionalidad necesaria para producir un fallo, pero el doctor Cerezo jamás quiso indagar más en ese doloroso enigma. Los pocos familiares que le quedaban tras la tragedia de Algarrobado mayor, un cuñado con el que no mantuvo la relación tras la muerte de su esposa y un primo de su pueblo natal con el que mantenía correspondencia semanal antes del incidente, le describen como un hombre destrozado, vagando en su propia casa, gritando en sueños el nombre de su amada mientras se quejaba de las voces que le habían acosado desde niño, y con tal vacío interno que había dejado de lado tanto los negocios familiares como su vocación en la carrera de la arqueología con el fin de pasar las tardes en su salón, tumbado boca arriba fijando la vista en el infinito, sin ser capaz de devolver el sentido a su vida que se asegura volvió cuando el gobierno central solicitó sus servicios en lo referente al pueblo extremeño. La misma tarde en la que el mensaje llegó hizo las maletas y sin despedirse de sus vecinos y amigos se marchó en un coche de caballos a la ciudad para coger el tren de la mañana hacia las tierras del sur, contestándole a su primo el porqué de su decisión con la última carta que enviaría, la cual tenía escritas las siguientes frases: “Es lo que necesito, querido primo. Debo irme de este lugar que me ha dado tan malos recuerdos, debo olvidar el dolor por la pérdida de mi esposa. Debo ir al sur, sé que allí encontraré lo que necesito para curarme. Ellas me lo han dicho”. Para todos sus conocidos fue una sorpresa que tomase una decisión tan importante de la noche a la mañana, pero, como bien sabemos usted y yo, la pérdida de un ser querido nos puede llevar a cometer locuras irrisorias.
         Me sorprendió la biografía de este hombre, su vida previa al cataclismo tenía elementos que podían compararse a la mía, con la única diferencia de la existencia de una pareja marital en la vida del buen arqueólogo la cual nunca consideré una necesidad prioritaria. ¿Podría haber acabado, si las circunstancias hubiesen sido diferentes en mi infancia, enterrada junto al resto de paganos en aquel pueblo maldito? ¿Era una broma del destino que este hombre tuviese las mismas dolencias mentales que me acompañaron toda mi vida?
         Aquellas preguntas me dejaron en un estado hipnótico durante la noche lluviosa hasta que un fuerte trueno que cayó cerca de mi residencia me despertó de mis propios pensamientos y me hicieron volver al empapado informe. Tras una pequeña biografía del arqueólogo, había una sucesión de datos que ya había conseguido yo por mis propias vías: las especulaciones sobre la calamidad de Algarrobado Mayor, los interrogatorios sin respuestas que le realizaron los militares y su ingreso en la institución mental durante largos cinco años. Según parece, mi detective consiguió hacerse con uno de los informes técnicos del lugar, probablemente mediante tácticas cuya ética no me importaron en ningún momento, en los que se especificaba que los únicos síntomas apreciables eran las extrañas migrañas que emergían cada cierto tiempo, que manifestaba llevándose las manos a la cabeza mientras gritaba desgarradoramente y negándose a hablar pese a la ausencia de daños en su sistema vocal/cuerdas vocales. Por lo demás, se le definía como un paciente apacible y sereno sin ningún signo que indicase incapacidad de entendimiento en las conversaciones evaluativas o locura grave. Por todo esto, y unido a la falta de seguridad de los internos debido a las extrañas desapariciones en aquellos años, se le facilitó el alta y se le permitió volver otra vez a un mundo que ya le había olvidado, un mundo cuyos habitantes ya habían superado la tragedia que sufrió y la cual todos querían olvidar. Todos salvo yo.


Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.