domingo, 23 de agosto de 2020

Historias de Recuelle: Pasos

Oigo pasos en los charcos de aguas estancadas que viajan con rapidez en la calle empedrada. Oigo pasos de miedo y preocupación, pasos que revelan el terror propio de la naturaleza humana cuando lo desconocido asoma su mirada. Oigo pasos de pies jóvenes en zapatos de terciopelo y laca, pasos cuya máximo trabajo ha sido el de buscar cómo gastar las tardes libres sin nada que hacer. Oigo pasos, pasos de mi próxima víctima.

Mis ojos no se han recuperado del todo, puedo sentir aún el picor del ataque con el que intentaron escapar de mí pero que resultó inútil. Siempre resultan inútil. Busco los pasos en la noche y ahí veo a su fuente: una hermosa figura de piel ámbar y melena de ébano rizada tan larga como los tapices de las casas nobles. Puedo ver su vestido de seda y turquesas cosidas por manos delicadas y precisas, sus labios teñidos de negro carbón a juego con sus ojos. Puedo ver su pecho que se desplaza por su respiración errática. Puedo ver su expresión de miedo mientras mira a su espalda y lucha por mantener su falda alta mientras corre. Es perfecta, sencillamente perfecta. Es justo lo que necesitaba. ¿Tú qué crees Aithaita, será suficiente?

Me arreglo mis ropas y salgo al camino tranquilo, sin miedo o preocupación, sin ansia ni duda. Doy un par de pasos largos y ella choca conmigo cayendo al suelo. Me agacho y extiendo la mano mientras mis cascabeles suenan. Puedo ver su mirada mientras viaja en busca de lo que necesita: una sonrisa, una mano amiga y una espada a mi cinto. No tarda en coger la mano y se levanta con un pequeño gemido que precede a la lluvia de lágrimas.

Las gotas caen por sus mejillas mientras me explica la situación. No entiendo muy bien lo que sucede, pero mi rostro cambia de una sonrisa ligera a una expresión de preocupación. Mis labios cerrados denotan seriedad, mis cejas bajadas preocupación y enfado. Siempre funciona, todas mis víctimas saben que esa expresión en la de alguien que ayudará a quien lo necesite, todas saben que es la expresión de un héroe.

La función comienza. Saco a Aithaita de su vaina y su acero gris verduzco brilla bajo la luna llena y los reflejos de charcos y piedras brillantes. Puedo ver un hombre al final de la calle, un gigante vestido sin clase y que empuña su hacha bicéfala como si de un garrote se tratase. La joven se pone a mi espalda y, con una orden imperiosa, le digo que se esconda en el callejón antiguo mientras mi brazo guía mis palabras. La muchacha huye, el hombre grita. Intenta hablar, pero solo puedo oír el sonido de mis cascabeles mientras me abalanzo hacia él con una estocada baja. Ni siquiera reacciona y, antes de decir la primera palabra, mi acero ya está en su interior.

He penetrado bajo las costillas, justo a la altura del hígado. Pronto sus pulmones no pueden llenarse mientras me mira con ojos de piedad y súplica. Sé lo que me están diciendo: “Sálvame, ayúdame, no merezco morir aquí”. El gigante cae derrotado y la sangre llena la hoja. Qué decepción, ni siquiera he visto un ascua. Aún necesito más, tengo que conseguir más.

Llevo ya dos años en busca de aquello que perdí, el atisbo de esperanza que me diste en aquella calle de Rouchet cuando me vi acorralado con las espadas en la garganta. ¿Acaso no te he servido ya bastante? ¿Cuándo me darás tu poder? Solo recibo la misma respuesta una y otra vez proveniente de una voz gutural y aberrante, una voz que hace que mi alma se encoja y sienta un frío y temor más allá de lo que jamás podría haber comprendido si no la hubiese conocido: “Más”.

Otra víctima sin recompensa, pero quizás mi presa sea de mayor valor. Ahora oigo mis propios pasos, seguros y rápidos. Pasos de alguien que busca algo que espera encontrar a la vuelta de la esquina. Pasos de sed y necesidad. Pasos que se mezclan con el sonido de mis cascabeles dorados y las gotas de sangre que caen lentamente del acero. Pasos que preceden el fin de la función.

La joven se ha escondido tras unos barriles y me coloco frente a ella. Sonríe al verme, cree que soy su salvador. Todas sonríen la primera vez que me ven después de salvarlas, pero siempre cambian de expresión. ¿Cuál fue mi primera víctima? ¿Fue aquel noble de barbas azules o el clérigo al que salvé de sus propias creaciones? Da igual quién fue el primero, ni quien será el último. Todos abren los ojos mientras ven cómo alzo en alto el brazo y todos abren la boca e intentan gritar de terror mientras mi acero se dirige hacia su cuello. Ninguno ha conseguido regalarme unas últimas palabras, tampoco mi última víctima, pero gracias a ellas tengo el regalo más hermoso que podría pedir en sus expresiones de miedo y desaliento.

Su cabeza cae por las calles empedradas de charcos y miseria, iluminadas por la luna llena que brilla junto a sus hermanas estrellas. Pero sus ojos no volverán a ver el cielo y sus pasos no volverán a cruzar estas calles. Y con el apagado de sus ojos, la oscuridad se cierne en su alma.

Y la función ha terminado.

sábado, 25 de julio de 2020

Katrina: La felicidad está al fondo del barril

- Capitana, deberíamos marcharnos de una vez

¿Quién me habla? ¿De quién es esa voz?

- Capitana, ¿me oye? ¿Se ha quedado dormida? ¡Capitana!

- ¡Ah! ¿Qué...? ¿Quién...?

Casi me caigo del susto. Ugh, mi cabeza. Noto como si mis sesos quisieran salir de mi cráneo y se estuviese esforzando por taladrarlo hasta conseguirlo. Siento mi boca pastosa y seca y un pequeño hormigueo en los dedos. Buf, ayer se me fue de las manos esa copa que quería tomarme después de la conversación que tuve con el general ¿Qué hora será? Dioses, no puedo ni mantener los ojos abiertos, la luz me está matando y tengo los párpados pegados. Es la última vez que mezclo vino peleón con cerveza, por mucho que dijese mi antiguo escuadrón que era lo mejor del mundo.

- ¿Quién eres tú? No puedo verte la cara.

- Soy yo, capitana, Yosha, su ayudante.

- Ah, ahora me acuerdo de ti. Eres el recluta que me han puesto como niñera, ¿no es así? Pesé que ayer te dí el esquinazo cuando me metí en el barrio mercante, ¿cómo me has encontrado?

- Llevo toda la noche entre las diferentes de nuestra ciudad, es donde la he encontrado las otras veces. Además, preferiría que no me llamase niñera. Como bien sabe, capitana, mi función es la de servirla y hacer que su arduo trabajo por nuestras tierras sea más liviano. Es mi deber como miembro del ejército...

- Sí, sí, sí, no me cuentes el mismo rollo que sueltas cada vez que te doy la oportunidad.

La espalda me está matando, ¿acaso me peleé anoche? Me duele un poco el costado, quizás tenga un moratón. Ojalá quede algo de medicina para aplacar el dolor. Menos mal, todavía queda algo de vino en la jarra. Puede que me de para un sorbo, dos si el fondo en curvo. No está mal, un poco dulce para mi gusto, pero tampoco es que haya mejores vinos en la capital. Echo de menos el vino de la frontera sur, eso sí que era vino de verdad, te podías pasar toda una noche bebiendo sin miedo a la resaca y acababa borracha como una adepta en un día de fiesta con dos vasos.

- En fin, dime qué ocurre. Tienes que tener alguna razón para haber venido a molestarme, ¿no?

- Capitana, debería adecentarse y prepararse cuanto antes. He hablado con el dueño de la taberna  y le ha preparado una palangana con agua y yo le he traído una nueva camisa para sustituir la que lleva ahora. Debemos darnos prisa, pronto será la reunión de oficiales y se nombrarán los nuevos destinos para aquellos con mayor rango.

- ¿Y?

- ¿Cómo que y? Es algo muy serio, un destino trivial podría hundir la carrera del militar más prometedor, del mismo modo que el ser llamado a las armas en los conflictos arduos forjan un camino casi seguro hacia la gloria.

- No hace falta que me lo expliques, Yosha, ya sé cómo funciona esto. Déjame que te pregunte de nuevo y esta vez espero una respuesta que más clara y menos pomposa, ¿y?

- Capitana Katrina, si no va puede que no le den un destino merecido y acabe...

- Eso no me preocupa, siempre me dan los destinos más difíciles.

-¿Cómo puede estar tan segura?

- ¿Cómo no voy a estarlo? Soy la capitana Katrina, todo el mundo me conoce y todo el mundo sabe lo que valgo.

- Aun así, no creo que sea correcto.

-Escúchame, chico. Te saco unos cuantos años de experiencia, sé mucho más que tú en lo que se refiere al ejército.

- Pues a veces parece que debo enseñarle hasta lo más básico de etiquetas y costumbres militares.

- ¿Cómo dices, recluta?

- Perdone si he sonado desconsiderado, capitana, pero... ¿Puede serle franco?

- Puedes.

- A veces... A veces parece que se toma su deber como una broma. Llevo con usted casi tres meses en la capital. Casi nunca acude a los entrenamientos ni se queda en la sala de armas más de lo necesario. Cuando puede se escaquea de las ceremonias y actos oficiales, al igual que trata los ritos tan importante para un soldado como si fuesen trivialidades innecesarias. Por no hablar de que... bueno, no se lo tome a mal, pero desde que estoy junto a usted hemos salido casi todas las noches a beber o se ha escapado de mi lado para tomar una copa, y puedo contar con los dedos de las manos las mañanas en las que estaba dispuesta para hacer su trabajo. Por no hablar de las veces en las que he tenido que meterle la cabeza en agua que se despierte o las ocasiones en las que ha aparecido con moratones o cortes por peleas con otros parroquianos de un establecimiento. Más que una capitana noble y segura de la tradición militar parece una matona de taberna común. Debería tomarse su carrera más en serio y presentarle el respeto que le corresponde a su labor.

¿Quién se cree este niñato imberbe que soy para hablarme así? ¿Acaso no sabe quién soy, qué he hecho? Si tuviese las fuerzas necesarias ahora mismo le daría una buena lección, pero me pesa todo el cuerpo. No tengo ganas ni de darle un guantazo, pero al menos puede enseñarlo una lección muy valiosa sin tener que levantarme.

- Me tomo mi deber con toda la seriedad que se merece, recluya. Ya fui de joven a los campos de entrenamiento y me hice fuerte, sé manejar la lanza y el escudo mejor que muchos que se hacen llamar maestros. He matado a tanta gente que he perdido el número y, cuando hay un trabajo que saben que es casi imposible, a la primera que llaman es a mí. Ahora tengo un puesto digno y un estatus que me permite disfrutar de todo lo que antes no podía. Y sí, a veces me salto los deberes que no me gustan o que, entre tú y yo, son una estupidez que no sirven para nada, pero me he ganado ese derecho. ¿Sabes cómo me llamo, Yosha?

- Usted es la capitana Katrina.

- ¿Sabes qué otro nombre me dan? Estoy segura de que alguien te habrá contado la historia de donde conseguí mi apodo.

- Los... Los hombres me han hablado de una vez en la que... usted...

-De la vez en la que yo defendí todo un puesto fronterizo sin ayuda de nadie. ¿Sabes qué es luchar una sola contra un ejército entero? Al principio sientes miedo y terror, tienes ganas de salir huyendo y abandonarlo todo. Pero luego te antepones y empiezas a sentir euforia: gritas, se te nubla la vista, notas el sabor a cobre en la boca mientras la sangre emana de tus heridas. Es una sensación que te lleva a un trance y, antes de que te des cuenta, dejar de sentir, de escuchar, de ver... Lo único que sientes y ves son nubes de incertidumbre y te conviertes en una bestia más que en un soldado. Cuando acabas, te pesa todo el cuerpo y tienes que quitarte la armadura y el equipo. La cabeza te da vueltas, te entran náuseas, lloras descontroladamente. Es una sensación horrible pero, lo más terrorífico de todo, es que cuando te levantas lo único que ves es una pila de cadáveres ensangrentados, muertos a tus manos que ahora son débiles como las hojas del otoño. Muy pocos han podido experimentarlo y yo, recluta Yosha, he tenido el placer de haberlo vivido más de una vez.

Es aún demasiado joven, le falta coraje para seguir adelante. Con haberme puesto un poco seria ya me está apartando la mirada. Casi todos los reclutas que he visto en mis años de servicio son así. Casi todos.

- En una ocasión, me enfrenté contra todo un ejército durante una tormenta, y acabé con ellos mientras viajaba por el cielo con estas alas que ves a mi espalda. Mis estocadas sonaban como los truenos que tenía a mi espalda y la sangre fluía como las gotas de lluvia que caían en mi rostro. Fue una masacre y yo fui la única que sobrevivió a ella. Mis alas, mis preciosas alas... Escucha atentamente, Yasha, estas alas son más importantes que cualquier lanza o escudo, son lo que me ha convertido en leyenda, son lo que me han convertido en la Tormenta del Sur y tú, por ende, debes respetarme por el valor que se merecen. Lo entiendes, ¿no?

- S... Sí.

- Gracias a ese apodo estoy donde me ves ahora y, del mismo mdoo, es la razón de que la gente me reconozca y sepan de lo que valgo. Así que si quiero tomarme una cerveza en vez de entrenar, me la tomo. Si quiero saltarme un consejo de guerra en el que sé que solo vana  hablar estraegias que nunca verán la luz del sol me lo salto y si se me encomienda que vaya a otra misión en la que debo poner mi vida en riesgo, me preparo para lo peor. ¿Comprendes ahora, recluta Yasha, el por qué estoy aquí sentada y no en una habitación jugando con maquetas y dioramas de terrenos? ¿Comprendes ahora por qué me he ganado ese privilegio?

- Sí, señora.

- Bien, me alegro de que nos entendamos. No te preocupes por el destino, el general ya me mandará una carta a casa o te pedirá que me lo digas. Quizás hasta le pida que elijas tú el destino. Y ahora, ve a la barra y tráeme otra jarra de cerveza. La cabeza me está matando y tengo que acabar con esta resaca cuanto antes.

Como usted ordene... Capitana Katrina.

Menos mal que no he visto su mirada, seguro que cortaba como el cristal. Tampoco es que me importe demasiado. Es solo un recluta y yo soy Katrina, la Tormenta del Sur.

miércoles, 17 de junio de 2020

Hotel California

Disclamer: Partida de rol de Apocalypse World según uno de los personajes. No me acuerdo de todos los detalles, pero más o menos la partida es tal y como se relata. Esto da para una peli española que dejaría a la altura del betún a Acción Mutante.

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Pude apreciar como mi querido, con el que compartía cama en ese puto erial, estaba preocupado. Las caladas largas lo delataban. Él era Serpiente, el jefazo de Hotel California, una comunidad asentada en un antiguo hotel en un lugar desértico. ¿El por qué él es el jefe? Ni puta idea. El caso es que yo era su zorra. Era lo que importaba en aquel momento.

— Cariño, ¿qué sucede? —le pregunté.
— Nada, Roxanne, querida —me mentía. Volvió a dar otra calada a esa mierda que fumaba y que le dejaba un aliento horrible. Al rato, abrió la boca y habló pausadamente—. Son esos eunucos y Destello. Me incomodan. Creo que traman algo.
— ¿Hay algo que pueda hacer por ti?
— No, no quiero ponerte en peligro. Sólo han ido desapareciendo algunas cosas.
— Cariño, no me pones en peligro. Yo soy el peligro —bromeé.
— Lo sé —me respondió mostrando las marcas de uñas que le dejé en el pecho. Parecía reconfortado.

De repente, del armario, cayó el muy imbécil de Adam. Puto enfermo. Siempre jodiendo los momentos. ¿Por qué cojones iba vestido con ese traje de licra negro que ni le dejaba ni una porción de piel al descubierto? Si es que al muy enfermo le molaba frotarse a todo, hasta a mi Serpiente. Pero no podía decir nada porque era su mano derecha. Por poder moverse tan bien en la Vorágina Psíquica. Para el colmo llevaba esa mano con el guante que hacía que sus dedos pareciesen pollas. Y yo no paraba de verla porque siempre quise saber qué podía hacer con ella. Hasta me ponía tonta de imaginarme las guarradas que podría hacerme.

— ¡Joder guante-pollas, vuelve al armario! —le grité.

Al día siguiente, me despertó los gritos de Serpiente. Tenía que cargarme ese puto altavoz. Busqué mi tanga y me lo puse. Él estaba en el balcón con sus calzoncillos y sus botas tejanas. Exasperado, obligó a todos los habitantes de la comunidad que fueran a la piscina, bueno, al hueco de la piscina.

— ¡A ver! ¿¡Quién cojones me ha robado!?

¿Robado? ¿Quién fue el imbécil que se atrevería a ello? Observé detenidamente a esos idiotas y mis ojos se desviaron a Scuak. Parecía muy nervioso. Bueno, al menos más nervioso que los demás. Los moteros de la banda Black Scorpions parecían tranquilos. Cualquier subnormal se atrevería a culparles a ellos por ser los nuevos de allí, pero lo cierto es que era una banda muy disciplinada y nunca dieron problemas.

Tal era su cercanía a Serpiente, que Ace, su líder, envió a dos de sus hombres a por él. Serpiente valoraba mis palabras y si yo, su zorra, decía que Scuak sabía algo, es que debía saber algo. O no, pero a base de ostias uno es capaz de escupir cosas que uno mismo no sabía.

El muy subnormal era el "tío" de unos mellizos eunucos de la banda de Destello. Eran unos putos muertos de hambre que vestían de taparrabos y no tenían ni un puto pelo en su cuerpo. Eran tan cortos de miras que tenían como misión o lo que fuese, conseguir plantar algo en el desierto. ¡Entre arena! ¡Y sin apenas agua! Y Destello era su líder espiritual.

Scuak acabó confesando su colaboración con los sectarios. Les había proporcionado, entre otras cosas, un generador. Pero a Serpiente lo que realmente le importaba, era lo que le habían robado de su caja fuerte. La que había detrás del vinilo de Hotel California, nombre con el que se bautizó la comunidad. No quiso entrar en detalles, pero una vista rápida de Adam en la vorágine, descubrió que allí tenía cajas con libros y una foto en la que aparecía Destello con alguien más que no pudo llegar a ver.

Skeeper preparó su Exterminador, su autobús fortificado, para salir de inmediato tras Destello. Y tras su pelvis. Serpiente quería ver qué cojones era: hombre, mujer o qué demonios. El jefe también nos permitió elegir el castigo a Scuak, un castigo que fuese ejemplar.

Y así fue. No sólo los Black Scorpions saquearon todas sus cosas y las de su bar. Le dije a Skeeper que colgara a ese hijo de puta boca abajo con la cabeza cerca del tubo de escape. Se iba a hartar a chupar de su mierda, porque cuando no había gasolina, había dicho Skeeper, la mierda que servía en su bar tiraba bastante bien.

El mano-pollas de Adam vendría con nosotros. Era perturbador. No ayudaba verlo con ese abrigo largo por encima de su traje de licra negro.

También vendría Ace, el líder de los Black Scorpions y Skeeper, el conductor.

Fuimos tirando por la dirección que nos indicó Scuak antes de colgarlo. Al rato, nos topamos con uno de los eunucos. Bueno, más bien, nos topamos con su cabeza. Al muy lo habían enterrado en la arena. Parecía desmayado.

Decía que era un sacrificio al sol y que no se lo tapásemos. Me iba a oír. Me puse delante y le di sombra. Los demás intentaron sacarle algo, pero no pudieron sacarle nada. Me senté sobre su cabeza palpitante sobre la que se estaban formando ampollas al estar quemándose con el sol y el castrado se volvió loco de sexo. Me incliné y le miré su asquerosa cara.

Estaba dispuesto a hablar con su voz de niña, la misma voz que tenían todos ellos, pero quería "probarme". Adelante, dije. Inclinó su cabeza marcándonos la dirección que siguieron y ahora debía devolvérsela. Pedí a mis compañeros que subieran al bus y que nos dejaran a solas.

Me quite una de las botas que me llegan hasta la rodilla y le metí mi pie en su boca. El muy cabrón chupaba como si aquello fuese un pirulo. Me lo dejó limpio, limpio. Y quería más. Le ate los ojos con un trozo de tela y le dije que esperase. Bueno, realmente no podía irse de allí, pero ya me entendió. Subí al bus y pillé un trozo de chatarra oxidada, astillada y puntiaguda y se la metí en la boca. Que chupase ahora. Luego me oriné sobre su calva quemada. Por la cara que pusieron mis compañeros, nunca antes habían oído a un tío chillar así. "Alarido" lo iban a llamar si salía con vida. Le dejé dos palitos cerca de la cara para que los usase para huir. También sé ser clemente.

No dijeron nada en todo el día. Más adelante, siguiendo las indicaciones de Alarido, nos topamos con un tío que agitaba antorchas. Ace, en moto, lo rodeo y lo tumbó de una patada. Yo había entrado en shock al querer comprobar que qué tal estaba Serpiente y no poder controlar la vorágine psíquica así que no pude oír lo que decía pero supongo que le preguntaría que qué coño hacía.

"El baile del sol" nos había revelado después el motero. Aunque no era un cocoliso y estaba entrado en carnes, parecía que también era de la secta de Destello. Al cabrón le bajamos los pantalones para ver si era un eunuco y parecía que le habían pegado un mal machetazo ahí. Qué asco. Adam le sacudió el trozo de pene que le quedaba para que hablase y nos dijo para donde tirar.

En ese momento, empezó a oler mal. Por un momento, pensé que me había cagado o algo, pero no, de debajo del bus salieron varios eunucos y tuvimos que enfrentarnos a ellos. A mi se me acercó uno ya sin mano, porque Skeeper se la había volado y le exploté la cabeza de un puñetazo. Mi puño americano era una garantía de dar buenas ostias. Los muy gilipollas se habían subido al autobús queriendo desatar a Scuak. Escupió humo por la boca y me suplicó agua. Le escupí en la boca, metí al joputa dentro y lo encerré en el tigre. Ahora le tocaría oler mierda. No quería matar a Scuak, el mejor castigo es el que uno mismo puede detallar por experiencia para escarmentar a la peña.

De noche apenas podía divisar a Ace que iba unos metros por delante. Estaba claro que no temía que le dieran un tiro en la cabeza. Eso lo haría parecer atractivo, sino tuviera él también una puta calva. Menudas pintas llevan algunos. No como mi Serpiente, que lucía esa grácil cabellera.

Le daba vueltas a la visión que tuve de Serpiente. Lo había visto patear su tocadiscos. Se giraba sorprendido y después se volvía todo negro. Luego un disparo. ¿Es algo que está pasando? ¿habrá pasado? ¿o va a pasar?

Me giré a ver al guante-pollas pero se retorcía sobre el sofá dándose placer. Puto enfermo. Skeeper parecía preocupado al oír un chinazo en la gasolina, pero en realidad estaba preocupado porque el autobús se había quedado atascado en unas rocas. Ace fue al rescate y pudimos continuar.

Fue entonces cuando nos topamos con ¿Arnold? oh, sí, me tenía completamente calada. Notaba la tensión sexual en el ambiente, pero no nos podíamos detener. Aceptamos llevarlo con nosotros porque había sido contratado por Serpiente para que hiciese hace días lo que estábamos haciendo nosotros. Su coche lo dejó tirado. Iba armado hasta arriba y éso sí que era un peligro andante.

Llegamos a lo que parecía, por fin, el campamento de los sectarios ésos. Por fin iba a poder enfrentarme a Destello y volver a casa con su pelvis. ¿Hombre o mujer? Me moría de ganas de saberlo.

Ace, que iba delante, pilló una de las antorchas que había clavadas en la arena y la lanzó contra una de las tiendas de campaña, pero no pasó nada. Me alarmé por un momento, ¿qué cojones estaba pasando? De repente, salieron un montón de cabezas de la arena. ¡Los eunucos! iban armados y nosotros estábamos bien jodidos. Arnold disparó con su lanzagranadas y repartió estopa. Ace propinaba machetazos a las cabezas peladas y yo disparaba desde la puerta del bus con mi "juguetito". En mi vida había matado tanto.

Se levantó un torbellino de arena y de él emergió un bus negro inglés. ¡Era Destello! Debíamos trazar un plan. Quise desperar a Adam, pero había muerto asfixiado por su propia ropa. Será gilipollas. Arnold tomó la ametralladora del techo del bus y se puso a disparar como un loco. Oía caer la munición sobre la carrocería. Tuve que limitarme a disparar a las ruedas del bus de Destello, pero no conseguí nada.

Skeeper puso el bus a la altura del negro y trató de disparar al conductor, el mismísimo o mismísima Destello, pero el cabrón o cabrona se protegía con los eunucos. Salé al interior por una ventanilla rota. Los iba a joder pero bien.

Dentro de este bus había dos eunucos mirándome. Uno de ellos sostenía un arma, pero le lancé una mirada seductora y quedó como paralizado. Les reventé la cabeza con mi arma a base de bien. Entonces me percaté de que Skeeper había conseguido por fin dispararle a Destello en toda su jeta. El bus se desestabilizaba y salté de nuevo al nuestro.

Sacamos al cabrón o cabrona de Destello del bus y le bajamos los pantalones. Al ver lo que había seguí sin saber si llamarle cabrón o cabrona. Tenía como un clítoris hinchado formando una extraña polla. Que puto asco.

Pero algo llamó mi atención después de ver esa no-polla-no-vagina: sobre ella había un nombre tatuado. Serpiente. Grité como nunca.

Ace me acercó la foto que Adam había visto en la vorágine psíquica. Al lado de un joven Destello, estaba él. Una versión joven de mi Serpiente. ¿Acaso mi amado me había enviado a propósito a este sitio para que descubriera su secreto? ¿o pensaba que íbamos a morir aquí? Esta claro que está muerto. Se va a cagar en todos mis muertos.

Regresamos sin complicaciones a Hotel California. Con Destello clavado al capó con cuchillos cortesía de Arnold. Serpiente vino a recibirnos. Y le volé los sesos.

Mi mente, inesperadamente, entró en la vorágine psíquica. Me sentí liberada. Nunca me había sentido tan bien. Ni teniendo sexo con amor. Sabía que había hecho lo correcto.

La gente lo flipaba cosa fina, sin hacer nada por precaución. Desclavé a Destello del autobús y lo mostré a todos. La gente señaló la pelvis. Y el nombre que había tatuado en ella. Se burlaron y en cierto modo, quitaron importancia al hecho de que había volado los sesos a nuestro líder.

Y ahora necesitarían a otro. O a otra. A mí misma, ¡qué demonios!

miércoles, 20 de mayo de 2020

La vuelta a la galaxia en 80 días

En el año 2406, el refugio pre-fabricado número 7 estaba habitado por el conocido como Comandante Ar-Baku o simplemente Comandante Baku. Siempre quiso mantener su anonimato viviendo en su humilde contenedor metálico prácticamente oxidado en las afueras de la ciudad, pero todos lo reconocían por su peculiar uniforme de terciopelo rojo y porque era el único jark -hombre felino- de la zona.

Su porte era elegante e imponía respeto allá donde iba. Sus dientes le caían de la boca y de ellos resbalaban, cuando hacía calor y aunque él no quisiera, unos hilillos de saliva que le daban un cierto aspecto repulsivo y a la vez amenazante.

No visitaba los lugares de reunión típicos de la ciudad de Las Tres Puertas, como el bar Cerveza Fresca o el ayuntamiento, en donde se realizaban plenos casi todas las semanas. Muchos se cuestionaban la valía del comandante pues todo asemejaban historias inventadas, o bien, fácilmente atribuibles a otros exploradores espaciales. Además, de su pecho no colgaba ninguna distinción. Lo único que se sabía a ciencia cierta de él es que era miembro del Club de los Canallas.

Había sido invitado cuando se extendió la noticia de su lucha y victoria al servicio del Imperio sobre los piratas espaciales al borde de la galaxia. Esperaban tener el placer de escuchar sus batallas más célebres como aquélla contra los droides al este del sector Q, pero en vez de ello, el Comandante Baku guardaba silencio mientras leía las últimas noticias del Imperio.

Indudablemente había viajado. No era de ese lejano planeta casi en el centro del sector Q, sino que era de la zona más al norte, de uno de los muchos planetas poblados por bárbaros jark sedientos de aventuras.

Aunque era callado, resultaba respetuoso y respondía las preguntas que le hacían como podía sin dar demasiados detalles de quién era, qué había hecho y qué hacía allí. De sus pocas palabras se podía deducir que había algo de cierto en todas las historias que se contaban de él y que en cierto modo se había retirado de sus largos años de explorador y aventurero espacial.

Aquél día, cuando salió de su refugio pre-fabricado número 7, no sabía que acabaría en una emocionante y no deseada aventura donde tendría que superar un reto que parecía imposible y que a la vez le obligaría a mostrar su valía.

A su vez, sería el día en el que se pondría en duda su identidad.

- Siéntese, señor comandante -le pidió un hombre con un largo bigote, algo que le dio el nombre de Bigotes. Su compañero, Bastón, un hombre que portaba un bastón separaba la silla de la mesa para que él se sentase.
- ¿Qué es lo que quiere, Bigotes? -preguntó con curiosidad el felino.
- Creo que es conveniente que hablemos, señor.
- Hable entonces -dijo mientras observaba como los demás miembros se acercaban a la mesa.
- Usted no es el Comandante Ar-Baku -afirmó con seguridad. La sala se llenó de los murmullos de los Canallas. Los ojos del comandante tornaron blancos durante un segundo y suspiró con fuerza.
- Soy quien soy.
- ¿Eres el mismo que luchó contra los Lézards, -los hombres lagartos-, cuando éstos estuvieron a punto de conquistar el Norte? -preguntó burlescamente- ¿o eres un simple farsante?

Él no sabía que responder. La amnesia había acabado con gran parte de los recuerdos y las historias que oía de él mismo le resultaban ajenas y demasiado sorprendentes para haber sido protagonizadas por él.

- He recorrido toda la galaxia Sector Q. Puedo hablaros de mi estancia en las bases del Imperio, al Sur, de las cuales me acuerdo pues es el primer recuerdo que tengo. Llegué aquí cruzando los asteroides del este, evitando encontrarme con los droides y tuve que desviarme hacia el oeste cuando me persiguieron los piratas. Y fue en el oeste cuando los hombres lagarto o lézards me apresaron durante 23 días galácticos mientras me saqueaban la nave y me interrogaban por incidentes que me atribuyeron a mi, el Comandante Ar-Baku. Me dejaron en libertad por mediación del Imperio, al que siempre serviré como habitante del sector Q y los cuales tienen una deuda por mis servicios, cualesquiera que les haya brindado en un pasado que ahora no recuerdo. Por último, llegué a este planeta para pasar el resto de mi vida discretamente y sin ser el centro de la atención, algo que, por lo que parece, no he conseguido.

Los miembros del Club de los Canallas permanecían en silencio.

- ¿Quiere demostrarnos quién es? Haga de nuevo ése viaje. No sé cuánto le llevaría -le reta Bastón- pero le dejo la mejor de mis naves. Lo que recorre una en 20 días lo hace la mía en 5.

El comandante Baku, por un momento, le enfadó el que no le creyesen y que esos don nadie le estuvieran retando a hacer una estupidez, por otra parte, su cuerpo le pedía ese viaje. Su pelo estaba erizado y sus ojos brillaban por la ilusión.

- Espere, -dice Bigotes- hagamos ésto mucho más emocionante. Apostamos el Club de los Canallas, tanto el local como todos sus fondos, a que no lo conseguirá -los miembros aplaudieron la decisión.
- Por supuesto -interrumpió Bastón,- si no lo consigues tendrás que reconocer que eres un impostor. Un sucio y maloliente impostor.
- Lo haré -dijo con decisión el felino.- Estoy deseoso de callarlos a los dos.
- ¿Cómo sabremos si erra? ¿Cuánto tiempo esperaremos por él? -cuestiona una joven llamada Pecas.
- Podría hacerlo en un plazo de tiempo -sugiere otra joven.
- Bien, comandante, ¿cuánto estima que le llevaría el viaje? -pregunta Bigotes.

Pidió una hoja de papel y en ella empezó a escribir.
- Desde el planeta actual, pasando por el oeste cerca de los planetas cavernosos de los gusanos gigantes: 15 días galácticos.
- Desde los planetas cavernosos hacia el sur pasando por la capital del reino de los Lézard: 7 días galácticos.
- Atravesar la zona sur pasando por la sede del imperio repostando en planetas de los esclavos enders -o pequeños hombrecillos verdes-: 23 días galácticos.
- Desde el sur hasta la parte este atravesando el cinturón de asteroides y huyendo de los piratas: 10 días galácticos.
- Desde el este hacia el norte sobreviviendo al ataque de los droides: 20 días galácticos.
- Regreso al planeta: 5 días galácticos.
- Total: 80 días galácticos (365 días terrestres).
- Son 80 días galácticos -dice finalmente el felino.

Los miembros del Club de los Canallas empezaron a reírse, como si el comandante hubiese contando el chiste más divertido del universo.

- ¿Usted ha tenido en cuenta los ataques de los piratas? ¿de los problemas que dan los gusanos gigantes? ¿las revisiones del Imperio para atravesar el sur? -se extraña Bastón, el que quizás fuese el único que tomaba algo en serio al Comandante Ar-Baku.
- Por supuesto, contando con todo y dispuesto a salir ahora mismo.
- Tiene mi nave entonces.

Los asistentes quedaron boquiabiertos sin saber que responder. El Comandante sonrió confiado mientras Bigotes se recomponía de la risa.

- Apuesto mi nombre contra vosotros a que doy la vuelta a la galaxia en ochenta días, o menos.
- ¡La vuelta a la galaxia! -dijo un incrédulo.
- En ochenta días -reafirmó el Comandante Ar-Baku mientras se ponía en pie-. No tengo tiempo que perder.

sábado, 25 de abril de 2020

Katrina: La Batalla de los Pastos Negros

- ¿Os habéis enterado de los rumores? Parece que finalmente no tendremos que marchar hacia el sur.

- ¿Cómo? Si llevamos casi una semana de marcha sin parar con los gritos y berridos de nuestro comandante.

- Parece que los nuestros han repelido al enemigo en el desfiladero de Pastos Negros.

- ¿En Pastos Negros? ¡Ja, pero si en esa zona estaba dispuesta la séptima división de infantería! Sus miembros son reclutas sin experiencia y su comandante es tan cobarde que jamás podría su vida en juego. Esos malnacidos no podrían ni defender una manzana de un cerdo.

- Ya, pero ahí se encuentra lo más curioso. No ha sido la séptima división, ha sido una recluta.

- ¡Anda y vete a chupar huevos duros con tu abuela! Puede que sea un viejo y un soldado sin talento para el mando, pero no estoy tan senil como para creerme tus mentiras.

- ¡No miento! Cuando vieron los estandartes enemigos y se vieron abrumados ante la diferencia de enemigos cogieron los caballos y huyeron con todo cuanto pudieron, pero hubo una recluta que cogió su escudo y lanza y se plantó en la zona más estrecha del desfiladero, del mismo modo que formamos en la falange. El camino no dejaba pasar a más de cinco hombres y, según he oído, se mantuvo firme mientras su lanza atravesaba el pecho de sus enemigos. Lanzaron contra ella lanzas, espadas, flechas... ¡hasta la caballería enemiga cargó contra su escudo! Pero nada consiguió romper su defensa, y sus pies se mantuvieron fuertes en el suelo como el cimiento que se hunde en la tierra para erguir las torres de los castillos.

- Por muy diestra que sea dicha recluta, nadie es capaz de aguantar contra una horda enemiga.

- ¡Os juro que es cierto! Las armas enemigas mellaron su escudo y su lanza perdió su filo tras ensartar a tales enemigos, pero ella continuó luchando sin miedo a la muerte. Cada enemigo caído era un grito que emanaba de sus pulmones, y cada estocada con su lanza era un rayo que atraviesa el cielo nublado y anuncia al mundo la llegada de la tormenta. Dicen que un enemigo clavó su hacha en el escudo de la recluta y la sangre empezó a correr por el agujero en el metal mellado, y aun así no se movió, sino que tiró el trozo de madera y hierro al suelo y, agarrando la lanza que no era en aquel instante más que un trozo de madera y hierro destrozado con ambas manos, se lanzó contra el enemigo con todas sus fuerzas. La sangre fluyó por el aire como tornados de ira y odio y sus cabellos grises como la ceniza bailaban al son del viento que producían sus pasos ágiles y fuertes como los del león que se abalanza hacia su presa. Más y más enemigos caían a sus pies hasta el punto que abandonar su posición. Siguió luchando con la misma furia que una madre cuando el cuchillo se acerca al cuello de su hijo y, cuando una lanza enemiga estaba a punto de atravesar su estómago meintras se encontraba indefensa tras acabar con otro de esos bastardos, ocurrió un milagro, pues de su espalda nacieron dos alas blancas como la nieve.

- ¿Dos alas dices? ¡Ja, alguien le ha dado demasiados sorbos a la bota de vino.

- ¡Es verdad, muchos otros lo confirman! Hablan de dos alas blancas como la nieve que surgieron de su espalda llena de cicatrices y cortes por las espadas enemigas, y muchos de la séptima división que miraron la carnicería desde la seguridad de los cobardes dicen que alzó el vuelo y acabó con los enemigos que quedaban mientras poco a poco el cielos e iba oscureciendo. Cuando la lluvia comenzó a caer y su comandante dio la orden de volver a su posición, solo vieron una figura ensangrentada, con los cabellos salvajes que cubrían un rostro de ojos fríos como el cruel invierno, vestida con una armadura destrozada y brazos cubiertos de la sangre de aquellos que ahora pisaba con sus sandalias. Dicen que es una heraldo de los cielos que ha venido a ayudarnos en esta guerra.

- ¿Y quién es esta recluta?

- No lo sé, he oído que la han llamado a la capital para rendir cuentas a los generales y darle un destino. Ni siquiera sé su nombre, pero todos la llaman por el apodo que le dio su comandante tras la Batalla de Pastos Negros. La Tormenta del Sur.

- Suena irrisorio, pero maldita sea si es verdad, es posible que la recluta nos haya salvadod e nuestra propia muerte en el frente. Brindemos pues por ella, brindemos a la salud y fuerza de la Tormenta del Sur.

-¡Por la Tormenta del Sur!