sábado, 24 de agosto de 2019

Lo que yace bajo las ruinas (parte 4 de 5)

         Alrededor de las ocho de la tarde del fatídico día, el doctor Cerezo se había reunido con dos de sus colegas y un técnico en explosivos en su habitación para cumplir una de las más viejas tradiciones entre intelectuales: el consumo de altas cantidades de cualquier bebida alcohólica capaz de atontar el cerebro durante unas pocas horas para pasar una noche alegre y de juerga. El festejo se debía a que al día siguiente podrían comenzar con todas las investigaciones deseadas tras haber sido encarcelado el último de los paganos salvajes que les habían atacado semanas antes. El doctor Cerezo recordó haber estado sentado junto a la ventana, mirando con una sonrisa triste al resto de sus compañeros cuando el doctor Segura, catedrático por la universidad de Barcelona y miembro más joven del equipo de investigación, empezó a quejarse su incapacidad de aguantar las ganas de iniciar la exploración hasta el día siguiente. Aquel malcriado aristócrata no solo necesitaba explorar el lugar, tenía que ser el primero en hacerlo. Las quejas del joven doctor no cesaron y arruinaron en parte la celebración del resto de compañeros hasta que el señor Márquez, encargado de los cálculos referentes a la fabricación de nitroglicerina y otros productos explosivos, propuso a sus compañeros el hacerse con uno de los coches reservados al transporte de los investigadores y visitar aquel mismo día las ruinas a espaldas del resto de colegas. Parecía una idea descabellada y, aunque el doctor Cerezo jamás hubiera aceptado en condiciones normales aquella propuesta, el exceso de alcohol y unas extrañas voces que le habían acompañado desde niño para que abandonase su ética, no puso ninguna objeción e incluso fue de los primeros que apoyó la aventura. El último miembro del grupo, el doctor Soler, quien no fue difícil de convencer, fue el encargado de hacerse con las llaves de uno de los coches y conducir a la entrada de las ruinas. 
         Cuando llegaron a su destino, bajaron del coche y recorrieron los túneles cantando baladas obscenas mientras buscaban el valor necesario para inspeccionar un lugar tan lúgubre durante la noche. Nada más llegar a la zona se pusieron manos a la obra con toda la profesionalidad que podían ofrecer en el estado en el que estaban. Los geólogos habían hecho una buena aproximación de la datación de las vasijas encontradas, pero los ojos más profesionales de aquellos hombres fueron capaces de identificar las piezas como pertenecientes al gobierno de Filipo II en la península balcánica; gobierno que allanaría el camino a su hijo Alejandro en la conquista del segundo imperio más grande que los seres humanos hayan conocido. También había collares de gran antigüedad pertenecientes a las tribus anteriores a la aparición de Cartago, armas de calidad increíble pero que por su forma y diseño se asemejaban más a las descubiertas durante la edad de bronce, e incluso se encontró una estatua de oro de una criatura obscena que el más fantasioso de los investigadores se atrevió a asimilar con el reino fantástico de Valusia, antes de que un extranjero bárbaro tomase la corona para sí mismo y llevase su vida hasta la leyenda y la gloria.
      Mi pluma temblaba mientras el doctor Cerezo relataba el extraño inventario: peines pertenecientes al nacimiento de Roma, alfombras cuya fabricación se dató de las estirpes del Nilo Bajo durante el Imperio Antiguo, sedas de la caída de Babilonia, joyas de los imperios majayanapadanes... Me atreví en un arranque de descaro a preguntar por qué no dio aquella información a las autoridades pertinentes, aunque fuese de forma escrita, a lo que me respondió con una sonrisa frívola seguida de un comentario déspota, expresado con la misma voz gutural que repugnaba: “Si se atreve a escuchar la historia al completo, sabrá por qué”. 
         Una vez los arqueólogos finalizaron el catalogado de los artículos con mayor relevancia, comenzaron a examinar los murales que adornaban el salón de piedra. A primera vista les resultaba impensable que todas aquellas maravillas hubiesen existido en el pasado y no se hubiesen encontrado pruebas. Mientras que los otros tres integrantes del grupo observaban un dibujo en el cual un hombre sujetaba una piedra que capturaba unas extrañas neblinas sobre la población, el doctor Cerezo me confesó una grave jaqueca, esta vez con más fuerza que en ocasiones anteriores, acompañada por una voz profunda y cavernosa que repetía una orden constante e incomprensible por cualquier otra persona, pero que para él era tan simple como una orden en su lengua materna. “Ven a nosotros. Pulsa el mecanismo y ábrenos el camino”. El doctor Cerezo me reconoció que en ese momento se sintió anonadado, y el sudor frío perlaba su frente mientras me describía el conjunto de penumbrosas emociones que oscilaban por su mente aquel día. Finalmente no pudo más y, como un hombre ciego guiado por su fiel lazarillo, se dirigió a la pared contraria a la de sus compañeros y tocó unos relieves que representaban una extraña pirámide negra de cuya cima surgían extensas columnas de fuego. Una parte del mural cedió, sonó un clic seguido por un temblor de la sala. Las paredes parecían al borde del colapso y del techo no paraba de llover el polvo, pero el caótico movimiento cesó de forma abrupta y reveló una puerta secreta en la misma pared.
       El pasillo que se había abierto era estrecho y profundo, y descendía a las profundidades mediante unos escalones de piedra cubiertos por medio palmo de mercurio pestilente que fluía desde el techo y dificultaba la empresa de aquellos hombres. No supieron si serían capaces de continuar su empresa hasta que el Señor Márquez, quien sonrió de forma jactanciosa, sacó de su bolsa una máscara de gas para cada uno de los miembros de la compañía. Encendieron sus linternas, se armaron de valor y pegaron un último trago a la botella de güisqui que llevaban consigo, para calmar los nervios. Aquel sitio era demasiado estrecho y no podrían entrar todos a la vez, por lo que se tomaron turnos para formar en fila india. El doctor Cerezo recordaba con una sonrisa torcida como antes de embarcarse en los acontecimientos que marcaron su vida se discutían temas tan banales como el orden de acceso de los integrantes del grupo, y hasta llegó a soltar una carcajada triste cuando recordaba como el señor Martínez propuso elegir el orden mediante un juego infantil que recordaba de su pueblo. Tras toda la palabrería entró primero el doctor Cerezo seguido por el doctor Soler, cuya retaguardia sería cubierta por el experto en explosivos y dejando al joven arqueólogo como último eslabón. Al principio no encontraron nada que les llamase la atención en ese pasillo oscuro y pestilente, pero tras unos cuantos metros de profundidad encontraron diferentes dibujos que cubrían las paredes, divididos en escenas delimitadas por patrones triangulares, y que supieron al instante que debía servir para representar algún tipo de rito religioso. La mayoría de estos incluían a un extraño hombre azul que dirigía a un grupo de hombres en un rito pagano, reuniéndolos en lo que parecía un templo y llevándolos a un túnel muy similar al que estaban ocupando los aventureros. La siguiente escena produjo un escalofrío en los intelectuales, pues en esta dantesca pictografía dos ayudantes colocaban en el hombre de azul unas túnicas muy similares a las que había llevado el líder de la resistencia civil durante la batalla de los Aullidos.
        El valor que otorgaba el güisqui se iba disolviendo con la actividad física, y el señor Martínez, poco acostumbrado a las visiones góticas que eran la profesión de sus compañeros, empezaba a presentar síntomas de nerviosismo. Estos se denotaban, como describió el señor Cerezo, con un pequeño fulgor en sus ojos, similar al que demuestran las bestias salvajes cuando presienten una amenaza oculta pero inminente. Pensaron que podía ser un inconveniente para la investigación, pero el doctor Segura consiguió tranquilizarlo a duras penas. Le explicó que era normal en zonas paganas que se perdiese el significado de las costumbres, pero no el método de su ejecución, como por ejemplo el uso de herramientas y vestimentas cuya función en los ritos primigenios había sido olvidada. El técnico en explosivos aun mostraba el nerviosismo en su pálido rostro, pero se tranquilizó lo suficiente como para continuar la exploración de los túneles goteantes de mercurio.
           Las imágenes que le siguieron mostraban otra vez al hombre azul guiando al grupo por el túnel hasta unas gigantescas puertas de bronce. Se acercaron a mirar el panel siguiente, pero no fueron capaces de ver qué representaba, ya que este estaba en un pésimo estado debido a que por una grieta en la pared caía una cascada de mercurio que había corroído la piedra. El doctor Segura intentó tapar la grieta con un trapo, pero cuando acercó la mano a la grieta, sonó un espantoso sonido visceral, lo cual recordó al arqueólogo las expresiones de terror del grupo. El doctor Segura soltó una carcajada y explicó que ese sonido era de origen natural, producto de simples procesos químicos. Nadie negó su hipótesis, ya fuese porque aceptaban su planteamiento o porque ninguno tenía el valor de rebatir la única propuesta que no deformaría la cordura colectiva.
         La última colección de imágenes representaba diversos ciclos lunares que repetían los murales anteriores una y otra vez, los cuales se contaban por el número de lunas llenas y la posición de las estrellas en sucesiones de seis meses y que correspondían a los solsticios de invierno y verano, hasta el último tramo, en el que se podía ver como el hombre azul, tumbado en una cama, acercaba los labios a la oreja de un muchacho erguido junto a él. De su boca surgían líneas malformadas que desembocaban en el oído del muchacho, y tras varios paneles con imágenes similares, la piel del muchacho se iba tornando cada vez más azul, hasta que en el panel final se mostraba orgulloso junto al cadáver en la cama y junto a un grupo de seguidores que parecía aceptarle en su nuevo estatus. No volvieron a ver una pintura en el resto del túnel hasta que encontraron el final en la misma puerta de bronce que se había visto dibujada como frescos en el túnel. Según el doctor Cerezo estaban cubiertas por relieves de gran calidad, en las que imágenes que no se atrevió a describir marcaron un punto negro en su psique que le recordaría siempre la maldad innata del destino. Intrigada por sus declaraciones, y llevada a buscar el misterio que no se me quería contar, le pregunté cuál era el tema principal representado en los relieves. El hombre tuvo que dar varias caladas a la pipa hasta que pudo formular una respuesta clara: “Se representaban… las consecuencias de no llevar a cabo los ciclos. Representaban el castigo que podemos sufrir si no los cumplimos”.
          Tras un breve descanso solicitado por el doctor para rellenar el contenido de su pipa, prosiguió con su narración. El ciego que veía recordaba haber tocado las puertas de bronce y haber palpado los horrendos e indescriptibles relieves llevado por el oscuro impulso de las voces, y me contó como, al apoyar su mano, el grito visceral que le había asustado volvió con más fuerza, pero esta vez no le produjo ningún tipo de horror. El señor Martínez no aguantó más, y con la voz temblorosa y todo su cuerpo temblando, exigió al joven arqueólogo regresar a la superficie de una vez por todas. El doctor Segura intentó razonar con el técnico de explosivos otra vez, le explicó que era imposible cruzar al otro extremo con él detrás sin que uno de los dos tocase el nocivo metal. Comenzaron una discusión en aquella dantesca instalación; el señor Martínez gritaba y chillaba exigiendo salir, y el doctor Segura se negaba en rotundo hasta haber terminado su investigación. Los ánimos empezaron a calentarse hasta que el técnico se enzarzó con el doctor Segura. El doctor Soler fue incapaz de separarlos, y la lucha duró unos instantes, donde los golpes contundentes del técnico anulaban cualquier tipo de defensa que pudiera conjurar el doctor, un hombre de menor peso y fuerza física.
          Todo indicaba que el arqueólogo dormiría en el hospital y que el grupo debería explicar a los encargados en la mañana siguiente por qué habían decidido hacer aquella estúpida aventura en vez de esperar a los horarios acordados. Sin embargo, nunca se le podría recriminar su actuación al doctor Martínez, pues el doctor Segura, herido y sangrando, sacó un revólver de su chaqueta cuando vio que no podía defenderse honrosamente y disparó dos balas fulminantes contra el dinamitero.. Para cuando el cadáver cayó sobre el suelo cubierto de mercurio con un chapoteo, el rostro del joven arqueólogo había cambiado completamente. Comenzó a temblar presa de las circunstancias, y apuntó a sus otros dos compañeros. Su rostro ya no era el de un hombre cuerdo, sino el de alguien anonadado y horrorizado por el mundo que le rodea. Con el cañón apuntando al doctor Soler y un hilo de voz titubeante, les explicó que no podía permitirse que se descubriese lo que acababa de pasar: su carrera, sus éxitos, su familia… todo eso desaparecería si quedaba alguna prueba del crimen que acababa de cometer.
         El doctor Segura, llevado por la locura que le embargaba, informó a los otros dos arqueólogos de su plan improvisado. Tenía intención de matar a ambos hombres una vez abriese la puerta y dejaría los cadáveres en el interior de la sala para que el paso del tiempo pudiese hacer su obra; a la mañana siguiente volvería a las ruinas sin levantar sospecha para evitar que se descubriese el pasadizo secreto. Una vez pasados los años retornaría para coronarse como el descubridor del mayor hallazgo arqueológico de la década y utilizaría sus influencias a posteriori con el fin de catalogar lo que ya serían esqueletos como simples habitantes de la sociedad desaparecida. Una carcajada sombría salió de su boca, y la sentencia comenzó una vez el hombre armado les ordenó que abriese la puerta.


Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.

sábado, 10 de agosto de 2019

Festival de primavera

          PUM. PUM. Los tambores anuncian la festividad de primavera del planeta OMARA-6. Los nativos caminan por las estrechas calles de las ciudades con sus instrumentos de percusión. Celebran todos los años el acercamiento del cometa Omora sin saber que año a año aumenta la probabilidad de que éste se estrelle contra ellos. Los xenoarqueólogos llevan esperando ese momento demasiado tiempo. No, no es que los xenoarqueólogos vayan a celebrar la destrucción de ese pobre planeta, sino que lo ven como la única forma de poder estudiar OMARA-6. Los nativos han conseguido alejar las garras de esa institución e incluso ser casi independientes del resto de naciones. La astucia y crueldad de sus líderes hacen que invadir OMARA-6 sea como invadir Rusia en invierno.

          Se cree que OMARA-6 fue el planeta de una antigua civilización. Los humanos llegaron a ese planeta y construyeron sobre las ruinas de la posiblemente única especie inteligente que habitaba el universo conocido. Por los últimos reportes de los espías del Instituto de Xenoarqueología, la especie alienígena habría también construido bajo la tierra. Quizás refugios para ocultarse de algún peligro o desgracia inminente. Ojalá seamos capaces algún día de saber la historia de estos alienígenas y descubrir porqué desaparecieron del mapa.

          He llegado a OMARA-6 con un pasaporte de trabajo temporal. Llevo aquí menos de seis meses y sé que no he avanzado con mi investigación todo este tiempo, pero mis contactos me explican que es lo habitual y que no me preocupe: podría conseguir aumentar mi período de permiso si me renuevan el contrato en el taller en el que trabajo. Lo cierto es que la productividad de los nativos es muy baja y pasan demasiado tiempo vagueando: el clima es desde luego, propicio para ello. Este año está siendo especialmente caluroso, así que ni veo a mis compañeros después de la hora de la comida.

          Este año han permitido que más extranjeros participen en sus celebraciones. Soy parte del cuerpo de voluntarios que van a limpiar las calles al paso de las carrozas florares. Me tuve que levantar antes del amanecer para acercarme a la calle principal de la que partirán las plataformas sobre las que irán los nativos disfrazados de personajes de cuentos y leyendas locales. Estas plataformas son cubiertas por flores y plantas bastante llamativas, incluso se adornan los deslizadores que tiran de ellas. Los participantes van deshaciendo las carrozas quedando desnudas a su llegada a la plaza de cada ciudad y en ella, los disfrazados saltan rítmicamente sobre ellas, haciendo que el ruido retumbe contra los edificios y que el suelo a su alrededor vibre. Este paseo de carrozas se hace en todas la ciudades y después se pasan casi un mes de celebraciones varias. Por las noches se van a proyectar películas en los parque públicos, hay talleres y mercadillos en cada barrio y fuegos artificiales a casi todas horas. Un derroche y excesos que ya no se ven en el planeta del que vengo. Los gobiernos, de acuerdo con las mega-corporaciones, consideran que no es posible que haya más de tres días de fiesta al año pues la economía de cualquier estado quebraría por ello. Si OMARA-6 sigue en pie y con un nivel de vida tan alto, me demuestra que nos hemos dejado engañar demasiado tiempo.

          Vuelvo al mundo real cuando escucho los primeros vítores. Se empieza a ver en el cielo el haz de luz del cometa. Estuve tan ensimismada en mis pensamientos que ni recuerdo cómo he llegado al punto de reunión del voluntariado. Los tambores son golpeados con tanta fuerza que de la vibración me empieza a dar la taquicardia, y eso que el más cercano está a dos calles de aquí. Me pasan una escoba y nos dividen en pelotones de limpieza. En el mío el "capitán" es un administrativo que veo siempre en la parada de metro y que es incapaz de saludarme y mirarme a la vez. Nos empezamos a separar de los otros grupos y avanzamos en silencio hacia el bullicio. Desde donde estamos no soy capaz de ver las carrozas, pero sí veo los pétalos lanzados al cielo. Algunos alcanzan gran altura y se dispersan a enormes distancias debido al viento, no demasiado común en esta época del año. El capitán empieza a darnos órdenes y empezamos a limpiar. Los pétalos deben barrerse suavemente para que no se peguen al suelo con fuerza y se aplasten. De hacerlo, quedarían marcas en el suelo y lo harían pegajoso.

          Pasan las horas y estamos cada vez más cansados. Es agotador estar bajo el sol barriendo tantas flores. El viento además mueve nuestros montones y dificultan nuestra tarea. Al final nos lo estamos tomando demasiado en serio, a pesar de ser trabajo no remunerado.

          El cometa se ve en el cielo. Se mueve con rapidez y parece que está pasando muy cerca de OMEGA-6. He visto a gente nerviosa, así que los nativos saben perfectamente cuál es el futuro de su hogar. No he visto en ningún medio que hablen de la posibilidad de que el cometa se estrelle, así que imagino que hay un esfuerzo activo en evitar que cunda el pánico. Nuestro superior alza su brazo y hace sonar un silbato: hora de la comida. Comeremos un insulto sandwich de pescado y mayonesa, cosa que sé porque entre los voluntarios veteranos están quejándose de ello. Me lo como con ansiedad y sigo con hambre, por lo que voy con algunos de mis compañeros a comprar más comida en un puesto de la fiesta. Los dulces aquí son secos y deshidratados, pero me gustan bastante y me parecen muy baratos, aunque entiendo que no lo es en relación con los salarios que hay aquí. Con mis ahorros considero que puedo tener ciertos excesos.

          La red de internet empieza a fallar y es el tema de conversación en las tareas de la tarde. Esta vez me han puesto con los que deben meter toda la basura en los camiones de recogida de residuos orgánicos. Me resulta más exigente físicamente y debo pedir a mis compañeros ayuda antes de caerme al suelo por el bajón de tensión. Nos comentan que hubo dos bajas ya entre los voluntarios por el golpe de calor. Intento aguantar más tiempo trabajando puesto que a la hora de pedir permisos de residencia, sé que valorarán que haya colaborado en el festival de primavera.

          Estamos desmoralizados y que no nos hayamos podido quejar en las redes sociales nos está pasando factura: la gente está manifestando su hastío en alto y no estoy por la labor de escucharlos. Veo que mi terminal se conecta a una línea. Mi corazón se acelera y me tiemblan las piernas. Sólo hay un motivo por le cual me darían acceso a las redes y ese motivo debe ser el impacto del meteorito. Debe haber coincidido con el corte de las comunicaciones y parece que OMEGA-6 se está esforzando porque no se sepa sobre ello. Pido a mis compañeros que me acerquen a casa, mintiéndoles sobre mi estado físico.

          Al llegar a casa me pongo manos a la obra a buscar información sobre el meteorito. Me extraña que el gobierno local haya sido tan bueno en esconder el sucedo. Pero lo cierto es que no hay nada sobre Omora porque Omora pasó cerca del planeta sin ningún incidente. El cuerpo de xenoarqueólogos me envía por fin una comunicación y en ella me piden que abandone el planeta puesto que han aprovechado la fiesta de primavera para atacar OMARA-6 y lo están invadiendo. Veo donde está el punto de evacuación, anoto los principales accesos y voy directa mi utilitario. Pero a pesar del corte de comunicaciones, los nativos han acabado sabiendo lo que estaba ocurriendo y había varios kilómetros de retenciones. Me pasé el resto del tiempo en la carretera y sin apenas avanzar. Algunos se saltaron las vías y alzaron el vuelo con los vehículos. Algunos se estrellaron por la falta de pericia. El nerviosismo del momento llevó a la histería y hubo golpes, empujones y bocinazos. Dos tíos salieron de los coches para pegarse mientras su familia los animaban desde el coche. Era un espectáculo bastante lamentable.

          Supe que no iba a salir de este planeta nunca como las cosas siguieran así, así que a la primera de cambio, tomé una salida y me alejé del punto de evacuación. Informé al Instituto de Xenoarqueología y pedí que me dieran otra alternativa. Tardaron en responderme y me llegaron comunicaciones intermedias de que activase el sistema de posicionamiento y otros sistemas de mi terminal. La radio del vehículo empezó a sonar y por una retransmisión ilegal, explicaron el avance del frente de batalla y qué vías de evacuación estaban colapsadas. Creo que acabarían antes diciendo que todas las vías de evacuación lo estaban.

          Al rato, ya cansada de esperar y mientras intentaba sintonizar otros canales, me llegó unas coordenadas. Eran unas minas que estaban cerca de aquí, pero en terreno montañoso. Me dieron indicaciones como donde dejar el utilitario y medidas de seguridad básicas que debía tener en cuenta como el cambiarme el calzado a uno resistente (tenía en el deslizador unas botas viejas). Me pidieron que no ascendiera más de 5 metros, cosa obvia, puesto que los vehículos son bastante inestables y ascender tanto es sinónimo de accidente. El viaje hacia allí se hizo bastante pesado debido al nerviosismo del momento. Había visto un vehículo militar en el cielo y eso no significa nada bueno. Las pistas mineras eran abruptas y el motor del deslizador rugía con tantos cambios del terreno. Tuve que desactivar el modo semiautomático y ascendí rozando el límite de seguridad de altura. No soy buena conductora, pero no tenía muchas más opciones.

          Era casi de noche cuando aparqué el deslizador en el punto indicado y continué el camino. Apenas podía ver y la vegetación cubría los pozos y desniveles, por lo que con el corazón bombeando con fuerza en mi pecho, tuve que estar preparada para evitar cualquier peligro. El frío estaba hiriendo mi garganta, los pies me dolían con los constantes tropiezos contra piedras, tenía muchísima hambre y sed y estaba realmente aterrorizada. Paré en seco cuando oí ruidos. Me quedé quieta, esperando.
Eran voces humanas y estaban avanzando con la luz de unas linternas. Después de tranquilizarme un poco y pensar frialmente las posibilidades que tenía, les seguí, intentando ir por donde iban. Por lo que veía en mi comunicador, se estaban acercando hacia donde me habían pedido ir, así que seguramente eran del Instituto de Xenoarqueólogos pero no me atreví todavía a revelarme ante ellos. Quería tener más garantías de que estaba segura. Llegamos a las coordenadas que nos habían dado y los chicos se pararon. Estaban relajados y celebraron el haber llegado allí tomándose unos snacks. Si no oyeron el ruido del estómago, tenía la certeza de que no iban a descubrirme si seguía donde estaba. Esperé y esperé hasta que les oí explicar porqué debían estar allí: con el inicio de la guerra, el gobierno OMARA-6 había destinado a todo su personal de seguridad al frente de batalla y a la protección de civiles, dejando sin vigilanza sitios de alta seguridad como aquél. Al parecer el Instituto de Xenoarqueólogos destinó a todos los espías, es decir, a nosotros, a puntos de relevancia una vez vieron que la evacuación iba a ser imposible.

          Salí de la oscuridad cuando consideré que había oído suficiente y que evidentemente, aquellos chicos eran de mi institución. Se sorprendieron y asustaron, pero bajaron la guardia debido a mi aspecto. Soy una chica menuda con aspecto nada amenazante. Me presenté y les expliqué cómo había llegado allí. No sabía mucho más de lo que había oído de ellos y avanzamos juntos a la explotación minera. Era una explotación subterránea de oro, se había excavado cuando llegaron a OMARA-6 los primeros humanos y necesitaban recursos mineros de manera urgente. Lo hicieron de manera subterránea para evitar que fuese detectada desde el aire, cosa que no considero nada inteligente puesto que dentro no creo que haya una precisamente una temperatura agradable.

          Nos enviaron nueva información sobre cómo acceder y llegar a la galería principal. Nos pidieron cubrirnos la cabeza como fuese, para evitar que nos golpeásemos contra los desnivelados techos y para evitar que fuésemos golpeados con algún desprendimiento. Uno de los chicos tenía un casco de moto y me dejó su abrigo para que me lo pusiera en la cabeza como un turbante. Dentro de las galerías hacía mucho calor y junto con la humedad y la oscuridad, empezamos a sentirnos enfermos y agobiados. Les sugería parar para limpiarnos el sudor y picotear algo. Les pregunté sobre sus ocupaciones y su familia, para relajar el ambiente. Creo que lo conseguí, ya que nuestros siguientes pasos fueron más ligeros y se hizo un camino más ameno.

          El más alto, Mario, se golpeó varias veces en la cabeza con el techo, pero afortunadamente no le pasó nada, salvo llevarse un susto. Por mi parte, a veces resbalaba por la arenilla en el suelo y las desgastadas suelas de mis botas. En cambio, el otro chico llamado Jairo, se movía como pez en el agua por la explotación. Por lo que nos explicó, le gustaba realizar espeología y escalada, por lo que no solo estaba mejor acostumbrado a esa clase de terreno y condiciones, sino que además tenía mejor forma física que los demás.

          Las comunicaciones con el Instituto de Xenoarqueología habían parado cuando entramos en la explotación, por lo que teníamos la sensación de abandono y que incluso estábamos solos en el mundo. Sin luz, no teníamos la sensación de que pasaba el tiempo, por lo que debíamos consultar nuestros terminales para saber cuánto tiempo llevábamos allí: cuatro horas de avance. Encontramos un ascensor y bajamos por lo mejor 300 metros en vertical. Que funcionase ese ascensor me sugería que esa explotación estaba en activo o que habían estado allí hace poco, eso me sugería que las autoridades de OMARA-6 sabían de la existencia de la xeno-civilización. Eso no me tranquilizó en absoluto y me guardé esta observación para no cundir el pánico. Jairo toqueteó una caja de fusibles y consiguió encender las luces del techo. Esa galegía parecía perfectamente excavada y su perfil era uniforme, con la bóveda en forma de arco y apuntalada con acero y no en madera: esta parte de la explotación era mucho más elaborada y avanzada que donde estuvimos. Las indicaciones de la caja de fusibles no estaba en un idioma entendible. Las luces parecían led pero no lo eran. Eso no era tecnología humana, aunque no era tecnología punta ni mucho menos, por lo que me sentí un poco decepcionada con la antigua e hipotética xenocivilización que habría ocupado ese planeta.

          Mario sugirió dormir y que hiciésemos un refugio donde había una salida de aire. Era un conducto de ventilación bastante rudimentario, eso dijo Jairo. Del cansancio al principio no fuimos capaces de dormir, como si nuestro cuerpo estuviese en alerta, pero caímos dormidos. Terminamos nuestras reservas de comida y continuamos nuestra incursión. Llegamos a un campamento casi en ruinas donde vimos una excavadora muy extraña. No era humana, por las letras que aparecían y por el hueco en cabina destinado al conductor: la especie alienígena era mucho más pequeña que nosotros, del tamaño de un niño. Sus manos eran de nuestro mismo tamaño: el volante era parecido al de mi utilitario. Las excavadoras no tenían marchas y los controles eran interruptores, pareciendo el salpicadero una mesa de mezclas.

          El techo empezaba a desprenderse. Nos iba cayendo arenilla sobre nuestras cabezas. Seguramente estaban bombardeando la superficie de OMARA-6 y eso significaba que lo más seguro es que muriésemos allí, enterrados. Mario se sacaba sus manos sudadas contra su pantalón y por su reacción, parecía querer esconderlo. Seguramente su aumento de sudoración era debido al miedo y no a la temperatura, que era más baja al paso del tiempo, al haberse activado el sistema de ventilación artificial. Las galerías estaban desiertas y no vimos ninguna cosa más de la civilización que las había construído. Escuché entonces un grito. Era Mario y nos llamaba con urgencia. Casi me pierdo por los túneles, pero encontré a Jairo y dejé que él me guiara.

          Mario había encontrado una puerta, pequeña para nuestros estándares, y hecha de metal, ¿aluminio quizás? Para pasar la tuvimos que arrancar de la roca en la que estaba encajada y al otro lado había restos óseos acumulados. Al parecer los alienígenas se quedaron atrapados en su propio refugio e hicieron lo que pudieron para huir, pero siendo físicamente débiles -nosotros fuimos capaces de arrancar la puerta- no pudieron hacer nada. La antropología era una materia que dominaba más, por lo que deduje por lo que veía que la desesperación de esa gente hizo que, cuando se estaban muriendo de hambre, sed y calor, fuesen a la puerta junto a los demás congéneres fallecidos. No vi signos de violencia, por lo que no habrían recurrido al canibalismo. Mario empezó a tomar fotos y muestras de aquéllo. Él me sugirió que grabase mi voz explicando todo esto, para que no se nos olvidase al salir. Aunque yo estaba más convencida de que no saldríamos de aquí. Empezaba a haber temblores y se escuchaba en la lejanía como se estaba empezando a derrumbar todo. Hacer nuestro trabajo y estudiar aquella especie fue quizás lo que hizo que siguiésemos cuerdos y haciendo que actuásemos con naturalidad. Pediera de vista a Jario hace tiempo. La luz empezó a chisporrotear.

          Jairo nos mostró unos planos que había encontrado. Una red de túneles por todo el planeta y aquella era uno de los muchos accesos. Nos explicó que había encontrado más puertas metálicas cerradas. Una de ellas nos debería llevar a un hangar. Mario salió disparado como una bala y tras varios temblores más fuertes y constantes, yo también me sentí contagiada de la urgencia de ir a ese hangar. Jairo nos iba dando indicaciones e íbamos abriéndole el camino. Pude ver con el rabillo del ojo más cuerpos de los alienígenas a medida que avanzábamos y también vi paneles con dibujos. No quise que los demás se dieran cuenta de estos grabados en la pared: en ellos se vía una guerra entre razas, los hombrecillos alienígenas que habíamos descubierto ese día y una extraña raza que parecían pterodáctilos. Parecían realmente amenazadores y tenían dientes afilados. Espero realmente que hayan desaparecido de igual forma que los habitantes de las galerías en las que estábamos.

          El hangar tenía numerosas aeronaves. Jairo comentó algo de la forma de los vehículos. Seguramente con que no eran platillos volantes. No estaba de humor para atender comentarios jocosos así que estudié el hangar viendo qué podríamos hacer. Mario volvió a tomar la iniciativa y se subió a lo que parecía un cohete. La entrada por la que entramos a esa enorme bóveda llena de tecnología de una civilización muerta se vino abajo, quedando encerrados allí. Jairo apuntó al mapa con los accesos para tranquilizarme. Pero no podía estar tranquila sabiendo que no podríamos volver sobre nuestros pasos.

          Subimos al cohete bastante inseguros. Parecía sólido y el panel de control se iluminó con nuestra presencia. El cohete nos habló con una voz extraña, como chasquidos. Era alguna clase de voz grabada que no podríamos entender. Los motores empezaron a funcionar y nos agarramos como pudimos a los pequeños asientos. Con respecto a mi tamaño no parecían tan pequeños, pero Jairo se veía realmente molesto. El cohete fue ascendiendo y la roca del techo estalló pero no dañó la estructura del mismo. Si la raza de hombrecillos fuese capaz de abrir o reventar las puertas de acero que ellos mismos instalaron como medida de seguridad, habrían podido huir de aquel refugio que fue finalmente su tumba. Pudimos ver por un monitor que estábamos ya en el cielo de OMARA-6, un planeta surcado por numerosas naves. No nos atacaron pero rodearon nuestro cohete. El cohete seguía su avance sin que nosotros no pudiésemos hacer nada.

          Fue entonces cuando empezaron a dispararnos.

sábado, 27 de julio de 2019

Lo que yace bajo las ruinas (parte 3 de 5)

         La última información que se tuvo de él fue un recibo de una notaría del centro de Madrid, en el cual se daban instrucciones para informar a su primo que debía encargarse de vender todos los terrenos y casas propiedad del doctor Cerezo en zonas gallegas, para luego depositar los ingresos en una cuenta del Banco de España para ser transferidos a la sede almeriense del Banco Andaluz. Mi detective no fue capaz de encontrar más información del buen doctor durante algún tiempo, ya que cuando este viajó a Almería y preguntó al banco sobre dicha transferencia, el encargado de atención al público le informó de que el dueño de la cuenta había dado instrucciones explícitas mediante el uso de una larga y meticulosa carta de no revelar información alguna acerca de su persona o la cuenta, así como la disolución de esta una vez se retirasen todos los fondos.
         El informe en aquel punto explicaba como a partir de ahí solo fue capaz de encontrar cabos suelos que no llevaban a nada más. No había registro en el censo de ningún Francisco Cerezo, ni registro médico o registro en el control ferroviario referente a las fechas posteriores a la emisión de la carta enviada a su primo. La investigación había llevado a un callejón sin salida, y mi detective aclaró que estuvo a punto de dejar del caso cuando por dicha del destino alcanzó a escuchar una conversación en uno de los cafés donde iba a desayunar cerca de la Puerta de Puchena, en la que dos granjeros del pueblo de Beires mencionaron a un extraño individuo de melena negra con mechones blancos que era motivo de discusión por haber conseguido una cosecha muy provechosa en mucho menos tiempo que el resto de cultivos, todo ello sin dedicarle extensas horas a la agricultura ni utilizar herramientas punteras en las actividades agrarias. El investigador se levantó de la silla en ese mismo momento y pagó generosamente a los jornaleros a cambio de que le llevasen al pueblo una vez hubiesen acabado con los negocios que los habían llevado a la capital. Una extraña sensación de peligro me recorrió la espalda cuando llegué a aquella parte del archivo, pero seguía ciega por la avaricia de poseer aquella información y continué leyendo con la única luz que me proporcionaban mi lámpara de aceite, que poco a poco fue disminuyendo hasta que me solo había una pequeña flama que se negaba a morir.
         El detective llegó aproximadamente a la una de la madrugada al pueblo y pasó la noche en una de las casas que servían como hostal temporal durante las ferias, la cual era gestionada por los Román, antigua familia de agricultura dedicados en épocas mejores a la aceituna y la patata, pero que tuvieron que alcanzar un sueldo extra en otras actividades cuando las cosechas del pueblo sufrieron graves pérdidas debido a las represalias del ejército al no haber aceptado los turbulentos cambios políticos que se habían sucedido tiempo atrás. Utilizó la habitación que se le había asignado como una improvisada zona de operaciones, donde empezó a recopilar los testimonios obtenidos de vecinos y conocidos del sujeto objeto de su búsqueda. Las respuestas que obtuvo no solían variar, con un núcleo visible que definían el descontento general de la población contra ese sujeto. “El hombre de la colina”, mote dado por los locales, había llegado a principios de febrero de 1928 tras lo cual tomó residencia temporal en el viejo hostal del cual fue expulsado por su dueña, supersticiosa y de raciocinio clavado en la tradición, la cual afirmaba que aquel individuo era capaz de ver pese a las quemaduras en sus ojos.
         Nunca se le atestiguó fuera del hostal salvo en las ocasiones que tomaba el camino que llevaba a los cotos de caza con el fin de negociar con el señor Rodríguez la compra de su caserío, así como las tierras de cultivo circundantes a cambio de una suma muy elevada para el precio de la tierra de la zona. Según comentaba el señor Rodriguez en una de las entrevistas, los trámites con el hombre fueron difíciles, ya que cada vez que este se comunicaba no decía palabra alguna, sino que lo escribía en una pizarra que llevaba colgada del hombro, lo cual no dificultó la brevedad de los trámites por los que adquirió la propiedad antes de ser expulsado del hostal y evadiendo así tener que soportar una sola noche a la intemperie. 
         Desde aquel día se mantuvo encerrado en el caserío sin intención de salir salvo para negocios, descritos por los jornaleros de otras tierras como injustos y diabólicos, ya que los productos crecían a una velocidad anormal y eran vendidos a los mayoristas por precios irrisorios con los que no podían competir el resto de habitante. Algunos pueblerinos admitían el habérsele pasado por la cabeza la posibilidad de expulsar al hombre del pueblo o espantarlo, pero la extraño aura del caserío durante la noche, mezclada con los olores putrefactos a mercurio que rodeaban las tierras, les hicieron retractarse despavoridos de sus acciones. Decían que aquellos rasgos no pertenecían a lugares poblados por cristianos de alma libre, sino a perros paganos que vendían su alma al diablo por placeres hedonistas. Todas las pruebas confirmaban las descripciones dadas por los anteriores entrevistados, pero quería estar seguro de que era el hombre correcto antes de entregarme cualquier papel.
         El detective subió el camino indicado por los locales, que le respondían con expresiones de odio y miedo cuando oían el destino de su paseo, hasta que, pegado por un lateral a varios cultivos cercanos a su recolección, encontró un caserío oscuro y fúnebre, con fachadas rebosantes de hiedra y un aire sobrecargado por las esencia del mercurio que envolvía al ambiente. Describía una escena insoportable y espeluznante que evocaba a los miedos góticos y los pensamientos catastróficos que nublan la mente de los hombres cuando su instinto más básico presiente una amenaza inminente. Previo a tocar la puerta de aquel horrendo lugar, decidió inspeccionar los alrededores de la zona en busca de cualquier prueba que justificase sus sentimientos incómodos. El patio exterior estaba cubierto por altos hierbajos de elevado tamaño fruto del descuido, pero pero que extrañamente no mostraban señales de la presencia de roedores o alimañas, cosa común en zonas poco cuidadas. A la derecha de la casa se encontraba una especie de cobertizo que al abrirlo resultó estar lleno de herramientas agrícolas antiguas las cuales encajaban con las herramientas anacrónicas que los aldeanos describían como propiedad del hombre de melena bicolor. También encontró en las zonas cercanas a la casa un pequeño corral falto de reparaciones en el que se encontraban solamente unas pocas gallinas algo famélicas, unas perreras completamente vacías y otras instalaciones que debieron poseer mayor gloria durante la administración del señor Rodríguez. Cuando ya se dio por satisfecho en sus averiguaciones exteriores, el detective describió en las pocas hojas que faltaban para acabar el archivo que se fijó un extraño contenedor pegado al único pozo que había cerca de las instalaciones. Según explicaba era un contenedor metálico, de cuatro varas de largo por tres de ancho, sin tapa, pero cubierto por una lona de material barato. Explicó que estaba lleno de un material oculto que manchaba la lona, dejando sobre esta una mancha de colores rojizos y amarillentos que le instaba a averiguar qué misterio ocultaba esa simple tela, aunque tenía la sensación de que ya sabía la respuesta.
         Se acercó al contenedor y, al apoyar la mano sobre la tela, notó un extraño material blando, pero al intentar levantar el manto una mano agarró su brazo y le tiró al suelo con fuerza. Cuando levantó la vista para ver quien había sido capaz de derribar a un hombre con sus capacidades físicas, se encontró con un hombre delgado y menudo, cercano a los cuarenta años pero con el rostro cubierto de arrugas, que portaba una melena salvaje y negra en la que se apreciaban mechones de color blanco, una salvaje y frondosa barba plateada, y unas cuencas vacías, marcadas con las quemaduras características a la sobreexposición al mercurio, pero que no dificultaban al dantesco hombre a moverse con total libertad. Era él, el superviviente de Algarrobado Mayor, el viudo con mi misma aflicción mental, aquel que había sido mi ruina y mi obsesión durante más dos años. Estaba junto a mí pese a que su presencia se debía a mi imaginación y un informe mojado por la lluvia. El júbilo y la promesa de un futuro más sencillo me embriagaron tras las últimas frases, pero conseguí liberarme de aquellos pensamientos juveniles y volví a la lectura. El detective pidió disculpas al extraño hombre ciego y explicó cual era la naturaleza de su misión mientras el loco de la colina ignoraba las preguntas que le hacían, y sólo salió de aquel trance de aburrimiento cuando mencionó por casualidad mi nombre. El individuo de melena bicolor giró abruptamente la cabeza y se acercó al detective, quien le contó todo lo que sabía de mí por la poca información que le había dado: mis estudios de las artes arcanas, los frutos de mi trabajo en el arte de la literatura y la odisea vivida con el único fin de encontrarle y poder acabar mi Opus Magna. Cuando el investigador estaba a punto de preguntarle por una cita para realizar una entrevista que confirmara su identidad, el hombre barbudo le cortó con la mano, tras lo cual el detective describíó con letra temblorosa unos sucesos que helaron mi alma inmortal y me llevaron a correr hasta la cocina para beber de un trago una generosa copa de coñac.
         Cuando la bebida me había dado las fuerzas que necesitaba, volví a mi estudio para releer aquellas últimas palabras y comprobar que no eran el resultado de mi mente podrida tras tantos años de enfermedad. No me había equivocado. En el informe se explicaba cómo aquel hombre ciego pero que podía ver pronunció unas palabras con voz profunda y gutural, que mi informante fue incapaz de relacionar con sonidos humanos, cuyo significado se quedó en mi mente desde ese momento hasta día de hoy: “Yo soy el doctor Joaquín Cerezo Ríos, y llevo esperando noticias de su informante desde hace años. Dígale que venga, dígale que está invitada a mi casa, y que contestaré cualquier duda que tenga sobre mí”.
         Me quedé petrificada. ¿Cómo podía saber aquel hombre quien era yo o por qué le estaba buscando? ¿Por qué se había negado a hablar con nadie durante tanto tiempo si no tenía ninguna dificultad? ¿Era posible que todo esto fuera el producto de una elaborada estafa a manos de mi empleado con el fin de quedarse con el sueldo que le había prometido una vez acabase el trabajo? La paranoia se apoderó de mí; no sé cuánto tiempo pasé sumergida en mis propias dudas y cuestiones, pero para mí se sintieron como una eternidad de tortura. Mi caja de Pandora personal se había abierto, había desvelado todas las inseguridades y pesares que había acumulado tras una larga búsqueda de dos años. Pensé que ese era el fin de mi cordura y jamás sería capaz de recuperarme, hasta que las voces, unidas en un cántico unísono en lugar del orden caótico con el que solía escucharlas, volvieron a aparecer en mi mente y me ordenaron de forma imperiosa que cesase el espectáculo de mi deplorable comportamiento y volviese a mi labor. Me recompuse y limpié el sudor de mi frente con extraña sorpresa, la maldición que me había acompañado durante toda mi vida había sido capaz de salvarme de mí misma, me había ayudado por primera vez, y, aunque me hubiera gustado desenmascarar ese misterio, tuve que enterrarlo para centrarme en terminar la lectura del documento que incluía una dirección, supuestamente, perteneciente a la casa del doctor Cerezo.
         En la mañana del 15 de diciembre de 1928 llegué a la estación de trenes de Almería. Al poco de llegar, apareció un coche de caballos que ofreció sus servicios para llevarme hasta el destino que desease y, debido a que los modelos de automóviles en alquiler estaban en condiciones nefastas, acepté. Me subí a la cabina y el hombre me preguntó el destino. Le indiqué que deseaba ir a Beires, tras lo cual tomó el camino principal a Benhadux que estaba interconectado con otros caminos comerciales por los que transitaban carros y camiones llenos hasta los topes de verduras, ganado y mármol. Llegamos alrededor de las diez de la noche a la entrada de los terrenos del doctor Cerezo, pues el conductor al verme extranjera no deseaba que me perdiese, ya fuese llevado por el paternalismo de los hombres de clase baja con intenciones carnales repulsivas o que verdaderamente era uno de los pocos buenos samaritanos que quedaban en este mundo. Me despedí del conductor y crucé la puerta que conducía a un camino de piedras musgosas rodeado por pinos ancianos y retorcidos. Seguí un buen rato por aquel camino que parecía sacado de los cuentos anglicanos de pesadilla y terror, donde los únicos sonidos que escuchaba eran los de mis pisadas sobre la dura piedra. El aroma que impregnaba mi nariz era el de las tierras secas del sur mezclado con un leve toque a mercurio. Finalmente llegué al famoso caserío del señor Rodríguez que se mostraba ante mí como una estructura olvidada de su antigua gloria. La descripción que había dado el detective era exacta a la imagen que tenía frente a mis ojos. Me acerqué a la puerta; no sabía si tocar o esperar al día siguiente, pero como si el destino respondiese a mis pensamientos, un hombre delgado, barbudo, con la melena negra y blanca y unas cuencas vacías con las quemaduras típicas del mercurio, abrió la puerta chirriante con una mano mientras con la otra sostenía una vela casi derretida que funcionaba como linterna.
         El hombre, al que reconocí sin vacilaciones como el doctor Cerezo, me indicó con un gesto de cabeza que pasase. Todavía recuerdo con todo lujo de detalles la decoración del lugar, cuyas paredes estaban cubiertas por trofeos de caza y cuya esencia era la mezcla de los muebles de madera vieja y roída junto a ese repulsivo olor a mercurio que se había acentuado al entrar en la casa. La náusea me embargó y estuve a punto de devolver el poco almuerzo que había tomado durante el camino, pero fui capaz de mantener la compostura y seguir a duras penas al doctor Cerezo por un largo pasillo que desembocaba en una gran puerta de bronce esculpida. El hombre sacó una llave plateada de su bolsillo y la introdujo en la puerta que reveló un extraño túnel, probablemente de construcción reciente, que llevaba a un húmedo sótano al bajar unas escaleras talladas en la misma piedra. El lugar, más que un sótano, se asemejaba a una caverna artificial por su forma ovalada y sin ventanas, cuya única fuente de luz era la vela del arqueólogo y la cual temía que se apagase debido a la humedad del ambiente. Los únicos muebles que había en esa espeluznante celda eran dos sillas por cuya apariencia no parecían muy cómodas, colocadas encima de una alfombra rojiblanca con simbología celta, así como una tabla pegada a la pared de la cual colgaba un cuchillo ornamentado y de excelente fabricación. Me acerqué a inspeccionar el cuchillo, pero me interrumpió por la tos forzada de mi anfitrión, quien me señaló con su dedo una de las sillas para que me sentase en ella. Sin embargo, mi corto examen me permitió discernir el color y el patrón de la hoja, que recordaba al humo, y también las manchas que parecían sangre seca en el filo. Había sido utilizado recientemente.
         Me senté tal y como me habían pedido, saqué mi vieja pluma y cuaderno de notas mientras observaba como el objeto de mi obsesión se colocaba frente a mí. Su figura y pose, rodeadas por un ambiente tan surreal, le daba un aura similar al imaginario de los mejores escritores fantásticos y góticos, similar en mi mente a la imagen del dios de la muerte creado por mi barón irlandés favorito.  Tras un breve silencio, el hombre abrió la boca. Se presentó como Francisco Cerezo Ríos, licenciado por la universidad de Santiago de Compostela en arqueología y ex miembro del grupo especial enviado por el gobierno a Algarrobado Mayor. Su voz era profunda y gorjeaba, tal y como lo describía el detective, pero cara a cara producía tal horror que, involuntariamente, me aferré con fuerza al reposabrazos. Por instinto, ese vestigio de la bestia primigenia que todavía llevamos dentro, me preparé para enfrentarme a cualquier posible amenaza.
          Me tranquilicé gracias a los extraños mensajes que recitaban las voces en mi cabeza e intenté reducir la velocidad de mi respiración hasta calmarme. Le pedí que me relatase todo lo que recordase de la destrucción del pueblo pagano en aquella lúgubre noche del 15 de octubre de 1923. El profesor Cerezo se reclinó en su silla como si aquel tema fuese algo banal y sacó del bolsillo una pipa de marfil que cargó antes de encenderla. El aroma que salía de esta no era tabaco, sino una extraña medicina verde tomada en el esotérico oriente conocida por sus propiedades relajantes, y que había saltado a la fama en Europa tras rumorearse que la consumían en grandes cantidades los fieles de Rashid Al-Din Sinan, miembros de una secta islámica radical que durante las cruzadas había sido el terror de cristianos y musulmanes con el asesinato tanto de nobles como inocentes a sangre fría. Tomó una larga calada infinita, y dejó salir lentamente el humo blanquecino por entre sus labios hasta que, tras un leve suspiro, comenzó a hablar.


Lo que yace bajo las ruinas es un relato escrito por Fausto Losilla Rodríguez, Rosa Narváez Muñón y Ewi.

sábado, 13 de julio de 2019

Zurzur

La mina llevaba abierta más años de los que ella tenía. Se extendía por una red de túneles de kilómetros y kilómetros hasta llegar a grandes cámaras donde se seguía extrayendo oro. Era de los pocos planetas rentables de aquel sistema solar y los colonos dependían de esta explotación.
Había revisado las instalaciones durante el último año, cuando fue trasladada allí en una sustitución que dejaría de ser temporal a la muerte del anterior facultativo. Era el tercer fallecido en ese periodo por picadura del zagir, un escarabajo con aguijón originario de ese lugar y que se reproducía a ritmos agigantados por la desaparición de su depredador natural, los plogs, unos reptiles muy sensibles a la contaminación atmosférica.

Temía a esos insectos, pero confiaba en la experiencia del equipo médico con el que trabajaba. Estos combinaron los ritos y tradiciones locales con la ciencia, desarrollando medicamentos efectivos para combatir las enfermedades propias de ese planeta a pesar de las constantes mutaciones de las mismas, en vez de emplear avances salidos de la Federación de Planetas, que en algunas colonias solamente consiguieran hacer resistentes a las bacterias.

No era muy optimista al respecto, pero si seguía las recomendaciones que se le dieron a rajatabla, seguiría viva durante bastantes años en ese aburrido planeta.

Se levantó alarmada por las luces de emergencia. Había sucedido un accidente en la mina y debía registrarlo antes de que reanudasen las actividades de laboreo. Cruzaba los dedos para que no fuese un accidente mortal: los trámites así eran más complicados y elaborados, teniendo que notificar a Inspección de Trabajo Interplanetaria, a la cual seguramente le daría más bien igual mientras las mutuas no reclamasen nada. Estúpida burocracia.

Llegó enseguida, subida a uno de los volquetes tipo lagarto. Empleando señas le indicaron lo sucedido. Había reventado una parte de las paredes de la explotación por la enorme presión que estaban soportando debido a la excavación. Accidente mortal.

Antes de que terminara de escribir, el colono más joven —o que intuía como más joven— le arrastró hasta la zona reventada, aún con polvo en suspensión que le obligó a cubrirse la nariz. Al otro lado de la nube de polvo y tras caminar por un suelo de roca estallada pudo ver lo que al colono le aterraba: un panal de colmena. Las historias locales incluían siempre al zurzur como la más terrible de las bestias del planeta. Tuvieran que exterminarlos a todos para poder sobrevivir y esto dio lugar a una era de prosperidad sin precedentes. Volver a ver un panal era como revivir una pesadilla. Era hexagonal como de las abejas de otros sistemas, pero por el tamaño dedujo que serían casi tan grandes como ella y que serían mucho más inteligentes que aquellos colonos —porque el listón en aquel planeta no estaba muy alto—.

No entendió el motivo por el que ese paticorto y azulado ser le había enseñado aquello. No era responsabilidad suya o del Departamento de Higiene y Salud. El colono no dejaba que se marchase de allí. Entendió finalmente que quería que escribiese aquello en sus notas. Lo cierto es que las notas son solo eso, notas, y que no tenía intención de notificar a nadie por el descubrimiento. Era solo panales de una especie ya extinta.

El caos invadió la región. Al día siguiente nadie quiso ir a trabajar, paralizando la actividad no solo de la mina sino de las plantas de beneficio y del transporte de oro. La empresa extractora enviaría a sus “gorilas” si no se arreglaba el entuerto. Realmente a ella no le afectaba aquello, ya que no trabaja para esta, pero no era bueno para su reputación.

Decidió ir por su cuenta a revisar el panal. Una mezcla entre responsabilidad de empleada pública y curiosidad enfermiza. Acabó metida entre las celdillas hexagonales caminado por la estructura orgánica húmeda que le dejaba un sabor dulce en sus manos.

Afortunadamente había aprendido trucos para no perderse por conductos o túneles. Se los había enseñado su mentora en su periodo de formación. Usó marcas luminosas (spray sensible a la luz) y banderines. En el banderín se indicaba también a la hora a la que fue puesto. Era imposible no volver a encontrar el camino de vuelta. O eso creía.

Cuando se introdujo más en la estructura mallada encontró partes pútridas. Eran poco sólidas y cayó de nivel en nivel y desde allí ya no podía ver ningún banderín o marca para regresar. Esto le produjo mucha ansiedad y terror. La linterna no se le había soltado de la mano, pero chisporroteaba afectada por la caída. Sacó otra linterna, porque es una mujer preparada. Escuchaba crujidos, quizás de cómo seguía desmoronándose toda la estructura. Continuó la exploración: no tenía forma de regresar todavía.

El panal era de una combinación de grises y negros, distribuidas como si fuese un macizo con vetas de cuarzo. Estaba rodeada de muerte. Algo que lo sobrecogió. Escuchó un crujido más adelante de donde estaba y paró su avance. No quería volver a caer. Los crujidos se acercaban a ella y retrocedió con prisa, aterrorizada. Apuntó con su linterna la procedencia del ruido, sin prestar atención al hecho de que había llegado a arrancar un banderín de un manotazo.

El crujido provenía de una enorme y peluda abeja. Sus ojos rojizos brillaban con la luz y la reflejaban, haciendo que las paredes fuesen recuperando su color amarillento. Apagó la linterna creyendo que la luz atraía a ese ser. Efectivamente era así. El crujido seguía, pero el zurzur permanecía en su sitio. La especie que creía extinta no lo estaba y tenía a uno de los supervivientes a escasos metros. Una especie letal, más letal incluso que los zagires.

Las manos sudorosas se impregnaban de la miel de aquellos panales muertos. Su sabor era amargo y su consistencia era más pegajosa.

Retrocedió hasta donde se acababan las banderillas y las marcas de spray. No podía ascender por el boquete creado porque se resbalaba y el ascenso era cosa imposible. Tocaba explorar otra ruta desde allí.

Los panales eran amarillentos por el nuevo camino. Eso podría significar estar más cerca de la explotación. Confiándose demasiado, actuó con brusquedad, con pasos más rápidos y fuertes y el suelo se rompió de nuevo haciéndola caer. La caída era mayor que la anterior y ya dio todo por perdido. No creía volver a salir a superficie. El espacio al que llegó era amplio, no un estrecho túnel.

Golpeó la linterna para encenderla. Las dos linternas consigo estaban estropeadas. La luz fue un destello breve, pero suficiente para ver que estaba rodeada de zurzúes. Chilló de manera involuntaria.Un chillido agudo de histeria. Los crujidos y chasquidos hacían eco en sus oídos. Notó patas peludas saltando por encima suya. Una le pasó cerca de la nariz y casi le hizo estornudar. Se arrastró por el suelo lentamente, hundiéndose en miel, como si aquello fuesen arenas movedizas.

Se agarró a la pared como si le fuese la vida en ello y en cierto modo así era. La mochila a su espalda se le clavaba a la carne, pero no iba a soltarse por nada del mundo. Empezó a notar humedad entre su entrepierna, ¿qué demonios pasa ahora? Asustada hizo cálculos mentales. El calendario de ese planeta no seguía las convenciones terrícolas ni los estándares de la federación. Su rotación era cada 27 horas y no cada 24. Costándole realizar cálculos con los nervios dedujo la única posibilidad: le bajaba el periodo y lo que tenía entre sus piernas era la sangre de su útero. Sangre coagulada, pero igualmente sangre. En el momento más inoportuno posible. Pensar en ello al menos la distrajo durante unos segundos, antes de volver a entrar en estado de pánico.

Ya no era que aquellos insectos la matarían con suma facilidad, también podía hacerlo los cacahuetes a los que ella era alérgica, sino que en general todos los insectos les daban miedo y asco a partes iguales. Era un miedo absurdo con el que había nacido y sabía que jamás iba a librarse de él. Y menos ahora.

Un zurzur caminó por encima de la linterna que se le había caído y la golpeó encendiéndola. Ella solo pudo soltar un ligero alarido de sufrimiento. La luz de la linterna hizo brillar los ojos de esas abejas e hizo que toda la estancia tuviese un color rojizo. Las paredes cambiaban de color a uno mucho más vivo y se fueron extendiendo hasta donde le alcanzaba la vista. “Genio, la que has liado” soltó resignada.

Con la luz roja los zurzúes también empezaron a lucir colores más vivos. Sus alas empezaron a aletear. Las paredes empezaron a brillar iluminando toda la estancia y la luz roja fue sustituida por una de color amarillento. Como si alguien —ella—, hubiese encendido el interruptor de la luz. Con toda la sala iluminada pudo ver como su pantalón estaba manchado de su sangre, confirmado sus cálculos.

Los zurzúes levantaban la cabeza, parecía que estaban oliendo, ¿acaso esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado? Esos seres tenían un sentido del olfato desarrollado. Zumbaron con fuerza, enfurecidos. Se giraron hacia ella, casi embebida en la pared por escurrirse debido a la miel. Si tan solo no fuese mujer aquello no hubiese sucedido, quizás si fuese hombre estaría en ese momento mirando todavía el panal de la colmena, pensando todavía qué hacer y sin tener las agallas para haber entrado.

Lo siguiente de lo que ella es consciente es que está corriendo por un túnel a gatas con un aguijón apuntándole a escasos centímetros de su piel. Evita que se lo clave de una patada, que lo hace retroceder, y continuó con su huida a ninguna parte.

Veía sombras de los abejorros a través de las paredes, ahora ligeramente translúcidas. No eran demasiados, pero se movían con rapidez, como el que le perseguía a ella. Al final del túnel vio algo que le dio esperanza: uno de sus banderines. Lo agarró como pudo y continuó pataleando. Por un momento voltea la cabeza y ve que la persigue más de un zurzur. Quizás no estuviera pataleando al mismo una y otra vez.

Vio otro banderín. Se las ingenió para comparar horas y ver por donde tenía que continuar. La hora del segundo banderín era anterior: ¡estaba yendo por el lugar correcto! La pintura fotosensible brillaba ligeramente y pudo encontrar la entrada a la mina.

Salió dando una enorme bocanada de aire. Como si estar tanto tiempo en la colmena hubiera vaciado sus pulmones y hubiera reemplazado el oxígeno por miel. Por el panal asomaba el aguijón afilado de su atacante. Le impresionó más ahora, quizás porque presa del pánico no había reparado en él en la persecución.

Se dio cuenta que estaba perdida. Esos bichos saldrían de la mina a por ella, la matarían y comerían y después irían contra los colonos. Tenía que buscar una forma de evitarlo, puesto que no tenía intención de morir todavía, y mucho menos manchada de su propia menstruación. Observó las inmediaciones. ¿Qué podía hacer?

El primer zurzur salió y fue directo a por ella. Esta lo golpeó con su mochila y cuando retrocedió, le lanzó la linterna y, en la desesperación, usó el spray contra él. Se sacudió las alas molesto y cayó al suelo. Mientras terminaba de eliminar la pintura de sus alas, ella se subió a un volquete tipo lagarto. Esos volquetes mineros eran bajos, de poca capacidad, pero más veloces. Accionó el motor y aceleró atropellando a la enorme abeja. La sensación del aplastamiento desde el vehículo, así como el chasquido y el olor pútrido, le produjo náuseas.

Le alivió saber que no eran ni inmortales ni tenían capacidades especiales salvo ser abejas gigantes. Pero no podía descansar: venían muchas más del panal. Veía como se empujaban las unas a las otras luchando por ser la primera en salir y la primera en picarle. Aceleró de nuevo el vehículo y lo precipitó contra el panal. Consiguió colapsar la entrada y quizás dañar a alguno de los zurzúes. Estar subida a aquel monstruo metálico de casi veinte toneladas le dio una idea.

Mientras los zurzúes se recuperaban del golpe ella podía llenar la bañera del vehículo con todos los explosivos que encontrara en el polvorín. Tenía que darse prisa.

Si no estuviese en peligro inminente de morir agujereada y envenenada estaría en estos momentos escribiendo un informe: el polvorín guardaba muchos más kilogramos de explosivos que los legalmente permitidos. Los explosivos estaban guardados en cajas y envasados como si fuesen chorizos de cantimpalo.

Lanzó los explosivos por el aire para que cayesen en el volquete. Sabía que era seguro tratarlos así y peor puesto que los colonos eran unos manazas. Paró cuando oyó zumbidos saliendo del panal, pero el camión estaba lo suficientemente cargado. También lanzó dentro del volquete cartuchos ya cebados con el detonador y cordón detonante de gran longitud. Se subió a la cabina e inició la marcha hacia la muerte.

El panal estaba cada vez más cerca y el terror se había disipado. Estaba llena de energía y de furia. Introdujo una de sus manos dentro de su ropa interior manchándosela de sangre de su endometrio y se pintó dos líneas verticales a cada lado de la cara. Esto era su Vietnam.

Se estrelló contra varios zurzúes, uno atravesó la luna con su aguijón y este le rozaba su cara. No le importó más que por el hecho de empeorar su visibilidad. Ahora se reía de sus miedos por ser atacada por un zagir; deseando que tanto su mentora como el anterior facultativo estuvieran presenciando su clímax de venganza y temeridad desde el cielo, de existir.

Se situó delante del panal, ahora brillante, del que asomaban patas peludas y de colores intercalados. Negro. Amarillo. Negro. Amarillo. Aceleró y agarró con fuerza el explosor con una de sus manos, dispuesta a accionar los explosivos una vez impactara y se precipitara por los frágiles niveles de la colmena. Hundiéndose en miel. Una muerte dulce, sin duda.

Cuando la luna del vehículo saltara por los aires del impacto, accionó el explosor.

La explosión se propagó por la colmena rompiéndose la estructura del panal. La estructura dañada no se podía sostener por sí misma e hizo que colapsara gran parte de la colmena. Las paredes de la mina y que sostenían todo aquello también se vinieron abajo y sepultaron los restos del volquete, así como los zurzúes. En la superficie los colonos vieron sus casas caer debido a la subsidencia.

Los días pasaron y nadie quería entrar allí. Tanto por el colapso como porque no sabían que la colmena estaba ahora destruida. La empresa enviara a un grupo de matones para obligar a los colonos a entrar en la mina y también buscaron a la desaparecida facultativa sin éxito. Los colonos valoraron los daños de la explotación y como el panal que tanto les asustaba era inaccesible.

El polvorín había sido asaltado y faltaba el explosivo, dedujeron que alguien estuvo allí al desalojarse la instalación debido a la amenaza de los zurzúes. Encontraron también la mochila de la facultativa. Estaba manchada de miel. Contenía un bote de spray de pintura y banderines. Los colonos se peleaban por tenerla y abrazarla. A pesar de su limitada inteligencia comprendieron que ella estaba detrás de todo.

Revisaron la mina duramente y sin cesar, buscando a su heroína. No pararon ni cuando la actividad en la explotación se reanudó.

Nunca la encontrarían.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.

sábado, 15 de junio de 2019

Expedición

          Cerró la maleta después de repasar mentalmente que estaba todo lo que iba a necesitar para la próxima expedición. O lo imprescindible, al menos. Miró desanimada la montaña de libros que tenía pendientes y que solo hacía crecer y crecer, a medida que el profesor McCloud los mencionaba como lecturas obligatorias para cualquier interesado en la antropología. De hecho, en ese montón de libros estaba el que había escrito su padre durante aquel viaje en el que lo dieron por muerto.
          Quiso levantar la maleta, pero solamente podía arrastrarla por el suelo. Salió de su habitación, la dejó caer por las escaleras y esperó en el recibidor hasta que la fuesen a recoger. El coche fue puntual y en él esperaba su otra compañera, aquella bajita y rechoncha mujer que hablaba siempre tanto. Suspiró hastiada: no iba a poder dormir durante el viaje.
          Rachel se subía una y otra vez sus gafas. Resbalaban por su nariz sudorosa mientras ametrallaba con datos de la expedición a una cada vez más cansada Amy. Esta optó por ignorarla y pensar en el profesor McCloud, con quien se reunirían. Su ancha mandíbula y su poblado bigote le resultaban irresistibles. Estudiaron juntos en el instituto, pero él fue avanzando de cursos con rapidez y cuando entró en la universidad, Edward McCloud ya era su profesor. Y Rachel su ayudante.
          El coche se paró y el chófer les ayudó a bajar las maletas. La avioneta era más pequeña de lo que pensaba. Amy se sintió decepcionada. Quizás sus expectativas eran demasiado altas, siempre se dejaba camelar por su profesor favorito. Para él todo era emoción, aventura, ruinas extrañas, misterios por resolver y fama inconmensurable. En su primera expedición comieran grillos (¡grillos!), durmieron entre gallinas, casi se mueren de frío en la montaña y fueron perseguidos por un oso.
          Edward estaba allí, acabándose un puro. Sonrió de manera sincera y ayudó a las mujeres a cargar sus maletas. El piloto llegó poco después. No les acompañaría, sino que simplemente los iban a dejar a escasos kilómetros del poblado indígena donde pasarían la primera noche. En ese poblado estaría Joan, una mujer tan grande como un armario. La universidad siempre contaba con ella para que hiciera de guardaespaldas: era fiable, dispuesta a viajar a cualquier parte del mundo y su resistencia a los venenos era conocida.
          El viaje fue pesado y aburrido. Amy estaba agotada. La misma información que Rachel escupió en el coche fue repetida por el profesor, por lo que no pudo pegar ojo. Se quedó dormida cuando ya se avistaba la selva desde las ventanas de la aeronave y cuando por fin sus acompañantes se habían callado.
          Cuando despertó, ya era de día y estaba sobre una cama de hojas y solo con ropa interior. Avergonzada, buscó su ropa, pero en aquella cabaña no había nada más.
          Joan entró en la cabaña y ante la desesperación de Amy, solo sonreía. Le devolvió su ropa y reveló que fue ella quien la cargó y la desnudó. “Hace demasiado calor como para que lleves eso, niña” le espetó. También le entregó su maleta, que permanecería allí hasta el fin de la expedición, porque Joan le dejó claro que no podrían cargar con aquello. “Sólo lo imprescindible” le dijo su querido Edward. “Sólo lo imprescindible” imitaba burlona Amy mientras revisaba qué llevarse con ella en la jungla. Se colocó el machete a la cintura. Se llevó la yesca y el pedernal, la olla para hervir agua, la mochila ya remendada, la cuerda… en la maleta ya solo quedaba sus vestidos y el maquillaje. Joan dio el visto bueno a su elección de objetos y dejó que fuese a desayunar. El desayuno consistía en un extraño té y una extraña tortita hecho con algún cereal (aunque por su mente pasaban imágenes de grillos molidos y guarradas por el estilo).
          La selva es cálida y húmeda. Con lluvias intermitentes e intensas. Era imposible no sentirse como estar enrollado en una sábana mojada. La primera parte del recorrido estaba despejada, pero Joan, al corriente ya de la ruta, tuvo que empezar a abrirse paso a la fuerza entre los matorrales. Amy no soltó su machete: las lianas y las plantas se enredaban en sus piernas, cosa que la incomodaba.
          Al tercer día de viaje ya no tenían nada de qué hablar. Hasta Rachel había enmudecido. Con los ruidos de la jungla tan solo se escuchaba su avance. Así como sus respiraciones pesadas. Amy se llegó a preguntar si era posible que Joan se hubiese equivocado pero la seguridad con la que daba indicaciones, no parecía que sucediese eso.
          Edward les mandó parar. Echó la cabeza entre la vegetación y exclamó “¡Aquí es!”. Y aquí era: un templo hecho de piedra los esperaba, pero debían bajar al menos diez metros. Si avanzaran a ciegas se hubieran precipitado desde aquella altura. Nada bueno.
          Amy ofreció su cuerda y se aseguraron de que los árboles eran lo suficientemente fuertes como para soportar su peso. El nudo lo había hecho ella misma, su padre se los enseñara como pasatiempo, puesto que nadie se imaginaba que la dulce y educada Amy quisiera seguir los pasos del famoso y reputado Andrew Collins. A él le pillara tan de improvisto que su primera reacción fue impedirle que estudiase en la universidad. Se matriculara un año más tarde por esta “pataleta”. La pataleta duró cinco años entre libros de antropología y unas cuantas expediciones. Sabía que en el fondo su padre estaba orgulloso de ella.
          El templo era de una planta. Con un altar con sangre seca en el centro y poco más. No estaba cubierto y parece que jamás lo estuvo. Las plantas habían deteriorado seriamente aquella construcción, pero aun así era sólida.
          Se les hizo de noche en aquel sitio. Tomaron muchísimas notas y Edward habría aprovechado el momento para dar lecciones sobre ritos religiosos y funerarios de las culturas aborígenes. La información en realidad era una sucesión de supuestos y teorías, pero tenían mucho sentido. No para Joan, que estaba allí para asegurar la supervivencia del grupo no para oír “historias”.
          Amy no dudaba de las palabras de su maestro, pero esta construcción parecía más reciente que los templos y estructuras que describía. No parecía que el templo fuese hecho por gente como la que vivía en el pueblo que los recibió. No había tampoco restos de flechas, pinturas o nada más: solo paredes y el altar. Hecho sin la dedicación y esfuerzo que se esperaría de una instalación así.
          Los insectos subían por sus rostros y se metían por su ropa. Ya estaba acostumbrada pero no por ello le daba menos asco. Se sacudía molesta. Al aire libre sin árboles cubriendo el cielo, la luz de las estrellas y la luna no le dejaba pegar ojo. Vio una luz cerca del altar. Pensó que se debería a algún cristal o elemento reflectante que se pasaron por alto.
          Sus párpados se caían debido al sueño, pero ya no podía dormir. El destello se movía. Empezaron los susurros. Se obsesionó con ellos. Voces que se interrumpían y solapaban. Se levantó sobresaltada “¡Callaos ya!” gritó a Edward y al resto. Pero ellos estaban callados. No estaba segura si había llegado a gritar o solamente lo había imaginado. Las voces continuaban.
          Los reflejos hacían que la estancia fuese iluminada de una luz blanca. Entre aquellas paredes se veía con tanta claridad como si fuese de día. Amy miró al cielo: era de noche y sobre ella estaba la luna. Notó como unas manos agarraban sus brazos. Quiso apartarlos. Debían ser imaginaciones suyas.
          Amy contó hasta diez, se tranquilizó, regularizó su respiración y quiso buscar una explicación razonable. Debía ser un sueño. Una pesadilla más bien, porque solo podía sentir miedo y angustia. Se acercó al altar y al otro lado vio a un hombre. Una de las voces que oía era la suya. Repetía lo mismo una y otra vez. Se quiso centrar en esas palabras. Cada vez eran más nítidas y era capaz de separarlas de las demás. Eran palabras en portugués. Eso confirmaba que aquello no era obra de los nativos, sino de portugueses. A su espalda fue formándose más gente a partir de las luces. Las percibió finalmente como si fueran personas de verdad. Todos lusos. Sus oraciones incluían frases cristianas, frase del latín. Recordaba algunas de su niñez en el convento.
          Aquellos portugueses llegaran en expediciones posteriores a la de Colón. En algún momento aquella gente había inventado algún culto o adaptado alguno que vieran durante su estancia. Por fin entendió la relevancia de aquel templo y porqué estaban allí. Cerró los ojos y siguió tomando nota mentalmente, olvidando que hace escasos minutos para ella esto era un sueño.
          Al abrirlos era de día, sus compañeros no estaban y ella no era ella. Su piel era oscura, parda, como la de una nativa. Estaba desnuda y esos pechos descubiertos no eran suyos. Sus manos eran más pequeñas y sus pies anchos.
          El portugués del altar tiró de ella y apoyó su cabeza sobre aquella piedra. La sangre era reciente y no seca como la recordaba. Se sentía como una marioneta en las manos de aquellos hombres. Oía su propio latido en sus oídos. Le inundó la angustia y el terror. Gritó con todas sus fuerzas. Su cuello fue cortado y la sangre brotaba de su garganta.
          Edward se abalanzó sobre Joan, apartándola del altar. Amy se separó de allí agarrándose el cuello. El corte no era profundo, al ser su agresora inmovilizada. Joan parecía confundida, sus ojos se movían, como temblando. Estaba en shock. Lo que consiguió decir eran frases en un perfecto portugués. De los pocos sitios donde Joan jamás había estado era Portugal.
          Era todavía de noche y después del susto Rachel lloraba desconsoladamente, Amy intentaba cubrirse la herida, Edward estaba sentado sobre Joan y esta seguía disculpándose en un idioma que no podía conocer.
          Todos tenían claro que había que buscar una explicación a lo que había sucedido. Amy salió por un momento de la construcción. No podía pensar con el altar a escasos metros de ella.
          Edward soltó a Joan. Estaba ya menos tensa. Esta se sentó en el suelo, sin reaccionar. Miró a Rachel que se limpiaba los mocos con trapos de una muda que tenía guardada para emergencias. La emergencia estaba clara, el que se usase como pañuelo era otro asunto. ¿Amy? ¿Dónde estaba Amy? pensó el profesor alarmado. Gritó su nombre varias veces y dio un par de vueltas por la construcción. Sus gritos empezaron a ser lamentos. La desesperación era evidente. Entonces escuchó un gruñido. Un puma se dejó ver. Salió de entre la vegetación con un trozo de tela en la boca: la ropa de Amy.
          El profesor McCloud retrocedió sin darle la espalda y se metió de nuevo dentro del templo por un hueco entre las erosionadas piedras. Agarró a Rachel y a rastras la llevó al centro de la habitación. La sentó sobre el altar. Húmedo de la sangre de la desaparecida y posiblemente comida Amy. Joan se percató de que algo estaba pasando y empezó a cagar su arma. Un revolver. Edward no sabía si confiar en ella tras casi asesinar a Amy, pero tampoco tenían muchas opciones. Le explicó que era un puma. Dónde está Amy preguntó ella. Se hizo el silencio. 
          El puma era sigiloso, pero no lo era la maleza por la que pasaba. Rodeaba aquel templo con tranquilidad. Como si estuviese disfrutando de cada momento. Entonces los reflejos volvieron a la estancia. Las voces los afectaron de nuevo. Joan le entregó con urgencia su arma al profesor, asustada: no quería dañar a ninguno de los dos, así como no quiso atacar a Amy.
          Ahora que no estaban dormidos, Rachel y Edward intentaban oír algo coherente entre todo lo que le decían. “Abre paso al nuevo mundo” tradujo el profesor. “Las luces del firmamento nos guiarán”.
          Rachel chilló, histérica, al ver al puma. El puma también se asustó, pero no de ellos o del grito de la aterrorizada ayudante. Los reflejos tomaron forma. Eran unos diez hombres más el del altar. El grupo se asustó cuando se materializaron a su lado. Edward quiso dispararle al más cercano, pero le temblaba demasiado el pulso. “Dios nos ha entregado la inmortalidad”.
          Esta frase fue haciendo eco en su cabeza. “Dios nos ha entregado la inmortalidad” le dijo ese extraño ser creado desde la luz de la noche. El eco seguía y seguía. “Dios me ha entregado la inmortalidad” soltó finalmente él.
          Rachel se apartó, al oírlo. Algo no iba bien. Arrastrándose, se agarró con fuerza a una Joan perpleja que se sentía cada vez más pequeña y débil. Edward se tranquilizó. Aquello de repente lo sentía como algo normal, lógico y real. “Dios me ha entregado la inmoralidad” exclamó al cielo. Se llevó el revólver a la cabeza y disparó. Su cuerpo calló al suelo: Dios no le había entregado nada.
          La vista de Joan se nubló por sus propias lágrimas. Abrazó con fuerza a su compañera. Su única compañera. “Tenemos que irnos ya” pensó en alto. Levantó a Rachel con violencia, la empujó para que pasase por el lado del cuerpo del profesor y se llevó el arma. Aún tenía para cinco disparos y tenía consigo más munición. 
          Hizo subir a Rachel por la cuerda. Empujándola para que avanzara con rapidez. Sus nervios, la oscuridad de la noche y su estado físico no le dejaban hacerlo. Empujón tras empujón, llegaron hasta arriba. El templo seguía iluminado por la luna.
          Joan se apoyó contra un árbol, respiró profundamente y en su cabeza, como ejercicio para recuperarse de la locura del momento, empezó a recordar las palabras de sus instructores en el ejército. Rachel se acercó a ella y la abrazó. Confiaba plenamente en ella. Esto la trajo a la realidad y la reconfortó. Tras tomar el aire, volvieron por la ruta que los condujo a aquel lugar maldito. “Los portugueses llegaron a estas tierras y encontraron en los nativos la llave para acercarse a Dios. Hicieron suyos algunos ritos y erigieron su templo, quizás a escondidas de los demás” explicó Rachel. Joan admiró por un momento a su compañera; ella era incapaz de realizar un análisis bajo tanta presión. Aunque ese análisis no explicaba las luces ni cómo fue un títere de los fantasmagóricos lusos, estando a punto de matar a una mujer que en realidad era Amy.
          Quedaban tres días y medio de viaje. Estaban sin comida al haberla dejado en el templo por las prisas, por lo que se alargaría un poco más la travesía. No podían esforzarse como la primera vez. Las luces volvieron y con ellas sus nervios y su desesperación. Sus ojos empezaron a lagrimear del miedo. Las raíces que eran capaces de salvar ahora era un obstáculo contra lo que tropezar. Oían como los portugueses se daban órdenes, como si estuvieran buscando algo. Se repartían por la selva como en una batida. Joan se llevó la mano instintivamente a la funda de su revólver. No estaba. Tampoco la funda, su ropa y útiles. Se veía diferente. También veía diferente a Rachel. Eran ahora mujeres nativas, sin apenas ropa. Eran ahora mujeres nativas corriendo por la selva perseguidas por unos portugueses. “¡Ahí están!”. Corrieron y corrieron, desviándose de su ruta y se escondieron entre la vegetación como pudieron. Empezó a amanecer.
          Con la luz del sol, los portugueses desaparecieron y ellas volvieron a ser Joan y Rachel. Pero una Joan y Rachel agotadas y asustadas como nunca. Perdieron un día en encontrar la ruta por la que vinieron. Y si supieron que era por aquel sitio fue puro milagro: a Edward se le había caído una de sus cantimploras días atrás. Pudieron beber y siguieron. Les costó dormir las siguientes noches, pero los portugueses no volvieron.
          Sus piernas temblaban de la deshidratación y del hambre, pero llegaron al pueblo. Los habitantes las acogieron. El piloto llegó casi una semana después, el tiempo que estimaban emplear para tomar notas de ese templo. Como los pueblerinos, no entendió que Edward se suicidase y que Amy fuese comida por un puma sin dejar rastro. Siendo Joan quien aún mantenía el revólver, dudó de su versión apuntándola a ella como la asesina. El piloto quiso ser prudente y le pidió que vaciara las balas. Rachel corroboró su versión, pero fue ignorada por poder ser cómplice de aquello. 
          El piloto las llevaría a casa, pero informaría a las autoridades. Joan se sentó en la avioneta, llevando consigo la maleta de la desaparecida Amy y Rachel abrazaba con cariño la del profesor McCloud.
          La policía interrogó a ambas mujeres, sin creerse lo ocurrido. 
          Rachel reanudó la actividad en la universidad tras un mes de vacaciones que el rector le obligó a tomar. Nada más allí fue corriendo al despacho del profesor a recoger sus cosas para llevárselas personalmente a su familia. Mientras no encontraran un sustituto ella estaría al cargo de los trabajos de McCloud, a quien seguía amando a pesar de su muerte. Como el obraría, dedicaría el resto del año a conseguir fondos para realizar una nueva expedición al templo: el profesor habría querido saber la verdad.
          En cambio, Joan fue directa a prisión confesando, resignada y derrotada, el asesinato de Edward McCloud y el intento de asesinato de Amy Collins, suicidándose en el aniversario de la muerte de ambos. Día al que esperaría en silencio y entre sollozos, perdiendo peso e intentando mantener la suficiente cordura para no acabar en un sanatorio mental, donde jamás tendría la oportunidad y medios para colgarse, pudiendo aun siendo presa y despojada de libertad la dueña de su muerte.


Este relato escrito por Mariola Juncal se escribió con motivo del Primer Concurso de Relatos Cortos de la página Aventuras Bizarras.