domingo, 24 de enero de 2021

Erico Hachasangrienta: Regreso

Los goliaths eran un pueblo seco, directo, inclinados a actuar primero antes que a reaccionar, los perfectos habitantes para las tundras heladas y los picos cubiertos eternamente por nieve. El asentamiento de Pico Nubloso no era una excepción y sus habitantes conocían muy bien los innumerables peligros de su hogar: terrenos deslizantes que dejarían caer hasta su muerte al más hábil escalador, dientes de sable cuyos colmillos podían desgarrar la carne de un adulto antes de que gritase de dolor, vientos tan fríos que eran capaz de volver negra la piel de uno por abrigo que llevase encima y, si eso no era bastante, siempre había un extranjero o ser maligno que quería engañarles y acabar con ellos. Los goliaths debían apoyarse entre sí para sobrevivir y eso hicieron. No llegaban a dos docenas de habitantes en aquel conjunto de tiendas rudimentarias, pero tenían la fuerza y la capacidad de cumplir cosas que ejércitos de mayor tamaño consideraban imposibles. No había nada más fuerte para ellos que sus lazos de sangre y romperlos era un pecado mayor que cualquier mal del mundo. Erico lo sabía bien, había crecido en aquel asentamiento y volver hacía que todo su cuerpo temblase del miedo. - ¡Alto! Vete de aquí ahora que aún tienes oportunidad y no te dispararemos. Dos goliaths vigilaban el gran arco de madera plagado de runas que marcaba la entrada a su antiguo hogar. Eran jóvenes, el viejo guerrero no reconocía sus rostros ni recordaba haberlos visto crecer. Sus manos estaban enguantadas con limpias pieles de zorro blanco y sus armas no tenían dentadas ni manchas de sangre seca. Eran novatos, no habían conocido la batalla ni se habían enfrentado aún a un desafío que les pusiese en su sitio. El viejo goliath se quitó su capucha y bufanda de piel revelando un rostro que hizo retroceder unos pasos a los guardias del miedo. Pocos podían olvidar las cicatrices en la cara de Erico, marcadas sobre su piel gris y negra como arañazos en la madera vieja. Su ojo derecho, blanco y ciego, tenía una gran cicatriz vertical que llegaba hasta el labio tras un enfrentamiento con un Magen. Su cuello tenía una gran laceración de las garras de un viejo troll que había marcado su voz desde el día que la sufrió. Pero lo que más llamaba la atención del goliath era su moflete izquierdo, inexistente, que dejaba ver los dientes de su mandíbula aún con los labios sellados y cuya carne jamás terminaba de curarse. Nunca había explicado cómo se hizo aquella herida, pero todos los asentamientos de las montañas le conocían por ella y le temían por los rumores que se contaban de él. - ¿No venís a por mí directamente? – dijo Erico con su voz desgarrada y carraspera - Baba debe tenerme aún en estima pese a todo. O puede que sepáis quien soy y no os atreváis a hacer nada. - ¡Sabemos quien eres! – dijo el guardia de la derecha, jabalina en mano y con una voz temblorosa – No nos das miedo, mago. ¡La entrada te está prohibida! Vente con tus magias oscuras y… - Estás temblando. – Erico alzó la cabeza y clavó su ojo en los del joven mientras se acercaba lentamente a él. Cada paso movía la nieve que le llegaba hasta las rodillas y quebraba el sonido del viento bailando entre los picos. – No dejes que te vean temblar, será tu ruina. - ¡Atrás, no des un paso más! - dijo el guardia de la derecha mientras se acercaba a su compañero. Erico paró en seco y cambió la dirección de su mirada al otro guardia. Ella no temblaba, pero estaba nerviosa, se notaba la preocupación por su compañero en su grito. - Solo lo diré una vez más. Márchate de aquí. Si no nos haces caso, te las verás conmigo y con mi hermano. - No quisiera mancharme la capa ni tampoco quiero aprovecharme de uno inexpertos. Es cierto que se me prohibió volver al asentamiento, pero necesito hablar con Baba. Dejaré mis armas en la nieve y no tardaré más de una hora, lo juro por la lluvia y el viento. - Tus juramentos no sirven de nada, todo el mundo sabe que nadie puede fiarse de ti. Aunque te encadenásemos con los grilletes más pesados seguirías siendo una amenaza. La mirada de la goliath era segura y certera, no se separaba de los ojos de Erico salvo cuando saltaba momentáneamente para observar su manos y pies, preparada para el ataque inminente. Erico soltó un bufido de cansancio y apretó los labios frustrado por sus intentos por acabar de forma pacífica. - ¿No me dejarás pasar entonces? - Aunque mi alma abandone mi cuerpo, juro que no cruzarás ese umbral. - Entonces no me dejas otra opción. Erico dio un salto hacia atrás como la pantera que esquiva el peligro en la selva y extendió su mano hacia delante con el índice y el corazón apuntando a la goliath. La guardia saltó hacia él, jabalina en mano, preparada para el ataque de su enemigo. Había oído hablar de las hazañas de Erico, del maestro del hacha de mano y espada. Su madre le había contado historias de su época como aventurera, de los viajes que habían recorrido juntos, de los desafíos a los que se había enfrentado. Sabía todas las técnicas de su adversario y cómo defenderse de ellas, pero su rostro se tornó en una expresión de duda cuando vio que Erico no sacó ningún arma. Tan solo hizo un círculo en el aíre y soltó un susurro que no pudo oír. Y entonces todo se volvió oscuro. La goliath había caído sobre la fría nieve. Aún respiraba y no había sufrido daño alguno. Erico guardó su mano bajo la capa mientras se acercaba de nuevo al segundo guardia. El joven temblaba de temor tras haber visto como su hermana caía al suelo sin golpe alguno, le aterraba tener que imaginarse una lucha contra aquel monstruo. EL goliath extendió la jabalina hacia Erico con las manos temblando mientras veía como el anciano se acercaba lentamente a él. Cada pisada sobre la nieve sonaba como el golpe de un tambor de guerra, cada exhalación de vaho caliente le parecía el aliento de fuego de un dragón. Su corazón palpitaba con fuerza y su frente, pese a estar entre las frías montañas, estaba plagada de sudor. Erico se acercó al joven hasta el punto en el que la punta de la jabalina del joven se encontraba sobre su garganta. - Tu compañera está en el suelo. Si la dejas ahí, acabará por congelarse. Llévala hasta vuestra tienda y haz que entre en calor. El joven soltó su arma y fue rápido a ayudar a su hermana llevado por la necesidad de una excusa mientras Erico cruzaba una vez más el viejo arco de madera de su viejo hogar.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El hombre de rostro cansado

Stuart era un hombre de rostro cansado. Como si la vida siempre lo hubiese tratado mal. A su aspecto se le unía su espalda ligeramente encorvada, que a ratos le hacía parecer un campanero o un matón.

Desde hace relativamente poco estaba saliendo con otra semi-elfa, de círculos completamente diferentes y bastante jovial. Así que los amigos de ella tenían demasiadas preguntas que hacerle. No obstante, creían en su buen criterio: Stuart tenía su atractivo y jamás dio signos de tratarla de manera inadecuada. Además, ella parecía bastante feliz y nunca le negó cierta distancia cuando ella necesitaba tiempo para sí misma.

Aún así, sus amigos la querían y todavía extrañados por la independencia que ella siempre había gozado y de la que ahora se desprendía, se acercaron a Stuart y lo hacían partícipe de sus reuniones sociales y familiares. Quería saber si era de fiar y de serlo, que no quedara desplazado o castigado por sospechas infundadas.

Él no era un libro abierto, pero entre cervezas, un ambiente tranquilo y la luz del atardecer, el hombre de ojos apagados contó su historia, una historia que compartía con otros semi-elfos en esa sociedad donde eran considerados parias.

Stuart, de edad indefinida y siempre joven por su herencia sanguínea, se crio en una época donde el odio a los suyos todavía estaba madurando. Era un joven muy trabajador y responsable. Lo suficiente como para haberse encaprichado de una privilegiada humana.

Con su pelo ondulado y su vestido apretado, con su cintura ajustada con corté, ella devoraba todos los días un libro. Sus ojos a veces lloraban por la tristeza que le infundían esas páginas y otras veces por la alegría que sentía y compartía con sus personajes favoritos.

Así que, envalentonado, Stuart subió por la celosía y asomó su cabeza para ver a esa hermosa mujer que, evidentemente, se asustó. Pero Stuart tenía buen aspecto. Es una persona aseada y pulcra, con una voz profunda y tranquilizadora. Ella le dejaría subir a su terraza. Ese y los siguientes días.

Ellos eran muy felices. Él se gastaba todo el dinero posible en comprarle dulces y pasteles que su familia no quería que comiese para que no ganase peso y perdiese su figura. Ella le leía y le hablaba de todos los apasionantes viajes que vivía a través de los libros. Eran una pareja perfecta.

Mientras, los semi-elfos en la ciudad eran señalados por crímenes que no cometían. Perdían sus trabajos y las leyendas urbanas de semi-elfos buscando problemas porque estaba escrito en sus perversos genes mestizos aumentaban.

Así que cuando una sirviente descubrió a Stuart en brazos de la joven Elisabeth, se desató el caos. Sus padres entraron en cólera, llamaron a las autoridades y él tuvo que huir. Pero no quiso renunciar a lo que sentía por su amada.

A los días, cuando pensaba que por fin era seguro subir de nuevo por la celosía, lo hizo. Stuart subió con energía, revitalizado por el deseo e ilusión de volver a ver a su amada. Pero los amarres de la celosía fueron cortados y en el tramo final, cuando sentía el calor y la cercanía de la mujer de cabellos ondulados, cayó de bruces contra el suelo de granito.

Quiso gritar de dolor y de impotencia, pero no pudo. El dolor le recorrió todo el cuerpo y la vista tornó blanca, como si sus ojos dejasen de ver por un instante. La espalda le ardía y dejó de sentir sus manos. Su cabeza le latía por la adrenalina y la sangre teñía sus cabellos.

Recuperó la razón y conciencia minutos después, quizás horas. Se arrastró por el suelo hasta salir de allí. El miedo le había dado las fuerzas necesarias para volver a casa. No pudo levantarse en días y cuando lo hizo, su espalda destrozada y mal curada le acompañaría el resto de su vida como una joroba, como si fuese la marca de un pecado que solo era tal a los ojos humanos.

Abandonaría la ciudad poco después, tras hostigamientos de la clase privilegiada y cuando encontrar trabajo en ella se hizo tarea imposible.

Se mudó a las montañas y construyó con sus propias manos la casa en la que viviría las siguientes décadas. La casa en la que esperaba vivir hasta el final de sus vidas con Raine.

Sus nuevos amigos callaron y guardaron silencio durante la historia. Se sentían identificados aún cuando muchos jamás habían vivido en sus venas el terror de ser perseguidos por falsos estereotipos.

Stuart sonrió. Para él no era una historia triste. Añadió que él siempre tuvo comida en su plato y que nunca le faltó un techo donde dormir. No obstante, no se sentía tampoco un hombre afortunado hasta que conoció a su nueva pareja, Raine, y hasta cuando pudo comprobar que compartía sus mismos ojos con su nieta.

Su Elisabeth solo era un fantasma que había desaparecido y había sido enterrado bajo una tumba de mármol. Con elogios escritos por su familia en forma de epitafio.

Stuart confesó que durante su exilio a las montañas, se escapaba de vez en cuando a la ciudad, para poder observar la vida de Elisabeth y desde la distancia, sentirse partícipe de su felicidad. Pudo ver crecer a la hija que compartían y después a su nieta.

Stuart terminó su relato girándose hacia sus acompañantes. El sol se había marchado y la noche dio comienzo. Ellos habían sido los primeros en oírle hablar con nostalgia, de la mochila que había sobre sus hombros. Dentro de ella, la muestra de que Stuart era el hombre más adecuado para Raine.

No volvieron a hablar del tema. No era necesario hacer hablar al hombre de rostro cansado, simplemente escuchar si él necesitaba compartir algo con ellos, cosa que haría muchas veces, cada vez de manera más natural.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Recuelle: Preguntas (+18)

-Buenas días, querido y magnánimo alcalde

-¿Donde... Dónde estoy? ¿Y quién es usted? ¿Por... Por qué estoy atado y desnudo?

-Poco a poco, señor alcalde, no querrá que su pobre corazón ceda. Ya sabe lo que le dijo el médico, reduzca las carnes rojas, haga algo de ejercicio e intente no alterarse.

-Usted es aquel mercenario, aquel tipo con la cara blanca... Barnabás.

-Sí, ese fue el nombre que le di en su momento, pero déjeme que me presente otra vez esta vez con la sinceridad que se merece su ilustrísima. Mi nombre es Recuelle, bardo de oficio y maestro de mis deseos como profesión.

-Oiga, no sé a qué viene todo esto, pero si me desata ahora mismo y me deja ir de sabe dios donde estamos le prometo que...

-Pah, pah, pah, pah. ¿Qué le he dicho hace unos instantes, señor alcalde? Cálmese si no quiere que su estado se empeore. Ahora, si no le importa y ahora que ya me he presentado como los dioses mandan, le explicaré que hace aquí.

-¿Y dónde demonios es aquí?

-Este lugar, mi querido amigo, es el almacén subterráneo de una vieja amiga que me ha pedido un favor, y como todo el mundo sabe el bueno y bondadoso de Recuelle no puede negarle nada a sus camaradas. Y si no le importa, deje las preguntas y escuche con esas orejas zafias y llenas de pelos de anciano, o si no quizás se pierda en mi conversación y me haga tener que repetirme. Y a mí no me gusta decir las cosas dos veces. ¿Está de acuerdo? Tomaré su silencio como un sí. Verá, necesito que me de información sobre cierto paquete que llegó a sus oficinas hace un par de semanas. Era un paquete más o menos de un pie de largo y dentro había un papel con unas letras muy importantes escritas en este. ¿Le suena de algo?

-No recuerdo haber recibido ningún paquete así.

-Oh, pero sí que lo recibió. De hecho, tengo la declaración jurada de su jardinero sobre cómo recibió a un caballero vestido de negro a su domicilio que le entregó en mano dicho paquete, el cual llevó a su despacho a examinarlo junto a este y comprobó su contenido antes de depositarlo en una caja de plata y enviarlo por correspondencia a los dioses saben donde.

-¿Cómo sabe todo eso? ¿H a torturado usted a Iorveth?

-No sea estúpido, Iorveth trabaja para mi amiga y fue él quien me dio voluntariamente toda la información que le he expuesto.

-Entonces si sabía todo eso, ¿por qué me ha preguntado?

-Para saber si era posible confiar en usted y, lamentablemente, ha fallado la prueba. Me decepciona, ilustre. Pensaba que una persona de su estatus y cargo mantendría una ética sobre la mentira de tolerancia nula, sobre todo conmigo que solo he dicho la verdad desde que he empezado a hablar con usted. A partir de ahora, por desgracia para los dos, me veré forzado a tomar medidas más estrictas, inquisitivas incluso.

-Es usted un ser despreciable.

-Puede, pero le interesa que este ser despreciable esté contento y feliz hasta que le libere, o puede que tenga que pagarlo muy caro. Dígame señor alcalde, y dígamelo con toda la verdad dentro de su alma, ¿podría indicarme si esos documentos son realmente las últimas voluntades del conde de Bourgnoim y el testamento de este?

-Sí, pero nunca podrá encontrarla. Jamás le diré nada.

-Oh, claro que hablará. Verá, hay una razón para que usted y yo estemos con las vergüenzas al aire y no es puro exhibicionismo, sino que he comprobado en varias escenas de suma experiencia que la eliminación de la ropa hace que sea mucho más fácil eliminar las pruebas y aparentar que nada ha sucedido tras un trabajo. También es cierto que sin ningún tipo de prenda, el acero lo tiene más fácil para penetrar la carne y la piel y da un mayor control de una hoja para ciertas actividades. Por ejemplo, fíjese en esta belleza. Es un cuchillo gnomo, hecho de acero templado y laminado. Los gnomos lo utilizan para cortar las pieles de las liebres si dañarlas demasiado y venderlas a mejor precio en los mercados, pero yo he descubierto que su filo tan fino como un pelo y sus paredes rugosas son perfectas para introducirse en los dedos sin uñas y separar poco a poco la piel de la grasa y hacer una inmesurable cantidad de dolor. O mire este otro, una hoja larga y delgada como una aguja, perfecta para coser con hilo de intestino de gato las heridas superficiales y evitar el desangrado de la víctima durante mis sesiones de interrogatorio. ¿Quiere que continue?

-Haga lo que quiera, hice una promesa y pienso cumplirla. Nadie tocará la herencia del conde de Bourgnoim salvo su sobrino menor, quien gobernará sus tierras y su gente. Córteme, cósame, écheme fuego si quiere y mande a los perros del mismo infierno. Mis labios están sellados.

-Muy honorable por su parte, pero fútil a su vez. Verá yo no quiero quitarle la herencia al pobre Nicholas, para nada. Sin embargo, el joven es demasiado impetuoso y se deja llevar por su corazón y mi queridísima amiga cree que sería mejor que alguien administrase sus cuentas antes de que se haga un hombre hecho y derecho. Ya sabe, no podemos dejar al pueblo a la merced de un descerebrado.

-¿Y a quién pondría una rata como usted o su socia como administrador?

-A su primo Teolfo, por supuesto.

-¡Ja, su primo es un necio, un borracho y un juerguista! Es un incompetente tal que todos saben que su hermano será el heredero de sus padres pese a ser menor. ¿De verdad creen que será mejor gobernante que un niño?

-Creo firmemente que lo será. porque cuando gobierne hará que se mueva la economía más importante de todas.

-¿Qué sandeces está diciendo?

-Escuche y aprenda, querido amigo. Cuando un hombre como él sube al trono, todo el mundo gana. Primero empezará a montar grandes fiestas y banquetes, tantos que todo el mundo en la corte será feliz y disfrutará mientras sus asesores y gente de confianza toman el mando de las tierras y se encargan de su administración. Después llegará un punto en el que el pobre conde estará falto de oros y subirá los impuestos, volviendo así al punto uno hasta que, sorpresa para cualquier mortal con poco cerebro, haya un momento en el que no pueda subirlos más. Después empezará a pedir préstamos por asesoría de sus nuevos consejeros a gente respetable que puede asumir dichas sumas entre las que se encuentra mi amiga, la cual comenzará con intereses bajos y luego los irá subiendo conforme la suma crezca, alternándose de nuevo el paso uno y dos. Finalmente, la suma será inasumible, el pueblo estará harto y lo destituirán, tanto a este como al pobre Nicholas el cual, probablemente, no haya llegado a la mayoría de edad debido a un accidente de caza, un envenenamiento o a la daga que escondía una dulce doncella que había ido a visitarle en su cama para celebrar su décimo sexto cumpleaños. Al estar el sitio vacío, los asesores buscarán a una persona competente, el pueblo aprenderá a rebelarse contra los tiranos y los prestamistas recibirán gran parte de las tierras del condado para pagar las deudas. ¿Ve usted, mi querido alcalde, como a cambio de un par de años de miseria tendremos una tierra más fuerte y recia?

-Está loco. Su plan es una estupidez. Jamás funcionaría tal artimaña.

-¿Y quién es usted para decir eso? ¿Acaso me conoce para poder llamarme loco? Quizás sea un loco, quizás sea un visionario, o quizás solo estoy exponiendo una excusa para ocultar que Teolfo le ha pagado a mi compañera una gran suma por mis servicios. De igual forma, solo hay una forma en la que saldremos de esta: con usted contándome dónde se encuentra el documento y yo cambiando un simple Nicholas por un Teolfo. ¿Está dispuesto a colaborar o se va a empeñar en que estrene una nueva pastilla de jabón?

-Púdrase, no puede hacerme cambiar de opinión. Nicholas es el heredero del conde de Bourgnoim y nada de lo que diga o haga me hará cambiar de opinión.

-¿Nada de lo que diga o haga, dice? Es un poco cruel, ¿no cree? Encima de que le estoy tratando con tanta delicadeza.

-Váyase al infierno usted y sus palabras de patán.

-¿Y si no se lo pidiese yo? Y si se lo dijese un joven llamado... no sé, ¿William?

-¡No vuelva a decir ese nombre! ¡No vuelva a decir el nombre de mi hijo!

-Ah, vamos progresando, eso em gusta.

-¡Como le haga algo a mi hijo le juro que...!

-¿Me jura qué? ¿Que se quedará ahí quieto mientras yo hago mi trabajo? He oído que su hijo William es un jovencito de quince años bastante popular en sus círculos. Me han dicho que es un maestro con el arco y con las damas. ¿Sabe algo curioso de la arquería? El arco, pese a ser un arma primitiva y robusta, es controlado principalmente por el meñique de la mano que lo sujeta, el cual le otorga estabilidad al lanzar la flecha. Además, pese a que todo el mundo sabe que para lanzar una flecha solo se necesitan el índice y el corazón en la mano de la cuerda, existe un punto en el que los tendones de ambos dedos se entrecruzan y una pequeña incisión los deja inútiles.

-¡Cállese ahora mismo!

-Si me deja pensar en otros elementos de su muchacho, diría que su elemento más atractivo son esos ojos esmeralda que tiene. Escuché que en la universidad una moza escribió un poema sobre sus ojos. ¿Qué era lo que estudiaba? ¿Ingeniería, leyes? Ah, ahora recuerdo, medicina. ¿Sabe que existe un parásito que se transmite por contacto de mucosas y que devora por dentro los ojos de su huésped mientras crea nidos en sus cuencas? Es un ser diminuto y fascinante llamado Vermis Oculus que solo vive en ciertas zonas pantanosas y que son indetectables hasta que es demasiado tarde. Aunque claro, alguien con el suficiente oro podría hacerse con uno de estos especímenes.

-¡Silencio, bastardo hideputa!

-Oiga usted, un respeto hacia mi madre que no se merece tales insultos. Si le molesta tanto, no se preocupe, puedo cortarle el cuello mientras duerme. Es mucho menos doloroso y más sencillo. Además, es una de mis especialidades.

-¡Por favor, pare!

-Y si no puedo ir a visitar a la mayor. Ay, me han dicho que Elisabeth está viviendo en el ducado de la familia Rostfields en el sur y dicen que su primer cachorro está a punto de nacer. ¿Cree que saldrá a su padre o a su madre? Seguro que están interesados en un arlequín para entretener a su bebé, puede que hasta me ofrezca a ayudar a la pobre niñera si está en apuros.

-Basta de una vez, se lo suplico.

-Una pena que no haya podido conocer a su mujer. La viruela se la llevó hace unos años, ¿verdad? No creo que pueda hacer mucho por ella, aunque estoy seguro de que si entierran junto a ella a sus hijos descansará en paz por el resto de la eternidad. ¡Hey, qué buena idea acabo de tener! ¿Y si la llevo a darle una visita a sus hijos? Quizás tenga que peinarle los cuatro pelos que le queden y abrillantarle con lejía los dientes llenos de barro, pero seguro que a sus hijos les hace mucha ilusión ver a su madre una vez más.

-Basta, por todo lo sagrado... basta.

- Yo no soy el que tiene potestad para parar, sino usted, mi magnánimo y poderoso gobernante. Tan solo tiene que decir un par de palabras y, con ellas, me hará el hombre más feliz del mundo. Tanto que seguramente me olvide de su familia.

-...

-Vamos, dígalo, confíe en mí.

-Si se lo digo... ¿promete no tocar a mi familia?

-Lo juro como que el nombre que me dio mi santo padre es Recuelle.

-El documento está en la biblioteca de un cortijo en mis tierras. Está vigilado por media docena de guardas que se hacen pasar por jornaleros y atacarán a aquel que no les dé la palabra de seguridad: valeriana. El documento está guardado dentro de la caja de plata, oculta en la sección de historia junto al tratado de las Tierras de los Gigantes.

-¿Algo más que deba saber? No quiero llevarme sorpresas.

-¿Qué me hará cuando le dé la información?

-Pensaba que a usted no le importaba lo que le hiciese, pero si le creo prometo no hacerle nada.

-La caja tiene un mecanismo, la tapa debe subir perpendicular a su base hasta extraerla completamente o el documento prenderá en llamas. Eso es todo lo que necesita saber.

-Bien, lo ha hecho muy bien, señor alcalde. Siéntase orgulloso. Creo cada palabra de lo que ha dicho.

-¿Me dejará marchar ahora?

-Lamentablemente, no.

- Le he dicho toda la verdad, ¡usted mismo ha dicho que me cree!

-Y le creo, le juro que le creo. Pero... verá, el problema es que es mejor prevenir que curar. Ahora vamos a comprobar si corrobora su historia de nuevo. Pero antes, ¿puedo hacerle una pregunta? Es una nimiedad, se lo prometo.

-... Hable.

-¿Por dónde quiere que empiece? 

domingo, 25 de octubre de 2020

Recuelle: Sueños

No hay esperanza para el ser humano que no dependa de su deseo para obtener lo que ansía, ni tampoco existe mayor desgracia en esta vida que la incapacidad de controlar los designios del cruel y déspota sino marcado en nuestro sonámbulo tiempo en la tierra.

Ayer, presa del alcohol y el dolor por las heridas de mi última presa, mi sueño me llevó a un mundo que nunca fue. Mi habitación, que no es más que una buhardilla cubierta por telarañas y recuerdos ya abandonados, se convirtió en un hermoso cortijo en el campo. Miré asombrado al cielo estrellado y hermoso, despejado y claro como las aguas de un manantial virgen, pues no era el cielo poluto y enfermizo de las ciudades en las que me había refugiado. Los sonidos del viento moviendo con gracia el trigo se mezclaban con el griterío de la orquesta formada por los animales domésticos y el olor a orín y blasfemia se convirtió en pureza. Intenté limpiarme los ojos por miedo a ser presa de una ilusión y pude ver que mis manos habían desaparecido las manchas de sangre y las cicatrices de hojas y misfortunios al igual que el tono cenizo que las cubrían para mezclarme con el pueblo y ocultar mis más oscuros secretos. Y fue ahí donde comprendí que era un sueño, pues solo en sueños podía comprender la belleza de la vida, sin atavíos ni pesos de mis acciones pasadas.

Viajé por aquella tierra de sueño en busca de respuestas, internándome profundamente en los campos de trigo que afrontaban aquel cortijo de paredes blancas como la nieve. El tacto del grano acariciaba mi piel y me hacía cosquillas mientras el viento removía mis cabellos en un torbellino salvaje y revolucionario. Era una sensación extraña y agradable, una sensación que solo el sueño podía brindarme. En mi somnoliento periplo, me pregunté quién era realmente, pues en los sueños uno puede perder su propio ser para convertirse en otro, transformando una personalidad por completo y tornando una prístina esencia en otra como las artes arcanas que confunden la materia a su más bajo nivel hasta que cumple sus designios. Miedoso, me pregunté a mí mismo quién era y me forcé a recordar los acontecimientos que marcaron mi existencia. Mi consciencia trajo de nuevo los malos recuerdos de una vida ruin y sisífica: la humedad de mis mejillas mientras los cobradores nos echaron de nuestra casa, la cálida mano de mi madre mientras su fuerza se desvanecía con cada expiración, el olor de la sangre emanando de mi primera víctima y, como no, el frío que marcaba mi alma cuando empuñé por primera a Aitaita. Fue entonces cuando eché instintivamente la mano a mi cintura en busca de aquel enigmático acero arcano pero mis manos no lograron sentir el tacto del pomo de lobo y la empuñadura de cadena de acero. Y ahí volví a comprobar que estaba en un sueño, pues solo el sueño podría separarme de mi carga y a la vez de mi mayor regalo.

Proseguí mi camino bajo la radiante luz del sol y el amable tacto del viento hasta que una extraña voz, risueña e infantil, me llamó la atención. Me dirigí en su búsqueda y, tras andar por un tiempo que no creo que jamás sea capaz de contar, pude ver a una niña. Aquella muchacha de cabellos rizados rojos como el fuego no debía superar la docena de años. Sonreía con una cara pecuda que resaltaba con su piel morena por el sol y sus ojos, esmeralda como la piedra más pura de la tierra, me intranquilizó, pues eran aquellos ojos tiernos y faltos de maldad igual que los de mi madre. Mi mente volvió a viajar al pasado, a recordar tiempos mejores cuando era un niño y mi mundo era tan pequeño que no alcanzaba más allá que las cuatros paredes de mi casa. No fue una vida fácil, no con el padre que tuve la desgracia de tener, pero siempre encontraba cariño y ternura en aquellos ojos esmeralda. Y ahí supe que estaba en un sueño, pues en mi vida no volverían a existir jamás ojos como los que una vez me dieron esperanza.

Me acerqué a la muchacha e intenté hablar con ella, no con intención de dañarla o de afligirla, sino buscaba respuestas a un mundo onírico y místico que no era capaz de comprender. Le pregunté dónde estaba, quién era y por qué mi mente me había traído hasta aquí, pero como si las tinieblas me cubriesen, ella no hizo esfuerzo alguno por verme o escucharme. Continué con mi interrogatorio fútil en el que cada palabra me frustraba más y más mientras la niña seguía riendo y jugueteando entre el trigo ajena a mi presencia. Mi desesperación tornó en tristeza y, de la tristeza, se convirtió en ira. Noté el calor incómodo de mis sienes hinchándose por el enfado y mis dientes que chirriaban entre los labios abiertos. Mis ojos escocían por el rojez de la frustración y grité con todas mis fuerzas en un último intento por buscar una respuesta. Mis ojos se cerraron un instante y, cuando los abrí, había de ser yo mismo y pude verme desde más allá de mi cuerpo y mi consciencia.

Quien estaba frente a mí era mi cuerpo y, lo que mis ojos contemplaron con vacilación, hizo de mi propia alma se tambalease bajo los pilares que conformaban el mí. Quien estaba ahora delante mía era mi cuerpo pero no había marca alguna de acero o bronce en mi piel, ni cicatriz que marcase los años de bandolería y saqueos. Mis cabellos conformaban una larga melena, limpia y voluminosa, que llegaba hasta mis hombros en un reguero de belleza castaña en lugar de estar cortados y arrejuntados por la suciedad y el sudor. Mis ojos volvían a ser del mismo esmeralda que una vez fueron cuando fui niño y las bolsas de incontables noches en velo habían desaparecido. Mi cuerpo era de mayor envergadura y una capa de grasa protegía a los músculos que otrora habían sido visibles por una piel que pocas veces tomaba bocado. Mi maquillaje, mi puntura de guerra, la máxima expresión de mí mismo también había desparecido y tenía un tomo moreno de aquellos que pueden disfrutar de una vida cómoda y feliz bajo el sol. Quien estaba delante mía era yo, pero no el yo que conocía. Era una copia, una imitación, una versión de mí que jamás conoció las vicisitudes del destino. Era la respuesta al qué hubiera pasado y el ejemplo de lo nunca será o volverá a ser.

Y tú, mi querida víctima, que estás atado frente a mí con los labios tapados por la misma tela de tu difunta y que notas cómo el frío sudor recorre tu piel mientras el miedo toma el control y expulsa de tu cuerpo el poder de tu albedrío, ¿quieres saber qué sentí al ver aquella imagen? Pena. Aquel hombre no era yo, pues mi alma se ha forjado bajo los martillazos de infortunios. Aquel hombre jamás conoció la pena, jamás supo adaptarse a un mundo blasfemo que solo deseaba reducirle a la nada. Aquella imagen era un insulto a quien soy ahora. Y ahí supe que estaba en un sueño, pues jamás me hubiera visto en tal desdicha como para abandonar este presente que poseo, el de un futuro incierto para el que tengo las fuerzas de enfrentar.

Ahora siente cómo el cuchillo perfora tu pecho con lentitud, cómo la sangre emana de tu piel y se interna en los pulmones. Cómo tu respiración se hace cada vez más pesada. Cómo tus ojos caen y tu vista se vuelve oscura como la noche. Quizás, en tus últimos momentos, sueñes con un mundo hermoso y feliz en el que yo no exista, donde tuviste la oportunidad de huir, donde un hombre viejo y envidioso jamás me dio el oro para acabar con su propia hija y su marido. Quizás seas feliz en ese sueño, y ahí sabrás que es un sueño, pues solo en sueños el mundo puede librarse de mí.

sábado, 26 de septiembre de 2020

Hijos de Laguna

Se cumple apenas un año de la condena cuando nos dicen que somos libres. Fuimos condenados por ser miembros de una organización delictiva, a otros de los nuestros, además, se les imputa el asesinato de un diplomático del planeta Laguna.

    No sé exactamente qué ha pasado, pero la organización entró en bancarrota y no sé qué va a ser de mí. Los retrogenéticos no tenemos mucha salida en un Pandominio hipercontrolado por el gobierno. Somos la excepción de cualquier regla o norma, con total libertad para pensar y vivir, pero esclavizados por nuestra independencia, que nos obliga a ser parte de organizaciones como Space-Russafa.

    Esclavizados para ser meros transportistas, carne de cañón o, como en nuestra última misión, observadores internaciones. Nos iban a pagar 200 créditos solamente. Todo era llegar a Laguna, dar una vuelta por el planeta, quizás entrevistarnos por un par de teraborgs y con la monarquía, y volver a Janssen con un informe que nos acabaría dictando la empresa.

    La realidad es que en Laguna nos ofrecieron unos planes muy diferentes. Un noble apellidado Alde nos interceptó en pleno astropuerto orbital dándonos identificaciones especiales y nos pidió que fuésemos a su palacio. Como ilusos, no desperdiciamos la posibilidad de ganar un extra por una misión sencilla y que tampoco nos desviaba de nuestro objetivo principal.

    El señor Alde nos recibió con un gesto arrogante, como si nos hubiera pagado entonces para que le lamiésemos las botas. Nos llevó a la habitación de su hija, de la que supimos poco después que había desaparecido, y culpaba a la familia Deida, sus rivales políticos y actuales monarcas.

    ¡Estúpidos teraborgs! esos lagartos espaciales que se creen tan inteligentes e importantes por tener acceso a la tecnología de portales. Esta vez se habían pasado tres pueblos, ¡habían invadido el planeta! Pero a nadie parecía importarle, qué les iba a importar si todos esos don normales genéticamente no pueden ni tan siquiera desarrollar pensamiento crítico. Al parecer a nadie le parece oportuno y sospechoso que se descubriera unas ruinas teraborgs en el planeta y que esta información se publicara con total naturalidad.

    La hija del señor Alde, como supimos, simplemente estaba enamorada de uno de los Deida y que su desaparición no afectaba a su integridad física o moral, sino que atendía a deseos románticos y el querer abandonar un planeta con rígidas costumbres y un padre que era un grano en el culo.

    Mis compañeros estaban más entretenidos en husmear y en dejar en evidencia al señor Alde, un padre irresponsable y del que sospechaban vinculaciones con la invasión teraborg, que cumplir alguno de los objetivos que teníamos en Laguna. 

    Cuando empezaron a apretar los gatillos, yo ya había salido. Cuando descubrieron que los planes de Alde eran ser el próximo monarca y que había traicionado a todo su planeta con hacerse con el poder implicando a los teraborg, yo ya estaba en la carretera. Alde y cinco teraborgs fallecieron en el ostentoso palacio del que yo había salido.

    La empresa Space-Russafa fue acusada de ser una organización criminal. Tuvieron que pagar sumas millonarias al gobierno en concepto de multas e indemnizaciones. Destituyendo a nuestra jefa Tane y perdiéndole de vista. Nos llevaron a un cuarto oscuro y no nos dejaron salir hasta que confirmamos todo lo que habíamos hecho en esa y otras misiones.

    Ahora que estoy fuera, respirando el aire de puro de Janssen de nuevo, me llega un correo electrónico. Una misteriosa empresa me cita en Galatrimis, un planeta deprimente, sucio y aislado. Es probable que haya misiones nuevas para mí y para mis compañeros.

    El nombre de la nueva empresa, el logo… todo me produce un escalofrío. Parece sacado de una mala películas de zombies.