sábado, 29 de mayo de 2021

La Batalla de los Heraldos (1/2)

Antes del reinado de los hombres y el consejo de los magos rojos, antes del exilio de los gigantes y la decadencia de su sangre, antes de que la tierra se plagase de cuerpos y el suelo se tiñese de rojo para el deleite de los cuervos, antes de que el mundo fuese mundo y el todo estuviese completo, solo existía el vacío y del vacío surgió Selûne, la dama de la luz plateada, y que muchos rinden culto bajo el nombre de Ihys, el señor de la llama dorada, y Shâr, la dama de la niebla y la oscuridad y que muchos conocen con el nombre del Tejedor de Sombras.

Ambas deidades deseaban un mundo que cubriese el vacío del que habían surgido, un mundo en el que la vida pudiese florecer y crecer acorde a sus deseos. Selûne y Shâr crearon la luz y la oscuridad para llevar a cabo su trabajo, mas Sêlune deseaba un mundo bello y brillante, donde la luz cubriese la tierra y su calor y resplandor llegase a los confines del mundo, y Shar deseaba un mundo frío y oscuro, donde la niebla violeta alcanzara los picos más altos de las montañas y el rocío de la noche acompañase a sus hijos como un abrazo de cuna. Los dos entes discutieron durante evos con el fin de llevar a cabo su visión pero nunca alcanzaban un acuerdo, pues la luz es contraria a la oscuridad y la oscuridad no puede existir si la luz vive. Las palabras y pensamientos llevaron a la lucha y la lucha creó tormentas cósmicas cuya fuerza tergiversó la propia realidad y en golpes que llenaban el vacío de furia y miedo. Nadie sabe cuánto duró aquella batalla ni nadie lo sabrá jamás, pero de su final inconcluso surgieron los dioses menores, dioses de luz y oscuridad a los cuales el mundo reza, y el vacío dejó de ser vacío para convertirse en el universo. Millones de planetas y cuerpos celestes tomaron su legítimo lugar en el mundo y Sêlune y Shar vieron que habían creado el mundo aunque no eran como habían soñado, y ambas decidieron ceder su lucha pues no deseaban la destrucción de su propia creación.

Los dioses menores aplaudieron la decisión de sus creadores y entre todos formaron Abeir-Toril, el mundo antiguo, el equilibrio perfecto entre luz y oscuridad que poblaron con las razas antiguas, los monstruos y las bestias. Las grandes damas habían cesado su lucha y ambas gobernaban sobre su creación, pero Selûne albergaba tristeza en su corazón, pues había deseado un mundo solo para ella y en su ambición creó en secreto la tierra de Ban-Akhor, la Tierra de la Luz Eterna, que estaba separada de Abeir-Toril por el gran océano, y a la guardiana de aquel mundo separado, Sarenrae, la Semperclara, cuyas alas de luz curaban la tristeza y el dolor de aquellos que lo necesitaban y cuya espada flamígera derrotaba a las sombras antes de que pudieran dañar la tierra. Selûne y Sarenrae formaron las montañas, los ríos, los valles y las cavernas de Ban-Akhor y una vez acabaron su labor poblaron su paraíso con las cuatro razas de Ban-Akhor: los veldakens, quienes se asentaron los valles del sur y dedicaron sus vidas al estudio y el deber, los cambiantes, quienes corrían y cantaban libres y felices por los bosques y selvas, los gigantes, nacidos de la piedra, el fuego, el hielo y los cielos, dueños de las montañas y maestros de las artes y cuya artesanía no tenía digno rival entre las demás razas, y los tritones, que vivían en las costas y dividieron su vida entre la tierra y el océano asegurándose que la vida florecía y el mal no los asolaba. El mundo vivió libre y sin conocer la oscuridad, protegidos eternamente por la Sempeclara que los nutrió y les instruyó en sus artes y enseñanzas y les cuidaba con ternura y cariño desde su nacimiento a su muerte.

Ban-Akhor fue un paraíso por generaciones, oculta en secreto del resto de deidades bajo la tutela de Sarenrae. Pero Asmodeus, señor de los infiernos, que había estudiado el cosmos y cuyos ojos alcanzaban toda la creación, vio que la luz de Sarenrae le cegaba e impedía ver más allá de esta y el archidemonio, llevado por la codicia y la curiosidad, se enfrentó a la portadora de la espada flamígera para conocer sus secretos. El fuego blanco y el fuego oscuro chocaron y de aquel conflicto surgieron estruendos y calamidades que retumbaron por todo el universo y Asmodeus, pese a que no fue capaz de abatir a la Sempeclara, consiguió plantar la semilla de la intriga en el resto de dioses, que descubrieron así el secreto que por tanto tiempo habían ocultado.

Los dioses enfurecieron al conocer aquella tierra gobernada por la luz y sin tinieblas, pues era una afrenta contra el resto del cosmos y una violación de la paz que las grandes creadores habían acordado, y Shar, llevada por la ira, maldijo la tierra de Ban-Akhor y de las montañas y valles donde las tinieblas jamás habían tomado forma, surgieron seres de humo oscuro y llamas negras y asolaron así el que una vez fue el paraíso que Sarenrae había jurado proteger y Ban-Akhor dejó de llamarse Ban-Akhor una vez la oscuridad alcanzó la luz y se llamó Ban- Tenya, la Tierra de los Llantos.

Aquellos seres, entes sin forma ni cometido más allá de la destrucción, corrompieron la tierra y plagaron los corazones de sus habitantes de desesperanza. Selûne y Sarenrae fueron obligadas a ver la destrucción de su creación incapaces de actuar bajo el mandato de los otros dioses, ya que si así lo hacían, una nueva guerra nacería en el cosmos y la creación sería destruída. Así fue como Sarenrae, incapaz de actuar por su cuenta, mandó en secreto a Anga Istyar, Heraldo de Hierro, su más fiel sirviente y guerrero a combatir el mal que asolaba el mundo que había amado, y sus alas se tornaron rojas de la sangre de los seres de niebla que arrasó y sus gritos de guerra inspiraron a las cuatro razas que poblaban Ban-Tenya a defenderse de la progenie de Shar, pues sabían que Sarenrae no los había abandonado y seguía cuidando de ellos.

Ban-Tenya dejó de dormir frente a la oscuridad y con su esfuerzo y coraje hicieron retroceder a la sombras y con sus esfuerzos hubieran conseguido extinguirlos, mas Asmodeus vio que Sarenrae había enfrentado en secreto a la oscuridad y, puesto que ninguna deidad o demonio podía actuar en el conflicto, moldeó a partir de miedo y sombras a sus propios heraldos: Lilith, Madre de Sombras, y Caeb, Padre de Tormentos y les dió parte de su propio poder para que pudieran hacer frente a Anga Istyar.

Lilith era hermosa y bella, de piel gris ceniza y labios de obsidiana, vestida con plumas negras y mantos de esencias grisáceas, con una corona de cuernos rojos y seis alas como las de Anga Istyar, marcadas con el fulgor de las profundidades del Infierno. Caeb era un ser monstruoso, cuya cabeza se asemejaba a la de un dragón, con cuerpo cubierto de escamas negras similar al de un león y una larga cola serpentina de fuego azul y de cuya boca surgía saliva de mercurio y aliento de veneno. Las sombras volvían a tener una oportunidad contra la luz y los tambores de guerra volvieron a sonar una vez más, pues ambos ejércitos se habían cansado de una lucha eterna sin vencedor y ambos se reunieron a sus tropas bajo las faldas de Calleb Dhur, la Montaña que alcanza el cielo, a fin de acabar el conflicto y aplastar a su enemigo, sin saber que sería el fin de ambos.

sábado, 20 de marzo de 2021

El Dragón Durmiente

 Mi cabeza es una gran caverna capaz de albergar tesoros y horrores. Está dividida en salones dentro de salones, amplios como las grandes praderas y profundos como el abismo de los hombres, con galerías tan altos como montañas y pasadizos estrechos para que nadie salvo yo pueda pasar por ellos.

En sus salones hay ideas para miles de mundos fantásticos, cuyos dioses y habitantes jamás han pisado nuestro mundo, lores antiguos como el origen de los tiempos y nuevos como una vida que llora por primera vez. En sus galerías, poemas de amor y palabras para un amigo necesitado, en sus cofres, recuerdos pasados y casi olvidados, y tras sus puertas selladas con cadenas y cerrojos de acero templado, peligros y memorias que desearía haber olvidado. Y entre tesoros y reliquias, entre oscuridades y secretos, un dragón durmiente se ha hecho el amo de todos ellos.

Mi dragón no tiene alas, su piel no está cubierta por escamas duras como el acero ni escupe fuego por su boca, pero es más terrorífico que cualquier sierpe de la que haya leído. Mi dragón no secuestra princesas, no atemoriza a los locales ni lucha contra caballeros en brillante armadura, pues no es un dragón que uno vea como un obstáculo a superar, es un muro inescapable.

Mi dragón es un ser amorfo de niebla negra que habita durmiente en mi cabeza a la espera de despertar. Se oculta entre recuerdos y momentos felices, invisible a mi ojo, pero su respiración fuerte como los huracanes marca su presencia y me impide ignorarlo. No respira porque lo necesite, lo hace para hacerse notar, para recordarme que está ahí, para demostrar que no se ha ido, para amenazarme con su mera existencia, para expresarme que jamás se irá y que la caverna que habita será su guarida eterna.

Su hambre es voraz. Come y come hasta acabar con todo lo que encuentra. Su ira es ardiente y efusiva, no distingue aliado de enemigo, y no puedo sino mirar mientras destruye los tesoros que tanto ansía. Pero, por mucha hambre que sienta, por mucho que la ira le consuma, mi dragón no despierta por algo tan trivial. Mi dragón espera paciente al momento perfecto, al momento en el que sabe que su daño es mayor, al momento en el que menos le deseo.

Mi dragón solo despierta cuando soy más vulnerable, cuando todo a mi alrededor se desmorona, cuando el sendero se vuelve oscuro y las paredes de mi caverna tiemblan a punto de caer. Es solo entonces cuando abre sus serpentinos ojos, esos horribles ojos ámbar de color de las llamas. Cuando despierta, sus fofas patas le yerguen e hincha los pulmones para soltar un grito voraz que anuncia su regreso y el inicio de su matanza. Sus colmillos desgarran mis mayores pasiones, sus garras aplastan los recuerdos que más atesoro, su cola destroza mis galerías y columnas para hacer caer el techo de mi caverna y yo, inmóvil, solo puedo contemplar horrorizado mientras acaba con todo a su paso. Solo puedo esperar pacientemente a que acabe con su pérfida cruzadas y no puedo sino llorar cuando vuelve a dormir, preparado para volver a emerger cuando su momento llegue de nuevo.

El techo de mi caverna ha sucumbido muchas veces y siempre lo he reparado. Las paredes de mi caverna se han resquebrajado y yo siempre las he sellado. He cosido mis recuerdos, he tejidos mis memorias con los restos que han quedado, he reparado lo que una vez estuvo roto y he vigilado los salones de mi caverna, vigilante a su llegada, seguro de que volverá a despertar y aterrado de saber si su nuevo despertar es demasiado para mí, si no seré capaz de reparar lo que destruya.

Nunca sé qué le despertará la próxima vez: una pelea, una discusión, un malentendido, un miedo que creí olvidado… Tan solo puedo esperar paciente a que despierte. No sé cuándo ni cómo, solo sé que lo hará.

En mi cabeza hay una caverna donde guardo mis recuerdos y deseos y en ella un dragón gobierna sobre ellos. Mi dragón ve mi cabeza como su reino y mis recuerdos su posesión. Tiempo hace desde que habita en mí y a veces pienso que jamás se marchará, que estoy condenado a este castigo, pero no le dejaré, no mientras luche por evitarlo. Cada día que pasa respiro más tranquilo, cada esfuerzo que hago por mejorar hace más ligeros mis hombros. Lento y difícil avanzo hacia el camino que deseo con cada paso que doy. Cada paso duele como mil agujas en mi piel, cada gota de sudor en mi frente es pesada como una piedra a mi espalda, pero no por ello dejo de caminar.

Mi dragón no tiene alas, su piel no está cubierta por escamas duras como el acero ni escupe fuego por su boca, pero es más terrorífico que cualquier sierpe de la que haya leído. Mi dragón no secuestra princesas, no atemoriza a los locales ni lucha contra caballeros en brillante armadura, pues no es un dragón que uno vea como un obstáculo a superar, es un muro inescapable. Pero quizás no sea un muro tan alto, quizás no sea tan empinado o duro. Quizás algún día pueda acabar con él.

En mi cabeza hay una caverna donde guardo mis recuerdos y deseos y en ella un dragón gobierna sobre ellos. Y algún día, el dragón se irá y, finalmente, podré respirar en paz.

domingo, 28 de febrero de 2021

Hola, Capitán

El capitán Connor no esperaba haber sobrevivido tras la destrucción de la nave auxiliar en la que viajaba. Tampoco esperaba haber caído en ese planeta. Se despertó en una cama de heno, con ropa desfasada y apolillada. Le dolía la cabeza, pero igualmente se incorporó y se puso a investigar.

Buscó en los cajones, pero no encontró tecnología superior al NT5 y eso le preocupaba. Estaba claro que no tendrían vehículos para que volviese a Laguna.

Un hombre reptil abrió la puerta y sonriente, o todo lo sonriente que puede estar un terópodo, le da un apretón de manos.

- Que bueno verle despierto, Capitán, que Dios lo guarde en su gloria.

"Empezamos bien" le salió de forma casi instintiva ese pensamiento. Después se llevó la mano a la chapa que colgaba de su cuello y que lo vinculaba al ejército. Parece que ellos entendían la importancia de su rango, aún habiéndolo desnudado.

El hombre se llamaba Jairo y era el alcalde de aquella comunidad llamada Jamish. Le ofreció además de una cama, su mesa. Junto a su familia, Jairo "bendijo" la comida, sea lo que se sea que signifique eso. Se fijó en la ropa que llevaba su mujer, un vestido largo y cofia sobre la cabeza.

Comió en silencio, mientras la familia hablaba sobre el campo, un inminente festival de la cosecha y los retrasos en el último pedido de suministro.

Al terminar, lo llevaron junto a lo que parecía una patrulla vecinal. Portaban unas armas de fuego rudimentarias, de munición de casquillos, algo de lo que Connor sólo había leído en la Holonet.

- Hola, Capitán -saludó amablemente quien parecía líder de aquel grupo-. Vamos a llevarle a hacer la Ronda, para que vea el pueblo y los instrumentos que emplea el demonio para hacernos dudar del señor.

Definitivamente aquello parecía una secta y lo habían aceptado como parte de ellos y para algún plan que todavía no le explicaran. Interaccionaban con él como si le conocieran de hace mucho, esa cercanía genuina lo ponía nervioso.

En el pueblo una treintena de casas eran habitadas por familias, muchas de ellas haciendo vida en el exterior. Por la celebración que había oído hablar en la comida, la gente se encontraba colgando pancartas y preparando mantos de flores. Tampoco vio entonces rastros de naves o vehículos más allá de carretas de tracción animal.

Connor siguió el paso con los hombres armados y pasaron junto a una casa con una vieja antena. Preguntó con timidez, sintiéndose cohibido por la extraña situación. Por lo que le explicaron, no tenían medicamentos y muchos bienes que también debían traerse de fuera, para lo cual pedían perdón a su dios por tener que caer en el pecado de la tecnología. El capitán tras esta disparatada respuesta, prefirió no realizar ninguna otra pregunta.

La Ronda comenzaba en el exterior del pueblo, en la entrada al bosque. Tenían un sistema precario de alarma compuesto por cuerdas y cerámicos, con la idea de que lo que quiera que viviese en el bosque hiciera mucho ruido y alertase a los pueblerinos.

Tenía muchas cuestiones en su cabeza, pero sabía que no sacaría más que evasivas como que las criaturas del bosque son castigos divinos, así que guardó silencio, aceptó una escopeta y entró con ellos en la espesura.

Empezó a entender a qué se enfrentaban: había útiles en el suelo y rastros de lo que parecía un campamento improvisado. Era evidente que sus enemigos eran civilizados, quizás bandidos.

En cuestión de minutos fueron emboscados. Se trataba de mujeres reptilianas, luchando con sus garras y dientes. Se negó a atacar. Se escondió y se limitó a estudiar a esas bestias. El combate tras un par de bajas, terminó con la huida de las atacantes. Se apartó de sus compañeros y trató de encontrarse con una de esas hembras.

- Hola, Capitán -oyó-. Una vez también lo fui. Pasé mi juventud sirviendo al ejército imperial.

El Imperio de los reptilianos tenía una armada temible y gran tecnología, pareciendo todo lo contrario viendo lo que había en este planeta. La extraña voz continuó, explicando que el alcalde Jairo arrastró a muchas familias y amigos a vivir en esa comuna, bajo las enseñanzas de un libro que se encontró en unas maniobras.

Tratando de huir de aquella vida, Jairo condenó a muerte a sus maridos y ellas fueron condenadas al ostracismo. Tuvieron que dedicarse al saqueo para sobrevivir mientras Jairo engañaba a más extranjeros a unirse al conflicto armado.

Connor accedió, sin que se lo hubieran pedido, a sacarlas de allí y denunciar lo sucedido a las autoridades imperiales. Se escondió con ellas a esperas de que llegara el encargo desde fuera del planeta, la nave de suministro de la que oyó hablar durante su última comida. Fue una información crucial pues independientemente de a quién se aliase al final, esa nave sería su única forma de salir de ese pueblo de majaras.

La tripulación de la Perses no parecía muy cooperadora, pero las reptilianas prometieron mucho dinero e incluso un plus si bombardeaban o disparaban a la Iglesia de la comunidad, algo a lo que se negaron por no causar un incidente internacional.

Connor se sintió mejor cuando la Perses salió de la órbita planetaria. Se prometió que no volvería a pisar un planeta que no tuviera Holonet y que no intercambiaría palabras con ningún pueblo que requiriese la existencia de un dios para sentirse realizado.

domingo, 24 de enero de 2021

Erico Hachasangrienta: Regreso

Los goliaths eran un pueblo seco, directo, inclinados a actuar primero antes que a reaccionar, los perfectos habitantes para las tundras heladas y los picos cubiertos eternamente por nieve. El asentamiento de Pico Nubloso no era una excepción y sus habitantes conocían muy bien los innumerables peligros de su hogar: terrenos deslizantes que dejarían caer hasta su muerte al más hábil escalador, dientes de sable cuyos colmillos podían desgarrar la carne de un adulto antes de que gritase de dolor, vientos tan fríos que eran capaz de volver negra la piel de uno por abrigo que llevase encima y, si eso no era bastante, siempre había un extranjero o ser maligno que quería engañarles y acabar con ellos. Los goliaths debían apoyarse entre sí para sobrevivir y eso hicieron. No llegaban a dos docenas de habitantes en aquel conjunto de tiendas rudimentarias, pero tenían la fuerza y la capacidad de cumplir cosas que ejércitos de mayor tamaño consideraban imposibles. No había nada más fuerte para ellos que sus lazos de sangre y romperlos era un pecado mayor que cualquier mal del mundo. Erico lo sabía bien, había crecido en aquel asentamiento y volver hacía que todo su cuerpo temblase del miedo. - ¡Alto! Vete de aquí ahora que aún tienes oportunidad y no te dispararemos. Dos goliaths vigilaban el gran arco de madera plagado de runas que marcaba la entrada a su antiguo hogar. Eran jóvenes, el viejo guerrero no reconocía sus rostros ni recordaba haberlos visto crecer. Sus manos estaban enguantadas con limpias pieles de zorro blanco y sus armas no tenían dentadas ni manchas de sangre seca. Eran novatos, no habían conocido la batalla ni se habían enfrentado aún a un desafío que les pusiese en su sitio. El viejo goliath se quitó su capucha y bufanda de piel revelando un rostro que hizo retroceder unos pasos a los guardias del miedo. Pocos podían olvidar las cicatrices en la cara de Erico, marcadas sobre su piel gris y negra como arañazos en la madera vieja. Su ojo derecho, blanco y ciego, tenía una gran cicatriz vertical que llegaba hasta el labio tras un enfrentamiento con un Magen. Su cuello tenía una gran laceración de las garras de un viejo troll que había marcado su voz desde el día que la sufrió. Pero lo que más llamaba la atención del goliath era su moflete izquierdo, inexistente, que dejaba ver los dientes de su mandíbula aún con los labios sellados y cuya carne jamás terminaba de curarse. Nunca había explicado cómo se hizo aquella herida, pero todos los asentamientos de las montañas le conocían por ella y le temían por los rumores que se contaban de él. - ¿No venís a por mí directamente? – dijo Erico con su voz desgarrada y carraspera - Baba debe tenerme aún en estima pese a todo. O puede que sepáis quien soy y no os atreváis a hacer nada. - ¡Sabemos quien eres! – dijo el guardia de la derecha, jabalina en mano y con una voz temblorosa – No nos das miedo, mago. ¡La entrada te está prohibida! Vente con tus magias oscuras y… - Estás temblando. – Erico alzó la cabeza y clavó su ojo en los del joven mientras se acercaba lentamente a él. Cada paso movía la nieve que le llegaba hasta las rodillas y quebraba el sonido del viento bailando entre los picos. – No dejes que te vean temblar, será tu ruina. - ¡Atrás, no des un paso más! - dijo el guardia de la derecha mientras se acercaba a su compañero. Erico paró en seco y cambió la dirección de su mirada al otro guardia. Ella no temblaba, pero estaba nerviosa, se notaba la preocupación por su compañero en su grito. - Solo lo diré una vez más. Márchate de aquí. Si no nos haces caso, te las verás conmigo y con mi hermano. - No quisiera mancharme la capa ni tampoco quiero aprovecharme de uno inexpertos. Es cierto que se me prohibió volver al asentamiento, pero necesito hablar con Baba. Dejaré mis armas en la nieve y no tardaré más de una hora, lo juro por la lluvia y el viento. - Tus juramentos no sirven de nada, todo el mundo sabe que nadie puede fiarse de ti. Aunque te encadenásemos con los grilletes más pesados seguirías siendo una amenaza. La mirada de la goliath era segura y certera, no se separaba de los ojos de Erico salvo cuando saltaba momentáneamente para observar su manos y pies, preparada para el ataque inminente. Erico soltó un bufido de cansancio y apretó los labios frustrado por sus intentos por acabar de forma pacífica. - ¿No me dejarás pasar entonces? - Aunque mi alma abandone mi cuerpo, juro que no cruzarás ese umbral. - Entonces no me dejas otra opción. Erico dio un salto hacia atrás como la pantera que esquiva el peligro en la selva y extendió su mano hacia delante con el índice y el corazón apuntando a la goliath. La guardia saltó hacia él, jabalina en mano, preparada para el ataque de su enemigo. Había oído hablar de las hazañas de Erico, del maestro del hacha de mano y espada. Su madre le había contado historias de su época como aventurera, de los viajes que habían recorrido juntos, de los desafíos a los que se había enfrentado. Sabía todas las técnicas de su adversario y cómo defenderse de ellas, pero su rostro se tornó en una expresión de duda cuando vio que Erico no sacó ningún arma. Tan solo hizo un círculo en el aíre y soltó un susurro que no pudo oír. Y entonces todo se volvió oscuro. La goliath había caído sobre la fría nieve. Aún respiraba y no había sufrido daño alguno. Erico guardó su mano bajo la capa mientras se acercaba de nuevo al segundo guardia. El joven temblaba de temor tras haber visto como su hermana caía al suelo sin golpe alguno, le aterraba tener que imaginarse una lucha contra aquel monstruo. EL goliath extendió la jabalina hacia Erico con las manos temblando mientras veía como el anciano se acercaba lentamente a él. Cada pisada sobre la nieve sonaba como el golpe de un tambor de guerra, cada exhalación de vaho caliente le parecía el aliento de fuego de un dragón. Su corazón palpitaba con fuerza y su frente, pese a estar entre las frías montañas, estaba plagada de sudor. Erico se acercó al joven hasta el punto en el que la punta de la jabalina del joven se encontraba sobre su garganta. - Tu compañera está en el suelo. Si la dejas ahí, acabará por congelarse. Llévala hasta vuestra tienda y haz que entre en calor. El joven soltó su arma y fue rápido a ayudar a su hermana llevado por la necesidad de una excusa mientras Erico cruzaba una vez más el viejo arco de madera de su viejo hogar.

sábado, 26 de diciembre de 2020

El hombre de rostro cansado

Stuart era un hombre de rostro cansado. Como si la vida siempre lo hubiese tratado mal. A su aspecto se le unía su espalda ligeramente encorvada, que a ratos le hacía parecer un campanero o un matón.

Desde hace relativamente poco estaba saliendo con otra semi-elfa, de círculos completamente diferentes y bastante jovial. Así que los amigos de ella tenían demasiadas preguntas que hacerle. No obstante, creían en su buen criterio: Stuart tenía su atractivo y jamás dio signos de tratarla de manera inadecuada. Además, ella parecía bastante feliz y nunca le negó cierta distancia cuando ella necesitaba tiempo para sí misma.

Aún así, sus amigos la querían y todavía extrañados por la independencia que ella siempre había gozado y de la que ahora se desprendía, se acercaron a Stuart y lo hacían partícipe de sus reuniones sociales y familiares. Quería saber si era de fiar y de serlo, que no quedara desplazado o castigado por sospechas infundadas.

Él no era un libro abierto, pero entre cervezas, un ambiente tranquilo y la luz del atardecer, el hombre de ojos apagados contó su historia, una historia que compartía con otros semi-elfos en esa sociedad donde eran considerados parias.

Stuart, de edad indefinida y siempre joven por su herencia sanguínea, se crio en una época donde el odio a los suyos todavía estaba madurando. Era un joven muy trabajador y responsable. Lo suficiente como para haberse encaprichado de una privilegiada humana.

Con su pelo ondulado y su vestido apretado, con su cintura ajustada con corté, ella devoraba todos los días un libro. Sus ojos a veces lloraban por la tristeza que le infundían esas páginas y otras veces por la alegría que sentía y compartía con sus personajes favoritos.

Así que, envalentonado, Stuart subió por la celosía y asomó su cabeza para ver a esa hermosa mujer que, evidentemente, se asustó. Pero Stuart tenía buen aspecto. Es una persona aseada y pulcra, con una voz profunda y tranquilizadora. Ella le dejaría subir a su terraza. Ese y los siguientes días.

Ellos eran muy felices. Él se gastaba todo el dinero posible en comprarle dulces y pasteles que su familia no quería que comiese para que no ganase peso y perdiese su figura. Ella le leía y le hablaba de todos los apasionantes viajes que vivía a través de los libros. Eran una pareja perfecta.

Mientras, los semi-elfos en la ciudad eran señalados por crímenes que no cometían. Perdían sus trabajos y las leyendas urbanas de semi-elfos buscando problemas porque estaba escrito en sus perversos genes mestizos aumentaban.

Así que cuando una sirviente descubrió a Stuart en brazos de la joven Elisabeth, se desató el caos. Sus padres entraron en cólera, llamaron a las autoridades y él tuvo que huir. Pero no quiso renunciar a lo que sentía por su amada.

A los días, cuando pensaba que por fin era seguro subir de nuevo por la celosía, lo hizo. Stuart subió con energía, revitalizado por el deseo e ilusión de volver a ver a su amada. Pero los amarres de la celosía fueron cortados y en el tramo final, cuando sentía el calor y la cercanía de la mujer de cabellos ondulados, cayó de bruces contra el suelo de granito.

Quiso gritar de dolor y de impotencia, pero no pudo. El dolor le recorrió todo el cuerpo y la vista tornó blanca, como si sus ojos dejasen de ver por un instante. La espalda le ardía y dejó de sentir sus manos. Su cabeza le latía por la adrenalina y la sangre teñía sus cabellos.

Recuperó la razón y conciencia minutos después, quizás horas. Se arrastró por el suelo hasta salir de allí. El miedo le había dado las fuerzas necesarias para volver a casa. No pudo levantarse en días y cuando lo hizo, su espalda destrozada y mal curada le acompañaría el resto de su vida como una joroba, como si fuese la marca de un pecado que solo era tal a los ojos humanos.

Abandonaría la ciudad poco después, tras hostigamientos de la clase privilegiada y cuando encontrar trabajo en ella se hizo tarea imposible.

Se mudó a las montañas y construyó con sus propias manos la casa en la que viviría las siguientes décadas. La casa en la que esperaba vivir hasta el final de sus vidas con Raine.

Sus nuevos amigos callaron y guardaron silencio durante la historia. Se sentían identificados aún cuando muchos jamás habían vivido en sus venas el terror de ser perseguidos por falsos estereotipos.

Stuart sonrió. Para él no era una historia triste. Añadió que él siempre tuvo comida en su plato y que nunca le faltó un techo donde dormir. No obstante, no se sentía tampoco un hombre afortunado hasta que conoció a su nueva pareja, Raine, y hasta cuando pudo comprobar que compartía sus mismos ojos con su nieta.

Su Elisabeth solo era un fantasma que había desaparecido y había sido enterrado bajo una tumba de mármol. Con elogios escritos por su familia en forma de epitafio.

Stuart confesó que durante su exilio a las montañas, se escapaba de vez en cuando a la ciudad, para poder observar la vida de Elisabeth y desde la distancia, sentirse partícipe de su felicidad. Pudo ver crecer a la hija que compartían y después a su nieta.

Stuart terminó su relato girándose hacia sus acompañantes. El sol se había marchado y la noche dio comienzo. Ellos habían sido los primeros en oírle hablar con nostalgia, de la mochila que había sobre sus hombros. Dentro de ella, la muestra de que Stuart era el hombre más adecuado para Raine.

No volvieron a hablar del tema. No era necesario hacer hablar al hombre de rostro cansado, simplemente escuchar si él necesitaba compartir algo con ellos, cosa que haría muchas veces, cada vez de manera más natural.