sábado, 29 de mayo de 2021
La Batalla de los Heraldos (1/2)
sábado, 20 de marzo de 2021
El Dragón Durmiente
Mi cabeza es una gran caverna capaz de albergar tesoros y horrores. Está dividida en salones dentro de salones, amplios como las grandes praderas y profundos como el abismo de los hombres, con galerías tan altos como montañas y pasadizos estrechos para que nadie salvo yo pueda pasar por ellos.
En sus salones hay ideas para miles de mundos fantásticos,
cuyos dioses y habitantes jamás han pisado nuestro mundo, lores antiguos como
el origen de los tiempos y nuevos como una vida que llora por primera vez. En
sus galerías, poemas de amor y palabras para un amigo necesitado, en sus
cofres, recuerdos pasados y casi olvidados, y tras sus puertas selladas con
cadenas y cerrojos de acero templado, peligros y memorias que desearía haber
olvidado. Y entre tesoros y reliquias, entre oscuridades y secretos, un dragón
durmiente se ha hecho el amo de todos ellos.
Mi dragón no tiene alas, su piel no está cubierta por
escamas duras como el acero ni escupe fuego por su boca, pero es más
terrorífico que cualquier sierpe de la que haya leído. Mi dragón no secuestra
princesas, no atemoriza a los locales ni lucha contra caballeros en brillante armadura,
pues no es un dragón que uno vea como un obstáculo a superar, es un muro inescapable.
Mi dragón es un ser amorfo de niebla negra que habita durmiente
en mi cabeza a la espera de despertar. Se oculta entre recuerdos y momentos
felices, invisible a mi ojo, pero su respiración fuerte como los huracanes marca
su presencia y me impide ignorarlo. No respira porque lo necesite, lo hace para
hacerse notar, para recordarme que está ahí, para demostrar que no se ha ido,
para amenazarme con su mera existencia, para expresarme que jamás se irá y que la
caverna que habita será su guarida eterna.
Su hambre es voraz. Come y come hasta acabar con todo lo que
encuentra. Su ira es ardiente y efusiva, no distingue aliado de enemigo, y no
puedo sino mirar mientras destruye los tesoros que tanto ansía. Pero, por mucha
hambre que sienta, por mucho que la ira le consuma, mi dragón no despierta por
algo tan trivial. Mi dragón espera paciente al momento perfecto, al momento en
el que sabe que su daño es mayor, al momento en el que menos le deseo.
Mi dragón solo despierta cuando soy más vulnerable, cuando
todo a mi alrededor se desmorona, cuando el sendero se vuelve oscuro y las
paredes de mi caverna tiemblan a punto de caer. Es solo entonces cuando abre
sus serpentinos ojos, esos horribles ojos ámbar de color de las llamas. Cuando
despierta, sus fofas patas le yerguen e hincha los pulmones para soltar un
grito voraz que anuncia su regreso y el inicio de su matanza. Sus colmillos
desgarran mis mayores pasiones, sus garras aplastan los recuerdos que más
atesoro, su cola destroza mis galerías y columnas para hacer caer el techo de
mi caverna y yo, inmóvil, solo puedo contemplar horrorizado mientras acaba con
todo a su paso. Solo puedo esperar pacientemente a que acabe con su pérfida
cruzadas y no puedo sino llorar cuando vuelve a dormir, preparado para volver a
emerger cuando su momento llegue de nuevo.
El techo de mi caverna ha sucumbido muchas veces y siempre
lo he reparado. Las paredes de mi caverna se han resquebrajado y yo siempre las
he sellado. He cosido mis recuerdos, he tejidos mis memorias con los restos que
han quedado, he reparado lo que una vez estuvo roto y he vigilado los salones
de mi caverna, vigilante a su llegada, seguro de que volverá a despertar y
aterrado de saber si su nuevo despertar es demasiado para mí, si no seré capaz
de reparar lo que destruya.
Nunca sé qué le despertará la próxima vez: una pelea, una
discusión, un malentendido, un miedo que creí olvidado… Tan solo puedo esperar
paciente a que despierte. No sé cuándo ni cómo, solo sé que lo hará.
En mi cabeza hay una caverna donde guardo mis recuerdos y
deseos y en ella un dragón gobierna sobre ellos. Mi dragón ve mi cabeza como su
reino y mis recuerdos su posesión. Tiempo hace desde que habita en mí y a veces
pienso que jamás se marchará, que estoy condenado a este castigo, pero no le
dejaré, no mientras luche por evitarlo. Cada día que pasa respiro más
tranquilo, cada esfuerzo que hago por mejorar hace más ligeros mis hombros. Lento
y difícil avanzo hacia el camino que deseo con cada paso que doy. Cada paso
duele como mil agujas en mi piel, cada gota de sudor en mi frente es pesada
como una piedra a mi espalda, pero no por ello dejo de caminar.
Mi dragón no tiene alas, su piel no está cubierta por
escamas duras como el acero ni escupe fuego por su boca, pero es más
terrorífico que cualquier sierpe de la que haya leído. Mi dragón no secuestra
princesas, no atemoriza a los locales ni lucha contra caballeros en brillante armadura,
pues no es un dragón que uno vea como un obstáculo a superar, es un muro inescapable.
Pero quizás no sea un muro tan alto, quizás no sea tan empinado o duro. Quizás
algún día pueda acabar con él.
En mi cabeza hay una caverna donde guardo mis recuerdos y
deseos y en ella un dragón gobierna sobre ellos. Y algún día, el dragón se irá
y, finalmente, podré respirar en paz.
domingo, 28 de febrero de 2021
Hola, Capitán
El capitán Connor no esperaba haber sobrevivido tras la destrucción de la nave auxiliar en la que viajaba. Tampoco esperaba haber caído en ese planeta. Se despertó en una cama de heno, con ropa desfasada y apolillada. Le dolía la cabeza, pero igualmente se incorporó y se puso a investigar.
Buscó en los cajones, pero no encontró tecnología superior al NT5 y eso le preocupaba. Estaba claro que no tendrían vehículos para que volviese a Laguna.
Un hombre reptil abrió la puerta y sonriente, o todo lo sonriente que puede estar un terópodo, le da un apretón de manos.
- Que bueno verle despierto, Capitán, que Dios lo guarde en su gloria.
"Empezamos bien" le salió de forma casi instintiva ese pensamiento. Después se llevó la mano a la chapa que colgaba de su cuello y que lo vinculaba al ejército. Parece que ellos entendían la importancia de su rango, aún habiéndolo desnudado.
El hombre se llamaba Jairo y era el alcalde de aquella comunidad llamada Jamish. Le ofreció además de una cama, su mesa. Junto a su familia, Jairo "bendijo" la comida, sea lo que se sea que signifique eso. Se fijó en la ropa que llevaba su mujer, un vestido largo y cofia sobre la cabeza.
Comió en silencio, mientras la familia hablaba sobre el campo, un inminente festival de la cosecha y los retrasos en el último pedido de suministro.
Al terminar, lo llevaron junto a lo que parecía una patrulla vecinal. Portaban unas armas de fuego rudimentarias, de munición de casquillos, algo de lo que Connor sólo había leído en la Holonet.
- Hola, Capitán -saludó amablemente quien parecía líder de aquel grupo-. Vamos a llevarle a hacer la Ronda, para que vea el pueblo y los instrumentos que emplea el demonio para hacernos dudar del señor.
Definitivamente aquello parecía una secta y lo habían aceptado como parte de ellos y para algún plan que todavía no le explicaran. Interaccionaban con él como si le conocieran de hace mucho, esa cercanía genuina lo ponía nervioso.
En el pueblo una treintena de casas eran habitadas por familias, muchas de ellas haciendo vida en el exterior. Por la celebración que había oído hablar en la comida, la gente se encontraba colgando pancartas y preparando mantos de flores. Tampoco vio entonces rastros de naves o vehículos más allá de carretas de tracción animal.
Connor siguió el paso con los hombres armados y pasaron junto a una casa con una vieja antena. Preguntó con timidez, sintiéndose cohibido por la extraña situación. Por lo que le explicaron, no tenían medicamentos y muchos bienes que también debían traerse de fuera, para lo cual pedían perdón a su dios por tener que caer en el pecado de la tecnología. El capitán tras esta disparatada respuesta, prefirió no realizar ninguna otra pregunta.
La Ronda comenzaba en el exterior del pueblo, en la entrada al bosque. Tenían un sistema precario de alarma compuesto por cuerdas y cerámicos, con la idea de que lo que quiera que viviese en el bosque hiciera mucho ruido y alertase a los pueblerinos.
Tenía muchas cuestiones en su cabeza, pero sabía que no sacaría más que evasivas como que las criaturas del bosque son castigos divinos, así que guardó silencio, aceptó una escopeta y entró con ellos en la espesura.
Empezó a entender a qué se enfrentaban: había útiles en el suelo y rastros de lo que parecía un campamento improvisado. Era evidente que sus enemigos eran civilizados, quizás bandidos.
En cuestión de minutos fueron emboscados. Se trataba de mujeres reptilianas, luchando con sus garras y dientes. Se negó a atacar. Se escondió y se limitó a estudiar a esas bestias. El combate tras un par de bajas, terminó con la huida de las atacantes. Se apartó de sus compañeros y trató de encontrarse con una de esas hembras.
- Hola, Capitán -oyó-. Una vez también lo fui. Pasé mi juventud sirviendo al ejército imperial.
El Imperio de los reptilianos tenía una armada temible y gran tecnología, pareciendo todo lo contrario viendo lo que había en este planeta. La extraña voz continuó, explicando que el alcalde Jairo arrastró a muchas familias y amigos a vivir en esa comuna, bajo las enseñanzas de un libro que se encontró en unas maniobras.
Tratando de huir de aquella vida, Jairo condenó a muerte a sus maridos y ellas fueron condenadas al ostracismo. Tuvieron que dedicarse al saqueo para sobrevivir mientras Jairo engañaba a más extranjeros a unirse al conflicto armado.
Connor accedió, sin que se lo hubieran pedido, a sacarlas de allí y denunciar lo sucedido a las autoridades imperiales. Se escondió con ellas a esperas de que llegara el encargo desde fuera del planeta, la nave de suministro de la que oyó hablar durante su última comida. Fue una información crucial pues independientemente de a quién se aliase al final, esa nave sería su única forma de salir de ese pueblo de majaras.
La tripulación de la Perses no parecía muy cooperadora, pero las reptilianas prometieron mucho dinero e incluso un plus si bombardeaban o disparaban a la Iglesia de la comunidad, algo a lo que se negaron por no causar un incidente internacional.
Connor se sintió mejor cuando la Perses salió de la órbita planetaria. Se prometió que no volvería a pisar un planeta que no tuviera Holonet y que no intercambiaría palabras con ningún pueblo que requiriese la existencia de un dios para sentirse realizado.
domingo, 24 de enero de 2021
Erico Hachasangrienta: Regreso
sábado, 26 de diciembre de 2020
El hombre de rostro cansado
Stuart era un hombre de rostro cansado. Como si la vida siempre lo hubiese tratado mal. A su aspecto se le unía su espalda ligeramente encorvada, que a ratos le hacía parecer un campanero o un matón.
Desde hace relativamente poco estaba saliendo con otra semi-elfa, de círculos completamente diferentes y bastante jovial. Así que los amigos de ella tenían demasiadas preguntas que hacerle. No obstante, creían en su buen criterio: Stuart tenía su atractivo y jamás dio signos de tratarla de manera inadecuada. Además, ella parecía bastante feliz y nunca le negó cierta distancia cuando ella necesitaba tiempo para sí misma.
Aún así, sus amigos la querían y todavía extrañados por la independencia que ella siempre había gozado y de la que ahora se desprendía, se acercaron a Stuart y lo hacían partícipe de sus reuniones sociales y familiares. Quería saber si era de fiar y de serlo, que no quedara desplazado o castigado por sospechas infundadas.
Él no era un libro abierto, pero entre cervezas, un ambiente tranquilo y la luz del atardecer, el hombre de ojos apagados contó su historia, una historia que compartía con otros semi-elfos en esa sociedad donde eran considerados parias.
Stuart, de edad indefinida y siempre joven por su herencia sanguínea, se crio en una época donde el odio a los suyos todavía estaba madurando. Era un joven muy trabajador y responsable. Lo suficiente como para haberse encaprichado de una privilegiada humana.
Con su pelo ondulado y su vestido apretado, con su cintura ajustada con corté, ella devoraba todos los días un libro. Sus ojos a veces lloraban por la tristeza que le infundían esas páginas y otras veces por la alegría que sentía y compartía con sus personajes favoritos.
Así que, envalentonado, Stuart subió por la celosía y asomó su cabeza para ver a esa hermosa mujer que, evidentemente, se asustó. Pero Stuart tenía buen aspecto. Es una persona aseada y pulcra, con una voz profunda y tranquilizadora. Ella le dejaría subir a su terraza. Ese y los siguientes días.
Ellos eran muy felices. Él se gastaba todo el dinero posible en comprarle dulces y pasteles que su familia no quería que comiese para que no ganase peso y perdiese su figura. Ella le leía y le hablaba de todos los apasionantes viajes que vivía a través de los libros. Eran una pareja perfecta.
Mientras, los semi-elfos en la ciudad eran señalados por crímenes que no cometían. Perdían sus trabajos y las leyendas urbanas de semi-elfos buscando problemas porque estaba escrito en sus perversos genes mestizos aumentaban.
Así que cuando una sirviente descubrió a Stuart en brazos de la joven Elisabeth, se desató el caos. Sus padres entraron en cólera, llamaron a las autoridades y él tuvo que huir. Pero no quiso renunciar a lo que sentía por su amada.
A los días, cuando pensaba que por fin era seguro subir de nuevo por la celosía, lo hizo. Stuart subió con energía, revitalizado por el deseo e ilusión de volver a ver a su amada. Pero los amarres de la celosía fueron cortados y en el tramo final, cuando sentía el calor y la cercanía de la mujer de cabellos ondulados, cayó de bruces contra el suelo de granito.
Quiso gritar de dolor y de impotencia, pero no pudo. El dolor le recorrió todo el cuerpo y la vista tornó blanca, como si sus ojos dejasen de ver por un instante. La espalda le ardía y dejó de sentir sus manos. Su cabeza le latía por la adrenalina y la sangre teñía sus cabellos.
Recuperó la razón y conciencia minutos después, quizás horas. Se arrastró por el suelo hasta salir de allí. El miedo le había dado las fuerzas necesarias para volver a casa. No pudo levantarse en días y cuando lo hizo, su espalda destrozada y mal curada le acompañaría el resto de su vida como una joroba, como si fuese la marca de un pecado que solo era tal a los ojos humanos.
Abandonaría la ciudad poco después, tras hostigamientos de la clase privilegiada y cuando encontrar trabajo en ella se hizo tarea imposible.
Se mudó a las montañas y construyó con sus propias manos la casa en la que viviría las siguientes décadas. La casa en la que esperaba vivir hasta el final de sus vidas con Raine.
Sus nuevos amigos callaron y guardaron silencio durante la historia. Se sentían identificados aún cuando muchos jamás habían vivido en sus venas el terror de ser perseguidos por falsos estereotipos.
Stuart sonrió. Para él no era una historia triste. Añadió que él siempre tuvo comida en su plato y que nunca le faltó un techo donde dormir. No obstante, no se sentía tampoco un hombre afortunado hasta que conoció a su nueva pareja, Raine, y hasta cuando pudo comprobar que compartía sus mismos ojos con su nieta.
Su Elisabeth solo era un fantasma que había desaparecido y había sido enterrado bajo una tumba de mármol. Con elogios escritos por su familia en forma de epitafio.
Stuart confesó que durante su exilio a las montañas, se escapaba de vez en cuando a la ciudad, para poder observar la vida de Elisabeth y desde la distancia, sentirse partícipe de su felicidad. Pudo ver crecer a la hija que compartían y después a su nieta.
Stuart terminó su relato girándose hacia sus acompañantes. El sol se había marchado y la noche dio comienzo. Ellos habían sido los primeros en oírle hablar con nostalgia, de la mochila que había sobre sus hombros. Dentro de ella, la muestra de que Stuart era el hombre más adecuado para Raine.
No volvieron a hablar del tema. No era necesario hacer hablar al hombre de rostro cansado, simplemente escuchar si él necesitaba compartir algo con ellos, cosa que haría muchas veces, cada vez de manera más natural.